La Ruta de la Seda: viaje gastronómico por la historia y el sabor de China

Ruta de la Seda: el viaje gastronómico que conecta Pekín con Turpan entre templos, desiertos y sabores únicos.

Paco Doblas Gálvez
1 de septiembre de 2025
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Índice

Podcast #9: La Ruta de la Seda: viaje gastronómico por la historia y el sabor de China

Un camino que nunca dejó de latir

La Ruta de la Seda no es solo un trazo en un mapa antiguo, es un pulso que aún late entre montañas, desiertos y ciudades que huelen a especias, té recién hervido y carne asada. Se nos vende a menudo como la autopista del comercio medieval, pero lo cierto es que fue mucho más: un tablero de intercambio cultural donde la religión, la arquitectura, la diplomacia y, por supuesto, la comida, viajaban tan rápido como las caravanas de camellos.

Como señala Valentín Dieste, filólogo, divulgador de Historia y religiones y guía de viajes: “Tenemos que entender que jamás hubo un camino fijo sino que había diferentes caminos que se iban uniendo unos con otros y que la seda no era la única mercancía de las que se transportaban allí.” En efecto, lo que circulaba por estos senderos polvorientos no eran solo telas lujosas, sino también especias, metales, caballos, e incluso esclavos.

Dieste insiste: “Esta ruta lo que va a llevar de un lado a otro no solo son mercancías sino que son ideas, costumbres y religiones…” Y ahí está el verdadero poder de este recorrido: más que un eje comercial, fue un cruce de mundos que nunca se detuvo, incluso en los momentos de mayor violencia o incertidumbre.

Esta ruta lo que va a llevar de un lado a otro no solo son mercancías sino que son ideas, costumbres y religiones.

Marco Polo se convirtió en la imagen más célebre de este camino. Dieste lo resume con contundencia: “Marco Polo es el gran personaje de la Ruta de la Seda… estuvo unos 30 años recorriendo la ruta.” Pero sería ingenuo pensar que todo empezó con él. Siglos antes de que el veneciano se atreviera a seguir las huellas polvorientas hacia el Lejano Oriente, mercaderes, monjes y soldados ya compartían recetas, supersticiones y borracheras en las mismas posadas de adobe.

Y un ingrediente más para entender la esencia de esta gran autopista cultural. La ruta, especialmente en su tramo chino, nos enfrenta a la evidencia de que la comida es una narradora implacable de historias, y que cada plato, cada ingrediente y cada técnica tiene un origen y un porqué. Si nos detenemos ante un cuenco de noodles humeantes en un mercado de Xi’an o levantamos un vaso de vino amarillo en Lanzhou, lo que tenemos enfrente no es solo alimento: son siglos de migraciones, de comercio, de mestizaje cultural destilado en una receta que ha sobrevivido al tiempo.

Muy pronto, un grupo reducido de viajeros tendremos la oportunidad de comprobarlo sobre el terreno en un itinerario único diseñado por Valentín Dieste y organizado por B Travel & Catai. Será la ocasión de caminar entre esos paisajes, probar esos sabores y escuchar en primera persona las historias que aún resuenan en el eco de la Ruta de la Seda. Este artículo que estás leyendo es un adelanto, un avance del viaje que en breve se hará realidad. Y si quieres empezar a vivirlo ahora, ya está disponible la versión en podcast en los canales de GeoGastronómica en Spotify e iVoox.

De Pekín a Turpan: crónica de un camino que se come

Imaginemos la partida en Pekín, esa ciudad que nunca termina de decidir si quiere ser un museo vivo o un laboratorio futurista. En los hutongs— antiguos y estrechos callejones llenos de viviendas tradicionales llamadas siheyuan, construidas durante las dinastías Yuan, Ming y Qing, que forman el casco antiguo de la ciudad— todavía sobreviven teterías en las que el jazmín golpea con la misma fuerza que un espresso en Nápoles. Comer pato laqueado aquí es una postal para turistas pero, sobre todo, es un ritual colectivo, con la piel crujiente rompiéndose bajo los dientes mientras las manos manchan servilletas imposibles de blanquear.

