Semana Santa sin Tierra Santa: la guerra hunde el turismo en Israel y el Golfo y desvía viajeros a Europa y el Caribe

Artículo de análisis | La guerra saca turistas de Israel y el Golfo, pero no recupera todo el valor perdido.

Paco Doblas Gálvez
23 de marzo de 2026
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Índice

WTTC estima un golpe mínimo de 600 millones de dólares diarios en gasto turístico en Oriente Medio.

La Semana Santa de 2026 iba a volver a poner a Jerusalén y Belén en el centro del mapa espiritual del turismo mundial. El calendario litúrgico sigue en pie, pero el negocio ya no. A 20 de marzo de 2026, la postura mayoritaria de Europa es de máxima alerta: Reino Unido y Alemania advierten contra los viajes a Israel y los territorios palestinos; Francia los desaconseja salvo por razones imperativas; y España ha endurecido sus avisos hasta desaconsejar completamente viajar. En unos casos el mensaje oficial es no viajar; en otros, elevar la alerta al máximo y limitar cualquier movimiento a lo imprescindible en una región en guerra, golpeada por ataques, cierres aéreos y una volatilidad extrema.

A la vez, varias conexiones clave siguen suspendidas o recortadas y el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC) calcula que la guerra ya está costando a Oriente Medio al menos 600 millones de dólares al día en gasto de visitantes internacionales en viajes y turismo: hoteles, restauración, transporte local, compras y demás consumo vinculado al viaje. Parte de ese dinero está buscando otra playa, otra ciudad u otra ruta. Parte, simplemente, ha dejado de viajar.

No estamos ante un simple intercambio de ganadores y perdedores. La guerra primero destruye valor turístico y después sólo redistribuye una parte de esa demanda hacia destinos percibidos como más seguros, más accesibles o menos expuestos a cierres aéreos. Oxford Economics estima para 2026 una caída de entre 23 y 38 millones de viajeros en Oriente Medio y unas pérdidas de entre 34.000 y 56.000 millones de dólares en gasto turístico. Aunque varios destinos alternativos están captando parte de ese flujo, los datos disponibles apuntan a que el agujero regional es, por ahora, mucho mayor que el beneficio que puedan capturar los destinos receptores.

Imagen de Semana Santa sin Tierra Santa: la guerra hunde el turismo en Israel y el Golfo y desvía viajeros a Europa y el Caribe
Muro de las Lamentaciones, Ciudad Vieja de Jerusalén.

La guerra no sólo redistribuye, también destruye turismo

La destrucción de valor se ve primero en la escala del golpe. El WTTC calcula ese mínimo de 600 millones de dólares diarios y recuerda que la región venía de una previsión previa al conflicto de 207.000 millones de dólares en gasto internacional de visitantes en 2026. Oxford Economics, por su parte, rebajó de forma drástica sus expectativas y advierte de que los países del Golfo pueden ser los más castigados por la combinación de miedo, cancelaciones, cierres aéreos y deterioro de la conectividad.

Dicho de otra forma: la guerra no está trasladando intacto el negocio que pierden Jerusalén, Dubái o Doha a Lisboa, Palma o Punta Cana. Está abriendo primero un boquete en la demanda regional y sólo una parte de ese gasto encuentra nuevo destino. El resto queda suspendido entre anulaciones, aplazamientos y decisiones de no viajar.

Tierra Santa: el símbolo de una Semana Santa que este año no será temporada alta

Las celebraciones de Semana Santa en Jerusalén siguen programadas entre el 27 de marzo y el 6 de abril. El calendario litúrgico conserva misas, procesiones y oficios en los lugares santos. El rito permanece. La economía que lo acompañaba, no.

La imagen más clara de esta ruptura está en Belén. Allí se habla de “solo cancelaciones”, de una industria turística “básicamente muerta” y de establecimientos cerrados a las puertas de Pascua. A eso se suma que varios gobiernos han endurecido o mantenido advertencias severas de viaje para Israel y Palestina, una reacción lógica en una zona donde la inseguridad, la incertidumbre operativa y la dificultad para entrar o salir convierten la peregrinación en una opción marginal para el turismo internacional. Semana Santa sigue existiendo como rito; lo que se ha desplomado es su traducción económica como gran temporada alta.

El Golfo también paga la factura

Limitar el relato a Israel sería quedarse corto. Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar y otros nodos del Golfo están sufriendo el impacto de una guerra que ha dañado su gran activo turístico: la promesa de estabilidad, conectividad y fluidez. El Foreign Office británico mantiene su advertencia de viajar solo si es esencial a Emiratos, y las grandes rutas que alimentaban sus hubs continúan sometidas a cancelaciones, suspensiones temporales y reprogramaciones.

