El té sin filtros: verdades que nunca te han contado

Té: de China a Sri Lanka, de la ceremonia al matcha de moda. Curiosidades y secretos de la infusión universal.

Paco Doblas Gálvez
3 de octubre de 2025
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Índice

Podcast #12: El té sin filtros: verdades que nunca te han contado

Un viaje entre historia, aromas y contradicciones

¿Cuánto sabemos realmente del té? Lo bebemos sin pensar, como si fuera un simple sorbo que acompaña rutinas o sobremesas, pero lo cierto es que es mucho más que una infusión. El té es una bebida que huele a ceremonia, a sobremesa tranquila y a madrugadas de trabajo mal dormido. Detrás de esa taza humeante que muchos damos por sentada late un universo de contradicciones: imperios levantados y caídos, guerras libradas por hojas secas, sabores que viajan miles de kilómetros y un lenguaje universal que cambia según la lengua que lo pronuncie. El té es tan antiguo como la memoria colectiva y tan actual como la taza de matcha que un influencer se prepara en un loft de Brooklyn. Y en ese contraste reside toda su fascinación.

Orígenes: de leyendas chinas a guerras coloniales

Nos gusta pensar que el té nació de una historia romántica. El emperador Shen Nong, allá por el 2737 a.C., sentado bajo un árbol, dejó caer por accidente unas hojas en agua caliente. De repente, el agua adquirió aroma, color, sabor. El té, como todo lo que importa, nació del azar y la curiosidad.

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Shennong representado por Gan Bozong, grabado en madera, dinastía Tang (618-907) [Por Gan Bozong Wellcome Collection galleryCC-BY-4.0]

Ese mismo azar marcó también a Javier Murillo Mairal, Chabi para sus amigos, sumiller internacional de té y fundador de la tienda especializada EspabilaTé en Zaragoza. Él mismo recuerda que su historia empezó de manera casual: “Tenía ocho o nueve años cuando fui al supermercado con mis padres. Al lado del estante del café vi una caja de té, la cogí y, en contra de ellos, me la llevé. A partir de ahí descubrí un mundo maravilloso”. Una casualidad infantil que acabaría convirtiéndose en obsesión y oficio.

Claro, la realidad histórica del té es mucho menos amable. La bebida se expandió porque servía para controlar rutas comerciales y reforzar imperios. Los chinos lo convirtieron en arte; los japoneses en liturgia; los británicos en arma colonial. Y en medio de todo, la Ruta de la Seda actuó como autopista cultural: caravanas interminables cargadas de té, especias y seda atravesaban desiertos y montañas para alimentar el ansia de lujo de Occidente. No era solo comercio; era poder en movimiento. En esas rutas, el té se convirtió en moneda de cambio, en un lenguaje común entre mercaderes que apenas compartían idioma, y en uno de los productos que dio sentido a miles de kilómetros de caminos polvorientos.

De la ruta del té nació no solo la bebida más consumida del mundo después del agua, sino también la excusa perfecta para invadir territorios, levantar compañías navieras y desatar guerras como la del Opio. Todo por unas hojas secas.

Cultivo: la geografía del sabor

El té no es café. No admite improvisaciones. La Camellia sinensis, la planta madre de todos los tés, es caprichosa. Quiere climas húmedos, suelos ácidos y manos expertas que la recojan en el momento exacto. Un mismo arbusto cultivado a 300 metros sobre el nivel del mar en Assam (India) produce un té fuerte, casi rudo, que aguanta leche y azúcar. Pero si ese arbusto se cría a 2.500 metros en Darjeeling o Nepal, lo que se obtiene es una infusión delicada, floral, casi etérea. Chabi lo explica sin rodeos: “Puedes tener tés preciosos a 300 metros y también a 2.500. La altura confiere un carácter distinto, pero no significa que uno sea mejor que otro”.

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Camellia sinensis.

Puedes tener tés preciosos a 300 metros y también a 2.500 metros. La altura confiere un carácter distinto, pero no significa que uno sea mejor que otro.

