Gastronomía de Málaga: el viaje culinario perfecto para el otoño andaluz

Entre espetos, vinos moscatel y menús de autor, Málaga se consolida como destino gourmet imprescindible.

Redacción GeoGastronómica
11 de diciembre de 2025
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Índice

Cuando el calor cede y el aire comienza a oler a mar templado y madera, Málaga se transforma. No hablamos de una ciudad que se apaga con el fin del verano, sino de una urbe que recupera su pulso verdadero, ese que late entre las plazas, los mercados y las conversaciones pausadas frente a un vino moscatel. En otoño, los malagueños intentan regresar a sus ritmos: la ciudad parece que respira mejor, los aromas se concentran, y la comida vuelve a ser el lenguaje más honesto para entender su identidad.

Llegamos una mañana de octubre, cuando la luz aún se cuela entre las persianas y los cafés del centro empiezan a llenarse de voces tempranas. Málaga nos recibe con esa serenidad vibrante de las ciudades portuarias que despiertan mirando al mar. Y fue también en diciembre cuando la ciudad nos acogió de nuevo para entregarnos el Premio al Mejor Proyecto de Difusión Turística, una ocasión en la que volvimos a sentir, con la misma intensidad, el calor y la cercanía de su gente.

La herencia del mar y la tierra

La historia de la gastronomía malagueña podría contarse como una travesía marítima. Fenicios, romanos, árabes y cristianos trajeron consigo especias, semillas y costumbres que aún sobreviven en las cocinas de la provincia. En los valles del Guadalhorce y la Axarquía nacieron los huertos que hoy siguen abasteciendo la mesa local: almendros, limoneros, viñedos, olivares. Durante siglos, la despensa malagueña ha sido un mosaico de herencias que se entrelazan en cada plato.

En la época nazarí, los patios se perfumaban con azahar y los guisos mezclaban miel con frutos secos y especias. Más tarde, con el auge comercial del siglo XIX, el puerto se convirtió en punto de intercambio de productos: del mar llegaban los pescados frescos; de ultramar, el cacao, la caña y los cítricos. Así, la cocina malagueña fue tejiendo una identidad mestiza, donde lo humilde convive con lo sofisticado, y lo local dialoga con el mundo.

Quizás por eso, comer en Málaga es un acto de continuidad. Cada receta es un eco del pasado, una historia transmitida de generación en generación, adaptada con naturalidad al presente.

El sabor de lo propio

Caminar por el Mercado de Atarazanas en otoño es entender la ciudad desde su estómago. El aire huele a sal, a hierro, a fruta madura. Los pescaderos gritan el precio de las doradas y las caballas recién llegadas, mientras los hortelanos acomodan sus tomates corazón de buey y los pimientos lamuyo de piel brillante. En los puestos más antiguos, una voz ofrece almendras garrapiñadas y otra recomienda vino dulce para las noches frías.

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Espeto de sardinas asadas.

Ahí mismo descubrimos la esencia del recetario malagueño: sencillez, frescura y verdad. No hay artificios. Un espeto de sardinas asadas al fuego basta para entender siglos de tradición. La porra antequerana —hermana del salmorejo pero más espesa— se espesa con pan y aceite hasta lograr una textura que abriga. El ajoblanco, frío y terso, juega con el dulzor de la uva moscatel. El gazpachuelo, humilde y blanco, aparece como una caricia cuando el mar se vuelve más frío.

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Porra antequerana.

Los dulces merecen mención aparte. En otoño llegan los borrachuelos, los roscos de vino y las tortas de aceite. Todos huelen a casa, a sobremesa lenta y a café recién molido.

Y entre bocado y bocado, el vino de Málaga. Elaborado con uvas moscatel o Pedro Ximénez, este vino dulce, denso y perfumado, resume en una copa la identidad de la ciudad. Es el licor que se ofrece a los visitantes, el que acompaña las celebraciones y el que, en silencio, despide cada día.

Un paseo gastronómico por la ciudad

Al caer la tarde, la ciudad se vuelve dorada. Desde la Alcazaba, las tejas brillan con un tono cobrizo que anuncia el crepúsculo. Es el momento perfecto para salir a caminar con hambre y sin plan.

En la calle Granada el aroma a fritura convive con el de los vinos jóvenes. Las terrazas comienzan a llenarse y los camareros avanzan con equilibrio entre mesas repletas. A unos pasos, en la Plaza de la Constitución, los malagueños toman café y conversan mientras los turistas que no se han marchado se dejan llevar por la música de algún guitarrista callejero.

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Imprescindible tomarse unos boquerones con picos en una terraza malagueña.