El viaje tampoco se entiende sin la geografía que lo sostiene. La planicie de Pekín abre el camino con su horizonte amplio, surcado de huertos y pueblos donde la modernidad se mezcla con campos antiguos.

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Grutas de Longmen en Luoyang.

En Luoyang, antigua capital imperial, las grutas de Longmen muestran un budismo tallado en piedra que impresiona y silencia. Al salir, uno entiende por qué la ciudad se rinde a los banquetes de Shui Xi, el famoso “banquete de agua” de la tradición local: 24 platos servidos uno tras otro —8 fríos y 16 calientes— que evocan el fluir constante del agua. 

Al avanzar hacia Xi’an, la tierra se ondula y se eleva: cordilleras que parecen cuchillas, picos que desgarran el cielo y valles que recuerdan que aquí comenzaron imperios. Xi’an, el corazón y comienzo de la ruta, conserva la arrogancia de quien fue el ombligo del mundo. La ciudad de los Guerreros de Terracota también es la capital del roujiamo, ese pan relleno de cerdo guisado que, si lo probamos a pie de calle, nos hace olvidar cualquier hamburguesa gourmet. El mercado musulmán es un carnaval de aromas: cordero especiado, brochetas al carbón, frutos secos caramelizados. Nada aquí es sutil, todo quiere golpearnos los sentidos.

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Guerrero de Terracota en Xi’an.

El trayecto hacia Tianshui nos muestra templos que parecen brotar de la roca como setas milenarias. En Linxia y Xiahe, la religiosidad musulmana y tibetana se entrecruza. Las cocinas reflejan esa convivencia: panes planos recién horneados, cordero al vapor, mantequilla de yak. El aire frío huele a incienso y a grasa animal. Aquí entendemos que la Ruta de la Seda no fue un camino de rosas, sino de supervivencia: comer era resistir, creer era resistir.

En Lanzhou, el río Amarillo fluye como un espejo turbio de la historia. La ciudad ha hecho de sus lamian (fideos estirados a mano) una declaración de identidad. Observar a un cocinero golpear la masa contra la mesa hasta convertirla en cuerdas infinitas es un espectáculo coreográfico, casi hipnótico.

Más al oeste, el paisaje se vuelve dramático. En Zhangye, las montañas del Danxia muestran un arco iris mineral, capas de rojos, verdes y ocres que parecen pintadas por un niño con demasiados rotuladores. Allí, la comida se simplifica: cabra al horno, verduras de temporada, con vinos locales que empiezan a hacerse un nombre fuera de China. Cabernet Sauvignon, Pinot Noir y hasta un Riesling que nadie esperaba encontrar en estas latitudes del corredor Hexi. Pequeñas bodegas como Guofeng Manor ya han sido premiadas en certámenes internacionales, demostrando que el desierto también sabe fermentar uvas con dignidad.

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Montañas de colores en el geoparque nacional de Zhangye Danxia.

Jiayuguan marca el choque entre murallas y desierto: el fin de la Gran Muralla se enfrenta a una llanura inmensa que se abre como un océano de arena. Aquí, la milenaria construcción se despide como un gigante cansado que se derrumba contra el desierto.

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La Gran Muralla en Jiayuguan.

En Dunhuang, las dunas del Gobi se alzan como olas doradas que cambian de forma con cada soplido del viento. Más allá, los desfiladeros de roca ofrecen sombra y frescor en medio de la aridez. En medio de este paisaje se mimetizan las cuevas de Mogao con frescos religiosos budistas que representan cortes celestiales, bodhisattvas y escenas de la vida cotidiana antigua. Afuera, los mercados locales ofrecen lo suyo: frutas secas como dátiles y albaricoques secos, fideos de guisante o de trigo, panes planos y snacks sencillos. 

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Cuevas de Mogao en Dunhuang.

El viaje culmina en Turpan, un oasis en pleno desierto de Gobi. Allí se alzan sus famosos viñedos imposibles, verdes, extendiéndose bajo un sol despiadado, rodeados de montañas desérticas que parecen vigilantes de otro planeta pero que sobreviven gracias al sistema de irrigación subterráneo karez. Estas galerías y túneles, excavados hace siglos, permiten que el agua fluya desde las montañas de Tianshan hasta los oasis, evitando la evaporación. Turpan también es célebre por sus chunches, construcciones de barro con aberturas en las paredes que permiten secar uvas hasta convertirlas en pasas de sabor intenso y dulce. Aquí se bebe vino desde hace más de dos mil años, y el kebab de cordero se come bajo parras que desafían al desierto.

