Fuerteventura sin filtros: comer, mirar y volver a tener hambre
De Corralejo a Cofete: viaje gastronómico por Fuerteventura con sabores reales y direcciones imprescindibles.
Índice
La isla que masticamos (y que nos mastica de vuelta)
Nos dijeron que Fuerteventura era playa, viento y dunas. Tenían razón. Pero se les olvidó contar lo esencial: la isla te examina. En la arena blanda de Corralejo y en la lija de Cofete, en el Parque Natural de Jandía, entre cabras que miran con paciencia milenaria y pescadores que no creen en la palabra “brunch”, aprendimos que aquí se come para vivir, no para posar ni para figurar. Y quisimos perdernos, mimetizarnos con la isla, ser parte del paisaje y nos alojamos frente a una playa tan larga que te corrige el paso: el INNSiDE Fuerteventura en Playa Barca, un hotel adulto, a pocos metros de un charco turquesa donde la marea hace y deshace como le da la gana y te dice cuando puedes salir y cuando no. Maravilloso. Un balcón al vacío —sin gente, sin ruido— y el Atlántico como único jefe de sala.
Desde allí aprendimos que en esta isla la gastronomía no es un catálogo, es una consecuencia. Cuando hay poca agua, mucho sol y un viento que te pela la piel y las mentiras, cocinas con lo que resiste. Cabra, grano tostado, pescado que se seca al aire. Lo demás es literatura o menú degustación con música de ascensor.
Cuando hay poca agua, mucho sol y un viento que te pela la piel y las mentiras, cocinas con lo que resiste.

Ingredientes que cuentan la verdad
Aquí no hay lugar para florituras ni trampantojos. El pescado se llama vieja, cherne o mero, y si llega a tu mesa es porque alguien se jugó la piel en el Atlántico. Lo sirven a la plancha, guisado o en sancocho, ese potaje salado que mezcla papas, batata y gofio con una sinceridad que no admite discusión. Si esperas una salsa con apellidos franceses, estás en el sitio equivocado.
Las lapas (molusco abundante en las Canarias) chisporrotean en la plancha con un mojo verde que huele a ajo y cilantro y que te marca la lengua como un tatuaje. Y la carne de cabra guisada es casi un acto religioso: grasa justa, especias directas, sabor profundo. La cabra te devuelve el pulso después de un día de viento cabrón.
En los postres tampoco se juega a la alta costura. El quesillo, una especie de flan con leche condensada, es simple y efectivo, como un golpe en la nuca. El frangollo, con harina de millo y cáscara de limón, te llena la boca de hogar y rutina, pero sin necesidad de envoltorios ni espuma de nitrógeno. Aquí el dulce no pretende sorprender, pretende saciar, y eso ya es un lujo.
Productos con DNI majorero
Los majoreros ya sabían que aquí la supervivencia se escribía con molino y rebaño. La otra mitad de la ecuación es el mar. Cuando la nevera era un lujo, las jareas (pescado abierto, salado y secado al sol) eran banco y despensa. Hoy resisten como bandera de honestidad: pescado, sal, viento, paciencia. No hay filtros. Hay método. El producto en Fuerteventura no necesita embajadas ni etiquetas pomposas, se defiende solo, como un perro callejero que muerde antes de ladrar.
El gofio, harina de cereales tostados, es la firma nutricional del archipiélago: energía compacta, identidad molida, memoria que no caduca. Lo amasas, lo escalda tu abuela, te salva el día. La tradición es vieja, la utilidad es nueva cada mañana. Luego está el Queso Majorero, D.O.P. desde 1996, primer queso con denominación de origen de cabra en España. Cilíndrico, con la pleita marcada en la corteza; tierno, semicurado o curado; frotado en aceite, gofio o pimentón como quien viste de domingo algo que nació para trabajar. Si nos preguntan por la isla, decimos esto: leche densa de cabra majorera transformada en un borde ligeramente picante que engancha. Y no es poesía: es reglamento, cabras y manos curtidas. Hay museo —y merece la visita— en Antigua, con horarios claros y catas cuando toca. La cultura aquí se muerde y se traga. Si quieres algo fácil de tragar, compra lonchas industriales en el súper.
El aceite de oliva de Teguerey es otro ejemplo de testarudez: cultivar olivos en esta isla árida es como intentar hacer jardinería en Marte, pero lo consiguieron, y encima coleccionan premios. El tomate majorero tampoco es decoración de ensalada instagramera: es dulce, resistente, un superviviente que carga siglos de comercio y conserva. Y el pan, en sitios como La Paneteca, se hornea con la calma que exige una masa de verdad, no con el piloto automático del pan de gasolinera. Aquí el pan suena al romperlo, y eso basta.
Que nadie venga diciendo que aquí no se puede hacer vino: Conatvs lo hace y lo hace bien, con cepas cuidadas como si fueran reliquias y vinos que saben a polvo, a roca y a obstinación. Incluso se permiten jugar al alquimista con la Gin 72, seca y botánica, una copa que no tiene nada de souvenir barato para turistas. Y como si todo esto no bastara, resulta que en pleno paisaje marciano cultivan espirulina, ese polvo verde que los modernos llaman “superalimento”. Pues aquí se produce en fotobiorreactores, sin etiquetas de postureo, con ciencia y paciencia la espirulina majorera ha encontrado su hueco: proteína verde de kilómetro cero que termina en smoothies y cartas con criterio.
En resumen: lo que se come y se bebe en esta isla es producto con cicatrices, producto que sangra autenticidad. Lo amas o lo dejas, pero no te atrevas a pedir ketchup.
Un recorrido comestible: de duna a duna, de charco a copa
Empezamos al norte, donde el Parque Natural de las Dunas de Corralejo te recuerda que eres pequeño. Kilómetros de arena fina que parecen tragarse la carretera, dunas que avanzan como si tu coche fuera un insecto despistado. Aquí el viento no acaricia: azota. Si no terminas con arena entre los dientes, es que no has estado. Y a lo lejos, la silueta de Lobos, ese islote que es reserva natural y postal perfecta de lo que significa “intocable”. Allí el silencio tiene más peso que tu feed.

