Ámbar, la cerveza que nos puso bien

Ámbar cumple 125 años siendo fiel a su origen: cerveza hecha con alma, ciencia y respeto por la tradición.

Paco Doblas Gálvez
17 de julio de 2025
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Índice

Podcast #7: Cerveza Ámbar cumple 125 años de historia.

Y la llamaron La Zaragozana, no hacía falta más

Una vez escuché a un camarero decir que toda gran cerveza empieza con agua y termina con una buena historia. Pues bien, esta cerveza no solo nació con agua del Ebro. Nació con orgullo de tierra y una historia por escribir. Y no lo hizo en un garaje hipster ni en un laboratorio de Silicon Valley con levaduras importadas del Himalaya. No. Nació en el barrio de San José de Zaragoza, en 1900, cuando un grupo de tipos con visión —y sed— decide convertir el excedente de la cebada de su tierra en una cerveza digna. Nada de piruetas de marketing, ni etiquetas brillantes con ciervos o caballeros medievales. Solo cerveza. La buena. Así nació La Zaragozana, la madre de Ámbar. De eso hace ya 125 años.

Imagen de Ámbar, la cerveza que nos puso bien
Primera plantilla de La Zaragozana, año 1903. En el centro el primer maestro cervecero, Charles Schlaffer.

La llamaron La Zaragozana. Un nombre que suena a lo que es: origen, barrio, identidad. Desde el primer día apostaron por fermentaciones centroeuropeas, ingredientes nobles y un método tan sencillo como inflexible: “hacerlo bien o no hacerlo”. No hay pruebas de que lo dijeran así, pero seguro que lo pensaban. Porque Ámbar nunca fue una cerveza para todos. Fue una cerveza para los suyos. Para los que la entendían. Y con eso bastaba.

“Es la demostración de que una empresa puede sostenerse en el tiempo por mor del trabajo intenso que han desarrollado generaciones y generaciones de personas que han pasado por estas paredes”, dice Enrique Torguet, Director de Comunicación de la marca, tras más de treinta años respirando lúpulo entre esas paredes centenarias. Y si lo dice él, que ha visto más barriles que la mitad de los bares del Tubo, es que es verdad.

Es la demostración de que una empresa puede sostenerse en el tiempo por mor del trabajo intenso que han desarrollado generaciones y generaciones de personas que han pasado por estas paredes.

La fábrica, montada en el barrio de San José, fue la primera en España en traer técnicas centroeuropeas de fermentación. Se trajeron de Alemania a Charles Schlaffer, que lanzó una cerveza tipo Pilsen, clara, y otra tipo Múnich, oscura. Fue el primer hito de la joven marca: sacar dos líneas de cerveza en lugar de una. Sí, aprendieron de los alemanes, pero sin vender el alma. Aquí se cocinaba con cebada de la ribera y levadura con acento maño. Desde entonces, Ámbar no ha sido simplemente una marca: ha sido una señora con carácter. Y en Aragón, la llamamos “la Ámbar”, como si hablásemos de una tía querida. Con respeto, con memoria, con ese cariño que solo se le tiene a las cosas que han estado ahí toda la vida.

Más que una cerveza, un tótem social

En Zaragoza no se bebe Ámbar. Se practica. Como quien saca la silla a la calle en un pueblo, como quien pide otra ronda sin mirar al camarero. Está en las fiestas del Pilar, en las cañas con tapa gratis (creo que algún bar las regala) y en las sobremesas eternas. Está en las conversaciones que empiezan con un “qué calor hace” y terminan con un “ponte otra”. Porque pedir una Ámbar en Zaragoza no es elegir una marca. Es reafirmar de dónde vienes. Es una “identidad de barrio y orgullo regional”.

Ámbar ha conseguido lo que muchas marcas desean y pocas logran: volverse invisible. No necesita gritar para estar. Está en los bares, en las casas, en las sobremesas, y nadie se pregunta cómo llegó allí. Simplemente está. Como el cierzo, como el acento.

Incluso ahora, con su planta moderna en La Cartuja, conservan la fábrica original como un templo cervecero. Allí las poleas chirrían, los tinos fermentan y el cobre brilla como un altar. Y sí, su sala de tinos abiertos es una auténtica joya de la cervecería y el único lugar del país donde se puede ver cómo trabaja la levadura. Porque, a veces, la mejor innovación es mirar atrás sin nostalgia pero con respeto.

Imagen de Ámbar, la cerveza que nos puso bien
Tinos tradicionales de fermentación de cerveza.

