Pavo de Acción de Gracias: historia, tradición y la receta más auténtica

Guía completa del pavo de Acción de Gracias: pasado, significado y la preparación tradicional.

Redacción GeoGastronómica
26 de noviembre de 2025
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Índice

La fiesta de Acción de Gracias: un viaje histórico y antropológico

Cuando el viajero cae en Estados Unidos durante el mes de noviembre, descubre que Acción de Gracias no es solo una festividad marcada en el calendario, es un ritual social que mezcla memoria familiar, construcción identitaria y una cierta nostalgia por lo comunitario. La celebración tiene lugar el cuarto jueves de noviembre, una fecha que, aunque variable, se vive cada año con la misma intensidad y preparación. En Canadá, Liberia y algunos territorios caribeños con herencia norteamericana también se celebra, aunque con matices propios. Lo que permanece en todos los casos es la intención original: detenerse, agradecer y compartir.

Su origen se enlaza con las antiguas fiestas europeas de la cosecha —los harvest festivals—, que los colonos ingleses replicaron en el Nuevo Mundo a su manera. Los peregrinos asentados en Plymouth en 1620 sobrevivieron gracias a los conocimientos agrícolas de los pueblos nativos, especialmente los wampanoag. Hoy, historiadores y antropólogos recuerdan que el famoso banquete de hermandad de 1621, tradicionalmente presentado como una comida armoniosa entre colonos y nativos, fue en realidad un encuentro puntual registrado solo de forma parcial, y que la imagen de una gran mesa compartida se construyó siglos después como relato nacional. No hubo un festín monumental ni un menú ceremonial tal como se describe hoy, sino una reunión más modesta donde ambos grupos aportaron alimentos en un contexto político complejo. Aun así, el espíritu de comunión que esa escena simboliza ha perdurado como núcleo emocional de la festividad.

Imagen de Pavo de Acción de Gracias: historia, tradición y la receta más auténtica

En ciudades como Boston y Filadelfia es posible seguir rutas museísticas que revisan críticamente los orígenes de la celebración, incorporando tanto voces indígenas como relatos de descendientes de colonos. En Canadá, la fecha se adelanta a octubre y se asocia más estrictamente al final de la cosecha. Y en Liberia —fundada en el siglo XIX por afrodescendientes emancipados de Estados Unidos— la festividad se integró con ingredientes locales como la yuca y el arroz de arroyo, dando lugar a una mesa donde conviven influencias africanas y estadounidenses.

El origen culinario del pavo: de ave salvaje a símbolo nacional

El pavo formaba parte de la gastronomía mesoamericana mucho antes de la colonización europea. Los mexicas —el pueblo indígena que fundó y gobernó el Imperio azteca en Mesoamérica— consideraban el pavo como una proteína de amplio valor culinario y lo preparaban tanto en guisos como en asados ceremoniales. Los colonos europeos quedaron sorprendidos por su tamaño, su versatilidad y su abundancia en Norteamérica. Su domesticación relativamente sencilla contribuyó a su popularidad.

Lo curioso es que no hay una única fuente que confirme que en aquel primer banquete de 1621 se degustó pavo. Las crónicas hablan de aves silvestres sin detallar especie. Aun así, a finales del siglo XIX el pavo ya era un ícono nacional gracias al trabajo de escritoras como Sarah Josepha Hale, quien, desde su influyente labor editorial, defendió durante décadas la creación de un día nacional de agradecimiento. No fue la promotora del calendario festivo estadounidense en su conjunto, pero sí la figura decisiva que logró que el Día de Acción de Gracias se consolidara como festivo nacional, especialmente tras convencer a Abraham Lincoln en 1863. La tradición culinaria se afianzó en paralelo a la industrialización avícola, convirtiendo el pavo en un producto accesible y, con el tiempo, en el gran protagonista de la mesa.