En el centro comercial Muelle Uno, en el puerto de Málaga, el restaurante José Carlos García brilla como una joya frente al mar. Su cocina no se rige por una carta tradicional, sino por dos menús degustación estacionales que exploran la riqueza del producto local. En el menú actual figuran platos como las quisquillas con leche de tigre, la coliflor con yema y estragón, las cigalas con foie gras y setas o una tartaleta de vieira con gel de limón. También aparecen creaciones como el pichón con lentejas beluga o el bogavante con salsa ponzu y pimientos, donde el chef demuestra su dominio técnico sin perder la conexión con el mar y la tierra. Cada plato parece dialogar con el entorno: la textura del pescado evoca el oleaje, los tonos de los vegetales recuerdan el paisaje de la Axarquía. Comer aquí es asistir a un relato sensorial donde la sofisticación no eclipsa la memoria del sabor.

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Paseo marítimo en el puerto de Málaga.

Desde el puerto avanzamos hacia la Alameda de Colón, donde se alza Cávala, otro de los templos del producto marino en la ciudad. Su propuesta es moderna y elegante, centrada en el pescado de cercanía y la cocción precisa. En sus menús degustación destacan preparaciones como el mejillón —plato que se ha convertido en emblema de su propuesta— y otros bocados de temporada que reflejan una mirada contemporánea hacia el mar de Alborán. Cada detalle, desde la vajilla hasta la luz, está pensado para que el comensal perciba la pureza del ingrediente, sin distracciones ni artificios.

Un poco más arriba, en la Plaza de las Flores, se encuentra Beluga – Cocina Meridiana, un espacio donde la elegancia mediterránea se combina con un respeto absoluto por el producto local. En su carta aparecen elaboraciones como el ajoblanco con semisalazones, el emblanco de rodaballo y espárrago helado o la lechuga viva con gamba roja, que expresan una cocina sensible y luminosa, fiel a los sabores andaluces pero con guiños creativos. Aquí los platos no buscan sorprender con extravagancia, sino emocionar con precisión.

Y, porque Málaga también vive de su alma popular, seguimos el camino hasta la playa de El Palo, donde el aire huele a brasas y sal. En El Tintero, las bandejas circulan entre las mesas al ritmo de voces que anuncian los platos: boquerones fritos, calamares, rosada, gambas, adobo. Es una liturgia sin protocolos, una fiesta del mar donde los comensales levantan la mano para atrapar su ración. Aquí no hay carta impresa ni menú degustación, pero sí algo más valioso: autenticidad pura, la de una ciudad que sigue entendiendo que comer juntos es una celebración.

Entre la alta cocina del Muelle Uno y el bullicio del Tintero, Málaga ofrece toda una paleta de experiencias. En un mismo día se puede disfrutar de un menú de autor con maridaje de vinos por más de doscientos euros o de una fritura junto al mar por menos de veinte. Pero en ambos extremos persiste la misma idea: el respeto al producto, la emoción por el sabor y el deseo de compartirlo.

El alma contemporánea de la cocina malagueña

En los últimos años, la escena culinaria de la ciudad ha vivido un renacimiento. Jóvenes cocineros formados en escuelas internacionales regresan con nuevas ideas, pero sin olvidar las raíces. Buscan reinterpretar el recetario con productos locales, técnicas depuradas y una mirada respetuosa.

La nueva cocina malagueña habla el idioma del kilómetro cero y del producto de temporada. En barrios emergentes surgen propuestas como Blossom, donde la estética minimalista acompaña a una cocina emocional que combina tradición andaluza con influencias latinoamericanas. Es una generación que entiende que la modernidad no está en la ruptura, sino en el diálogo con lo heredado. De hecho, muchos de estos chefs trabajan codo a codo con agricultores y pescadores locales. Revalorizan la huerta malagueña, los cítricos de la Axarquía, la miel de los montes, los vinos secos y las legumbres de sierra. En sus platos, el pimiento, la berenjena o el boquerón no son simples ingredientes: son símbolos de identidad.

Una ciudad que se bebe

Si tuviéramos que elegir una bebida que represente a Málaga, sería el vino moscatel. No solo por su dulzura, sino por su carácter. Es el reflejo líquido de un sol amable, de una uva que madura con paciencia en las laderas. Se toma frío, en copa pequeña, y acompaña los postres o las sobremesas eternas.

También es popular la mistela, ese licor espeso que combina mosto y alcohol. Se sirve en dosis pequeñas, pero deja una huella cálida que perdura. En las tabernas más antiguas aún se conserva la costumbre de ofrecer una copita al final de la comida, como gesto de cortesía.