Historia cervecera con oficio y galones

En 1908, Ámbar se llevó su primer gran premio: Medalla de Oro en la Exposición Hispano-Francesa de Zaragoza. No era postureo. Era calidad. Luego vinieron los cambios que cuentan: en 1922 adiós al corcho, hola chapas metálicas. Una revolución silenciosa, pero fundamental. Como un buen dry-hop: no se ve, pero se nota.

Pero el puñetazo en la mesa llegó en 1976. La primera cerveza sin alcohol de España. Boom. “Hay un antes y después cuando la marca decide lanzar una cerveza sin alcohol”, admite Torguet. Y no exagera. Pioneros sin aspavientos, fue a petición del Colegio de Médicos de Zaragoza. No se puede tener más sensibilidad. Los primeros botellines se sirvieron discretamente bajo la barra del bar La Bozada, como si fuera contrabando. Torguet recuerda que uno de los descendientes de aquel emprendedor visionario recordaba cómo su abuelo servía las primeras cervezas sin alcohol debajo de la barra”, una forma de evitar, entendemos, que algún otro cliente le soltara algún improperio por beber algo que no cabía en la mente de la época. ¿Qué sacrilegio es eso de quitarle el alcohol a una bebida con alcohol? Eso es valentía. Por atreverse a lanzarla y por atreverse a pedirla.

En 1979 se dejaron de romanticismos y cambiaron las cajas de madera por plástico. Más ligeras, más modernas, y seguro que más feas, sí. Pero útiles. En 1980 crearon Ámbar Export, su primer hijo con ambiciones. Tres maltas. Doble fermentación. Robusta. Sedosa. Una cerveza que se bebe y se contempla.

En 1996 rompieron esquemas otra vez con Ámbar 1900, la primera alta fermentación en España, hecha para los insaciables que buscaban algo más que una rubia. Luego vino Ámbar Lemon, en 2007, con zumo natural de limón. Y en 2008, Ámbar Sin Gluten. Porque la cerveza también puede ser inclusiva. “La parte del carácter inclusivo de la marca”, como subraya Torguet, fue clave para lanzar en 2011 la primera cerveza sin alcohol y sin gluten del planeta. Así, sin más. Mientras otros hacían etiquetas molonas, estos tipos estaban cambiando el juego.

En 2022 llegó Triple 0: sin alcohol, sin azúcar y sin gluten. En 2023, Ámbar Morena, oscura intensa, torrefacta, con más carácter que un guitarrista de Iron Maiden. Y en 2024, la joya de la corona: Ámbar Especial, es nombrada la mejor cerveza del mundo en el World Beer Challenge. Y no por marketing. Por sabor, porque sabe de verdad a lo que promete. Cuentan que los monjes belgas de la orden trapense, —que fabrican algunas de las cervezas más intensas, complejas y legendarias del planeta—, se la beben a escondidas como si fuera un pecado venial.

Lo que no cambia, y menos mal

En un mundo que corre sin freno hacia lo artificial, Ámbar pisó el freno y miró al campo. Desde hace poco, cultivan cebada con agricultura regenerativa. ¿Qué tal? Plantan flores melíferas en los márgenes para que las abejas hagan su trabajo y los pesticidas no hagan el suyo, “de esta forma —aclara Torquet— el agricultor emplea menos productos fitosanitarios en los campos de cebada y conseguimos que sea más sostenible y tenga menos emisiones de CO2.” Y sí, también sacan miel gracias a un acuerdo con ARNA, la Asociación aragonesa de apicultura.

Con la agricultura regenerativa el agricultor emplea menos productos fitosanitarios en los campos de cebada y conseguimos que sea más sostenible y tenga menos emisiones de CO2.

También volvieron a moler el lúpulo en planta. “Hemos dado un paso hacía atrás. En cada cocción de nuestras cervezas molemos en planta la flor de lúpulo lo que otorga a la cerveza mayor frescor durante más tiempo.” Eso no se aprende en un máster. Se aprende currando.

Y este es el ejemplo de lo bien hecho. La ciencia, el trabajo obsesivo de técnicos, expertos y maestros cerveceros, y ese empeño por volver al campo y hacerlo como antes —con respeto, con paciencia, con manos manchadas de tierra— se notan en el vaso. En el aroma. En el primer sorbo que no promete nada raro pero lo entrega todo. Y mientras tanto, por ahí han inventado la cerveza instantánea de sabores para disolver en casa. Bienvenida sea, si a alguien le hace ilusión. Pero que no la llamen cerveza. Por favor, no mancillen la palabra con espuma de mentira.