Hoy incluso existe un debate gastronómico que divide a cocineros y comensales: ¿el pavo se consume por sabor o por tradición? La respuesta es que el pavo puede ser soberbio… si se trata con el mismo respeto técnico que se le daría a un gran asado europeo.

Cómo debe ser el pavo perfecto de Acción de Gracias

Para que un pavo de Acción de Gracias sea memorable, debe alcanzar tres metas: piel crujiente, carne tierna y aroma cálido de hierbas. Ese equilibrio es más sencillo de nombrar que de lograr.
Es interesante la analogía con la porchetta italiana, un asado típico de Lazio y Umbría en el que un cerdo entero deshuesado se masajea con sal, hierbas y especias antes de asarse lentamente hasta obtener una piel crujiente y una carne interior jugosa. Es un plato festivo, contundente y lleno de técnica. Muchos cocineros estadounidenses recurren a esa comparación porque, como en la porchetta, el pavo ideal necesita deshidratación controlada de la piel, buena distribución de grasa y cocción prolongada pero moderada.

La receta que se describe a continuación sigue esa filosofía: técnicas tradicionales, respeto por los tiempos y una combinación de mantequilla y hierbas que funciona como una armadura aromática.

La receta tradicional del pavo de Acción de Gracias

Ingredientes para 10–12 personas

  • Pavo entero de 5,5-6,5 kg
  • 250 g de mantequilla sin sal a temperatura ambiente
  • 2 cebollas grandes en cuartos
  • 2 ramas de apio
  • 2 zanahorias
  • 1 cabeza de ajo partida horizontalmente
  • 1 manzana ácida
  • 1 limón
  • 1 ramita de romero fresco
  • 1 ramita de tomillo fresco
  • 1 ramita de salvia
  • Sal gruesa (aprox. 3 cucharadas)
  • Pimienta negra recién molida
  • 500 ml de caldo de pollo o pavo
  • 250 ml de vino blanco seco
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Elaboración paso a paso

Comenzamos con una salmuera seca. Se masajea el pavo con sal gruesa por dentro y por fuera y se deja reposar entre 18 y 24 horas en la nevera, sin cubrir. Esta técnica permite que la piel pierda humedad superficial y se vuelva más propicia al dorado, como ocurre en la porchetta italiana.

Al día siguiente retiramos el exceso de sal y comenzamos con la aromatización. Mezclamos la mantequilla con romero, tomillo, salvia y pimienta. Para introducir este ungüento bajo la piel de la pechuga, colocamos el ave sobre la tabla y buscamos con los dedos el borde de la piel. Con movimientos lentos, casi como si quisiéramos abrir un bolsillo, despegamos la piel de la carne, creando un espacio que recorrerá toda la pechuga. La piel del pavo, sorprendentemente elástica, permite esta maniobra sin romperse.

Una vez creado el “túnel”, tomamos pequeñas porciones de la mantequilla aromática y las introducimos con la mano, extendiendo el ungüento desde el exterior mediante suaves presiones circulares. El objetivo es formar una capa delgada y uniforme, no rellenar en exceso. Esa película se fundirá durante el horneado, hidratando la pechuga desde dentro.

En la cavidad interior añadimos la manzana, el limón, el ajo y algunas hierbas. Más que rellenar, buscamos generar vapor perfumado. Colocamos el pavo sobre una cama de verduras —cebolla, apio y zanahoria— y añadimos caldo y vino blanco en el fondo de la bandeja.

Horneamos a 175 ºC durante aproximadamente 3 horas, regando el ave con los jugos cada 30–40 minutos. Aquí interviene el termómetro, nuestro mejor aliado. Para medir correctamente la temperatura de la pechuga, insertamos la sonda desde el lateral hasta el centro, evitando tocar hueso. Para el muslo, introducimos la sonda en su parte más gruesa, justo donde el muslo se une con la carcasa, también sin tocar hueso. Cuando la pechuga alcanza 75 ºC y el muslo 82 ºC, el pavo está en su punto.
Antes de cortarlo, lo dejamos reposar al menos 30 minutos. En este tiempo los jugos se redistribuyen, garantizando una carne jugosa y firme. La gran cocinera y divulgadora Julia Child solía decir que “el descanso es el gran secreto de los asados”, y este pavo es un ejemplo perfecto.