Imagen de Semana Santa sin Tierra Santa: la guerra hunde el turismo en Israel y el Golfo y desvía viajeros a Europa y el Caribe
Vista del horizonte del Burj Khalifa de Dubai.

No hay una serie pública homogénea que permita afirmar que el turismo sea literalmente nulo en todos los países alcanzados o tensionados por las agresiones y represalias de estas semanas. Lo que sí muestran las alertas oficiales y la operativa aérea es una disrupción severa del turismo internacional en Israel y una alteración muy profunda del negocio en buena parte del Golfo, especialmente allí donde el modelo dependía de la confianza del viajero y del papel de gran nudo de conexiones.

Hacia dónde se está yendo el turista

El desvío de demanda se ordena en tres grandes cestas. La primera es el Mediterráneo occidental y el sur de Europa. España, Portugal, Italia, Malta y Croacia aparecen entre los destinos que están captando viajeros que ya no quieren acercarse al este del Mediterráneo ni depender de escalas en Oriente Medio. En ese movimiento pesa tanto la seguridad percibida como la facilidad para llegar con vuelos directos o con una conectividad europea más estable.

La segunda cesta es el Caribe, con República Dominicana y Jamaica como ejemplos claros. Aquí manda una lógica muy práctica: el viajero prefiere rutas directas, largas si hace falta, antes que quedar atrapado en un corredor aéreo sometido a cierres o cambios de última hora. Cuanto menos dependa el itinerario del Golfo, mayor tranquilidad comercializa hoy el destino.

Imagen de Semana Santa sin Tierra Santa: la guerra hunde el turismo en Israel y el Golfo y desvía viajeros a Europa y el Caribe
Paradisíaca playa caribeña.

La tercera cesta no son exactamente destinos de sol y playa, sino beneficiarios de conectividad. La ventaja relativa de las aerolíneas estadounidenses frente a varias europeas y asiáticas confirma que el conflicto está redistribuyendo rutas, riesgos y capacidad más allá del propio Oriente Medio. En esa misma lógica se entiende el refuerzo de plazas como Singapur y Bangkok, y el mayor atractivo de conexiones que evitan el Golfo como zona de tránsito.

La conclusión es simple: el viajero busca hoy tres cosas. Seguridad percibida, acceso directo y menor exposición a cierres aéreos. Ese triángulo explica mejor el desplazamiento actual que cualquier campaña de promoción turística.

El dinero: qué gasto están captando esos destinos

No existe, por ahora, un dato público cerrado que permita afirmar cuántos euros exactos han pasado de Israel, Tierra Santa o Emiratos a Portugal, España o el Caribe por culpa de la guerra. Sí puede medirse, en cambio, la capacidad de absorción de esos destinos mediante indicadores oficiales de gasto por turista.

En España, el gasto medio por turista internacional fue de 1.522 euros en enero de 2026. En Portugal, el país cerró 2025 con 29.100 millones de euros en ingresos turísticos y 19,7 millones de huéspedes extranjeros, lo que ofrece una relación aproximada de 1.477 euros por huésped extranjero. Con esas cifras puede construirse una estimación razonable: cada 100.000 turistas desviados equivaldrían, de forma orientativa, a unos 152 millones de euros de gasto en España y a unos 148 millones en Portugal. No es caja atribuible ya al conflicto; es capacidad potencial de absorción. Una cosa son las señales de reservas, el comportamiento de turoperadores y las rutas reforzadas. Otra muy distinta es afirmar un trasvase contable exacto de dinero entre países. Hoy puede sostenerse con solvencia que parte de la demanda se desplaza. Lo que todavía no puede cerrarse con rigor es cuánto dinero exacto ha cambiado de manos país a país.

Los daños colaterales: destinos asiáticos seguros que también están perdiendo

Éste es uno de los efectos menos obvios del conflicto. No todos los perjudicados están en guerra ni cerca del frente. También sufren destinos que dependían de un mapa aéreo que ya no funciona igual. En las primeras fases de la crisis hubo viajeros varados en puntos tan alejados como Bali o Katmandú, y operadores turísticos tuvieron que recurrir a vuelos directos extraordinarios desde Maldivas a Europa porque el Golfo había dejado de funcionar como corredor fiable.

Imagen de Semana Santa sin Tierra Santa: la guerra hunde el turismo en Israel y el Golfo y desvía viajeros a Europa y el Caribe

Ahí aparece una segunda redistribución, menos visible pero muy real. Algunos destinos asiáticos ganan conectividad alternativa; otros pierden reservas o sufren fricción comercial porque sus itinerarios dependían demasiado de Dubái, Doha o Abu Dabi. El problema ya no es el destino, sino la ruta que lo unía con el mercado emisor.