Premios, medallas y palmaditas bien merecidas

Desde París y Londres en 1902 hasta el Frankfurt International Trophy en 2024. Ámbar ha ganado tanto premio que necesitarían otra nave solo para guardar las medallas y los trofeos. Pero lo que de verdad importa es que la gente la sigue eligiendo.

En un mundo de cervezas genéricas con nombres imposibles y etiquetas fosforitas, Ámbar sigue siendo una cerveza con acento, con pasado y con sabor real. No es exótica. No es artesanal de postureo. Es una señora que se ha ganado su sitio a base de constancia y buen hacer. “El año pasado la Ámbar Especial fue premiada con la medalla de oro y ahora ha vuelto a pasar.”, reconoce orgulloso el responsable de comunicación de la marca.

Y no son los únicos reconocimientos. Pero lo importante no es la chapa. Es que críticos y sumilleres coinciden: Ámbar huele, sabe y se siente diferente. Y no por trucos. Por técnica.

Imagen de Ámbar, la cerveza que nos puso bien
La sala de cocidas donde se añade el lúpulo recién molido.

El mundo como bar

Hoy se bebe Ámbar en Francia, en México, en Japón y hasta en Estados Unidos, donde compite contra IPAs hipsters con pretensiones de perfume. Y gana. Y crece en tiendas gourmet y ferias internacionales. Porque lo auténtico se reconoce con el primer trago. No necesitan anuncios con guitarras y playa. Necesitan solo una botella bien fría. El resto se explica solo aunque ellos prefieren darle un empujoncito. Es aquí donde entra el marketing.

En un mundo donde todo suena igual, Ámbar se atrevió a ser distinta. “Vendemos un estilo de vida, una manera de entender el disfrute”, dice Torguet. Y lo hicieron con campañas arriesgadas, como aquel spot disparatado premiado en Cannes en 1988 con el lema “La cerveza que te pone bien”. Un tipo convaleciente en el hospital, su amigo que trae una cerveza, y la vida le vuelve a sonreír. También negociaron con la familia de los hermanos Marx para que Harpo hablara. Y crearon el primer anuncio 3D de España donde un OVNI venía a buscar la cerveza. Surrealista. Porque si algo está claro, es que estos tipos no se aburren. Imaginación no les falta. Complejos, ninguno.

Por otros 125 años igual de tercos

Ámbar cumple 125 años. Y no lo hace con nostalgia barata ni fuegos artificiales. Lo hace con el temple de quien ha vivido, ha innovado y ha resistido sin prostituir su esencia. Beber Ámbar es afirmar, sin decirlo, que hay cosas que no se compran: como la historia, la coherencia y el sabor de verdad.

Así que brindemos. Con espuma, con alma, y con un poco de insolencia. Porque en un mundo lleno de cervezas con nombres ridículos y sabores de mango industrial, aún hay botellas que cuentan historias. Y esta, amigos, es de las buenas.

Salud.

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<h1>Ámbar, la cerveza que nos puso bien</h1>
<h2 class="wp-block-heading">Podcast #7: Cerveza Ámbar cumple 125 años de historia.</h2>



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<h2 class="wp-block-heading">Y la llamaron La Zaragozana, no hacía falta más </h2>



<p>Una vez escuché a un camarero decir que toda gran cerveza empieza con agua y termina con una buena historia. Pues bien, esta cerveza no solo nació con agua del Ebro. Nació con orgullo de tierra y una historia por escribir. Y no lo hizo en un garaje hipster ni en un laboratorio de Silicon Valley con levaduras importadas del Himalaya. No. <strong>Nació en el barrio de San José de Zaragoza</strong>, en 1900, cuando un grupo de tipos con visión —y sed— decide convertir el excedente de la cebada de su tierra en una cerveza digna. Nada de piruetas de marketing, ni etiquetas brillantes con ciervos o caballeros medievales. Solo cerveza. La buena. Así nació <strong>La Zaragozana</strong>, la madre de <strong>Ámbar</strong>. De eso hace ya 125 años.</p>



