Georgia y Armenia: Libro de viaje

Georgia y Armenia: libro de viaje por el Cáucaso entre historia, mesa, monasterios, mitos y memoria.

Paco Doblas Gálvez
7 de junio de 2026
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Índice

[En colaboración con Atlantida Travel]

En GeoGastronómica viajamos para entender el mundo desde la mesa y desde todo lo que la rodea: el territorio, la historia, la religión, los mercados, los paisajes, los oficios y las formas de vida. Después de nuestras expediciones por la Ruta de la Seda china y por Mesopotamia, en Irak, llegamos al Cáucaso para recorrer Georgia y Armenia, dos países antiguos, intensos, atravesados por imperios, mitos, monasterios, montañas y una hospitalidad que se expresa, muchas veces, sirviendo más comida de la que cualquier cuerpo razonable puede asumir.

Esta nueva expedición ha sido diseñada por Valentín Dieste, historiador y especialista en Historia de las Religiones, y cuenta con la logística, la organización y la experiencia de Atlántida Travel. Este libro de viaje nace para contar la expedición día a día, sin convertir el Cáucaso en una postal exótica ni en una lista de monumentos. Queremos mirar Georgia y Armenia desde dentro: probar el khachapuri y el lavash, escuchar los brindis, caminar por ciudades cargadas de memoria, mirar el Ararat desde Khor Virap y seguir el rastro de la Cólquide, Prometeo, los manuscritos armenios y el vino georgiano.

Viajamos con hambre de paisaje, de historia, de conversación y de mundo, y nos apetece compartirlo contigo.

MAPA ITINERARIO

Día 1 | TBILISI | 8 de junio de 2026

A Tbilisi se entra por la Avenida Rustaveli, que es una manera bastante eficaz de decirle al viajero: bienvenido, aquí nada ha sido sencillo. La ciudad no sale a recibirte con esa soberbia de capital europea satisfecha de sí misma. Tbilisi aparece por capas: balcones de madera que parecen a punto de rendirse, edificios oficiales con mandíbula soviética, fachadas modernistas, iglesias, tráfico, cafés, escaparates, cables, colinas, heridas y una luz que cae sobre el río Mtkvari como si alguien hubiera decidido mezclar Bizancio, Persia, Rusia y un poco de caos doméstico en la misma cazuela.

Nuestra guía se llama Tamara y tiene esa capacidad tan georgiana de contar una tragedia, una leyenda y una receta con el mismo tono natural, como si todo perteneciera al mismo departamento de la vida. Con nosotros viaja también Valentín Dieste, historiador, especialista en Historia de las Religiones. Valentín escucha, observa, completa y nos recuerda que en el Cáucaso cada piedra suele tener detrás un imperio, una disputa teológica o una matanza convenientemente olvidada dependiendo el gobierno de turno.

Tamara arranca con una leyenda apócrifa, si es que hay alguna que no lo es, sobre la creación de Georgia. Según cuenta, cuando Dios comenzó a repartir las tierras llamó a todos los pueblos del mundo. Los georgianos llegaron tarde. No porque fueran despistados, sino porque vieron una fila demasiado larga, sacaron vino, empezaron a brindar, pronunciaron discursos, cantaron y dejaron que la vida se tomase su tiempo. Dios, agotado, los miró y preguntó quiénes eran aquellos tipos que cantaban en lugar de reclamar su parcela. Como ya no le quedaba nada, les entregó su propio paraíso.

La historia, por supuesto, no resiste una auditoría académica. Pero sería una estupidez pedirle eso. Las leyendas no sirven para demostrar cosas. Sirven para explicar cómo se mira un pueblo a sí mismo. Y Georgia, al menos desde esa primera mañana, se mira con vino en la mano, una canción en la garganta y una confianza insultante en que la hospitalidad arreglará lo que la geopolítica lleva siglos empeñada en romper.

Georgia está en un lugar incómodo del mapa, que suele ser donde ocurren las cosas interesantes y los desastres más persistentes. Comparte frontera con Rusia, Turquía, Armenia y Azerbaiyán, y se abre al mar Negro por el oeste. Una rama de la Ruta de la Seda pasó por Tbilisi, y eso se nota. Las ciudades de paso no son puras. Gracias a Dios. Son mestizas, sospechosas, abiertas, acostumbradas a que entren comerciantes, ejércitos, predicadores, espías, poetas, refugiados y gente con hambre. Tamuna insiste en que aquí conviven muchas etnias y religiones con respeto. Uno quisiera creerlo del todo. Luego mira la historia reciente del Cáucaso y entiende que la convivencia, cuando existe, no es una postal amable: es un trabajo diario, a veces heroico, a veces agotador.

En Rustaveli, la capital enseña su biografía reciente. El Parlamento de Georgia, el Teatro Rustaveli, la Ópera, museos, cafés y hoteles dibujan una avenida que funciona como salón noble, escenario de protesta y termómetro político. Aquí las fachadas tienen más memoria que muchos ministros. En el hotel Marriott, Tamara nos cuenta una de esas historias mínimas que no salen en las placas oficiales: allí habría vivido y muerto Diego Ramos, un comunista sevillano perdido en las vueltas raras del siglo XX. No tengo forma de saber si la anécdota es exacta, pero hay algo profundamente verosímil en la escena: un comunista andaluz acabando sus días en un hotel de Tbilisi, mientras afuera el Cáucaso seguía haciendo lo que siempre hace, triturar ideologías y servir vino.

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Teatro de Ópera y Ballet de Tbilisi, ubicado en la Avenida Rustaveli. [Foto: Paco Doblas]

Rustaveli no es solo una avenida. Es un nombre totémico. Shota Rustaveli fue el gran poeta medieval georgiano, autor de El caballero de la piel de pantera, epopeya nacional escrita en la Edad de Oro del país y dedicada a la reina Tamara, una de las grandes figuras de la monarquía georgiana. Tamara reinó entre finales del siglo XII y comienzos del XIII, cuando Georgia alcanzó una potencia política y cultural que todavía hoy se recuerda con una mezcla de orgullo y nostalgia. El caballero de Rustaveli no es el fundador de la ciudad, aunque el título suene lo bastante heroico como para adjudicarle cualquier cosa después del segundo brindis. El fundador legendario de Tbilisi fue otro: Vakhtang Gorgasali, rey de Iberia caucásica.

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Parlamento de Georgia, ejemplo de la arquitectura monumental soviética, en la Avenida Rustaveli. [Foto: Paco Doblas]

Y ahí entramos en la otra gran leyenda del día: la de las aguas calientes. Según la tradición, Vakhtang salió a cazar por estos bosques, su halcón persiguió a un faisán y ambos cayeron en unas aguas termales. Cuando los encontraron, estaban cocidos, literalmente. La escena es bastante cruel. Un faisán, un halcón, un rey impresionado y una ciudad fundada sobre un accidente culinario involuntario. Pero así nació, según el relato, Tbilisi. Su nombre procede de tbili, “caliente” o “cálido”, por las aguas sulfurosas que siguen brotando en Abanotubani. Pocas capitales pueden presumir de haber nacido de un caldo de ave accidental. Tbilisi sí.

La visita nos lleva primero a Metekhi, sobre la roca, con el casco antiguo y el Mtkvari debajo. El río baja con ese color indeciso de los ríos urbanos que han visto demasiado. Desde allí la ciudad vieja parece una maqueta imposible: iglesias, balcones, terrazas, cúpulas de baños, colinas y puentes. Subimos después en teleférico hacia Narikala, la fortaleza que domina Tbilisi desde lo alto. Las ciudades antiguas siempre colocaban sus fortalezas donde el enemigo pudiera verlas bien. Una cortesía visual antes de intentar matarse.

Desde Narikala se entiende la ciudad mejor que en una guia. A un lado, la vieja Tbilisi, con sus callejones y su madera. Al otro, la ciudad contemporánea, con sus edificios de vidrio, sus ambiciones y sus contradicciones. Bajamos hacia Abanotubani, el barrio de los baños termales de aguas sulfurosas. Sin embargo no huele a azufre, ese perfume de huevo podrido que la humanidad ha decidido asociar indistintamente con el bienestar, el infierno y ciertos balnearios de lujo. El agua caliente, además de ser un reclamo es origen, negocio, placer, higiene, sociabilidad y mito fundacional.