La comparación histórica: otras guerras que también redistribuyeron el turismo

La Primavera Árabe ofrece una comparación útil. En 2013, mientras Egipto sufría el desplome de la demanda, Dubái se consolidaba como refugio regional percibido como seguro. El patrón era reconocible: el turista no dejaba necesariamente de viajar, pero sí cambiaba de mapa en función del riesgo.
Otro precedente llegó con la crisis de seguridad en Túnez en 2015. Tras los atentados, parte de los viajeros europeos reorientó sus vacaciones hacia España, Bulgaria, Grecia y otros destinos con mejor percepción de estabilidad, y España batió entonces récords de llegadas empujada, entre otros factores, por el miedo en el norte de África y Oriente Medio.

La guerra de Ucrania dejó una tercera lección. UN Tourism advirtió en 2022 de que un conflicto prolongado podía costar 14.000 millones de dólares en ingresos turísticos globales, mientras Turquía acabó cerrando ese año con un récord de 46.300 millones de dólares en ingresos por turismo al captar parte del flujo reordenado. La enseñanza común es siempre la misma: las guerras redistribuyen flujos, sí, pero rara vez compensan del todo el valor destruido.

Más pérdidas que ganadores

La guerra ha vaciado parte del mapa turístico del Golfo, pero no ha creado un reparto limpio de ganadores y perdedores. Ha hundido un volumen enorme de gasto en Israel, Tierra Santa y varios hubs regionales; ha desviado otra parte hacia el Mediterráneo occidental, el Caribe y algunas rutas asiáticas; y ha dejado una tercera suspendida en el limbo de las cancelaciones, el miedo, la carestía del combustible y las conexiones rotas.

Semana Santa no ha desaparecido del calendario. Lo que ha desaparecido, al menos por ahora, es la normalidad económica que convertía a Jerusalén, Belén, Dubái o Doha en nodos fiables del turismo internacional. El viajero sigue moviéndose. El dinero, también. Pero una parte importante de ese dinero se pierde por el camino antes de llegar a su nuevo destino.

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<h1>Semana Santa sin Tierra Santa: la guerra hunde el turismo en Israel y el Golfo y desvía viajeros a Europa y el Caribe</h1>
<h2 class="wp-block-heading">WTTC estima un golpe mínimo de 600 millones de dólares diarios en gasto turístico en Oriente Medio.</h2>



<p>La Semana Santa de 2026 iba a volver a poner a Jerusalén y Belén en el centro del mapa espiritual del turismo mundial. El calendario litúrgico sigue en pie, pero el negocio ya no. A 20 de marzo de 2026, la postura mayoritaria de Europa es de máxima alerta: Reino Unido y Alemania advierten contra los viajes a Israel y los territorios palestinos; Francia los desaconseja salvo por razones imperativas; y España ha endurecido sus avisos hasta desaconsejar completamente viajar. En unos casos el mensaje oficial es no viajar; en otros, elevar la alerta al máximo y limitar cualquier movimiento a lo imprescindible en una región en guerra, golpeada por ataques, cierres aéreos y una volatilidad extrema.</p>



<p>A la vez, varias conexiones clave siguen suspendidas o recortadas y el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC) calcula que la guerra ya está costando a Oriente Medio al menos 600 millones de dólares al día en gasto de visitantes internacionales en viajes y turismo: hoteles, restauración, transporte local, compras y demás consumo vinculado al viaje. Parte de ese dinero está buscando otra playa, otra ciudad u otra ruta. Parte, simplemente, ha dejado de viajar.</p>



<p>No estamos ante un simple intercambio de ganadores y perdedores.<strong> La guerra primero destruye valor turístico y después sólo redistribuye una parte de esa demanda</strong> hacia destinos percibidos como más seguros, más accesibles o menos expuestos a cierres aéreos. Oxford Economics estima para 2026 una caída de entre 23 y 38 millones de viajeros en Oriente Medio y unas pérdidas de entre 34.000 y 56.000 millones de dólares en gasto turístico. Aunque varios destinos alternativos están captando parte de ese flujo, los datos disponibles apuntan a que <strong>el agujero regional es, por ahora, mucho mayor que el beneficio que puedan capturar los destinos receptores.</strong></p>



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<h2 class="wp-block-heading">La guerra no sólo redistribuye, también destruye turismo</h2>