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Moscatel malagueño.

El sabor de una despedida

Cuando la noche cae sobre la ciudad y las luces se reflejan en el puerto, comprendemos que Málaga se disfruta más cuando se deja reposar. La hemos recorrido con los sentidos: los mercados, los barrios marineros, las cocinas humildes y los templos de autor. Hemos probado el sabor del mar, el dulzor de la tierra y la calidez de su gente.

En otoño, Málaga invita a detenerse. A ver pasar a los malagueños desde una terraza, a pasear sin rumbo por la calle Larios, a mirar cómo el sol se esconde detrás del monte Gibralfaro, a sentir que en cada bocado hay un pedazo de historia y también de presente.

No hace falta más que una copa de vino, un plato sencillo y buena compañía para entenderlo: Málaga cuando se visita, se saborea. Y cuando uno la prueba, vuelve inevitablemente.

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<h1>Gastronomía de Málaga: el viaje culinario perfecto para el otoño andaluz</h1>
<p>Cuando el calor cede y el aire comienza a oler a mar templado y madera, Málaga se transforma. No hablamos de una ciudad que se apaga con el fin del verano, sino de una urbe que recupera su pulso verdadero, ese que late entre las plazas, los mercados y las conversaciones pausadas frente a un vino moscatel. En otoño, los malagueños intentan regresar a sus ritmos: la ciudad parece que respira mejor, los aromas se concentran, y la comida vuelve a ser el lenguaje más honesto para entender su identidad.</p>



<p>Llegamos una mañana de octubre, cuando la luz aún se cuela entre las persianas y los cafés del centro empiezan a llenarse de voces tempranas. Málaga nos recibe con esa serenidad vibrante de las ciudades portuarias que despiertan mirando al mar. Y fue también en diciembre cuando la ciudad nos acogió de nuevo para entregarnos el <strong>Premio al Mejor Proyecto de Difusión Turística</strong>, una ocasión en la que volvimos a sentir, con la misma intensidad, el calor y la cercanía de su gente.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La herencia del mar y la tierra</h2>



<p>La historia de la gastronomía malagueña podría contarse como una travesía marítima. Fenicios, romanos, árabes y cristianos trajeron consigo especias, semillas y costumbres que aún sobreviven en las cocinas de la provincia. En los valles del <strong>Guadalhorce</strong> y la <strong>Axarquía</strong> nacieron los huertos que hoy siguen abasteciendo la mesa local: almendros, limoneros, viñedos, olivares. Durante siglos, la despensa malagueña ha sido un mosaico de herencias que se entrelazan en cada plato.</p>



<p>En la época nazarí, los patios se perfumaban con azahar y los guisos mezclaban miel con frutos secos y especias. Más tarde, con el auge comercial del siglo XIX, el puerto se convirtió en punto de intercambio de productos: del mar llegaban los pescados frescos; de ultramar, el cacao, la caña y los cítricos. Así, la cocina malagueña fue tejiendo una identidad mestiza, donde lo humilde convive con lo sofisticado, y lo local dialoga con el mundo.</p>



<p>Quizás por eso, comer en Málaga es un acto de continuidad. Cada receta es un eco del pasado, una historia transmitida de generación en generación, adaptada con naturalidad al presente.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El sabor de lo propio</h2>



<p>Caminar por el <strong>Mercado de Atarazanas</strong> en otoño es entender la ciudad desde su estómago. El aire huele a sal, a hierro, a fruta madura. Los pescaderos gritan el precio de las doradas y las caballas recién llegadas, mientras los hortelanos acomodan sus tomates corazón de buey y los pimientos <em>lamuyo</em> de piel brillante. En los puestos más antiguos, una voz ofrece almendras garrapiñadas y otra recomienda vino dulce para las noches frías.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-3-19-1200x900.webp" alt="Imagen de Gastronomía de Málaga: el viaje culinario perfecto para el otoño andaluz" class="wp-image-8590" title="Imagen de Gastronomía de Málaga: el viaje culinario perfecto para el otoño andaluz 11" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-3-19-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-3-19-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-3-19-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-3-19-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-3-19.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Espeto de sardinas asadas. </figcaption></figure>



<p>Ahí mismo descubrimos la esencia del recetario malagueño: sencillez, frescura y verdad. No hay artificios. Un <strong>espeto de sardinas</strong> asadas al fuego basta para entender siglos de tradición. La <strong>porra antequerana </strong>—hermana del salmorejo pero más espesa— se espesa con pan y aceite hasta lograr una textura que abriga. El <strong>ajoblanco</strong>, frío y terso, juega con el dulzor de la uva moscatel. El <strong>gazpachuelo</strong>, humilde y blanco, aparece como una caricia cuando el mar se vuelve más frío.</p>