Los números lo confirman. Según el Informe Estadístico 2023 de la FAO, el mundo produjo 6,6 millones de toneladas de té, con China a la cabeza (3,3 millones) seguida de India (1,4 millones). Países como Kenia, Sri Lanka o Vietnam, lejos de la tradición oriental más conocida, se han convertido en actores clave en este mercado que nunca duerme.

Palabras que viajan: té, cha, chai

Una taza de té no se llama igual en todas partes. Si viajó por mar, lo conocemos como tea (Inglaterra, Holanda). Si lo hizo por tierra, es cha (China, Japón, Portugal). Y si se mezcló con leche, especias y azúcar, pasó a ser chai, la bebida callejera que perfuma los trenes indios y que Occidente transformó en latte gourmet de cafetería hipster.

El nombre no es un detalle menor: es la huella de cómo los imperios expandieron sus rutas y de cómo los pueblos hicieron suyo un mismo ritual con lenguajes distintos.

Variedades: lo que ves, lo que hueles, lo que tocas

El té es uno, pero parece infinito. Blanco, verde, negro, amarillo, oolong, pu-erh… todo depende de cuánto se oxiden sus hojas. Esa transformación convierte un mismo arbusto en una paleta de sabores y aromas que van de lo vegetal y fresco a lo terroso y robusto, de lo floral y delicado a lo profundo y ahumado.

Pero que nadie se engañe: hay rarezas que cuestan más que un coche de lujo. El Da Hong Pao, un té legendario de Fujian (China), puede alcanzar 1,1 millones de euros el kilo. Chabi lo resume con claridad: “Tiene su explicación en que la cosecha no es la más grande del mundo y crece en unas montañas muy peculiares”. Es historia líquida servida en taza.

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Sirviendo Da Hong Pao de Fujian (China).

¿El mejor té del mundo?

La pregunta es tan absurda como preguntar cuál es la mejor canción de todos los tiempos. Aun así, los jurados internacionales no se resisten a coronar a un ganador. El título más reciente lo ostenta el Lumbini Tea Valley Silver Feathers (Sri Lanka), ganador del Grand Prize en la World Tea Expo 2025 de Las Vegas. Un té blanco que, según Chabi, “tiene una nota de cata que se me hace la boca agua”. Aun así, lo baja de su pedestal con honestidad: “Al final, el mejor té es el que más te guste a ti. También influye mucho el momento del día en el que decidas tomarlo”.

La Santísima Trinidad del Té

Chabi Murillo insiste en lo que él llama la Santísima Trinidad del té: la cantidad de hoja, la temperatura del agua y el tiempo de infusión. Son esas tres variables las que deciden si la taza será gloria o desastre. “Dependiendo del tiempo de infusionado, el té nos va a sacar más taninos, más catequinas y más cafeína. Si manejas bien estas variables y pruebas, por ejemplo, un jazmín Dragon Pearls, dirás: qué maravilla, qué cosa más buena he probado”.

Matcha: de templo zen a supermercado bio

El matcha ha pasado de ser polvo sagrado en monasterios japoneses a convertirse en el must de Instagram. ¿Es tan bueno como dicen? Pues sí… y no. El de calidad, molido en piedra y de un verde vibrante, está cargado de antioxidantes y L-teanina, un aminoácido que aporta calma sin adormilar.

Pero lo que hoy se encuentra en muchos supermercados es otra historia. “Gran parte de culpa la tienen las redes sociales”, admite Murillo. “Todo empezó con la pandemia, allí es donde pegó el pelotazo el té matcha. Pero hay que tener cuidado: aporta mucha cafeína y no es recomendable tomar más de dos al día”. El riesgo es convertir un ritual zen en simple colorante verde para las redes.

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Té matcha.

Cafeína o teína: la misma droga con distinto nombre

Durante años nos contaron que el té contenía teína y el café cafeína. Spoiler: son la misma molécula. La diferencia está en la velocidad: el café la dispara de golpe, como un puñetazo en la mandíbula, mientras el té la libera poco a poco gracias a los polifenoles que la ralentizan. Por eso un té verde mantiene despierto sin el bajón brusco del espresso.