<p>La destrucción de valor se ve primero en la escala del golpe. El WTTC calcula ese mínimo de 600 millones de dólares diarios y recuerda que la región venía de una previsión previa al conflicto de 207.000 millones de dólares en gasto internacional de visitantes en 2026. Oxford Economics, por su parte, rebajó de forma drástica sus expectativas y advierte de que los países del Golfo pueden ser los más castigados por la combinación de miedo, cancelaciones, cierres aéreos y deterioro de la conectividad.</p>



<p>Dicho de otra forma: la guerra no está trasladando intacto el negocio que pierden Jerusalén, Dubái o Doha a Lisboa, Palma o Punta Cana. Está abriendo primero un boquete en la demanda regional y <strong>sólo una parte de ese gasto encuentra nuevo destino.</strong> El resto queda suspendido entre anulaciones, aplazamientos y decisiones de no viajar.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Tierra Santa: el símbolo de una Semana Santa que este año no será temporada alta</h2>



<p>Las celebraciones de Semana Santa en Jerusalén siguen programadas entre el 27 de marzo y el 6 de abril. El calendario litúrgico conserva misas, procesiones y oficios en los lugares santos. El rito permanece. La economía que lo acompañaba, no.</p>



<p>La imagen más clara de esta ruptura está en Belén. Allí se habla de “solo cancelaciones”, de una industria turística “básicamente muerta” y de establecimientos cerrados a las puertas de Pascua. A eso se suma que varios gobiernos han endurecido o mantenido advertencias severas de viaje para Israel y Palestina, una reacción lógica en una zona donde la inseguridad, la incertidumbre operativa y la dificultad para entrar o salir convierten la peregrinación en una opción marginal para el turismo internacional. <strong>Semana Santa sigue existiendo como rito</strong>; lo que se ha desplomado es su traducción económica como gran temporada alta.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El Golfo también paga la factura</h2>



<p>Limitar el relato a Israel sería quedarse corto. Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar y otros nodos del Golfo están sufriendo el impacto de una guerra que ha dañado su gran activo turístico: la promesa de estabilidad, conectividad y fluidez. El Foreign Office británico mantiene su advertencia de viajar solo si es esencial a Emiratos, y las grandes rutas que alimentaban sus hubs continúan sometidas a cancelaciones, suspensiones temporales y reprogramaciones.</p>



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<p>No hay una serie pública homogénea que permita afirmar que el turismo sea literalmente nulo en todos los países alcanzados o tensionados por las agresiones y represalias de estas semanas. Lo que sí muestran las alertas oficiales y la operativa aérea es <strong>una disrupción severa del turismo internacional en Israel y una alteración muy profunda del negocio en buena parte del Golfo</strong>, especialmente allí donde el modelo dependía de la confianza del viajero y del papel de gran nudo de conexiones.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Hacia dónde se está yendo el turista</h2>



<p>El desvío de demanda se ordena en tres grandes cestas. La primera es el<strong> Mediterráneo occidental y el sur de Europa</strong>. España, Portugal, Italia, Malta y Croacia aparecen entre los destinos que están captando viajeros que ya no quieren acercarse al este del Mediterráneo ni depender de escalas en Oriente Medio. En ese movimiento pesa tanto la seguridad percibida como la facilidad para llegar con vuelos directos o con una conectividad europea más estable.</p>



<p>La segunda cesta es el <strong>Caribe, con República Dominicana y Jamaica</strong> como ejemplos claros. Aquí manda una lógica muy práctica: el viajero prefiere rutas directas, largas si hace falta, antes que quedar atrapado en un corredor aéreo sometido a cierres o cambios de última hora. <strong>Cuanto menos dependa el itinerario del Golfo, mayor tranquilidad comercializa hoy el destino.</strong></p>



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<p>La tercera cesta no son exactamente destinos de sol y playa, sino beneficiarios de conectividad. La ventaja relativa de las aerolíneas estadounidenses frente a varias europeas y asiáticas confirma que <strong>el conflicto está redistribuyendo rutas</strong>, riesgos y capacidad más allá del propio Oriente Medio. En esa misma lógica se entiende el refuerzo de plazas como Singapur y Bangkok, y el mayor atractivo de conexiones que evitan el Golfo como zona de tránsito.</p>



<p>La conclusión es simple: el viajero busca hoy tres cosas. Seguridad percibida, acceso directo y menor exposición a cierres aéreos. Ese triángulo explica mejor el desplazamiento actual que cualquier campaña de promoción turística.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El dinero: qué gasto están captando esos destinos</h2>



<p>No existe, por ahora, un dato público cerrado que permita afirmar cuántos euros exactos han pasado de Israel, Tierra Santa o Emiratos a Portugal, España o el Caribe por culpa de la guerra. Sí puede medirse, en cambio, la capacidad de absorción de esos destinos mediante indicadores oficiales de gasto por turista.</p>