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<p>La llamaron <strong>La Zaragozana</strong>. Un nombre que suena a lo que es: origen, barrio, identidad. Desde el primer día apostaron por fermentaciones centroeuropeas, ingredientes nobles y un método tan sencillo como inflexible: “hacerlo bien o no hacerlo”. No hay pruebas de que lo dijeran así, pero seguro que lo pensaban. Porque <strong>Ámbar </strong>nunca fue una cerveza para todos. Fue una cerveza para los suyos. Para los que la entendían. Y con eso bastaba.</p>



<p><em>“Es la demostración de que una empresa puede sostenerse en el tiempo por mor del trabajo intenso que han desarrollado generaciones y generaciones de personas que han pasado por estas paredes”,</em> dice <strong>Enrique Torguet, Director de Comunicación</strong> de la marca, tras más de treinta años respirando lúpulo entre esas paredes centenarias. Y si lo dice él, que ha visto más barriles que la mitad de los bares del Tubo, es que es verdad.</p>



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<p><em>Es la demostración de que una empresa puede sostenerse en el tiempo por mor del trabajo intenso que han desarrollado generaciones y generaciones de personas que han pasado por estas paredes</em>.</p>
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<p>La fábrica, montada en el barrio de San José, <strong>fue la primera en España en traer técnicas centroeuropeas de fermentación.</strong> Se trajeron de Alemania a <strong>Charles Schlaffer</strong>, que lanzó una cerveza tipo Pilsen, clara, y otra tipo Múnich, oscura. Fue el primer hito de la joven marca: sacar dos líneas de cerveza en lugar de una. Sí, aprendieron de los alemanes, pero sin vender el alma. Aquí se cocinaba con cebada de la ribera y levadura con acento maño. Desde entonces, <strong>Ámbar</strong> no ha sido simplemente una marca: ha sido una señora con carácter. Y en Aragón, la llamamos “la Ámbar”, como si hablásemos de una tía querida. Con respeto, con memoria, con ese cariño que solo se le tiene a las cosas que han estado ahí toda la vida.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Más que una cerveza, un tótem social</h2>



<p>En Zaragoza no se bebe <strong>Ámbar</strong>. Se practica. Como quien saca la silla a la calle en un pueblo, como quien pide otra ronda sin mirar al camarero. Está en las fiestas del Pilar, en las cañas con tapa gratis (creo que algún bar las regala) y en las sobremesas eternas. Está en las conversaciones que empiezan con un <em>“qué calor hace”</em> y terminan con un <em>“ponte otra”</em>. Porque pedir una <strong>Ámbar</strong> en Zaragoza no es elegir una marca. Es reafirmar de dónde vienes. Es una <em>“identidad de barrio y orgullo regional”.</em></p>



<p><strong>Ámbar </strong>ha conseguido lo que muchas marcas desean y pocas logran: volverse invisible. <strong>No necesita gritar para estar.</strong> Está en los bares, en las casas, en las sobremesas, y nadie se pregunta cómo llegó allí. Simplemente está. Como el cierzo, como el acento.</p>



<p>Incluso ahora, con su planta moderna en La Cartuja, conservan la fábrica original como un templo cervecero. Allí las poleas chirrían, los tinos fermentan y el cobre brilla como un altar. Y sí, <strong>su sala de tinos abiertos es una auténtica joya de la cervecería</strong> y el único lugar del país donde se puede ver cómo trabaja la levadura. Porque, a veces, la mejor innovación es mirar atrás sin nostalgia pero con respeto.</p>



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<p>En 1908, <strong>Ámbar</strong> se llevó su primer gran premio: <strong>Medalla de Oro en la Exposición Hispano-Francesa de Zaragoza</strong>. No era postureo. Era calidad. Luego vinieron los cambios que cuentan<strong>: en 1922 adiós al corcho</strong>, hola chapas metálicas. Una revolución silenciosa, pero fundamental. Como un buen <strong><em>dry-hop</em></strong>: no se ve, pero se nota.</p>



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<p>Pero el puñetazo en la mesa llegó en 1976. <strong>La primera cerveza sin alcohol de España</strong>. Boom. <em>“Hay un antes y después cuando la marca decide lanzar una cerveza sin alcohol”,</em> admite Torguet. Y no exagera. Pioneros sin aspavientos, fue a petición del Colegio de Médicos de Zaragoza. No se puede tener más sensibilidad. <strong>Los primeros botellines se sirvieron discretamente bajo la barra del bar La Bozada</strong>, como si fuera contrabando. Torguet recuerda que uno de los descendientes de aquel emprendedor visionario <strong>“<em>recordaba cómo su abuelo servía las primeras cervezas sin alcohol debajo de la barra”,</em></strong> una forma de evitar, entendemos, que algún otro cliente le soltara algún improperio por beber algo que no cabía en la mente de la época. ¿Qué sacrilegio es eso de quitarle el alcohol a una bebida con alcohol? Eso es valentía. Por atreverse a lanzarla y por atreverse a pedirla.</p>