El té en la mesa: maridajes y fogones

Pensar el té solo como bebida es un error. El té se come, se cocina, se mezcla. En China, el pollo ahumado al té es un clásico. En Marruecos, el cordero guisado con té verde y hierbabuena es casi un ritual tribal. En Japón, el ochazuke —arroz cubierto con té caliente, encurtidos y pescado— demuestra que el té también puede ser caldo.

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Arroz ochazuke con té caliente.

Y sí, se puede maridar con té. Chabi lo defiende con pasión: “un oolong combina con quesos azules mejor que muchos vinos, un té negro acompaña carnes rojas con elegancia sorprendente y un verde japonés con sushi es un matrimonio perfecto.”

Una taza que nunca se vacía

El té no es solo una bebida. Es un espejo de nuestras contradicciones. Es guerra y paz, lujo y rutina, ceremonia y descuido. Es el té barato en bolsita de oficina y el Da Hong Pao que cuesta más que un Ferrari.

En definitiva, el té es cultura líquida, una forma de leer el mundo en clave de aroma y sabor. Porque al final, cada taza nos recuerda algo incómodo pero cierto: el mundo entero cabe en una infusión, y seguimos bebiéndolo sin darnos cuenta.

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<h1>El té sin filtros: verdades que nunca te han contado</h1>
<h2 class="wp-block-heading">Podcast #12: El té sin filtros: verdades que nunca te han contado</h2>



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<h2 class="wp-block-heading">Un viaje entre historia, aromas y contradicciones</h2>



<p>¿Cuánto sabemos realmente del té? Lo bebemos sin pensar, como si fuera un simple sorbo que acompaña rutinas o sobremesas, pero lo cierto es que es mucho más que una infusión. El té es una bebida que huele a ceremonia, a sobremesa tranquila y a madrugadas de trabajo mal dormido. Detrás de esa taza humeante que muchos damos por sentada late un universo de contradicciones: <strong>imperios levantados y caídos, guerras libradas por hojas secas, sabores que viajan miles de kilómetros y un lenguaje universal que cambia según la lengua que lo pronuncie. </strong>El té es tan antiguo como la memoria colectiva y tan actual como la taza de <em>matcha</em> que un influencer se prepara en un loft de Brooklyn. Y en ese contraste reside toda su fascinación.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Orígenes: de leyendas chinas a guerras coloniales</h2>



<p>Nos gusta pensar que el té nació de una historia romántica. El emperador <strong><em>Shen Nong,</em></strong> allá por el 2737 a.C., sentado bajo un árbol, dejó caer por accidente unas hojas en agua caliente. De repente, el agua adquirió aroma, color, sabor. El té, como todo lo que importa, nació del azar y la curiosidad.</p>



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<p>Ese mismo azar marcó también a <strong>Javier Murillo Mairal</strong>, Chabi para sus amigos, sumiller internacional de té y fundador de la tienda especializada <strong><a href="https://www.espabilate.es/" target="_blank" rel="noopener">EspabilaTé</a></strong> en Zaragoza. Él mismo recuerda que su historia empezó de manera casual: “Tenía ocho o nueve años cuando fui al supermercado con mis padres. Al lado del estante del café vi una caja de té, la cogí y, en contra de ellos, me la llevé. A partir de ahí descubrí un mundo maravilloso”. Una casualidad infantil que acabaría convirtiéndose en obsesión y oficio.</p>



<p>Claro, la realidad histórica del té es mucho menos amable. La bebida se expandió porque servía para <strong>controlar rutas comerciales y reforzar imperios</strong>. Los chinos lo convirtieron en arte; los japoneses en liturgia; los británicos en arma colonial. Y en medio de todo, <strong>la <a href="https://geogastronomica.com/la-ruta-de-la-seda-viaje-gastronomico-por-la-historia-y-el-sabor-de-china/">Ruta de la Seda</a></strong> actuó como autopista cultural: caravanas interminables cargadas de té, especias y seda atravesaban desiertos y montañas para alimentar el ansia de lujo de Occidente. No era solo comercio; era poder en movimiento. En esas rutas, <strong>el té se convirtió en moneda de cambio</strong>, en un lenguaje común entre mercaderes que apenas compartían idioma, y en uno de los productos que dio sentido a miles de kilómetros de caminos polvorientos.</p>