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Análisis nutricional (según BEDCA)

Una buena noticia, la carne de pavo destaca por su bajo contenido en grasa —especialmente la pechuga sin piel— y su elevado aporte proteico. Según la Base de Datos Española de Composición de Alimentos (BEDCA), 100 g de pavo asado sin piel aportan unas 135 kcal, 29 g de proteína y menos de 2 g de grasa¹. Es rico en vitaminas del grupo B y en minerales como fósforo y selenio.

Lo interesante es que, nutricionalmente, el pavo es la parte más ligera de todo el menú de Acción de Gracias. Las guarniciones tradicionales —purés, panes enriquecidos, salsas dulces— suelen aportar la mayor carga calórica. Por eso es habitual combinar lo clásico con opciones más equilibradas como verduras asadas, ensaladas con cítricos o calabaza al horno.

¹Fuente: Base de Datos Española de Composición de Alimentos (BEDCA).

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<h1>Pavo de Acción de Gracias: historia, tradición y la receta más auténtica</h1>
<h2 class="wp-block-heading">La fiesta de Acción de Gracias: un viaje histórico y antropológico</h2>



<p>Cuando el viajero cae en <strong><a href="https://geogastronomica.com/destinos/estados-unidos/">Estados Unidos</a></strong> durante el mes de noviembre, descubre que Acción de Gracias no es solo una festividad marcada en el calendario, es un ritual social que mezcla memoria familiar, construcción identitaria y una cierta nostalgia por lo comunitario. La celebración tiene lugar el cuarto jueves de noviembre, una fecha que, aunque variable, se vive cada año con la misma intensidad y preparación. En <strong>Canadá</strong>, <strong>Liberia</strong> y algunos territorios caribeños con herencia norteamericana también se celebra, aunque con matices propios. Lo que permanece en todos los casos es la intención original: <strong>detenerse, agradecer y compartir.</strong></p>



<p>Su origen se enlaza con las antiguas fiestas europeas de la cosecha —los <em>harvest festivals</em>—, que los colonos ingleses replicaron en el Nuevo Mundo a su manera. Los peregrinos asentados en <strong>Plymouth</strong> en 1620 sobrevivieron gracias a los conocimientos agrícolas de los pueblos nativos, especialmente los <em>wampanoag</em>. Hoy, historiadores y antropólogos recuerdan que el famoso banquete de hermandad de 1621, tradicionalmente presentado como una comida armoniosa entre colonos y nativos, fue en realidad un encuentro puntual registrado solo de forma parcial, y que la imagen de una gran mesa compartida se construyó siglos después como relato nacional. No hubo un festín monumental ni un menú ceremonial tal como se describe hoy, sino una reunión más modesta donde ambos grupos aportaron alimentos en un contexto político complejo. Aun así, el espíritu de comunión que esa escena simboliza ha perdurado como núcleo emocional de la festividad.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/11/Pagina-4-7-1200x900.webp" alt="Imagen de Pavo de Acción de Gracias: historia, tradición y la receta más auténtica" class="wp-image-9004" title="Imagen de Pavo de Acción de Gracias: historia, tradición y la receta más auténtica 7" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/11/Pagina-4-7-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/11/Pagina-4-7-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/11/Pagina-4-7-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/11/Pagina-4-7-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/11/Pagina-4-7.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /></figure>



<p>En ciudades como <strong>Boston </strong>y <strong>Filadelfia</strong> es posible seguir rutas museísticas que revisan críticamente los orígenes de la celebración, incorporando tanto voces indígenas como relatos de descendientes de colonos. En <strong>Canadá</strong>, la fecha se adelanta a octubre y se asocia más estrictamente al final de la cosecha. Y en <strong>Liberia </strong>—fundada en el siglo XIX por afrodescendientes emancipados de Estados Unidos— la festividad se integró con ingredientes locales como la yuca y el arroz de arroyo, dando lugar a una mesa donde conviven influencias africanas y estadounidenses.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El origen culinario del pavo: de ave salvaje a símbolo nacional</h2>