<p>En 1979 se dejaron de romanticismos y <strong>cambiaron las cajas de madera por plástico</strong>. Más ligeras, más modernas, y seguro que más feas, sí. Pero útiles. En 1980 crearon <strong>Ámbar Export</strong>, su primer hijo con ambiciones. Tres maltas. Doble fermentación. Robusta. Sedosa. Una cerveza que se bebe y se contempla.</p>



<p>En 1996 rompieron esquemas otra vez con <strong>Ámbar 1900</strong>, la primera alta fermentación en España, hecha para los insaciables que buscaban algo más que una rubia. Luego vino <strong>Ámbar Lemon</strong>, en 2007, con zumo natural de limón. Y en 2008, <strong>Ámbar Sin Gluten</strong>. Porque la cerveza también puede ser inclusiva. <em>“La parte del carácter inclusivo de la marca”</em>, como subraya Torguet, fue clave para lanzar en 2011 <strong>la primera cerveza sin alcohol y sin gluten del planeta</strong>. Así, sin más. Mientras otros hacían etiquetas molonas, estos tipos estaban cambiando el juego.</p>



<p>En 2022 llegó <strong>Triple 0: sin alcohol, sin azúcar y sin gluten.</strong> En 2023, <strong>Ámbar Morena</strong>, oscura intensa, torrefacta, con más carácter que un guitarrista de Iron Maiden. Y en 2024, la joya de la corona: <strong>Ámbar Especial</strong>, <strong>es nombrada la mejor cerveza del mundo en el World Beer Challenge.</strong> Y no por marketing. Por sabor, porque sabe de verdad a lo que promete. Cuentan que los monjes <a href="https://geogastronomica.com/la-gastronomia-belga-sabores-con-historia-en-el-corazon-de-europa/#cerveza-identidad-liquida-de-un-pais">belgas</a> de la orden trapense, —que fabrican algunas de las cervezas más intensas, complejas y legendarias del planeta—, se la beben a escondidas como si fuera un pecado venial.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Lo que no cambia, y menos mal</h2>



<p>En un mundo que corre sin freno hacia lo artificial, <strong>Ámbar</strong> pisó el freno y miró al campo. Desde hace poco, <strong>cultivan cebada con agricultura regenerativa.</strong> ¿Qué tal? Plantan flores melíferas en los márgenes para que las abejas hagan su trabajo y los pesticidas no hagan el suyo, <em>“de esta forma </em>—aclara Torquet— <em>el agricultor emplea menos productos fitosanitarios en los campos de cebada y conseguimos que sea más sostenible y tenga menos emisiones de CO2.”</em> Y sí, también sacan miel gracias a un acuerdo con ARNA, la Asociación aragonesa de apicultura.</p>



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<p>Con la agricultura regenerativa <em>el agricultor emplea menos productos fitosanitarios en los campos de cebada y conseguimos que sea más sostenible y tenga menos emisiones de CO2.</em></p>
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<p><strong>También volvieron a moler el lúpulo en planta.</strong> <em>“Hemos dado un paso hacía atrás. En cada cocción de nuestras cervezas molemos en planta la flor de lúpulo lo que otorga a la cerveza mayor frescor durante más tiempo.” </em>Eso no se aprende en un máster. Se aprende currando.</p>



<p>Y este es el ejemplo de lo bien hecho. La ciencia, el trabajo obsesivo de técnicos, expertos y maestros cerveceros, y ese empeño por volver al campo y hacerlo como antes —con respeto, con paciencia, con manos manchadas de tierra— se notan en el vaso. En el aroma. En el primer sorbo que no promete nada raro pero lo entrega todo. Y mientras tanto, por ahí han inventado la cerveza instantánea de sabores para disolver en casa. Bienvenida sea, si a alguien le hace ilusión. Pero que no la llamen cerveza. Por favor, no mancillen la palabra con espuma de mentira.</p>