Seguimos hacia El Cotillo, por la carretera del norte que bordea la isla, antes de llegar a Majanicho, nos topamos con una fantasía llamada Playa de las Palomitas. Rebautizada por Instagram como Popcorn Beach, es un lugar que parece un mal chiste: la orilla está cubierta de rodolitos calcáreos, algas coralinas fosilizadas que el mar trabajó durante siglos hasta darles aspecto de palomitas recién hechas. Una maravilla geológica, un accidente bello y frágil de la naturaleza.
¿El problema? Lo de siempre. El día que las redes sociales la pusieron de moda, empezaron a llegar turistas con la mochila vacía y la cara llena de “me lo llevo de recuerdo”. Expolio exprés. A pesar del cartel que prohíbe llevarse esas “palomitas” fósiles —porque son patrimonio natural—, cada día alguien decide que su estantería en Berlín, Londres o Madrid vale más que miles de años de formación marina. Selfie, piedra al bolsillo y vámonos.
Lo que antes era una rareza ecológica hoy se está quedando en un decorado mutilado. Es como si fuéramos a París y arrancáramos pedazos de la Torre Eiffel para el salón. La diferencia es que a la Torre se la reponen con tornillos; a la playa, no.

Así que sí, vas, mira, sorpréndete, ríete del nombre —el verdadero nombre es playa del Bajo de la Burra— y haz las fotos que quieras. Pero ni una piedra en la mochila. Porque el verdadero souvenir no es un fósil robado: es la conciencia de haber visto un lugar único sin haberlo dejado peor de lo que estaba.
Porque el verdadero souvenir no es un fósil robado: es la conciencia de haber visto un lugar único sin haberlo dejado peor de lo que estaba.
Si continuas hasta Majanicho y coges la carretera del interior, a poco más de veinte kilómetros, se encuentra el Monumento Natural del Malpaís de La Arena, un mar de lava que parece escenario de ciencia ficción. Su cráter apagado es un recordatorio de que Fuerteventura no siempre fue esta postal tranquila: hubo fuego, rugido y magma. Ahora lo cruzan cabras, turistas sudando y algún que otro corredor masoquista.
Antes o después de visitar este increíble paisaje marciano, una visita a El Cotillo sirve de cuartel para recorrer la costa oeste de la isla. Aquí está Cazuelitas El Cotillo, un templo donde la cazuela manda. Sencillo, sin tontadas, rico, para volver. Boquerones, queso de cabra a la plancha con mojos, marmitako de atún, quesos de Tindaya. Comida que se te pega al alma, huele a ajo, a brasas y a mar. Gente maja. Y mientras masticas, la tarde se desploma sobre las playas cercanas. Un lujo demasiado honesto como para caber en Instagram.


En el interior y hacia el sur, el Parque Rural de Betancuria te demuestra que el verde no está prohibido en esta isla ocre. Aquí, entre valles y palmeras que se agarran a la vida, se descubre otra Fuerteventura: más callada, más agrícola, con bancales olvidados y pueblos blancos que resisten al olvido. Es un descanso visual antes de que el viento vuelva a llevarse todo.