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Baños de Azufre de Abanotubani en el casco antiguo de Tbilisi, famosos por sus cúpulas de ladrillo. [Foto: Paco Doblas]

Caminamos por las calles Shardeni y Erekle II, que invitan a perderse sin demasiada resistencia. Cafés, terrazas decoradas con mimo, galerías, tiendas, algunos turistas, vecinos y esa sensación de que Tbilisi ha entendido perfectamente el turismo sin dejarse aplastar todavía por él. El turismo gusta, no agobia, por el momento. Es una fuente fundamental de ingresos. La ciudad lo recibe como quien recibe a un invitado rentable, mientras espera que no se comporte como un idiota.

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Terraza en la calle Shardeni. [Foto: Paco Doblas]

La política aparece, inevitable, porque en Georgia no está nunca demasiado lejos. El país funciona hoy como una república parlamentaria, aunque mucha gente la resuma de forma más simple como un sistema con presidente, primer ministro y una arquitectura institucional que ha ido cambiando desde la independencia. Pero la conversación real no se ordena tanto en izquierdas y derechas como en una tensión más cruda: Europa o Rusia. Proeuropeos y prorrusos. Futuro o miedo. Apertura o tutela. Así, al menos, lo cuentan muchos en la calle.

Las elecciones parlamentarias de 2024 dejaron una fractura abierta. La oposición proeuropea no reconoció los resultados y denunció irregularidades. El partido gobernante, Georgian Dream, jugó la carta del miedo con una campaña que contraponía la paz georgiana a imágenes de una Ucrania devastada. No promesas, sino amenazas. Una pedagogía del pánico. “Si votas mal, mira lo que te espera”. El marketing electoral como extorsión emocional. Georgia ha sufrido guerras, territorios ocupados, la presión rusa, la memoria de 2008 y la sensación de estar siempre demasiado cerca del incendio. En ese contexto, el miedo se administra.

Los jóvenes que se marchan buscando una vida mejor, nos dice Tamara. De sueldos que en muchos sectores apenas permiten sobrevivir, el salario medio ronda los 400 eruos. De pensiones pequeñas, exiguas, 150 euros la máxima. De globalización acelerada en veinte años. De avances sociales y económicos tras la Revolución de las Rosas, cuando Eduard Shevardnadze dejó paso a una nueva etapa política. De cómo muchas conquistas proeuropeas se han ido erosionando. De presos políticos. De una sociedad que mira a Armenia, donde las elecciones recientes han dado aire a la corriente proeuropea, con una mezcla de esperanza y envidia contenida. En el Cáucaso, la política nunca es abstracta. Se nota en el precio del pan, en la frontera, en el pasaporte, en el hijo que se va y en la abuela que cobra demasiado poco para fingir que el sistema funciona.

La religión tiene aquí una presencia densa. Georgia es mayoritariamente cristiana ortodoxa, aunque conviven comunidades musulmanas, armenias apostólicas, católicas, judías y otras minorías. La Iglesia Ortodoxa Georgiana ha sido mucho más que una institución religiosa: ha funcionado como archivo, refugio identitario y columna vertebral simbólica en siglos de invasiones, imperios y dominaciones. Tamara nos habla del patriarca Ilia II, fallecido hace apenas unos meses, una figura inmensa para muchos georgianos. Decidió apadrinar a los terceros hijos y siguientes de las familias para estimular la natalidad. El resultado: decenas de miles de ahijados. No es broma. Hay patriarcas con diócesis. Este tenía, además, una guardería metafísica de escala nacional.

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Catedral de Sioni, un destacado monumento histórico construido entre los siglos VI y VII. [Foto: Paco Doblas]

Otra superviviente es la escritura. El alfabeto georgiano parece diseñado por alguien que no tenía intención de facilitarle la vida al extranjero. Letras redondas, elegantes, misteriosas, como pequeños animales dormidos. La cultura viva de los tres sistemas de escritura georgianos está reconocida por la UNESCO como patrimonio inmaterial. En un país pequeño, rodeado de vecinos poderosos, tener un alfabeto propio no es una curiosidad bonita. Es una declaración de independencia gráfica. Una forma de decir: seguimos aquí, aunque no sepas leernos.

Antes del almuerzo, Tbilisi todavía nos guarda una de esas escenas que parecen diseñadas para desmontar al viajero descreído. Llegamos a la plaza del Reloj, pintoresca hasta el borde del delito, con su torre inclinada, sus piezas desajustadas, sus colores de teatro de marionetas y ese aire de cuento dibujado por alguien con resaca, talento y una relación complicada con la línea recta. Es una de esas esquinas donde la ciudad decide ponerse coqueta sin pedir disculpas. Alrededor, las callejuelas se estrechan, las fachadas se asoman unas sobre otras, los balcones de madera parecen vigilar al visitante y todo adquiere ese tono de postal que, milagrosamente, todavía no resulta insoportable.

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Plaza del Reloj. [Foto: Paco Doblas]

Tamuna nos señala también el que allí presentan como el reloj más pequeño del mundo, una minúscula rareza que obliga a acercarse como quien busca una prueba secreta de que la ciudad tiene sentido del humor. Tbilisi lo tiene. Mucho. A veces negro, a veces absurdo, casi siempre elegante a su manera torcida.

Muy cerca visitamos la basílica de Anchiskhati, una de las iglesias más antiguas de la ciudad. Coqueta, sobria, recogida. Después de tanta fachada teatral, Anchiskhati funciona como una pausa. Piedra, penumbra, silencio y esa forma antigua de espiritualidad que no necesita convencer a nadie. Valentín se detiene ante una representación de un icono de la Trinidad. Habla de iconografía, de símbolos, de cómo una imagen religiosa no se mira igual cuando uno entiende su gramática. La Trinidad, en la tradición cristiana, puede parecer una abstracción para iniciados; en estos espacios se vuelve carne política, identidad, consuelo, pedagogía visual. Tamara recuerda que muchas iglesias, unas 12.000, fueron destruidas o desaparecieron por las guerras y que solo una parte insignificante, unas 12, se conservan en buen estado. La cifra exacta importa menos que la sensación: aquí la piedra religiosa también ha tenido que sobrevivir.

En Tbilisi, la historia no aparece ordenada en vitrinas; se cuela entre cafés, patios, iglesias, torres inclinadas y calles donde uno sospecha que cada balcón ha visto pasar demasiadas invasiones, bodas, entierros y borracheras memorables.

Con permiso de la historia, los imperios, la religión, la política y la filología, un país termina de explicarse cuando alguien te pone comida delante. Llegó el almuerzo y, con él, la verdad completa.

La mesa georgiana tiene mucho de supervivencia. Primero, ensalada de berenjena, con esa mezcla de suavidad vegetal, nuez, ajo y hierbas que convierte una hortaliza humilde en algo peligrosamente adictivo. Luego salmón con salsa de yogur, que introduce una nota fresca, casi educada. Aparece la dolma de carne, hojas de parra rellenas que viajan por medio mundo cambiando de apellido según la frontera.

Llega el khachapuri, pan con queso, esa bomba de felicidad láctea que demuestra que la cocina georgiana no se diseñó pensando en cardiólogos cobardes. Hay patatas con cebolla, y Tamuna cuenta que las patatas las trajeron los alemanes. La historia de la patata siempre es más complicada, claro, pero en la mesa queda perfecta: Europa Central entrando en Georgia disfrazada de tubérculo.

El shkmeruli, pollo con salsa de ajo y leche o nata, aparece como un plato estrella que lo es por su discreción. Suave, elegante, magnífico. Para terminar, pera caliente con vino y helado de crema, un cierre dulce, frío, caliente, casi perverso después de tanta contundencia.

Y entonces aparece la figura del tamada, el maestro de brindis. En Georgia no se bebe vino como quien bebe agua. Se brinda. Siempre. El tamada es elegido por la mesa y abre el ritual. El primer brindis suele ser por Dios. Luego vienen la familia, los niños, el amor, los ausentes, la paz, los amigos, la patria, los muertos, los vivos y cualquier tema que permita seguir llenando copas y pronunciando discursos. El tamada pasa la palabra a otros. Y aquello puede durar mucho. Muchísimo. Lo suficiente para que un occidental con prisa entienda que su concepto del tiempo era pobre, ridículo y probablemente protestante.

Después de comer subimos en el teleférico que lleva hasta el entorno del monumento de la Madre de Georgia, esa figura femenina que domina la ciudad desde lo alto con una copa en una mano y una espada en la otra. Mejor resumen del país, difícil. Vino para los amigos, acero para los enemigos. Hospitalidad y advertencia. Bienvenida y límite. La madre observa desde arriba, vigila los movimientos de sus hijos, mira Tbilisi como quien sabe que esta ciudad ha sobrevivido demasiadas veces como para fiarse del todo de nadie.