<p>De la ruta del té nació no solo la bebida más consumida del mundo después del agua, sino también la excusa perfecta para invadir territorios, levantar compañías navieras y desatar guerras como la del Opio. Todo por unas hojas secas.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Cultivo: la geografía del sabor</h2>



<p>El té no es café. No admite improvisaciones. La <strong><em>Camellia sinensis</em></strong>, la planta madre de todos los tés, es caprichosa. Quiere climas húmedos, suelos ácidos y manos expertas que la recojan en el momento exacto. Un mismo arbusto cultivado a 300 metros sobre el nivel del mar en <strong>Assam (India)</strong> produce un té fuerte, casi rudo, que aguanta leche y azúcar. Pero si ese arbusto se cría a 2.500 metros en <strong>Darjeeling</strong> o <strong>Nepal</strong>, lo que se obtiene es una infusión delicada, floral, casi etérea. <strong>Chabi</strong> lo explica sin rodeos: “Puedes tener tés preciosos a 300 metros y también a 2.500. La altura confiere un carácter distinto, pero no significa que uno sea mejor que otro”.</p>



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<p>Puedes tener tés preciosos a 300 metros y también a 2.500 metros. La altura confiere un carácter distinto, pero no significa que uno sea mejor que otro.</p>
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<p>Los números lo confirman. Según el Informe Estadístico 2023 de la FAO, <strong>el mundo produjo 6,6 millones de toneladas de té</strong>, con <strong>China</strong> a la cabeza (3,3 millones) seguida de <strong>India</strong> (1,4 millones). Países como <strong>Kenia, Sri Lanka </strong>o<strong> Vietnam</strong>, lejos de la tradición oriental más conocida, se han convertido en actores clave en este mercado que nunca duerme.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Palabras que viajan: té, cha, chai</h2>



<p>Una taza de té no se llama igual en todas partes. Si viajó por mar, lo conocemos como <strong>tea</strong> (Inglaterra, Holanda). Si lo hizo por tierra, es <strong>cha</strong> (China, Japón, Portugal). Y si se mezcló con leche, especias y azúcar, pasó a ser <strong>chai</strong>, la bebida callejera que perfuma los trenes indios y que Occidente transformó en <em>latte gourmet</em> de cafetería hipster.</p>



<p>El nombre no es un detalle menor: es la huella de cómo los imperios expandieron sus rutas y de cómo los pueblos hicieron suyo un mismo ritual con lenguajes distintos.</p>



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<h2 class="wp-block-heading">Variedades: lo que ves, lo que hueles, lo que tocas</h2>



<p>El té es uno, pero parece infinito. Blanco, verde, negro, amarillo, <em>oolong, pu-erh</em>… todo depende de cuánto se oxiden sus hojas. Esa transformación convierte un mismo arbusto en una paleta de sabores y aromas que van de lo vegetal y fresco a lo terroso y robusto, de lo floral y delicado a lo profundo y ahumado.</p>



<p>Pero que nadie se engañe: <strong>hay rarezas que cuestan más que un coche de lujo</strong>. El <strong><em>Da Hong Pao</em></strong>, un té legendario de <strong>Fujian (China)</strong>, puede alcanzar <strong>1,1 millones de euros el kilo</strong>. <strong>Chabi</strong> lo resume con claridad: “Tiene su explicación en que la cosecha no es la más grande del mundo y crece en unas montañas muy peculiares”. Es historia líquida servida en taza.</p>



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<h2 class="wp-block-heading">¿El mejor té del mundo?</h2>



<p>La pregunta es tan absurda como preguntar cuál es la mejor canción de todos los tiempos. Aun así, los jurados internacionales no se resisten a coronar a un ganador. El título más reciente lo ostenta el <strong>Lumbini Tea Valley Silver Feathers</strong> (Sri Lanka), ganador del <strong><a href="https://www.worldteaexpo.com/worldteaexpocom/wte-2025-global-tea-championship" target="_blank" rel="noopener">Grand Prize en la World Tea Expo 2025 de Las Vegas.</a></strong> Un té blanco que, según <strong>Chabi</strong>, “tiene una nota de cata que se me hace la boca agua”. Aun así, lo baja de su pedestal con honestidad: “Al final, el mejor té es el que más te guste a ti. También influye mucho el momento del día en el que decidas tomarlo”.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La Santísima Trinidad del Té</h2>



