Septiembre en Asturias: tiempo de manzanas y sidra

Septiembre marca la cosecha de la manzana asturiana. De ahí nace la sidra: culines breves, compartidos y, al final, irresistibles.

Redacción GeoGastronómica
21 de septiembre de 2025
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Índice

Un viaje a los orígenes de la sidra en Asturias

Si viajas a Asturias, tarde o temprano acabarás brindando con un vaso de sidra. Y si al principio crees que no es para ti, con el tiempo descubrirás que engancha: miles de generaciones no pueden estar equivocadas. La sidra asturiana no es una simple fermentación de manzana, sino un relato líquido de la historia del norte de España. Los primeros documentos que la mencionan se remontan al siglo VIII, en crónicas eclesiásticas que ya hablaban de su consumo en los valles verdes del Principado. Pero su origen es mucho más remoto, probablemente heredado de los pueblos celtas que, según hallazgos arqueológicos, ya fermentaban frutas en recipientes rudimentarios.

Un dato curioso ayuda a entender su arraigo: en la Edad Media, la sidra era tan esencial en la mesa campesina como el pan o la leche. No se consideraba un lujo, sino parte de la dieta cotidiana. Su bajo grado alcohólico la hacía nutritiva y, sobre todo, segura frente a la insalubridad del agua. Algo similar ocurría en la Bélgica medieval con la cerveza, donde la fermentación no solo aportaba sabor, sino también protección: la convertía en una alternativa confiable al agua, casi medicinal.

La sidra como espejo antropológico del pueblo asturiano

Para los asturianos, la sidra es mucho más que una bebida: es un símbolo de identidad colectiva. Ninguna reunión social, fiesta de prao o espicha (celebración popular en un llagar) se entiende sin unas botellas verdes y el característico vaso ancho de cristal. El ritual del escanciado, con el chorro cayendo desde lo alto para romper la bebida contra el borde del vaso, no es un simple gesto: es una performance cultural que refleja hospitalidad, orgullo y tradición.

Un detalle curioso es que en Asturias nadie se bebe una sidra entera en soledad. El vaso se comparte: se sirve un culín, se bebe de un trago y el vaso pasa de mano en mano. Ese gesto de compartir —tan contrario a la cultura individualista moderna— tiene un profundo sentido antropológico: beber sidra es, en esencia, beber comunidad.

Territorio y Denominación de Origen

El corazón de la sidra está en los valles y pomaradas del Principado de Asturias. Más de 2.500 variedades de manzanas autóctonas crecen en esta tierra de lluvias finas, verdes montañas y brisas marinas. No todas se utilizan, claro: el Consejo Regulador de la D.O.P. Sidra de Asturias reconoce unas 76 variedades para sidra natural.

Imagen de Septiembre en Asturias: tiempo de manzanas y sidra
Variedades de manzanas de la DOP. Cartel descargable. [Diseño: Juan Hernaz. Foto: Marcos Morilla]

Desde 2002, la Denominación de Origen Protegida Sidra de Asturias garantiza la autenticidad del producto. Esta certificación no solo protege a los productores frente a imitaciones, sino que asegura al consumidor que la sidra proviene de manzanas cultivadas y transformadas en Asturias bajo estrictos estándares de calidad.

El arte de elaborar sidra: del manzano al vaso

La producción de sidra asturiana sigue un proceso que, aunque modernizado en maquinaria, se mantiene fiel en espíritu al que practicaban los abuelos. Tras la recolección de las manzanas —generalmente entre septiembre y noviembre—, estas se lavan, trituran y prensan para obtener un mosto dulce.

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Recolección de manzanas.

Este mosto fermenta en toneles de castaño o, en la actualidad, en depósitos de acero inoxidable que permiten mayor control microbiológico. Las levaduras autóctonas presentes en la piel de la manzana son las responsables de transformar los azúcares en alcohol, en un proceso que dura varios meses y da lugar a una bebida que ha de tener como mínimo 5 % vol. de alcohol.

Finalmente, la sidra se trasiega, se clarifica de manera natural y se embotella sin filtrar, lo que le otorga ese aspecto ligeramente turbio tan característico.