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<p>Los dulces merecen mención aparte. En otoño llegan los <strong>borrachuelos</strong>, los <strong>roscos de vino</strong> y las <strong>tortas de aceite</strong>. Todos huelen a casa, a sobremesa lenta y a café recién molido.</p>



<p>Y entre bocado y bocado, el <strong>vino de Málaga</strong>. Elaborado con <strong>uvas moscatel o Pedro Ximénez</strong>, este vino dulce, denso y perfumado, resume en una copa la identidad de la ciudad. Es el licor que se ofrece a los visitantes, el que acompaña las celebraciones y el que, en silencio, despide cada día.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Un paseo gastronómico por la ciudad</h2>



<p>Al caer la tarde, la ciudad se vuelve dorada. Desde la <strong>Alcazaba</strong>, las tejas brillan con un tono cobrizo que anuncia el crepúsculo. Es el momento perfecto para salir a caminar con hambre y sin plan.</p>



<p>En la calle <strong>Granada</strong> el aroma a fritura convive con el de los vinos jóvenes. Las terrazas comienzan a llenarse y los camareros avanzan con equilibrio entre mesas repletas. A unos pasos, en la <strong>Plaza de la Constitución</strong>, los malagueños toman café y conversan mientras los turistas que no se han marchado se dejan llevar por la música de algún guitarrista callejero.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-4-16-1200x900.webp" alt="Imagen de Gastronomía de Málaga: el viaje culinario perfecto para el otoño andaluz" class="wp-image-8593" title="Imagen de Gastronomía de Málaga: el viaje culinario perfecto para el otoño andaluz 13" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-4-16-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-4-16-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-4-16-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-4-16-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Pagina-4-16.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Imprescindible tomarse unos boquerones con picos en una terraza malagueña.</figcaption></figure>



<p>En el centro comercial <strong>Muelle Uno</strong>, en el puerto de Málaga, el restaurante <strong><a href="https://www.restaurantejcg.com/index.php" target="_blank" rel="noopener">José Carlos García</a></strong> brilla como una joya frente al mar. Su cocina no se rige por una carta tradicional, sino por dos menús degustación estacionales que exploran la riqueza del producto local. En el menú actual figuran platos como las quisquillas con leche de tigre, la coliflor con yema y estragón, las cigalas con foie gras y setas o una tartaleta de vieira con gel de limón. También aparecen creaciones como el pichón con lentejas beluga o el bogavante con salsa ponzu y pimientos, donde el chef demuestra su dominio técnico sin perder la conexión con el mar y la tierra. Cada plato parece dialogar con el entorno: la textura del pescado evoca el oleaje, los tonos de los vegetales recuerdan el paisaje de la <strong>Axarquía</strong>. Comer aquí es asistir a un relato sensorial donde la sofisticación no eclipsa la memoria del sabor.</p>



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<p>Desde el puerto avanzamos hacia la <strong>Alameda de Colón</strong>, donde se alza <strong><a href="https://www.thefork.es/restaurante/cavala-malaga-r815528" target="_blank" rel="noopener">Cávala</a></strong>, otro de los templos del producto marino en la ciudad. Su propuesta es moderna y elegante, centrada en el pescado de cercanía y la cocción precisa. En sus menús degustación destacan preparaciones como el mejillón —plato que se ha convertido en emblema de su propuesta— y otros bocados de temporada que reflejan una mirada contemporánea hacia el mar de <strong>Alborán</strong>. Cada detalle, desde la vajilla hasta la luz, está pensado para que el comensal perciba la pureza del ingrediente, sin distracciones ni artificios.</p>



<p>Un poco más arriba, en la <strong>Plaza de las Flores</strong>, se encuentra <strong><a href="https://belugamalaga.es/" target="_blank" rel="noopener">Beluga </a></strong>– Cocina Meridiana, un espacio donde la elegancia mediterránea se combina con un respeto absoluto por el producto local. En su carta aparecen elaboraciones como el ajoblanco con semisalazones, el emblanco de rodaballo y espárrago helado o la lechuga viva con gamba roja, que expresan una cocina sensible y luminosa, fiel a los sabores andaluces pero con guiños creativos. Aquí los platos no buscan sorprender con extravagancia, sino emocionar con precisión.</p>