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Monumento a la Madre.

Las vistas desde el teleférico son preciosas. Abajo queda la ciudad partida por el Mtkvari, los tejados, las iglesias, los puentes, los balcones colgados sobre la roca, las calles enredadas del casco antiguo y esa mezcla de ruina, belleza y obstinación que define a Tbilisi mejor que cualquier eslogan turístico. Desde arriba, la capital parece menos caótica. Casi ordenada. Luego uno baja y se le pasa.

Por la tarde, el paseo en barca por el Mtkvari nos devuelve otra Tbilisi. Desde el río, la ciudad se ordena de una manera distinta. Metekhi queda arriba, clavada sobre la roca; los balcones cuelgan sobre las paredes como si desafiaran a la gravedad con descaro caucásico; el Puente de la Paz aparece como una criatura de vidrio y acero intentando reconciliar pasado y presente. No siempre lo consigue, pero al menos lo intenta con estilo.

El primer día en Georgia supera con creces mis expectativas. Por lo coqueta que resulta Tbilisi cuando se deja caminar sin prisa. Por la densidad de historia que se refleja en sus calles. Por esa manera suya de mezclar agua sulfurosa, vino, religión, política, balcones, heridas y comida sin ofrecer una explicación sencilla. Llegamos pensando que íbamos a visitar una capital del Cáucaso. Terminamos el día entendiendo que Tbilisi no se visita del todo: se camina, se bebe, se sospecha y, cuando bajas la guardia, se te mete dentro. No quiere gustar de forma limpia y educada. Prefiere desordenarte un poco, llenarte la copa y dejarte pensando.

Día 2 | MITSKHETA – UPLISTSIKHE  | 9 de junio de 2026

Salimos de Tbilisi. La carretera empieza pronto a enseñar otra cara del país: barrios que se deshilachan, bloques soviéticos con la dignidad castigada, montañas al fondo, ríos que aparecen y desaparecen, y coches con volante a la derecha conviviendo alegremente con coches de volante a la izquierda, y todos circulando por la derecha como en España. La explicación, mucho menos poética que el espectáculo, es la importación masiva de vehículos japoneses usados. Durante años resultaron baratos y accesibles. El resultado es una especie de zoológico automovilístico donde el conductor puede ir sentado en el lado equivocado y aun así adelantar con una fe que no recomendaría a nadie con apego a sus órganos internos.

Georgia tiene hoy algo menos de cuatro millones de habitantes. Vive de muchas cosas y de ninguna del todo, casi como España: servicios, comercio, construcción, agricultura, vino, remesas, tecnología emergente, reexportación de coches y turismo, que se ha convertido en una de sus grandes fuentes de divisas. Es un país pequeño en el mapa, pero con una densidad histórica insoportable. Aquí cada colina parece haber tenido un rey, cada río una frontera y cada monasterio una discusión pendiente con algún imperio.

Tamara vuelve a ejercer de guía, narradora y dispensadora oficial de contexto. Todo un reto aunque hayas nacido aquí porque en el Cáucaso cualquier palabra puede esconder una herejía, una invasión o un matiz teológico capaz de arruinarte la reputación si no lo tratas con rigor.

En algún momento aparece la explicación del nombre de Georgia. Existe una versión bonita, muy viajera, según la cual vendría de geo, tierra, porque estas tierras fértiles habrían impresionado a los griegos. Es una historia magnífica para contar entre viñedos, pero la etimología, esa aguafiestas profesional, suele llevarnos por otros caminos: el nombre occidental de Georgia parece vincularse más bien a formas persas y latinas relacionadas con Gurj o Gurzan, antiguos nombres dados a los georgianos. Aun así, la leyenda agrícola tiene algo de verdad emocional. Georgia es tierra. Tierra fértil, tierra disputada, tierra atravesada, tierra que ha dado trigo, vid, nueces, ciruelas, granadas, guerras y santos con una generosidad peligrosa.

La conversación salta al mar Caspio, que no es exactamente mar, aunque tenga nombre de mar y tamaño suficiente para mirar con desprecio a muchos mares menores. Es el mayor cuerpo de agua interior del mundo y contiene agua salada. Durante la larga historia geológica de Eurasia, las cuencas del mar Negro, el Caspio y el Aral formaron parte de antiguos sistemas acuáticos conectados en diferentes fases. Dicho de forma menos científica: esta región lleva millones de años jugando a separar y unir aguas, montañas, pueblos y tragedias. Luego venimos nosotros con el Google maps y creemos que entendemos algo. Pues llamémosle mar.

Nuestra primera gran parada es Jvari, el monasterio de la Cruz. Se levanta sobre una colina desde la que se contempla la confluencia de los ríos Aragvi y Mtkvari, con Mtskheta extendida abajo, antigua capital del reino de Iberia caucásica. Conviene insistir: Iberia aquí no tiene nada que ver con nuestra península, aunque el nombre siga tentando a la confusión y al comentario fácil después del segundo café. Esta Iberia fue un antiguo reino del este de Georgia, cristianizado en el siglo IV y situado en una de esas encrucijadas donde la historia nunca pasa de largo.

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Confluencia de los ríos Aragvi y Mtkvari y la ciudad de Mtskheta. [Foto: Paco Doblas]

Jvari es una iglesia del siglo VI, sobria, compacta, perfecta en su manera. Es una de esas doce iglesias que conserva su forma original. No tiene columnas interiores dividiendo el espacio, y eso le da una fuerza limpia, casi brutal. Uno entra y entiende que aquí la arquitectura no quería entretener. Quería concentrar. Piedra, cruz, luz y silencio. Nada de sentimentalismo barato ni dorados que distraigan la atención del fiel y atraigan el interés del infiel.

Aquí aparece Santa Ninó, la gran evangelizadora de Georgia. Ninó era originaria de Capadocia, y la tradición la presenta como pariente de San Jorge por línea paterna. Y sí, San Jorge es el mismo santo venerado en muchas tradiciones cristianas: el de Aragón, Cataluña, Inglaterra, Georgia y medio mundo con necesidad de un caballero armado contra el mal. Cada territorio lo viste con sus colores y lo incorpora a su propia mitología. Georgia lo hace con una devoción especialmente intensa.

En la tradición georgiana, Ninó recibe una cruz de la Virgen María —una cruz hecha con sarmientos de vid, según la memoria popular— y viaja hacia Iberia para predicar el cristianismo. Su historia se mezcla con Jerusalén, con la búsqueda de la túnica de Cristo —no la sábana santa, otra cosa, otro objeto, otra devoción—, con persecuciones romanas y con el grupo de mujeres cristianas asociadas a Hripsime y Gayane, perseguidas por Diocleciano. La leyenda cuenta que muchas de ellas fueron martirizadas en Armenia; Ninó logró llegar a Mtskheta.

La ciudad veneraba entonces otros dioses. Tamara habla del culto lunar y de Naná, la diosa solar. Ninó empieza a curar enfermos, y entre sus milagros destaca la curación de la reina Nana, esposa del rey Mirian. La conversión de la reina abre la puerta a la del rey. Luego llega el famoso episodio de la oscuridad durante una cacería: Mirian, perdido, invoca al Dios de Ninó y recupera la luz. El rey acaba aceptando el cristianismo, y Georgia lo adopta como religión oficial en el siglo IV, tradicionalmente en torno al año 326. No todos quisieron, claro. Ninguna religión entra en un país sin vaselina. Entra con resistencias, negociaciones, conversiones sinceras, oportunismos, miedo, entusiasmo y, a veces, mucha política disfrazada de revelación.

En Georgia, los niños suelen bautizarse muy pronto, a menudo alrededor de los cuarenta días. Y a diferencia del catolicismo occidental, no existe una “primera comunión” como rito separado y socialmente teatralizado. En la tradición ortodoxa, el niño recibe los sacramentos de iniciación de otra manera. Menos traje de marinero, menos restaurante con menú cerrado, más continuidad litúrgica. En cuanto a la confesión, tampoco hay confesionarios como los que imaginamos en las iglesias católicas. La confesión ortodoxa suele hacerse ante el sacerdote, muchas veces en el espacio del templo. Menos cabina, más exposición espiritual. Probablemente más Incómodo, quizá.

San Jorge aparece de nuevo en la iconografía. En Occidente lo imaginamos casi siempre matando al dragón, esa pobre bestia condenada a morir durante siglos para que las ciudades tengan patrón y las editoriales vendan libros ilustrados. En Georgia, algunas representaciones lo muestran venciendo a un enemigo humano identificado con Diocleciano o con el poder perseguidor. El mal cambia de máscara. A veces tiene escamas; a veces lleva corona, uniforme o decreto imperial.