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Ciudad oasis de Turpan en el desierto del Gobi.

En esta ruta, la tierra cambia de rostro sin previo aviso: de la abundancia fértil al polvo reseco, del verde que deslumbra a la aridez que abrasa. Un recordatorio brutal de que el paisaje es tan protagonista de la Ruta de la Seda como las ciudades que la levantaron, las religiones que le dieron espíritu y la gastronomía que aún hoy la mantiene viva.

Gastronomía como espejo de culturas

La Ruta de la Seda es un menú interminable donde cada plato revela las tensiones y alianzas de su tiempo. En el camino, la pasta china se encontró con el trigo persa, las especias indias perfumaron caldos mongoles, y el té se convirtió en la religión líquida que unía mercados y monasterios. Podría decirse que a lo largo del recorrido se condensan las Ocho Grandes Cocinas de China.

No es casual que cada ciudad tenga su plato insignia: pato en Pekín, roujiamo en Xi’an, fideos en Lanzhou, uvas en Turpan. No es simple gastronomía regional: es la confirmación de que la comida fue la primera embajadora, mucho antes de la diplomacia. Cuando los ejércitos fracasaban en sus tratados, un cuenco de sopa sí lograba pactar treguas temporales.

Súmate a este viaje con fecha y guía

Este viaje no se quedará en un artículo ni en un podcast. A partir del 17 de septiembre, un grupo reducido de viajeros recorreremos este tramo de la Ruta de la Seda bajo la organización de B Travel & Catai. El itinerario ha sido diseñado por Valentín Dieste, filólogo, divulgador de Historia y religiones, y guía de viajes, que nos abrirá puertas y secretos que no aparecen en las guías turísticas.

Cada día publicaremos en GeoGastronómica un cuaderno de bitácora con los sabores y relatos de la jornada. Y para quienes quieran acompañarnos desde la distancia, este artículo llega con un podcast exclusivo que desmenuza los detalles de la aventura.

La Ruta de la Seda no es un simple regreso a la antigüedad. Es la prueba de que la historia del mundo se escribió en movimiento, allí donde caravanas, religiones y culturas se encontraron y dejaron huellas que aún hoy seguimos recorriendo. Volver a caminarla es mirar atrás y también sentir la vibración de un camino que sigue vivo. Y aunque los caminantes seamos otros, nosotros, al recorrerlo, compartiremos inevitablemente la emoción de aquellos viajeros que lo abrieron al mundo.

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<h1>La Ruta de la Seda: viaje gastronómico por la historia y el sabor de China</h1>
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<h2 class="wp-block-heading">Un camino que nunca dejó de latir</h2>



<p>La <strong>Ruta de la Seda</strong> no es solo un trazo en un mapa antiguo, es un pulso que aún late entre montañas, desiertos y ciudades que huelen a especias, té recién hervido y carne asada. Se nos vende a menudo como la autopista del comercio medieval, pero lo cierto es que fue mucho más: <strong>un tablero de intercambio cultural donde la religión, la arquitectura, la diplomacia y, por supuesto, la comida, viajaban tan rápido como las caravanas de camellos.</strong></p>



<p>Como señala <strong>Valentín Dieste</strong>, filólogo, divulgador de Historia y religiones y guía de viajes: “Tenemos que entender que jamás hubo un camino fijo sino que había diferentes caminos que se iban uniendo unos con otros y que la seda no era la única mercancía de las que se transportaban allí.” En efecto, lo que circulaba por estos senderos polvorientos no eran solo telas lujosas, sino también especias, metales, caballos, e incluso esclavos.</p>



<p><strong>Dieste</strong> insiste: “Esta ruta lo que va a llevar de un lado a otro no solo son mercancías sino que son ideas, costumbres y religiones…” Y ahí está el verdadero poder de este recorrido: más que un eje comercial, fue un cruce de mundos que nunca se detuvo, incluso en los momentos de mayor violencia o incertidumbre.</p>