Al oeste, la furia se llama Ajuy. Las Cuevas de Ajuy son Monumento Natural y también un viaje en el tiempo: las rocas más antiguas de Canarias, negras, rugosas, húmedas. Allí entiendes que lo que pisas tiene millones de años y cero paciencia para tus selfies. El mar golpea con tanta fuerza que parece querer recuperar el terreno que perdió.
Y entonces llega el sur, el Parque Natural de Jandía, una mole que lo resume todo. Cofete, con sus 12 kilómetros de arena salvaje, es solo la puerta. El macizo montañoso, con picos como el Pico de la Zarza, vigila como un guardián viejo y cascarrabias. Aquí la isla enseña sus dientes: senderos solitarios, cabras que te miran como jueces y playas donde no hay cobertura ni chiringuito, solo tú y la certeza de que la naturaleza no negocia.

Entre tanto parque y monumento, uno empieza a notar un patrón: esta isla está diseñada para tu asombro y te pone a prueba y aún así sales agradeciendo la lección.
En medio de ese sur indomable está Morro Jable, pueblo marinero que todavía huele a redes húmedas. Aquí, nos entregamos a dos casas que resumen la diferencia entre vender humo y cocinar de verdad. En La Puntilla Casa Menso el pescado llega de la lonja a la mesa sin tiempo de inventarse otra vida. Pedimos vieja y pámpano a la plancha con las omnipresentes papas y entendimos por qué hay platos que no necesitan discursos. El maridaje llegó con un blanco lanzaroteño, el Malvasía Volcánica Seco de bodegas La Florida. Los dulces coronaron el asunto: tarta Maripepa, a base de natilla y chocolate, y polvito uruguayo con crema de queso y dulce de leche. Ni tan mal.


A pocos pasos, Lo Nuestro recordó que la tradición también puede vestirse con elegancia: tabla de quesos locales con pimentón, ahumados, tiernos, de cabra y papas con mojo. De principal, pescados locales en salsa. Comer allí es confirmar que la autenticidad no necesita ni reclamos turísticos ni camareros que reciten poesía de menú.


Cocina actual majorera: menos cuento, más producto
La cocina moderna en Fuerteventura no ha caído en la trampa de disfrazar lo local con aires de fusión barata. Aquí los chefs jóvenes lo han entendido: no hay que inventarse el Atlántico, basta con no estropearlo. En Casa Marcos, por ejemplo, la cabra se trata con el mismo respeto con el que en Japón veneran un wagyu. En La Jaira de Demian, en Puerto del Rosario, las técnicas son contemporáneas, sí, pero no hay humo ni charlas motivacionales en cada plato: hay sabor, punto y oficio.
En el norte, The Ugly Duckling se atreve con una precisión escandinava que sorprende en mitad de Corralejo, y lo hace sin el circo del ego. Sanus, con su bandera de “sin gluten”, no intenta sermonear: cocina mediterránea honesta que no parece penitencia. Y Marabú, en Costa Calma, levanta brasas para recordarte que la cocina sigue siendo fuego, no PowerPoint.
La isla podría haberse vendido al menú degustación de veinte pasos con precio indecente, pero prefirió algo mejor: darle continuidad al producto, ponerlo en valor y evitar la farsa. Aquí lo nuevo no intenta borrar lo viejo, lo alimenta. Y en tiempos de cocina-espectáculo, eso es casi un acto revolucionario.
Fuerteventura, la isla que te mastica y te escupe con hambre
Fuerteventura no necesita convencerte: te sienta, te sirve y te calla. Nosotros vinimos a probar platos; la isla nos enseñó a escuchar: al viento en Sotavento, a las piedras negras de Ajuy, al silencio inmenso de Cofete, al crujido del Majorero recién marcado, al golpe de mar en la terraza de un restaurante que no finge.
Aquí el queso no es souvenir, es carácter. La cabra no es folclore, es proteína con cicatrices. El mojo no es salsita simpática, es dinamita verde o roja. Y las playas —Cofete, Corralejo, Jandía, Ajuy, hasta la dichosa Popcorn Beach— no son escenarios para postureo, son campos de entrenamiento donde la naturaleza siempre gana.

Y volver, volveremos. Por la cabra honesta, por el pan que suena verdad, por el vino que se ganó su sitio, por una cucharada más de gofio, por ese charco turquesa que decide cuándo se come y cuándo se mira y por sus maravillosas y solitarias playas.
Si vas, que sea para mirar de frente, comer con respeto y largarte con el sabor aún en la boca. Y si lo haces bien, la isla no te sonríe, pero te deja volver.
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