Dejamos Jvari y tomamos la llamada Carretera Militar Georgiana, nombre que ya suena a mala idea. La ruta histórica conecta Tbilisi con Vladikavkaz, al norte del Cáucaso, y fue clave para el control ruso de la región. En el punto donde estamos, Moscú queda a unos dos mil kilómetros. Parece lejos. Pero en Georgia, Rusia nunca está lejos. Puede estar en la política, en la frontera, en la memoria familiar, en la iglesia, en la televisión, en el miedo o en una base militar.

Por esta carretera pasan camiones, mercancías, turistas, vecinos, historias y fantasmas. También vemos casas construidas para desplazados de Osetia del Sur. Y ahí el viaje deja de ser postal, si es que alguna vez lo fue. Osetia del Norte pertenece a la Federación Rusa. Osetia del Sur es una región reconocida internacionalmente como parte de Georgia, pero controlada por autoridades separatistas apoyadas por Rusia. Lo mismo ocurre, con sus propias particularidades, en Abjasia. Tras las guerras de los años 1992-1993 y la guerra de 2008, Georgia perdió el control efectivo de esos territorios. El gobierno georgiano y buena parte de la comunidad internacional consideran que alrededor del 20% del territorio del país está ocupado por Rusia. Los rusos a lo suyo.

La cifra se dice rápido. Veinte por ciento. Como si fuera el descuento de una tienda. Pero detrás hay desplazados, muertos, aldeas vaciadas, familias partidas, cementerios inaccesibles y una frontera que no siempre se comporta como una línea fija. Tamara habla de “fronterización”, de territorio que se va moviendo, de alambres, de pequeños avances, de la sensación de que el conflicto no ha terminado, solo ha aprendido a respirar más despacio. En algunos tramos, la carretera pasa muy cerca de la línea administrativa de Osetia del Sur. Cerca quiere decir lo suficiente para que el paisaje deje de ser bonito y empiece a ser incómodo.

La guerra de Ucrania pesa aquí mucho más que en cualquier otro lugar que no sea Ucrania. Georgia sabe lo que significa tener a Rusia encima. Más de doscientos voluntarios georgianos han muerto combatiendo en Ucrania. Para muchos georgianos, si Rusia gana allí, después puede venir otra vez aquí. La historia del Cáucaso enseña una cosa con crueldad: los imperios rara vez tienen problemas de memoria cuando se trata de reclamar obediencia.

Pasamos junto a una central eléctrica antigua de época soviética, vinculada en la memoria local a Lenin. La infraestructura industrial de aquellos años todavía aparece en el paisaje como restos de una civilización que prometía futuro y dejó hormigón, consignas y muchas cuentas pendientes. Lenin, Trotski, Stalin: los nombres se van acumulando como si el siglo XX hubiera decidido formar parte de nuestra expedición.

Y entonces aparece Gori, ciudad natal de Stalin. Hay lugares donde la historia llega con un temblor moral. Gori es uno de ellos. Iósif Dzhugashvili, sus enemigos lo conocieron como Stalin, nació aquí en 1878. Su padre fue zapatero y, según muchas biografías, violento y alcohólico. Su madre quiso para él una carrera religiosa. Stalin estudió en el seminario de Tbilisi, donde se cruzaron fe, disciplina, lecturas prohibidas, nacionalismo, marxismo y una capacidad temprana para el resentimiento organizado. Fue expulsado o abandonó el seminario según las versiones, entró en la militancia revolucionaria, organizó huelgas, robos, propaganda, estructuras clandestinas. Lo detuvieron varias veces y lo enviaron al exilio en Siberia.

Georgia, como todo el Cáucaso, fue escenario de tensiones entre bolcheviques y mencheviques. Los mencheviques tuvieron gran peso en la Georgia independiente de 1918 a 1921, hasta que el Ejército Rojo incorporó el país a la esfera soviética. Stalin, georgiano de nacimiento, no fue precisamente una bendición georgiana para Georgia. Su relación con Lenin fue estratégica, brutal, ascendente. Con Trotski, directamente venenosa: rivalidad ideológica, lucha por el poder y, al final, exilio y asesinato. La revolución, ese género literario que empieza prometiendo emancipación y a menudo termina administrando cadáveres.

Una de las sorpresas del día es entrar dentro del vagón de tren de Stalin, una pequeña ciudad sobre ruedas. Está blindado, o lo estuvo, pesa una barbaridad y tiene cocina, baño, salón, compartimentos, telecomunicaciones. Una casa rodante para un hombre que gobernaba medio mundo y, aun así, no parecía ir nunca tranquilo. Hay algo obsceno en ese vagón: la comodidad del miedo, el lujo defensivo del paranoico, la intimidad blindada de quien convirtió la sospecha en sistema político.

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Una de las estancias del vagón de Stalin. [Foto: Paco Doblas]

Por lo visto ningún descendiente directo de Stalin vive ya en Georgia; algunos acabaron en Rusia o Estados Unidos. Aparecen los nombres de sus hijos: Vasili, marcado por el alcohol y el peso de ser hijo de quien era, y Svetlana, que desertó a Occidente y murió lejos del monstruo familiar. En Gori, Stalin no es solo pasado. Es una incomodidad nacional. Y, como toda incomodidad bien administrada por el turismo, tiene también su tienda de recuerdos. En las inmediaciones del vagón de tren blindado aparecen puestos con merchandising de todo tipo: imanes de nevera, tazas, retratos, camisetas y hasta calcetines con su cara, por si alguien siente la necesidad urgente de pisotear al responsable de algunas de las mayores purgas del siglo XX. ¿Cómo se gestiona haber dado al mundo a uno de los grandes verdugos de la historia contemporánea? ¿Se esconde? ¿Se exhibe? ¿Se contextualiza? ¿Se vende entrada y se completa la experiencia con un souvenir?

Seguimos hacia Uplistsikhe, ciudad excavada en la roca. El nombre significa algo así como “fortaleza del señor” o “ciudad del señor”, y el lugar parece un decorado bíblico. Cuevas, salas, túneles, escaleras, templos, espacios domésticos, bodegas. La ciudad llegó a tener, según las estimaciones más repetidas, hasta 20.000 habitantes en su momento de esplendor. Hoy queda solo una parte. El tiempo, los terremotos, los saqueos y la erosión han hecho su trabajo con esa eficacia que tiene la destrucción cuando no necesita justificar presupuesto.

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Ciudad de Uplistsikhe. [Foto: Paco Doblas]

Uplistsikhe fue un asentamiento antiquísimo, con ocupación documentada desde la Edad del Bronce, y alcanzó importancia en rutas comerciales que conectaban el Cáucaso con mundos más amplios. Aquí hubo teatro, baños de influencia romana, espacios rituales, viviendas y bodegas. Es decir: política, religión, higiene, espectáculo y vino. La civilización reducida a sus necesidades esenciales. Uno sube y baja escaleras talladas en la roca, entra en cavidades que fueron habitaciones o templos, se asoma a huecos donde hubo actividad doméstica, y entiende que la vida antigua no era esa postal limpia que venden algunos museos. Era humo, sudor, animales, barro, fuego, comercio, miedo y vino. Mucho vino.

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Estancia en la ciudad de Uplistsikhe. [Foto: Paco Doblas]

El vino, claro, merece capítulo propio, pero Georgia no te permite esperar. La tinaja más antigua vinculada a la elaboración de vino en la región tiene unos 8.000 años. En fragmentos cerámicos se han hallado residuos químicos asociados al vino. No es una medalla menor. Georgia se presenta como una de las cunas mundiales de la vinificación, y lo hace con esa mezcla de orgullo nacional y evidencia arqueológica que convierte una copa en argumento de Estado.

El método georgiano tradicional difiere del europeo más extendido. Aquí entra en escena el qvevri, la gran vasija de barro enterrada en el suelo. Se prensan las uvas y se introduce en el qvevri el mosto con pieles, pepitas y, según el estilo, también raspones. No se añaden levaduras industriales: las levaduras naturales presentes en la piel hacen su trabajo, esa vieja magia microscópica que convierte azúcar en alcohol. Durante la fermentación, los sólidos suben empujados por los gases; luego el vino permanece en contacto con las pieles durante meses, a menudo cinco o seis. El resultado son vinos con estructura, color ámbar en los blancos elaborados con maceración, taninos, aromas profundos y carácter del Cáucaso.