<p>El pavo formaba parte de la gastronomía mesoamericana mucho antes de la colonización europea. Los mexicas —el pueblo indígena que fundó y gobernó el Imperio azteca en Mesoamérica— consideraban el pavo como una proteína de amplio valor culinario y lo preparaban tanto en guisos como en asados ceremoniales. Los colonos europeos quedaron sorprendidos por su tamaño, su versatilidad y su abundancia en Norteamérica. Su domesticación relativamente sencilla contribuyó a su popularidad.</p>



<p>Lo curioso es que no hay una única fuente que confirme que en aquel primer banquete de 1621 se degustó pavo. Las crónicas hablan de aves silvestres sin detallar especie. Aun así, a finales del siglo XIX el pavo ya era un ícono nacional gracias al trabajo de escritoras como <strong>Sarah Josepha Hale</strong>, quien, desde su influyente labor editorial, defendió durante décadas la creación de un día nacional de agradecimiento. No fue la promotora del calendario festivo estadounidense en su conjunto, pero sí la figura decisiva que logró que el <strong>Día de Acción de Gracias</strong> se consolidara como festivo nacional, especialmente tras convencer a <strong>Abraham Lincoln </strong>en 1863. La tradición culinaria se afianzó en paralelo a la industrialización avícola, convirtiendo el pavo en un producto accesible y, con el tiempo, en el gran protagonista de la mesa.</p>



<p>Hoy incluso existe un debate gastronómico que divide a cocineros y comensales: ¿el pavo se consume por sabor o por tradición? La respuesta es que el pavo puede ser soberbio… si se trata con el mismo respeto técnico que se le daría a un gran asado europeo.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Cómo debe ser el pavo perfecto de Acción de Gracias</h2>



<p>Para que un pavo de <strong>Acción de Gracias</strong> sea memorable, debe alcanzar tres metas: <strong>piel crujiente, carne tierna y aroma cálido de hierbas</strong>. Ese equilibrio es más sencillo de nombrar que de lograr.<br>Es interesante la analogía con la <em><strong>porchetta italiana</strong></em>, un asado típico de <strong>Lazio y Umbría</strong> en el que un cerdo entero deshuesado se masajea con sal, hierbas y especias antes de asarse lentamente hasta obtener una piel crujiente y una carne interior jugosa. Es un plato festivo, contundente y lleno de técnica. Muchos cocineros estadounidenses recurren a esa comparación porque, como en la <em><strong>porchetta</strong></em>, el pavo ideal necesita deshidratación controlada de la piel, buena distribución de grasa y cocción prolongada pero moderada.</p>



<p>La receta que se describe a continuación sigue esa filosofía: técnicas tradicionales, respeto por los tiempos y una combinación de mantequilla y hierbas que funciona como una armadura aromática.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La receta tradicional del pavo de Acción de Gracias</h2>



<h3 class="wp-block-heading">Ingredientes para 10–12 personas</h3>



<ul class="wp-block-list">
<li>Pavo entero de 5,5-6,5 kg</li>



<li>250 g de mantequilla sin sal a temperatura ambiente</li>



<li>2 cebollas grandes en cuartos</li>



<li>2 ramas de apio</li>



<li>2 zanahorias</li>



<li>1 cabeza de ajo partida horizontalmente</li>



<li>1 manzana ácida</li>



<li>1 limón</li>



<li>1 ramita de romero fresco</li>



<li>1 ramita de tomillo fresco</li>



<li>1 ramita de salvia</li>



<li>Sal gruesa (aprox. 3 cucharadas)</li>



<li>Pimienta negra recién molida</li>



<li>500 ml de caldo de pollo o pavo</li>



<li>250 ml de vino blanco seco</li>
</ul>



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<h3 class="wp-block-heading">Elaboración paso a paso</h3>