<p>En España, el gasto medio por turista internacional fue de 1.522 euros en enero de 2026. En Portugal, el país cerró 2025 con 29.100 millones de euros en ingresos turísticos y 19,7 millones de huéspedes extranjeros, lo que ofrece una relación aproximada de 1.477 euros por huésped extranjero. Con esas cifras puede construirse una estimación razonable: <strong>cada 100.000 turistas desviados equivaldrían, de forma orientativa, a unos 152 millones de euros de gasto en España y a unos 148 millones en Portugal. </strong>No es caja atribuible ya al conflicto; es capacidad potencial de absorción. Una cosa son las señales de reservas, el comportamiento de turoperadores y las rutas reforzadas. Otra muy distinta es afirmar un trasvase contable exacto de dinero entre países. Hoy puede sostenerse con solvencia que parte de la demanda se desplaza. Lo que todavía no puede cerrarse con rigor es cuánto dinero exacto ha cambiado de manos país a país.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Los daños colaterales: destinos asiáticos seguros que también están perdiendo</h2>



<p>Éste es uno de los efectos menos obvios del conflicto. No todos los perjudicados están en guerra ni cerca del frente. También <strong>sufren destinos que dependían de un mapa aéreo que ya no funciona igual. </strong>En las primeras fases de la crisis hubo viajeros varados en puntos tan alejados como Bali o Katmandú, y operadores turísticos tuvieron que recurrir a vuelos directos extraordinarios desde Maldivas a Europa porque el Golfo había dejado de funcionar como corredor fiable.</p>



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<p>Ahí aparece una segunda redistribución, menos visible pero muy real. <strong>Algunos destinos asiáticos ganan conectividad alternativa; otros pierden reservas o sufren fricción comercial</strong> porque sus itinerarios dependían demasiado de Dubái, Doha o Abu Dabi. El problema ya no es el destino, sino la ruta que lo unía con el mercado emisor.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La comparación histórica: otras guerras que también redistribuyeron el turismo</h2>



<p>La Primavera Árabe ofrece una comparación útil. En 2013, mientras Egipto sufría el desplome de la demanda, Dubái se consolidaba como refugio regional percibido como seguro. El patrón era reconocible: el turista no dejaba necesariamente de viajar, pero sí cambiaba de mapa en función del riesgo.<br>Otro precedente llegó con la crisis de seguridad en Túnez en 2015. Tras los atentados, parte de los viajeros europeos reorientó sus vacaciones hacia España, Bulgaria, Grecia y otros destinos con mejor percepción de estabilidad, y España batió entonces récords de llegadas empujada, entre otros factores, por el miedo en el norte de África y Oriente Medio.</p>



<p>La guerra de Ucrania dejó una tercera lección. UN Tourism advirtió en 2022 de que un conflicto prolongado podía costar 14.000 millones de dólares en ingresos turísticos globales, mientras Turquía acabó cerrando ese año con un récord de 46.300 millones de dólares en ingresos por turismo al captar parte del flujo reordenado. La enseñanza común es siempre la misma: <strong>las guerras redistribuyen flujos, sí, pero rara vez compensan del todo el valor destruido.</strong></p>



<h2 class="wp-block-heading">Más pérdidas que ganadores</h2>



<p>La guerra ha vaciado parte del mapa turístico del Golfo, pero <strong>no ha creado un reparto limpio de ganadores y perdedores</strong>. Ha hundido un volumen enorme de gasto en Israel, Tierra Santa y varios hubs regionales; ha desviado otra parte hacia el Mediterráneo occidental, el Caribe y algunas rutas asiáticas; y ha dejado una tercera suspendida en el limbo de las cancelaciones, el miedo, la carestía del combustible y las conexiones rotas.</p>



<p>Semana Santa no ha desaparecido del calendario. Lo que ha desaparecido, al menos por ahora, es la normalidad económica que convertía a Jerusalén, Belén, Dubái o Doha en nodos fiables del turismo internacional. El viajero sigue moviéndose. El dinero, también. Pero <strong>una parte importante de ese dinero se pierde por el camino antes de llegar a su nuevo destino.</strong></p>



<h2 class="wp-block-heading">NEWSLETTER</h2>



<p>Si te ha gustado este artículo, es que te gusta comer con sentido y viajar con apetito.</p>



<p>Suscríbete gratis a <strong>GeoGastronómica </strong>y recibe antes que nadie nuestros artículos, crónicas, destinos comestibles y experiencias. Sin postureo. Solo buen comer.</p>



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