Muchos georgianos hacen vino en casa. No como capricho hipster, sino como una prolongación natural de la familia, de la viña, del otoño y de la mesa. En Georgia, el vino no es solo producto. Es idioma, memoria, religión doméstica, excusa para brindar y sistema nacional de gestión emocional. La famosa tienda “8000 Vintages” resume el lema con bastante precisión: aquí cada vendimia parece tener ocho mil años detrás mirándote con severidad.

Almorzamos en la bodega Uplistsikhe Estate, y la mesa vuelve a hacer lo que mejor sabe: convertir la teoría en saliva. Hay berenjena con nueces, ese clásico georgiano donde la suavidad vegetal se mezcla con el golpe del ajo, el cilantro y la pasta de nuez.

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Berenjena rellena de carne. [Foto: Paco Doblas]

Aparece una hoja de sulguni rellena de requesón con menta, fresca y láctea, como si el queso hubiera decidido disfrazarse de primavera.

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Láminas de queso sulguni. [Foto: Paco Doblas]

Llega el kotlet de Gori, una preparación de carne que aquí se defiende con la autoridad local de las cosas sencillas cuando están bien hechas. También hay lobio, guiso de alubias, humilde y serio, de esos platos sin aspavientos porque llevan siglos alimentando cuerpos con más eficacia que cualquier menú conceptual.

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Kotlet de Gori. [Foto: Paco Doblas]

El postre trae churchkhela y tatara. La churchkhela parece un embutido colgado en la despensa de un carnicero dulce: nueces ensartadas y cubiertas con mosto espesado. La tatara es esa crema de mosto y harina que demuestra que la uva en Georgia no se conforma con convertirse en vino. Quiere ser bebida, dulce, símbolo, combustible y tema de conversación.

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Puesto en la calle de churchkhela. [Foto: Paco Doblas]

Probamos varios vinos. Primero, un vino de método europeo, más reconocible para quien llega con el paladar educado en acero inoxidable, barrica y ficha de cata. Después, un vino llamado Tana, elaborado con método georgiano, más terroso, más táctil, más dispuesto a recordarte que la uva también tiene piel y memoria. Llega un Savkapito, variedad tinta georgiana, que hace pensar en un pinot noir local, aunque aquí conviene dejar que el vino hable sin obligarlo a parecerse a otro. Después, un semiseco con variedades europeas, y para cerrar, un brandi de manzana, una especie de calvados georgiano que entra como digestivo, esa la excusa. A esas alturas, seguir profundizando en la compleja historia de Georgia empieza a parecer un ejercicio de alto riesgo intelectual: el cerebro intenta ordenar reyes, santos, invasiones, túnicas sagradas y ocupaciones rusas mientras el paladar sigue entretenido en cosas mucho más urgentes.

Por la tarde, con la dignidad intacta pero la lucidez sometida a una dura negociación, terminamos en la catedral de Svetitskhoveli, en Mtskheta, uno de los templos más sagrados de Georgia y parte del conjunto Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Si Jvari era la cruz en lo alto, Svetitskhoveli es el corazón monumental. Su nombre suele traducirse como “el pilar que da vida”. Según la tradición, aquí se conserva bajo tierra la túnica de Cristo, traída a Georgia por un judío de Mtskheta llamado Elioz tras la crucifixión. Realmente no la ha visto nadie. En muchos casos la ciencia es cuestión de fe. No debe confundirse con la sábana santa. La túnica es otra reliquia, otro relato, otro eje espiritual.

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Catedral de Svetitskhoveli. [Foto: Paco Doblas]

La leyenda cuenta —y conviene aclarar que esta explicación no nace de los efluvios de la fermentación— que Sidonia, hermana de Elioz, murió al abrazar la túnica y fue enterrada con ella. Sobre su tumba crecería un cedro. Cuando Santa Ninó impulsó la construcción de la primera iglesia, se talaron árboles para hacer pilares, pero uno de ellos quedó suspendido en el aire hasta que, por intercesión de la santa, descendió milagrosamente y empezó a desprender un aceite curativo. De ahí el pilar vivificante. Ahí es nada. Uno puede creerlo, dudarlo o tomar notas con escepticismo educado. Pero en Georgia estas historias no se cuentan para entretener al turista. Se cuentan porque han ordenado durante siglos la relación entre un pueblo, su fe y su capital espiritual.

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Interior de la catedral de Svetitskhoveli. [Foto: Paco Doblas]

La primera iglesia fue de madera. La gran catedral actual se levantó en piedra en el siglo XI, sobre construcciones anteriores del siglo V. Allí están enterrados los dos últimos reyes de Georgia, y la memoria de varias dinastías se cruza bajo sus muros. Aparece también el nombre de Jorge Bagration, miembro de la familia real georgiana nacido y criado en parte en España, piloto de automovilismo, figura de una monarquía sin trono y de una diáspora que llevó el apellido real por otros caminos. Murió en 2008 y sus restos fueron trasladados a Georgia. Otra historia más de exilio, regreso y país que no termina de cerrar sus heridas. Y esto tampoco forma parte de los efectos secundarios del vino, del brandi de manzana ni de la generosidad líquida de la cata anterior. La explicación es rigurosa. Creo.

Salimos de Svetitskhoveli con una sensación extraña. El día ha sido un exceso incluso para Georgia: Santa Ninó, San Jorge, Jvari, Stalin, Osetia, Uplistsikhe, qvevri, churchkhela, túnicas sagradas, reyes enterrados y vino suficiente para justificar varias tesis doctorales y alguna imprudencia. Hay jornadas que parecen diseñadas por un comité turístico. Esta parece escrita por un novelista con fiebre y acceso ilimitado a archivos medievales, bodegas y expedientes soviéticos.

Terminamos el segundo día entendiendo que Georgia no separa lo sagrado de lo político, ni el vino de la memoria, ni la carretera de la guerra, ni la mesa de la identidad. Aquí todo se toca. Todo se contamina. Todo acaba en la misma conversación. Y quizá por eso viajar por Georgia exige algo más que mirar bonito por la ventana. Exige aceptar que la historia nunca se ha ido del todo.

Día 3 | SIGHNAGHI | 10 de junio de 2026

Un hombre se reúne con sus amigos la víspera de Año Nuevo. Hay sauna, risas, una cantidad poco prudente de alcohol y esa confianza masculina, bastante internacional, de creer que todo va a salir bien justo cuando todo empieza a salir mal. El plan era sencillo: celebrar, brindar, quizá pasarse un poco, pero volver a casa. Nada que no haya ocurrido millones de veces en la historia de la humanidad con resultados que van de la resaca doméstica al divorcio.

Pero uno de ellos acaba en el aeropuerto. No debería estar allí, claro. Tampoco debería subir a un avión. Mucho menos a un avión que lo lleva a otra ciudad. Pero la burocracia soviética, la borrachera y la arquitectura estandarizada deciden formar una alianza diabólica. El hombre despierta en Leningrado convencido de estar todavía en Moscú. Sale del aeropuerto, toma un taxi y da su dirección con la seguridad de quien cree que el mundo tiene la obligación de seguir siendo el mismo aunque uno haya perdido la dignidad por el camino.

Y entonces ocurre lo inquietante: la dirección existe. La calle existe. El número existe. El edificio existe. El portal se parece al suyo. La escalera se parece a la suya. La puerta se abre con su llave. Dentro hay un apartamento casi idéntico al suyo, porque en aquel universo de bloques repetidos, muebles repetidos, papeles pintados repetidos y vidas repetidas, hasta el error podía parecer perfectamente lógico. El hombre entra, se tumba y se queda dormido en una casa que no es la suya, en una ciudad que no es la suya, dentro de una vida ajena que, por obra y gracia del urbanismo soviético, podría haber sido la suya.

La propietaria del piso llega después y encuentra a un desconocido borracho en su cama. Cualquier persona razonable habría llamado a la policía, a un exorcista o a su madre, en ese orden. Pero estamos ante una comedia soviética de Año Nuevo, así que la situación deriva hacia el equívoco, la ternura, la discusión, el absurdo y una pregunta bastante seria disfrazada de broma: ¿qué clase de mundo construye casas tan iguales que un hombre puede confundirse de ciudad sin que el paisaje lo contradiga?

La historia pertenece a La ironía del destino, la película que durante décadas volvió cada fin de año a las televisiones de Rusia, Georgia y buena parte del antiguo orbe soviético. Una comedia romántica, sí. Pero también una autopsia involuntaria de aquella obsesión por fabricar ciudades intercambiables, viviendas idénticas, escaleras repetidas, muebles funcionales y vidas administradas con la sensibilidad estética de un formulario. Reírse era fácil. Lo difícil era mirar alrededor y reconocer el chiste.