<p>Comenzamos con una salmuera seca. Se masajea el pavo con sal gruesa por dentro y por fuera y se deja reposar entre 18 y 24 horas en la nevera, sin cubrir. Esta técnica permite que la piel pierda humedad superficial y se vuelva más propicia al dorado, como ocurre en la <strong><em>porchetta</em></strong> italiana.</p>



<p>Al día siguiente retiramos el exceso de sal y comenzamos con la aromatización. Mezclamos la mantequilla con romero, tomillo, salvia y pimienta. Para introducir este ungüento bajo la piel de la pechuga, colocamos el ave sobre la tabla y buscamos con los dedos el borde de la piel. Con movimientos lentos, casi como si quisiéramos abrir un bolsillo, despegamos la piel de la carne, creando un espacio que recorrerá toda la pechuga. La piel del pavo, sorprendentemente elástica, permite esta maniobra sin romperse.</p>



<p>Una vez creado el “túnel”, tomamos pequeñas porciones de la mantequilla aromática y las introducimos con la mano, extendiendo el ungüento desde el exterior mediante suaves presiones circulares. El objetivo es formar una capa delgada y uniforme, no rellenar en exceso. Esa película se fundirá durante el horneado, hidratando la pechuga desde dentro.</p>



<p>En la cavidad interior añadimos la manzana, el limón, el ajo y algunas hierbas. Más que rellenar, buscamos generar vapor perfumado. Colocamos el pavo sobre una cama de verduras —cebolla, apio y zanahoria— y añadimos caldo y vino blanco en el fondo de la bandeja.</p>



<p>Horneamos a 175 ºC durante aproximadamente 3 horas, regando el ave con los jugos cada 30–40 minutos. Aquí interviene el termómetro, nuestro mejor aliado. Para medir correctamente la temperatura de la pechuga, insertamos la sonda desde el lateral hasta el centro, evitando tocar hueso. Para el muslo, introducimos la sonda en su parte más gruesa, justo donde el muslo se une con la carcasa, también sin tocar hueso. Cuando la pechuga alcanza 75 ºC y el muslo 82 ºC, el pavo está en su punto.<br>Antes de cortarlo, lo dejamos reposar al menos 30 minutos. En este tiempo los jugos se redistribuyen, garantizando una carne jugosa y firme. La gran cocinera y divulgadora Julia Child solía decir que “el descanso es el gran secreto de los asados”, y este pavo es un ejemplo perfecto.</p>



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<h3 class="wp-block-heading">Análisis nutricional (según BEDCA)</h3>



<p>Una buena noticia, la carne de pavo destaca por su bajo contenido en grasa —especialmente la pechuga sin piel— y su elevado aporte proteico. Según la Base de Datos Española de Composición de Alimentos (BEDCA), 100 g de pavo asado sin piel aportan unas 135 kcal, 29 g de proteína y menos de 2 g de grasa¹. Es rico en vitaminas del grupo B y en minerales como fósforo y selenio.</p>



<p>Lo interesante es que, nutricionalmente, el pavo es la parte más ligera de todo el menú de Acción de Gracias. Las guarniciones tradicionales —purés, panes enriquecidos, salsas dulces— suelen aportar la mayor carga calórica. Por eso es habitual combinar lo clásico con opciones más equilibradas como verduras asadas, ensaladas con cítricos o calabaza al horno.</p>



<p>¹Fuente: Base de Datos Española de Composición de Alimentos (BEDCA).</p>



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<p>Este artículo fue publicado originalmente en <a href="https://geogastronomica.com/">GEOgastronómica</a>. Lea el <a href="https://geogastronomica.com/pavo-de-accion-de-gracias-historia-tradicion-y-la-receta-mas-autentica/">original</a>.</p></div>
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