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<p>Esta ruta lo que va a llevar de un lado a otro no solo son mercancías sino que son ideas, costumbres y religiones.</p>
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<p><strong>Marco Polo</strong> se convirtió en la imagen más célebre de este camino. <strong>Dieste</strong> lo resume con contundencia: “Marco Polo es el gran personaje de la Ruta de la Seda… estuvo unos 30 años recorriendo la ruta.” Pero sería ingenuo pensar que todo empezó con él. Siglos antes de que el veneciano se atreviera a seguir las huellas polvorientas hacia el Lejano Oriente, mercaderes, monjes y soldados ya compartían recetas, supersticiones y borracheras en las mismas posadas de adobe.</p>



<p>Y un ingrediente más para entender la esencia de esta gran autopista cultural. La ruta, especialmente en su tramo chino, nos enfrenta a la evidencia de que <strong>la comida es una narradora implacable de historias</strong>, y que cada plato, cada ingrediente y cada técnica tiene un origen y un porqué. Si nos detenemos ante un cuenco de <em>noodles </em>humeantes en un mercado de <strong>Xi’an</strong> o levantamos un vaso de vino amarillo en <strong>Lanzhou</strong>, lo que tenemos enfrente no es solo alimento: son siglos de migraciones, de comercio, de mestizaje cultural destilado en una receta que ha sobrevivido al tiempo.</p>



<p>Muy pronto, un grupo reducido de viajeros tendremos la oportunidad de comprobarlo sobre el terreno en un itinerario único diseñado por <strong>Valentín Dieste</strong> y organizado por <strong><a href="https://premium.btravel.com/" target="_blank" rel="noopener">B Travel & Catai</a></strong>. Será la ocasión de caminar entre esos paisajes, probar esos sabores y escuchar en primera persona las historias que aún resuenan en el eco de la <strong>Ruta de la Seda</strong>. Este artículo que estás leyendo es un adelanto, un avance del viaje que en breve se hará realidad. Y si quieres empezar a vivirlo ahora, ya está disponible la versión en podcast en los canales de GeoGastronómica en Spotify e iVoox.</p>



<h2 class="wp-block-heading">De Pekín a Turpan: crónica de un camino que se come</h2>



<p>Imaginemos la partida en <strong><em>Pekín</em></strong>, esa ciudad que nunca termina de decidir si quiere ser un museo vivo o un laboratorio futurista. En los <strong><em>hutongs</em></strong>— antiguos y estrechos callejones llenos de viviendas tradicionales llamadas <em>siheyuan</em>, construidas durante las dinastías Yuan, Ming y Qing, que forman el casco antiguo de la ciudad— todavía sobreviven teterías en las que el jazmín golpea con la misma fuerza que un espresso en Nápoles. Comer pato laqueado aquí es una postal para turistas pero, sobre todo, es un ritual colectivo, con la piel crujiente rompiéndose bajo los dientes mientras las manos manchan servilletas imposibles de blanquear.</p>



<p>El viaje tampoco se entiende sin la geografía que lo sostiene. La planicie de <strong><em>Pekín</em></strong> abre el camino con su horizonte amplio, surcado de huertos y pueblos donde la modernidad se mezcla con campos antiguos. </p>



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<p>En <strong><em>Luoyang</em></strong>, antigua capital imperial, las grutas de <strong><em>Longmen</em></strong> muestran un budismo tallado en piedra que impresiona y silencia. Al salir, uno entiende por qué la ciudad se rinde a los banquetes de <strong><em>Shui Xi</em></strong>, el famoso “banquete de agua” de la tradición local: 24 platos servidos uno tras otro —8 fríos y 16 calientes— que evocan el fluir constante del agua. </p>