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Bloque de viviendas a las afueras de Tbilisi. [Foto: Paco Doblas]

Salimos de nuevo de Tbilisi en una mañana gris, con algún rayo de sol haciendo horas extra entre las nubes. El gris combina bien con las afueras de la capital georgiana: bloques soviéticos, hormigón cansado, ropa tendida, balcones cerrados a golpes de necesidad y edificios que parecen haber sido levantados por alguien convencido de que la alegría era una desviación burguesa. Después de recordar aquella película, uno mira las periferias de otra manera. Ya no son solo barrios. Son el decorado real de una idea: que la arquitectura también puede domesticar, uniformar y convertir el hogar en una pieza más del engranaje.

En Georgia se reconocen bien esas capas. La arquitectura estalinista quiso ser grande, solemne, con techos altos y una teatralidad imperial de manual. Luego llegó la era de Nikita Serguéievich Jrushchov, el máximo dirigente de la Unión Soviética tras la muerte de Stalin, y con ella las viviendas que llevarían su nombre: más pequeñas, más bajas, más prácticas, levantadas para resolver el problema de la vivienda con la delicadeza estética de una letrina de cuartel. Había que dormir, reproducirse moderadamente y volver a la fábrica. Un día tras otro. La belleza, si eso, ya la discutiría el comité.

Y sin embargo Georgia no se dejó convertir del todo en bloque gris. Quizá ahí empieza lo interesante. Bajo el hormigón aparece otra cosa: una memoria más antigua, una tierra fértil, una lengua propia, una iglesia con peso político y una tradición de poetas, músicos, pintores, sacerdotes e intelectuales que el poder soviético observó siempre con desconfianza. Los imperios suelen temer más a un poeta que a un escuadrón de infantería. El poeta puede incendiar una habitación sin munición, solo con una frase.

Tras la sovietización llegaron revueltas, represión y purgas. La insurrección antisoviética de 1924 terminó aplastada con sangre. Después vendrían deportaciones, acusaciones de “enemigo del pueblo”, expedientes inventados, silencios forzados y una limpieza sistemática contra quienes podían convertirse en ejemplo para la población. Poetas, escritores, músicos, pintores, clérigos, sacerdotes, profesores, gente con libros, con memoria, con palabra propia. A muchos los acusaron de traición con historias falsas. A otros los mataron directamente. Se habla de miles de víctimas y de deportaciones masivas. En un país de unos cuatro millones de habitantes, aquello no fue estadística: fue arrancarle dientes a la memoria. Uno solo ya habría sido demasiado.

Tamara cuenta que algunos intelectuales, asustados al ver caer a sus amigos, aceptaron colaborar. El régimen sabía comprar lealtades con metros cuadrados: pisos amplios, techos altos, habitaciones cómodas. Alabar al poder tuvo ventajas inmobiliarias. Callar también.

Y quizá por eso La ironía del destino funciona aquí como algo más que una película repetida cada fin de año: porque bajo la comedia del hombre que se equivoca de ciudad late la historia de un sistema que quiso ordenar también la intimidad, la vivienda, las fiestas y hasta la manera de imaginar el futuro. En Georgia, el calendario conserva todavía esa doble capa: la Navidad se celebra el 7 de enero, según el calendario juliano de la Iglesia ortodoxa, y el llamado Año Nuevo viejo llega el 14 de enero. El 31 de diciembre queda para el Año Nuevo civil, los brindis y la televisión. La ironía del destino, otra vez: celebrar el futuro mientras se negocia con los fantasmas del pasado.

Atravesamos una de las grandes arterias que llevan al aeropuerto, bautizada con el nombre de George W. Bush. El presidente estadounidense visitó Tbilisi en mayo de 2005, tras la Revolución de las Rosas, y para Georgia aquello fue más que una escala diplomática: fue un gesto de reconocimiento en una región donde sentirse mirado por Occidente puede tener el valor de una promesa. Aquel día, Bush había sido invitado por Rusia y por Georgia. Por la mañana estuvo en Moscú, pero no se quedó a los actos de la tarde. Tomó el camino del Cáucaso y llegó a Tbilisi, donde al día siguiente habló en la Plaza de la Libertad ante miles de georgianos. Hoy, aún se recuerda por aquí aquel gesto.

Mientras el autobús deja atrás la ciudad, Valentín nos lleva mucho más lejos. Los campos se vuelven verdes, frondosos, fértiles. Georgia se abre como una tierra que parece no cansarse de producir vida. Y entonces aparece la Cólquida, el fin del mundo para los griegos. O uno de sus fines, porque los griegos tenían una habilidad magnífica para llamar “fin del mundo” a todo lo que no controlaban. Hacia la derecha, el Cáucaso. Hacia la izquierda, nuestra península ibérica. Lo desconocido siempre fue peligroso; llamarlo mito era una forma elegante de admitir miedo.

Aquí encaja Prometeo, ese titán imprudente que robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres. Zeus, pésimo perdedor y excelente administrador del castigo, lo encadenó en el Cáucaso. Cada día un águila le devoraba el hígado. Cada noche volvía a crecer. Hércules acabaría liberándolo. Los griegos colocaban maravillas y torturas en los bordes del mapa, una forma honesta de reconocer que el mundo les quedaba grande.

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Hércules libera a Prometeo de las garras del águila. (Recreación con IA)

Llegamos al convento de Bodbe, lugar asociado a la muerte y sepultura de Santa Ninó, la mujer que llevó el cristianismo a Georgia en el siglo IV. Ya la habíamos conocido en el capítulo anterior, así que no hace falta resucitar toda la hagiografía, aunque aquí las santas nunca vienen del todo solas.

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Interior de la capilla donde yace el cuerpo de Santa Ninó. [Foto: Paco Doblas]
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Imagen de Santa Ninó en el convento de Bodbe. [Foto: Paco Doblas]

Bodbe es hoy un convento activo y un centro de peregrinación religiosa y turística. Hay monjas, huerta, productos a la venta y unas vistas del valle de Alazani que invitan al recogimiento o, al menos, a cerrar la boca durante treinta segundos. En un viaje por Georgia, eso ya es bastante espiritual.

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Convento de Bobde. [Foto: Paco Doblas]

Desde allí, por una carretera deliciosa, llegamos a Sighnaghi, el llamado pueblo del amor, una especie de Teruel georgiano pero con más vino. Se dice que aquí uno puede casarse a cualquier hora, no hay necesidad de ir a Las Vegas. El pueblo se levanta sobre el valle de Alazani, entre cordilleras, viñedos y campos fértiles. Su casco urbano es pequeño, coqueto, casi demasiado pintoresco, rodeado por una muralla defensiva con 23 torres. Una pequeña gran muralla china georgiana, con menos emperadores y más posibilidades de terminar la tarde en una cata.

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Villa de Sighnaghi con el valle de Alazani a sus pies. [Foto: Paco Doblas]
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Calles de Sighnaghi. [Foto: Paco Doblas]

Y eso hacemos. Antes de comer asistimos a una cata en la bodega del restaurante Dergi, en Nukriani, cerca de Sighnaghi. Comparamos de nuevo el método europeo con el georgiano, esa discusión civilizada entre quienes quieren controlar el vino con levaduras y quienes prefieren enterrarlo en barro y dejar que la uva recuerde quién manda, el metodo qvevri.

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Restaurante Dergi, en Nukriani. [Foto: Paco Doblas]

El primer vino es un Rkatsiteli, blanco seco de Kakheti elaborado con método clásico europeo. Su nombre suele traducirse como “tallo rojo”, y es una de las uvas blancas más importantes de Georgia: acidez viva, fruta amarilla, cuerpo serio y esa capacidad de no comportarse como un blanco domesticado. Después llega un blanco seco de Kakhuri Mtsvane, variedad aromática de la región, más floral, más verde con tonalidades doradas, más delicada.

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Rkatsiteli, blanco seco de Kakheti. [Foto: Paco Doblas]

Luego probamos un Saperavi seco, tinto de color granada, cuerpo amplio y fruta roja oscura. Saperavi significa algo parecido a “teñidor” o “dar color”, y no es metáfora de folleto: es una de esas pocas uvas tintoreras con pulpa coloreada. Mancha la copa, la lengua y, si uno se descuida, el pensamiento. El cuarto vino es un Saperavi en qvevri, más profundo, más rugoso, con algo más de cuerpo.