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<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="776" data-id="7226" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Ventanas-Sala-cocidas-antigua-Andrea-2020-1200x776.webp" alt="Imagen de Ámbar, la cerveza que nos puso bien" class="wp-image-7226" title="Imagen de Ámbar, la cerveza que nos puso bien 20" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Ventanas-Sala-cocidas-antigua-Andrea-2020-1200x776.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Ventanas-Sala-cocidas-antigua-Andrea-2020-900x582.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Ventanas-Sala-cocidas-antigua-Andrea-2020-768x496.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Ventanas-Sala-cocidas-antigua-Andrea-2020-1536x993.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Ventanas-Sala-cocidas-antigua-Andrea-2020.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Exterior de la sala de cocidas de 1900</figcaption></figure>
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<h2 class="wp-block-heading">Premios, medallas y palmaditas bien merecidas</h2>



<p>Desde París y Londres en 1902 hasta el Frankfurt International Trophy en 2024. <strong>Ámbar</strong> ha ganado tanto premio que necesitarían otra nave solo para guardar las medallas y los trofeos. Pero lo que de verdad importa es que la gente la sigue eligiendo.</p>



<p>En un mundo de cervezas genéricas con nombres imposibles y etiquetas fosforitas, <strong>Ámbar</strong> sigue siendo una cerveza con acento, con pasado y con sabor real. No es exótica. No es artesanal de postureo. Es una señora que se ha ganado su sitio a base de constancia y buen hacer. <em>“El año pasado la Ámbar Especial fue premiada con la medalla de oro y ahora ha vuelto a pasar.”</em>, reconoce orgulloso el responsable de comunicación de la marca.</p>



<p>Y no son los únicos reconocimientos. Pero lo importante no es la chapa. <strong>Es que críticos y sumilleres coinciden: Ámbar huele, sabe y se siente diferente. </strong>Y no por trucos. Por técnica.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Pagina-6-1-1200x900.webp" alt="Imagen de Ámbar, la cerveza que nos puso bien" class="wp-image-7212" title="Imagen de Ámbar, la cerveza que nos puso bien 21" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Pagina-6-1-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Pagina-6-1-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Pagina-6-1-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Pagina-6-1-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/07/Pagina-6-1.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">La sala de cocidas donde se añade el lúpulo recién molido.</figcaption></figure>



<h2 class="wp-block-heading">El mundo como bar</h2>



<p>Hoy se bebe <strong>Ámbar </strong>en Francia, en México, en Japón y hasta en Estados Unidos, donde compite contra IPAs hipsters con pretensiones de perfume. Y gana. Y crece en tiendas gourmet y ferias internacionales. Porque lo auténtico se reconoce con el primer trago. No necesitan anuncios con guitarras y playa. Necesitan solo una botella bien fría. El resto se explica solo aunque ellos prefieren darle un empujoncito. Es aquí donde entra el marketing.</p>



<p>En un mundo donde todo suena igual, Ámbar se atrevió a ser distinta. <em>“Vendemos un estilo de vida, una manera de entender el disfrute”</em>, dice Torguet. Y lo hicieron con campañas arriesgadas, como aquel spot disparatado premiado en <strong>Cannes </strong>en 1988 con el lema <strong><em>“La cerveza que te pone bien”.</em></strong> Un tipo convaleciente en el hospital, su amigo que trae una cerveza, y la vida le vuelve a sonreír. También negociaron con la familia de los hermanos <strong><em>Marx </em></strong>para que <strong><em>Harpo</em></strong> hablara. Y crearon el primer anuncio 3D de España donde un <strong>OVNI</strong> venía a buscar la cerveza. Surrealista. Porque si algo está claro, es que estos tipos no se aburren. Imaginación no les falta. Complejos, ninguno.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Por otros 125 años igual de tercos</h2>



<p><strong>Ámbar cumple 125 años</strong>. Y no lo hace con nostalgia barata ni fuegos artificiales. Lo hace con el temple de quien ha vivido, ha innovado y ha resistido sin prostituir su esencia. Beber <strong>Ámbar </strong>es afirmar, sin decirlo, que hay cosas que no se compran: como la historia, la coherencia y el sabor de verdad.</p>



<p>Así que brindemos. Con espuma, con alma, y con un poco de insolencia. Porque en un mundo lleno de cervezas con nombres ridículos y sabores de mango industrial, aún hay botellas que cuentan historias. Y esta, amigos, es de las buenas. </p>



<p>Salud.</p>



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<p>Este artículo fue publicado originalmente en <a href="https://geogastronomica.com/">GEOgastronómica</a>. Lea el <a href="https://geogastronomica.com/ambar-la-cerveza-que-nos-puso-bien/">original</a>.</p></div>
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