<p>Y, porque Málaga también vive de su alma popular, seguimos el camino hasta la playa de <strong>El Palo</strong>, donde el aire huele a brasas y sal. En <strong><a href="https://eltinteromalaga.com/" target="_blank" rel="noopener">El Tintero</a></strong>, las bandejas circulan entre las mesas al ritmo de voces que anuncian los platos: boquerones fritos, calamares, rosada, gambas, adobo. Es una liturgia sin protocolos, una fiesta del mar donde los comensales levantan la mano para atrapar su ración. Aquí no hay carta impresa ni menú degustación, pero sí algo más valioso: autenticidad pura, la de una ciudad que sigue entendiendo que comer juntos es una celebración.</p>



<p>Entre la alta cocina del Muelle Uno y el bullicio del Tintero, Málaga ofrece toda una paleta de experiencias. En un mismo día se puede disfrutar de un menú de autor con maridaje de vinos por más de doscientos euros o de una fritura junto al mar por menos de veinte. Pero en ambos extremos persiste la misma idea: el respeto al producto, la emoción por el sabor y el deseo de compartirlo.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El alma contemporánea de la cocina malagueña</h2>



<p>En los últimos años, la escena culinaria de la ciudad ha vivido un renacimiento. Jóvenes cocineros formados en escuelas internacionales regresan con nuevas ideas, pero sin olvidar las raíces. Buscan reinterpretar el recetario con productos locales, técnicas depuradas y una mirada respetuosa.</p>



<p>La nueva cocina malagueña habla el idioma del kilómetro cero y del producto de temporada. En barrios emergentes surgen propuestas como <strong><a href="https://www.blossommalaga.com/" target="_blank" rel="noopener">Blossom</a></strong>, donde la estética minimalista acompaña a una cocina emocional que combina tradición andaluza con influencias latinoamericanas. Es una generación que entiende que la modernidad no está en la ruptura, sino en el diálogo con lo heredado. De hecho, muchos de estos chefs trabajan codo a codo con agricultores y pescadores locales. Revalorizan la huerta malagueña, los cítricos de la <strong>Axarquía</strong>, la miel de los montes, los vinos secos y las legumbres de sierra. En sus platos, el pimiento, la berenjena o el boquerón no son simples ingredientes: son símbolos de identidad.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Una ciudad que se bebe</h2>



<p>Si tuviéramos que elegir una bebida que represente a Málaga, sería el <strong>vino moscatel</strong>. No solo por su dulzura, sino por su carácter. Es el reflejo líquido de un sol amable, de una uva que madura con paciencia en las laderas. Se toma frío, en copa pequeña, y acompaña los postres o las sobremesas eternas.</p>



<p>También es popular la<strong> mistela</strong>, ese licor espeso que combina mosto y alcohol. Se sirve en dosis pequeñas, pero deja una huella cálida que perdura. En las tabernas más antiguas aún se conserva la costumbre de ofrecer una copita al final de la comida, como gesto de cortesía.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Untitled-image-2025-10-14T103706.029-1200x900.webp" alt="Imagen de Gastronomía de Málaga: el viaje culinario perfecto para el otoño andaluz" class="wp-image-8594" title="Imagen de Gastronomía de Málaga: el viaje culinario perfecto para el otoño andaluz 15" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Untitled-image-2025-10-14T103706.029-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Untitled-image-2025-10-14T103706.029-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Untitled-image-2025-10-14T103706.029-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Untitled-image-2025-10-14T103706.029-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/10/Untitled-image-2025-10-14T103706.029.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Moscatel malagueño.</figcaption></figure>



<h2 class="wp-block-heading">El sabor de una despedida</h2>



<p>Cuando la noche cae sobre la ciudad y las luces se reflejan en el puerto, comprendemos que Málaga se disfruta más cuando se deja reposar. La hemos recorrido con los sentidos: los mercados, los barrios marineros, las cocinas humildes y los templos de autor. Hemos probado el sabor del mar, el dulzor de la tierra y la calidez de su gente.</p>



<p>En otoño, Málaga invita a detenerse. A ver pasar a los malagueños desde una terraza, a pasear sin rumbo por la calle Larios, a mirar cómo el sol se esconde detrás del monte <strong>Gibralfaro</strong>, a sentir que en cada bocado hay un pedazo de historia y también de presente.</p>



<p>No hace falta más que una copa de vino, un plato sencillo y buena compañía para entenderlo: Málaga cuando se visita, se saborea. Y cuando uno la prueba, vuelve inevitablemente.</p>



<h2 class="wp-block-heading">NEWSLETTER</h2>



<p>Si te ha gustado este artículo, es que te gusta comer con sentido y viajar con apetito.</p>



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