<p>Al avanzar hacia <strong><em>Xi’an,</em></strong> la tierra se ondula y se eleva: cordilleras que parecen cuchillas, picos que desgarran el cielo y valles que recuerdan que aquí comenzaron imperios. <strong><em>Xi’an</em></strong>, el corazón y comienzo de la ruta, conserva la arrogancia de quien fue el ombligo del mundo. La ciudad de los <strong><a href="https://www.bmy.com.cn/index.html" target="_blank" rel="noopener">Guerreros de Terracota</a></strong> también es la capital del <strong><em>roujiamo</em></strong>, ese pan relleno de cerdo guisado que, si lo probamos a pie de calle, nos hace olvidar cualquier hamburguesa gourmet. El mercado musulmán es un carnaval de aromas: cordero especiado, brochetas al carbón, frutos secos caramelizados. Nada aquí es sutil, todo quiere golpearnos los sentidos.</p>



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<p>El trayecto hacia <strong><em>Tianshui</em></strong> nos muestra templos que parecen brotar de la roca como setas milenarias. En <strong><em>Linxia</em></strong> y <strong><em>Xiahe</em></strong>, la religiosidad musulmana y tibetana se entrecruza. Las cocinas reflejan esa convivencia: panes planos recién horneados, cordero al vapor, mantequilla de yak. El aire frío huele a incienso y a grasa animal. Aquí entendemos que la <strong>Ruta de la Seda</strong> no fue un camino de rosas, sino de supervivencia: comer era resistir, creer era resistir.</p>



<p>En <strong><em>Lanzhou</em></strong>, el <strong>río Amarillo</strong> fluye como un espejo turbio de la historia. La ciudad ha hecho de sus <strong><em>lamian </em></strong>(fideos estirados a mano) una declaración de identidad. Observar a un cocinero golpear la masa contra la mesa hasta convertirla en cuerdas infinitas es un espectáculo coreográfico, casi hipnótico.</p>



<p>Más al oeste, el paisaje se vuelve dramático. En <em><strong>Zhangye</strong></em>, las montañas del <strong><em>Danxia</em></strong> muestran un arco iris mineral, capas de rojos, verdes y ocres que parecen pintadas por un niño con demasiados rotuladores. Allí, la comida se simplifica: cabra al horno, verduras de temporada, con vinos locales que empiezan a hacerse un nombre fuera de China. Cabernet Sauvignon, Pinot Noir y hasta un Riesling que nadie esperaba encontrar en estas latitudes del corredor <strong><em>Hexi</em></strong>. Pequeñas bodegas como <strong><em>Guofeng Manor</em></strong> ya han sido premiadas en certámenes internacionales, demostrando que el desierto también sabe fermentar uvas con dignidad.</p>



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<p><strong><em>Jiayuguan </em></strong>marca el choque entre murallas y desierto: el fin de la Gran Muralla se enfrenta a una llanura inmensa que se abre como un océano de arena. Aquí, la milenaria construcción se despide como un gigante cansado que se derrumba contra el desierto.</p>



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<p>En <strong><em>Dunhuang</em></strong>, las dunas del <em><strong>Gobi </strong></em>se alzan como olas doradas que cambian de forma con cada soplido del viento. Más allá, los desfiladeros de roca ofrecen sombra y frescor en medio de la aridez. En medio de este paisaje se mimetizan las cuevas de <em><strong>Mogao</strong></em> con frescos religiosos budistas que representan cortes celestiales, <em>bodhisattvas </em>y escenas de la vida cotidiana antigua. Afuera, los mercados locales ofrecen lo suyo: frutas secas como dátiles y albaricoques secos, fideos de guisante o de trigo, panes planos y snacks sencillos. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-6-1200x900.webp" alt="Imagen de La Ruta de la Seda: viaje gastronómico por la historia y el sabor de China" class="wp-image-7859" title="Imagen de La Ruta de la Seda: viaje gastronómico por la historia y el sabor de China 17" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-6-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-6-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-6-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-6-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-6.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Cuevas de Mogao en Dunhuang.</figcaption></figure>