<p><strong>Chabi Murillo</strong> insiste en lo que él llama la Santísima Trinidad del té: <strong>la cantidad de hoja, la temperatura del agua y el tiempo de infusión.</strong> Son esas tres variables las que deciden si la taza será gloria o desastre. “Dependiendo del tiempo de infusionado, el té nos va a sacar más taninos, más catequinas y más cafeína. Si manejas bien estas variables y pruebas, por ejemplo, un jazmín <strong><em>Dragon Pearls</em></strong>, dirás: qué maravilla, qué cosa más buena he probado”.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Matcha: de templo zen a supermercado bio</h2>



<p>El <strong>matcha</strong> ha pasado de ser polvo sagrado en monasterios japoneses a convertirse en el must de Instagram. ¿Es tan bueno como dicen? Pues sí… y no. El de calidad, molido en piedra y de un verde vibrante, está cargado de antioxidantes y L-teanina, un aminoácido que aporta calma sin adormilar.</p>



<p>Pero lo que hoy se encuentra en muchos supermercados es otra historia. “Gran parte de culpa la tienen las redes sociales”, admite <strong>Murillo</strong>. “Todo empezó con la pandemia, allí es donde pegó el pelotazo el té matcha. Pero hay que tener cuidado: <strong>aporta mucha cafeína y no es recomendable tomar más de dos al día</strong>”. El riesgo es convertir un ritual zen en simple colorante verde para las redes.</p>



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<h2 class="wp-block-heading">Cafeína o teína: la misma droga con distinto nombre</h2>



<p>Durante años nos contaron que el té contenía teína y el café cafeína. Spoiler: <strong>son la misma molécula</strong>. La diferencia está en la velocidad: el café la dispara de golpe, como un puñetazo en la mandíbula, mientras el té la libera poco a poco gracias a los polifenoles que la ralentizan. Por eso un té verde mantiene despierto sin el bajón brusco del espresso.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El té en la mesa: maridajes y fogones</h2>



<p>Pensar el té solo como bebida es un error. El té se come, se cocina, se mezcla. En China, el pollo ahumado al té es un clásico. En Marruecos, el cordero guisado con té verde y hierbabuena es casi un ritual tribal. En Japón, el <strong><em>ochazuke</em></strong> —arroz cubierto con té caliente, encurtidos y pescado— demuestra que el té también puede ser caldo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="1050" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-3-1200x1050.webp" alt="Imagen de El té sin filtros: verdades que nunca te han contado" class="wp-image-8008" title="Imagen de El té sin filtros: verdades que nunca te han contado 18" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-3-1200x1050.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-3-900x788.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-3-768x672.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-3-1536x1344.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2025/09/Pagina-4-3.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Arroz <em>ochazuke</em> con té caliente.</figcaption></figure>



<p>Y sí, se puede maridar con té. Chabi lo defiende con pasión: “un oolong combina con quesos azules mejor que muchos vinos, un té negro acompaña carnes rojas con elegancia sorprendente y un verde japonés con sushi es un matrimonio perfecto.”</p>



<h2 class="wp-block-heading">Una taza que nunca se vacía</h2>



<p>El té no es solo una bebida. Es un espejo de nuestras contradicciones. Es guerra y paz, lujo y rutina, ceremonia y descuido. Es el té barato en bolsita de oficina y el <strong><em>Da Hong Pao</em></strong> que cuesta más que un Ferrari.</p>



<p>En definitiva, el té es cultura líquida, una forma de leer el mundo en clave de aroma y sabor. Porque al final, cada taza nos recuerda algo incómodo pero cierto: el mundo entero cabe en una infusión, y seguimos bebiéndolo sin darnos cuenta.</p>



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<p>Este artículo fue publicado originalmente en <a href="https://geogastronomica.com/">GEOgastronómica</a>. Lea el <a href="https://geogastronomica.com/el-te-sin-filtros-verdades-que-nunca-te-han-contado/">original</a>.</p></div>
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