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Saperavi seco y saperavi qvevri. [Fotos: Paco Doblas]

La comida sigue mostrándonos una Georgia sorprendente. Aparecen los khinkali, los dumplings georgianos de queso o de carne, estos últimos de los que se muerden con cuidado para sorber el caldo sin convertir la camisa en escena del crimen. Hay ajapsandali, guiso vegetal de berenjena, tomate, pimiento y hierbas, una especie de ratatouille caucásica con más carácter y menos pose provenzal. Llega el mtsvadi, brocheta de cerdo a la brasa, directa y feliz en su elementalidad con salsa de ciruela. Y un par de ensaladas para despistar: una de rollitos de salmón y otra de judías rojas con jamón georgiano, poca coincidencia con el serrano.

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Khinkali de carne. [Foto: Paco Doblas]
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Ajapsandali. [Foto: Paco Doblas]
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Mtsvadi. [Foto: Paco Doblas]

Terminamos el día con esa sensación que deja Sighnaghi cuando se mira desde arriba: belleza amable, vino serio y una historia que no pierde ocasión de colarse por debajo de la puerta. Georgia vuelve a hacer lo que mejor sabe: sentarte frente a un paisaje hermoso, llenarte la copa y recordarte que bajo cada postal hay una capa de sangre, fe, barro, uva y memoria. El país no busca gustar de forma limpia. Prefiere seducirte, incomodarte un poco y dejarte pensando mientras alguien insiste en servirte otra copa.

Día 4 | SADAKHALO / HAGHPAT / DILIJAN / LAGO SEVAN / EREVAN | 11 de junio de 2026

Dejamos el Biltmore de Tbilisi, esa torre de más de treinta plantas que hoy forma parte del skyline de Georgia con la seguridad de quien sabe que el capitalismo también tiene sus catedrales. En sus bajos sigue respirando otro mundo. Allí estuvo el antiguo IMELI, el Instituto de Marx, Engels, Lenin y, durante un tiempo, Stalin: un edificio gigantesco de clasicismo socialista, con columnas monumentales y una entrada pensada para que el individuo entendiera rápido su lugar en la historia. Pequeño, obediente y preferiblemente callado. Hoy aquellas salas las ocupan el hall del hotel, un casino, una sauna y otros templos contemporáneos del cuerpo, el azar y la tarjeta de crédito. La dialéctica materialista terminó en albornoz.

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Hotel Biltmore, antigua sede del IMELI. [Foto: Paco Doblas]

Nuestro siguiente destino es Armenia. Pero antes de cambiar de país conviene recordar una obviedad que en el Cáucaso nunca es solo una obviedad: Georgia y Armenia formaron parte de la extinta Unión Soviética. En sus últimos años, la URSS estaba compuesta por quince repúblicas socialistas soviéticas. No eran colonias en el sentido clásico, ni estados libres en el sentido serio de la palabra. Eran piezas de un imperio con himno, bandera roja, burócratas, fronteras internas y una fe bastante optimista en que la historia podía administrarse desde Moscú. En 1991, cuando el edificio soviético se vino abajo por agotamiento económico, presión nacionalista, reformas mal digeridas y pura fatiga imperial, aquellas quince repúblicas se convirtieron en países independientes. Independientes, sí. Tranquilos, no. 

Antes de abandonar Georgia pasamos junto a una antigua instalación militar. En las repúblicas soviéticas había bases, cuarteles e infraestructuras militares repartidas como recordatorio físico de quién mandaba. Algunas quedaron abandonadas, otras pasaron a manos de los nuevos gobiernos, otras se convirtieron en piezas de negociación con Rusia. Armenia, por su parte, mantuvo durante décadas una relación de seguridad muy estrecha con Moscú, en buena medida marcada por el conflicto con Azerbaiyán por la región de Nagorno Karabaj. Esa relación hoy está bastante deteriorada. Después de que Azerbaiyán recuperara Karabaj en 2023 y más de 100.000 armenios huyeran hacia Armenia, muchos en Ereván dejaron de ver a Rusia como protector fiable y empezaron a mirarla como se mira a un guardaespaldas que se fuma un cigarro mientras te están robando la casa.

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Antigua base militar rusa. [Foto: Paco Doblas]

La carretera que tomamos va hacia Armenia, pero también hacia Azerbaiyán. Y eso, aquí, nunca es un simple dato de tráfico. Para Armenia, Rusia ha sido durante mucho tiempo uno de sus grandes mercados; muchas mercancías entran y salen por Georgia, porque las fronteras con Turquía y Azerbaiyán han permanecido cerradas durante décadas. Armenia es un país sin mar y con dos de sus cuatro puertas bloqueadas. Le quedan Georgia al norte e Irán al sur. Una geografía incómoda. Un país convertido en pasillo estrecho, con memoria de imperio y cuerpo de superviviente.

A pocos kilómetros vemos el desvío hacia Azerbaiyán. También una mezquita y pueblos habitados por azeríes, un pueblo túrquico y mayoritariamente musulmán, vinculado histórica y culturalmente a Azerbaiyán. En el último pueblo antes de la frontera aparece un lazo rojo en una casa. Tamara nos explica que significa boda, una casa celebrando que dos personas han decidido complicarse la vida juntas. Afortunadamente, mientras la geopolítica cierra pasos, levanta sospechas y llena los mapas de líneas rojas, la gente se sigue rozando con cariño.

Nos despedimos de Georgia con una canción que nos pone Tamara en la que suena el nombre del país en georgiano: საქართველო, Sakartvelo, la tierra de los kartvelianos. La palabra tiene una belleza compacta y una pronunciación imposible. Tirando del traductor, me atrevo a escribir una despedida sencilla: მადლობა, საქართველო, თბილი მიღებისა და სტუმართმოყვარეობისთვის. O lo que es lo mismo: “Gracias, Georgia, por tu cálido recibimiento y hospitalidad”. 

Y también por el vino.

მადლობა, საქართველო, თბილი მიღებისა და სტუმართმოყვარეობისთვის

“Gracias, Georgia, por tu cálido recibimiento y hospitalidad”. 

La frontera llega con su pequeña coreografía de Estado: sello de salida de Georgia, control de pasaporte, fotografía sin gafas, escáner solitario para las maletas y ninguna gran épica de entrada en Armenia. Las fronteras modernas tienen algo de teatro pobre: un mostrador, un uniforme, una cámara, una máquina que pita cuando quiere y esa sensación de que un país empieza no donde cambia el paisaje, sino donde alguien mira tu pasaporte con cara de pocos amigos.

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Puesto fronterizo de Georgia con Armenia. [Foto: Paco Doblas]

Al otro lado nos espera Ani, nuestra nueva guía. Nació en Irán. Sus abuelos llegaron allí huyendo del genocidio armenio. El genocidio fue la campaña de deportaciones, marchas forzadas y asesinatos masivos sufrida por los armenios del Imperio otomano durante la Primera Guerra Mundial, especialmente desde 1915. Las cifras varían según las fuentes y los debates políticos siguen envenenados, pero hablamos de centenares de miles de muertos, para muchos historiadores alrededor de un millón o más, y de una diáspora que extendió familias armenias por Rusia, Francia, Estados Unidos, Irán, Oriente Medio y media Europa. Ani no cuenta una abstracción histórica. Cuenta a su abuelo, un niño de dos años que huyó y acabó en Irán. 

Armenia tiene hoy unos tres millones de habitantes dentro del país y muchos más repartidos por el mundo. La diáspora es una segunda Armenia: invisible en el mapa, poderosísima en la memoria. De ahí salen nombres contemporáneos conocidos, cada uno a su manera: Charles Aznavour, hijo universal de la canción francesa y del exilio armenio; Cher, con raíces armenias por parte paterna; System of a Down, banda nacida en California pero atravesada por la causa armenia; las Kardashian, fenómeno pop y mediático con apellido convertido en marca planetaria o el compositor Aram Khachaturian.

En cinco minutos el paisaje cambia de argumento. Dejamos atrás un país verde, una región más llana, la suavidad georgiana de colinas y viñas, y entramos encajonados entre montañas. Armenia no se abre: se estrecha. El autobús avanza por el fondo del valle del Debed, paralelo al río del mismo nombre y a una vieja vía de tren que parece seguir en uso por pura terquedad. A la izquierda aparece una carretera ascendente. Entramos en la región de Lori.