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Llagar de sidra.

Cata de sidra asturiana: un ritual para los sentidos

En la fase visual, la sidra natural asturiana se muestra en tonos amarillo pajizo con reflejos verdosos. Su aspecto es ligeramente turbio, signo de su fermentación natural sin filtrado agresivo. Al escanciar, la espuma se forma brevemente, desapareciendo en segundos: esta fugacidad es, precisamente, un indicador de frescura. La viscosidad es ligera, con una textura fluida que invita al trago rápido.

En nariz, los aromas son limpios y frescos, con notas de manzana madura, hierba cortada y un leve recuerdo láctico que denota su fermentación espontánea. La intensidad es media, pero al oxigenarse con el escanciado aparecen matices más complejos: recuerdos cítricos, flores blancas e incluso un toque salino, como un guiño al mar Cantábrico.

En boca, la sidra asturiana es seca, con una acidez punzante que despierta las papilas y limpia el paladar. El dulzor es casi inexistente, lo que la diferencia radicalmente de las sidras comerciales de otros países. Su cuerpo es ligero, con una textura chispeante y efervescente al momento de ser escanciada. El equilibrio se apoya en la acidez, que domina, pero con persistencia media que deja un retrogusto fresco y ligeramente amargo.

La sidra natural asturiana debe servirse entre 12 y 14 ºC, ni demasiado fría —para no adormecer sus aromas— ni demasiado cálida, pues la acidez resultaría excesiva.

Imagen de Septiembre en Asturias: tiempo de manzanas y sidra

En cuanto al maridaje, pocas bebidas combinan tan bien con la cocina regional. Con una fabada asturiana, ese guiso de fabes acompañado de compango —el conjunto de chorizo, morcilla y lacón o panceta que le aporta carácter ahumado y graso—, la sidra aporta frescor y corta la untuosidad del plato; con pescados y mariscos realza su carácter salino; y con quesos fuertes como el cabrales crea un contraste explosivo.

Premios y reconocimientos

Las sidras asturianas han conquistado prestigio internacional. En certámenes como el International Cider Awards de Reino Unido o el Salón Internacional de les Sidres de Gala (SISGA) en Gijón, han obtenido medallas que las sitúan al nivel de las mejores del mundo. Su gran competidora en el imaginario global es la sidra bretona y normanda, más dulce y filtrada, pero los expertos coinciden en que la sidra asturiana brilla por su autenticidad rústica y su complejidad ácida.

Un viaje que merece vivirse

Beber sidra en Asturias no es solo un acto gastronómico: es un viaje cultural, un rito de pertenencia y una celebración de la naturaleza. Cada culín, servido en pequeñas dosis que apenas llenan el vaso, es un instante fugaz: se oxigena al escanciarse, burbujea con viveza unos segundos y debe beberse de un trago antes de que pierda su frescura. Ese gesto, repetido una y otra vez y siempre compartido, convierte la sidra en algo mucho más profundo que una bebida. Es un lazo social, un puente entre generaciones y, al mismo tiempo, una invitación a vivir Asturias en su esencia más auténtica.

Visitar el Principado sin probar su sidra sería perderse el alma líquida de la región. Porque, al fin y al cabo, la sidra asturiana no solo se bebe: se vive. Y si la primera vez no te convence, no te preocupes: la próxima vez que vuelvas, acabarás disfrutándola.

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<h1>Septiembre en Asturias: tiempo de manzanas y sidra</h1>
<h2 class="wp-block-heading">Un viaje a los orígenes de la sidra en Asturias</h2>



<p>Si viajas a <strong>Asturias</strong>, tarde o temprano acabarás brindando con un vaso de sidra. Y si al principio crees que no es para ti, con el tiempo descubrirás que engancha: <strong>miles de generaciones no pueden estar equivocadas.</strong> La sidra asturiana no es una simple fermentación de manzana, sino un relato líquido de la historia del norte de España. Los primeros documentos que la mencionan se remontan al <strong>siglo VIII</strong>, en crónicas eclesiásticas que ya hablaban de su consumo en los valles verdes del<strong> Principado</strong>. Pero su origen es mucho más remoto, probablemente heredado de los pueblos celtas que, según hallazgos arqueológicos, ya fermentaban frutas en recipientes rudimentarios.</p>