<p>El viaje culmina en <strong><em>Turpan</em></strong>, un oasis en pleno desierto de <strong><em>Gobi</em></strong>. Allí se alzan sus famosos viñedos imposibles, verdes, extendiéndose bajo un sol despiadado, rodeados de montañas desérticas que parecen vigilantes de otro planeta pero que sobreviven gracias al sistema de irrigación subterráneo <strong><em>karez</em></strong>. Estas galerías y túneles, excavados hace siglos, permiten que el agua fluya desde las montañas de <strong><em>Tianshan</em></strong> hasta los oasis, evitando la evaporación. <strong><em>Turpan</em></strong> también es célebre por sus <strong><em>chunches</em></strong>, construcciones de barro con aberturas en las paredes que permiten secar uvas hasta convertirlas en pasas de sabor intenso y dulce. Aquí se bebe vino desde hace más de dos mil años, y el kebab de cordero se come bajo parras que desafían al desierto.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-1200x900.webp" alt="Imagen de La Ruta de la Seda: viaje gastronómico por la historia y el sabor de China" class="wp-image-7860" title="Imagen de La Ruta de la Seda: viaje gastronómico por la historia y el sabor de China 18" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Ciudad oasis de Turpan en el desierto del Gobi.</figcaption></figure>



<p>En esta ruta, la tierra cambia de rostro sin previo aviso: de la abundancia fértil al polvo reseco, del verde que deslumbra a la aridez que abrasa. Un recordatorio brutal de que el paisaje es tan protagonista de la Ruta de la Seda como las ciudades que la levantaron, las religiones que le dieron espíritu y la gastronomía que aún hoy la mantiene viva.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Gastronomía como espejo de culturas</h2>



<p>La <strong>Ruta de la Seda</strong> es un menú interminable donde cada plato revela las tensiones y alianzas de su tiempo. En el camino, la pasta china se encontró con el trigo persa, las especias indias perfumaron caldos mongoles, y el té se convirtió en la religión líquida que unía mercados y monasterios. Podría decirse que a lo largo del recorrido se condensan las <strong><a href="https://geogastronomica.com/las-ocho-cocinas-de-china-un-viaje-gastronomico-que-despierta-todos-los-sentidos/">Ocho Grandes Cocinas de China</a></strong>.</p>



<p>No es casual que cada ciudad tenga su plato insignia: pato en Pekín, <strong><em>roujiamo</em></strong> en <strong><em>Xi’an</em></strong>, fideos en <strong><em>Lanzhou</em></strong>, uvas en <strong><em>Turpan</em></strong>. No es simple gastronomía regional: es la confirmación de que la comida fue la primera embajadora, mucho antes de la diplomacia. Cuando los ejércitos fracasaban en sus tratados, un cuenco de sopa sí lograba pactar treguas temporales.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Súmate a este viaje con fecha y guía</h2>



<p>Este viaje no se quedará en un artículo ni en un podcast. A partir del 17 de septiembre, un grupo reducido de viajeros recorreremos este tramo de la <strong>Ruta de la Seda</strong> bajo la organización de <strong><a href="https://premium.btravel.com/" target="_blank" rel="noopener">B Travel & Catai</a></strong>. El itinerario ha sido diseñado por <strong>Valentín Dieste</strong>, filólogo, divulgador de Historia y religiones, y guía de viajes, que nos abrirá puertas y secretos que no aparecen en las guías turísticas.</p>



<p>Cada día publicaremos en <strong><a href="https://geogastronomica.com/">GeoGastronómica</a></strong> un cuaderno de bitácora con los sabores y relatos de la jornada. Y para quienes quieran acompañarnos desde la distancia, este artículo llega con un podcast exclusivo que desmenuza los detalles de la aventura.</p>



<p>La <strong>Ruta de la Seda</strong> no es un simple regreso a la antigüedad. Es la prueba de que la historia del mundo se escribió en movimiento, allí donde caravanas, religiones y culturas se encontraron y dejaron huellas que aún hoy seguimos recorriendo. Volver a caminarla es mirar atrás y también sentir la vibración de un camino que sigue vivo. Y aunque los caminantes seamos otros, nosotros, al recorrerlo, compartiremos inevitablemente la emoción de aquellos viajeros que lo abrieron al mundo.</p>



<h2 class="wp-block-heading">NEWSLETTER</h2>



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<p>Este artículo fue publicado originalmente en <a href="https://geogastronomica.com/">GEOgastronómica</a>. Lea el <a href="https://geogastronomica.com/la-ruta-de-la-seda-viaje-gastronomico-por-la-historia-y-el-sabor-de-china/">original</a>.</p></div>
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