Comer tiene género: el sesgo invisible que decide tu plato

Carne “para ellos”, ensalada “para ellas”. Un estudio entre España y Ecuador muestra cómo los estereotipos moldean lo que pedimos.

Redacción GeoGastronómica
20 de febrero de 2026
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Imagina una mesa con tu círculo más cercano y una carta de platos en la mano. Sin ponerse de acuerdo, suele aparecer un patrón reconocible: muchos hombres se lanzan a por platos “potentes” —carnes rojas, hamburguesas— y muchas mujeres eligen alternativas percibidas como “ligeras” —ensaladas, pescado—. Cuando llega el postre, el guion vuelve a asomar: no es raro que ellas propongan compartirlo o se lo salten; y también es habitual que ellos se inclinen por pedir “un postre solo para mí”.

¿Casualidad? Difícil. Lo que suele operar ahí no es una preferencia pura, sino una expectativa social tan normalizada que termina pareciendo elección propia.

La comida como identidad (y como código social)

Comer es nutrición, claro. También es identidad. A través del plato comunicamos quiénes somos, o quién creemos que deberíamos ser según el género. Ese “idioma” se aprende desde la infancia y se refuerza con el entorno: familia, escuela, medios, publicidad, dinámicas de grupo. Por eso la pregunta de fondo no es menor: ¿siguen vigentes estos estereotipos?, ¿se repiten igual en cualquier cultura?, ¿están cambiando?

Si se pregunta directamente “¿hay alimentos de hombres y de mujeres?”, lo normal es que la mayoría conteste que no. No siempre porque sea cierto, sino porque a menudo respondemos lo que suena aceptable. Muchas personas no pueden o no quieren verbalizar los motivos reales de sus elecciones (o ni siquiera los tienen claros), así que el sesgo se esconde detrás de un “yo no soy así”.

Este planteamiento se expone en un artículo publicado en la plataforma The Conversation, firmado por Purificación García Segovia, catedrática de Tecnología de Alimentos, y Maria del Carmen Molina Montero, técnico superior de investigación; ambas en la Universitat Politècnica de València. Son, además, las autoras del estudio al que se hace referencia.

Para esquivar esa respuesta automática, el estudio diseñado por el equipo de la Universitat Politècnica de València propuso un ejercicio indirecto: se mostraron fotografías de platos distintos —ensalada, embutidos, salmón, carne con verduras, tarta de chocolate, bol de frutas— y se pidió “personificarlos”. La consigna era sencilla: si ese alimento fuera una persona, ¿sería masculino o femenino?, ¿qué edad tendría?, ¿qué estilo de vida llevaría?

Al hablar de una figura imaginaria (y no de uno mismo), afloran asociaciones inconscientes que, de otro modo, se autocensuran.

El patrón que se repite: carne para ellos, frutas y dulces para ellas

Los resultados fueron consistentes: frutas, ensaladas y dulces se asociaron con lo femenino; carnes y embutidos, con lo masculino. Y no con delicadeza: el plato de embutidos fue identificado como “masculino” por la mayoría, tanto en España como en Ecuador, países donde se realizó el estudio.
Las razones que sostienen esas asociaciones también siguen el libreto cultural: la carne se lee como fuerza, energía y virilidad; las verduras como cuidado, salud y autocontrol, atributos históricamente pegados a la feminidad.

Aunque el esquema general se encontró en ambos contextos, en Ecuador los estereotipos aparecieron con más rigidez: categorías más cerradas, más “blanco o negro”. En España, aun existiendo el binomio carne/masculino y verduras-frutas/femenino, surgía mayor flexibilidad.

Esa diferencia es clave porque apunta a lo esencial: estos códigos no son biología ni destino. Son cultura. Y la cultura cambia, aunque lo haga a velocidades distintas según el lugar.

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Por qué seguimos comiendo con el “manual” abierto

El aprendizaje arranca pronto: a los niños que comen mucho se les celebra como “fuertes”; a las niñas con porciones pequeñas se las etiqueta como “delicadas”. Luego entra la publicidad como recordatorio constante: la carne con hombres, barbacoas y camaradería; yogures, ensaladas y productos “ligeros” con mujeres preocupadas por la figura. El mensaje no siempre se enuncia, pero se repite hasta hacerse paisaje.

A eso se suma el juicio social. En comidas con otras personas —pareja, amistades, trabajo— solemos sentir que nos evalúan. Y esa posibilidad, incluso si no se concreta, empuja a elegir lo que “encaja” con el género: un hombre que pide ensalada puede ser leído como “más femenino”; una mujer que pide un chuletón grande, como “más masculina”. No pasa siempre, pero condiciona.

El texto también recoge otro efecto: un estudio reciente señala que los hombres veganos o vegetarianos pueden ser percibidos como menos masculinos debido al estereotipo que asocia la carne con la masculinidad. Esa percepción impacta en la vida social y en cómo se negocia la identidad cuando alguien elige una dieta basada en vegetales.

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Lo importante: no es una manía, es salud y libertad

Cuando los estereotipos de género dictan qué comer y cuánto comer, el daño no es solo simbólico. Puede afectar a la salud y a la libertad real de elección. Hombres que evitan alimentos saludables por considerarlos “poco masculinos”, y mujeres que restringen porciones o evitan ciertos platos para no ser juzgadas, se alejan de dietas equilibradas y refuerzan una vigilancia constante sobre el cuerpo.
Además, estos estereotipos pueden vincularse a conductas alimentarias de riesgo. En particular, las normas culturales asociadas a la feminidad —delgadez, control del peso— pueden funcionar como factores de riesgo para trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes y jóvenes, especialmente en mujeres.

La próxima vez que comas acompañado o acompañada, observa sin moralina: qué pides, qué piden los demás, si aparecen patrones, si alguien se corrige a mitad de frase (“mejor esto que aquello”). Y hazte la pregunta incómoda, la que desprograma:

¿Esto lo elegí yo… o lo eligió por mí una expectativa sobre cómo “debe” comer alguien de mi género?

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