<p>Un dato curioso ayuda a entender su arraigo: <strong>en la Edad Media, la sidra era tan esencial en la mesa campesina como el pan o la leche.</strong> No se consideraba un lujo, sino parte de la dieta cotidiana. Su bajo grado alcohólico la hacía nutritiva y, sobre todo, segura frente a la insalubridad del agua. Algo similar ocurría en la <strong><a href="https://geogastronomica.com/la-gastronomia-belga-sabores-con-historia-en-el-corazon-de-europa/">Bélgica</a></strong> medieval con la cerveza, donde la fermentación no solo aportaba sabor, sino también protección: la convertía en una alternativa confiable al agua, casi medicinal.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La sidra como espejo antropológico del pueblo asturiano</h2>



<p>Para los asturianos, la sidra es mucho más que una bebida: <strong>es un símbolo de identidad colectiva. </strong>Ninguna reunión social, fiesta de <em>prao </em>o <em>espicha</em> (celebración popular en un llagar) se entiende sin unas botellas verdes y el característico vaso ancho de cristal. El ritual del escanciado, con el chorro cayendo desde lo alto para romper la bebida contra el borde del vaso, no es un simple gesto: <strong>es una performance cultural que refleja hospitalidad, orgullo y tradición.</strong></p>



<p>Un detalle curioso es que en <strong>Asturias</strong> nadie se bebe una sidra entera en soledad. El vaso se comparte: se sirve un culín, se bebe de un trago y el vaso pasa de mano en mano. Ese gesto de compartir —tan contrario a la cultura individualista moderna— tiene un profundo sentido antropológico: <strong>beber sidra es, en esencia, beber comunidad.</strong></p>



<h2 class="wp-block-heading">Territorio y Denominación de Origen</h2>



<p>El corazón de la sidra está en los valles y pomaradas del <strong>Principado de Asturias</strong>. Más de <strong>2.500 variedades</strong> de manzanas autóctonas crecen en esta tierra de lluvias finas, verdes montañas y brisas marinas. No todas se utilizan, claro: <strong>el <a href="https://sidradeasturias.es/" target="_blank" rel="noopener">Consejo Regulador de la D.O.P. Sidra de Asturias</a> reconoce unas 76 variedades para sidra natural.</strong></p>



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<p>Desde 2002, la Denominación de Origen Protegida Sidra de Asturias garantiza la autenticidad del producto. Esta certificación no solo protege a los productores frente a imitaciones, sino que asegura al consumidor que la sidra proviene de manzanas cultivadas y transformadas en Asturias bajo estrictos estándares de calidad.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El arte de elaborar sidra: del manzano al vaso</h2>



<p>La producción de sidra asturiana sigue un proceso que, aunque modernizado en maquinaria, se mantiene fiel en espíritu al que practicaban los abuelos. Tras la recolección de las manzanas —generalmente entre septiembre y noviembre—, estas se lavan, trituran y prensan para obtener un mosto dulce.</p>



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<p>Este mosto fermenta en toneles de castaño o, en la actualidad, en depósitos de acero inoxidable que permiten mayor control microbiológico. Las levaduras autóctonas presentes en la piel de la manzana son las responsables de transformar los azúcares en alcohol, en un proceso que dura varios meses y da lugar a una bebida que ha de tener como mínimo 5 % vol. de alcohol.</p>



<p>Finalmente, la sidra se trasiega, se clarifica de manera natural y se embotella sin filtrar, lo que le otorga ese aspecto ligeramente turbio tan característico.</p>



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<h2 class="wp-block-heading">Cata de sidra asturiana: un ritual para los sentidos</h2>



<p><strong>En la fase visual,</strong> la sidra natural asturiana se muestra en tonos amarillo pajizo con reflejos verdosos. Su aspecto es ligeramente turbio, signo de su fermentación natural sin filtrado agresivo. Al escanciar, la espuma se forma brevemente, desapareciendo en segundos: <strong>esta fugacidad es, precisamente, un indicador de frescura.</strong> La viscosidad es ligera, con una textura fluida que invita al trago rápido.</p>



<p><strong>En nariz</strong>, los aromas son limpios y frescos, con notas de manzana madura, hierba cortada y un leve recuerdo láctico que denota su fermentación espontánea. La intensidad es media, pero al oxigenarse con el escanciado aparecen matices más complejos: <strong>recuerdos cítricos, flores blancas e incluso un toque salino</strong>, como un guiño al mar Cantábrico.</p>



<p><strong>En boca</strong>, la sidra asturiana es seca, con una acidez punzante que despierta las papilas y limpia el paladar. El dulzor es casi inexistente, lo que la diferencia radicalmente de las sidras comerciales de otros países. Su cuerpo es ligero, con una textura chispeante y efervescente al momento de ser escanciada. <strong>El equilibrio se apoya en la acidez,</strong> que domina, pero con persistencia media que deja un retrogusto fresco y ligeramente amargo.</p>



<p>La sidra natural asturiana debe servirse entre 12 y 14 ºC, ni demasiado fría —para no adormecer sus aromas— ni demasiado cálida, pues la acidez resultaría excesiva.</p>



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<p>En cuanto al maridaje, pocas bebidas combinan tan bien con la cocina regional. Con una <strong>fabada asturiana</strong>, ese guiso de fabes acompañado de compango —el conjunto de chorizo, morcilla y lacón o panceta que le aporta carácter ahumado y graso—,<strong> la sidra aporta frescor y corta la untuosidad del plato;</strong> con pescados y mariscos realza su carácter salino; y con quesos fuertes como el cabrales <strong>crea un contraste explosivo.</strong></p>



<h2 class="wp-block-heading">Premios y reconocimientos</h2>



<p>Las sidras asturianas han conquistado prestigio internacional. En certámenes como el <strong><a href="https://www.brewingawards.org/" target="_blank" rel="noopener">International Cider Awards </a></strong>de Reino Unido o el <strong><a href="https://www.gijonturismoprofesional.es/es/noticias/xiii-salon-internacional-de-les-sidres-de-gala" target="_blank" rel="noopener">Salón Internacional de les Sidres de Gala (SISGA) </a></strong>en Gijón, han obtenido medallas que las sitúan al nivel de las mejores del mundo. Su gran competidora en el imaginario global es la sidra bretona y normanda, más dulce y filtrada, pero los expertos coinciden en que la sidra asturiana brilla por su autenticidad rústica y su complejidad ácida.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Un viaje que merece vivirse</h2>



<p>Beber sidra en <strong>Asturias</strong> no es solo un acto gastronómico: <strong>es un viaje cultural, un rito de pertenencia y una celebración de la naturaleza</strong>. Cada culín, servido en pequeñas dosis que apenas llenan el vaso, es un instante fugaz: se oxigena al escanciarse, burbujea con viveza unos segundos y debe beberse de un trago antes de que pierda su frescura. Ese gesto, repetido una y otra vez y siempre compartido, convierte la sidra en algo mucho más profundo que una bebida. <strong>Es un lazo social, un puente entre generaciones y, al mismo tiempo, una invitación a vivir Asturias en su esencia más auténtica.</strong></p>



<p>Visitar el Principado sin probar su sidra sería perderse el alma líquida de la región. Porque, al fin y al cabo, la sidra asturiana no solo se bebe: se vive. Y si la primera vez no te convence, no te preocupes: <strong>la próxima vez que vuelvas, acabarás disfrutándola.</strong></p>



<h2 class="wp-block-heading">NEWSLETTER</h2>



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<p>Este artículo fue publicado originalmente en <a href="https://geogastronomica.com/">GEOgastronómica</a>. Lea el <a href="https://geogastronomica.com/septiembre-en-asturias-tiempo-de-manzanas-y-sidra/">original</a>.</p></div>
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