Armenia fue mucho más grande en la memoria histórica que en el mapa actual. La antigua Armenia, especialmente en tiempos de Tigranes el Grande, llegó a extenderse por amplias zonas del altiplano armenio y territorios que hoy pertenecen a Turquía, Irán, Azerbaiyán, Georgia, Siria o Irak. La Armenia actual es otra cosa: un país pequeño, montañoso, sin salida al mar, de unos 29.700 kilómetros cuadrados, con frontera al norte con Georgia, al este con Azerbaiyán, al sur con Irán y el enclave azerí de Najicheván, y al oeste con Turquía. Sus relaciones con Turquía y Azerbaiyán han sido pésimas durante décadas. Con los turcos pesa el genocidio y una frontera cerrada desde los años noventa. Con los azeríes pesa Karabaj, dos guerras, desplazamientos, muertos, propaganda y la sensación de que la paz, cuando llega, suele venir con letra pequeña.

Vemos ruinas de fábricas, esqueletos de un mundo industrial que se quedó sin sistema operativo tras la caída de la URSS. Armenia tenía minería, metalurgia, química, maquinaria, energía, industria ligera. La disolución soviética rompió cadenas de producción, mercados y suministros. Luego llegaron guerra, bloqueo, emigración, crisis. El país conserva recursos minerales, cobre, molibdeno, piedra, agua, agricultura en valles, brandy, vino, tecnología emergente y una diáspora capaz de invertir, donar, discutir y volver cada verano con maletas llenas de nostalgia.

Llegamos al monasterio de Haghpat justo cuando truena. La puesta en escena es excesiva, pero efectiva. Haghpat, fundado en el siglo X y Patrimonio Mundial de la UNESCO junto con Sanahin, se levanta en una meseta de Lori, con vistas de postal y piedra oscura. Según una explicación local, su nombre se asocia a la idea de “muro fuerte”.

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Monasterio de Haghpat. [Foto: Paco Doblas]

La iglesia principal es la de la Santa Señal, ligada a la veneración de una reliquia de la madera de la Cruz. El campanario del siglo XIII se alza como una pieza elegante y robusta. Aquí se rodaron escenas de El color de la granada, la película de Parajanov sobre Sayat-Nova, más poema visual que biografía. Si alguien espera una película explicativa, mala suerte. Parajanov no explicaba: clavaba imágenes en la retina.

Ani nos habla de las cruces armenias, de los khachkars, esas piedras talladas donde la cruz aparece llena de vida, rodeada de formas vegetales, como si brotara de la propia piedra. En Armenia la cruz no se representa tanto como una escena de sufrimiento extremo, sino como un símbolo de victoria, de resurrección y de permanencia. Cristo aparece menos como un cuerpo vencido y más como una presencia divina que supera la muerte. No significa que aquí se ignore el dolor. Sería absurdo decirlo en un país que ha sufrido tanto. Significa que la tradición armenia prefiere mirar la cruz desde la vida que continúa, no desde la derrota.

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Nave central de la iglesia de Haghpat. [Foto: Paco Doblas]

Hacemos un alto para probar los primeros platos armenios. Y comienzan a desfilar un humus de berenjena, la estrella de las hortalizas armenias, ensalada de carne, Garni Yaraj de nuevo berenjena pero ésta rellena de carne—,  filete de trucha horneado en una envoltura de pan lavash, acompañado de verduras de temporada y un queso suave y fundente y de postre un humilde pastel de manzana típico de la zona. Después de Georgia, Armenia se presenta con otra voz: menos queso desbordado, más horno, más hierba, más berenjena, más memoria de casa y una mezcla de tradiciones culinarias de países como Líbano o Siria donde tuvieron que refugiarse los armenios que ahora regresan.

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Garni Yaraj, berenjena pero ésta rellena de carne. [Foto: Paco Doblas]
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Filete de trucha horneado en una envoltura de pan lavash. [Foto: Paco Doblas]

El restaurante pertenece a la cadena Tufenkian, ligada a un empresario de la diáspora armenia en Estados Unidos. Ani cuenta que donde instala hoteles compra artesanía local, rescata edificios, apoya talleres. Este lugar fue una antigua central hidroeléctrica que ya no funciona. Ahora hay hospitalidad, alfombras, restauración de piezas antiguas y esa mezcla tan armenia de ruina reutilizada y nostalgia productiva.

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Restaurante de la cadena Tufenkian. [Foto: Paco Doblas]

Ani estudió español en la Universidad de Teherán. La comunidad armenia en Irán, nos cuenta,  que está respetada y tiene representación propia en el Parlamento iraní. No conviene idealizar nada, porque Oriente Medio y el Cáucaso castigan rápido al ingenuo profesional, pero el dato dice mucho: los armenios han aprendido a sobrevivir como minoría, a conservar iglesia, lengua, escuela, cocina y apellido incluso cuando el mapa se empeñaba en expulsarlos.

Pasamos por Vanadzor, ciudad de la región de Lori encajada entre montañas, con nieve todavía en las cumbres. Fue un centro industrial importante en época soviética y sufrió el terremoto de 1988, uno de esos golpes que Armenia todavía lleva en los huesos. Desde la carretera se ve una ciudad sobria, de valle, con fábricas, bloques, verde alrededor y ese aire de lugar que no se ha rendido, aunque tampoco esté para hacer piruetas turísticas.

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Mañana lluviosa en Vanadzor. [Foto: Paco Doblas]

Seguimos hacia Ereván, pero Armenia no tiene prisa por entregarnos su capital. Antes nos obliga a atravesarla, que es una forma bastante eficaz de recordarnos que los países pequeños también pueden tener una geografía con carácter de animal grande. La carretera se retuerce entre montañas, pueblos, curvas, camiones viejos y coches que en otros países estarían catalogados como clásicos, reliquias o material sensible para coleccionistas con garaje climatizado. Aquí siguen funcionando. No adornan. Trabajan. Son vehículos con arrugas, motores cansados y una dignidad mecánica que en Occidente habríamos jubilado demasiado pronto, quizá por cobardía estética.

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Coches en la localidad de Dilijan. [Foto: Paco Doblas]

Paramos en Dilijan, la llamada Suiza armenia, aunque estas comparaciones siempre tienen algo de insulto involuntario. Como si un lugar necesitara parecerse a otro más rico para ser tomado en serio. Dilijan es Dilijan: bosque, montaña, aire fresco, casas de piedra y madera, talleres, artesanía y esa mezcla de estación de descanso, pueblo cuidado y refugio verde en un país que pronto volverá a enseñarnos su cara áspera. Durante la época soviética fue lugar de reposo y retiro, un espacio donde respirar lejos del humo industrial, de las fábricas y de la épica cansina del progreso obligatorio.

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Dilijan, la “Suiza” armenia. [Foto: Paco Doblas]

La artesanía local tiene fama, y uno termina cayendo en sus propias pequeñas supersticiones. Yo compro una cuchara de madera de peral. Sencilla, desproporcionada, con un mango larguísimo y un cazo pequeño, como si el artesano hubiera querido diseñar una herramienta para remover un guiso desde otra provincia. Cada uno tiene su TOC, su pequeño museo portátil de manías. El mío está en la cocina: remuevo, pruebo y mezclo con maderas de medio mundo. Hay quien colecciona imanes de nevera. Yo compro utensilios de madera.

Después nos metemos de lleno en el Parque Nacional de Dilijan, subiendo por una carretera de montaña. La vegetación se vuelve exuberante, húmeda, densa, casi impropia de la imagen seca y pedregosa que muchos tienen de Armenia. Cruzamos un túnel de unos dos kilómetros, una garganta artificial entre dos mundos, que comunica la zona de Dilijan con la ruta hacia Sevan y cambia el paisaje con la brusquedad de una decisión política. A la salida, el bosque se retira. La espesura deja paso a colinas de pastos, lomas abiertas, aire más alto y una luz distinta. Armenia cambia de piel sin avisar.

A los pocos minutos aparece el lago Sevan, enorme, azul, colocado a unos 1.900 metros de altitud como si alguien hubiera querido poner un mar en mitad de las montañas y luego hubiera olvidado añadirle sal. Ocupa casi el cinco por ciento de la superficie de Armenia, una cifra que se entiende mejor cuando uno lo ve. En un país sin salida al mar, Sevan cumple esa función emocional. Es horizonte, despensa, símbolo, lugar de veraneo, reserva de agua y espejo nacional. Tiene su propia trucha, el ishkhan, literalmente “príncipe”, aunque el pobre pez ha sufrido bastante por la sobrepesca, los cambios ecológicos y esa manía humana de destrozar aquello que luego declara patrimonio. También vive aquí la gaviota armenia, especie asociada a estos lagos altos del Cáucaso. 

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Lago Sevan. [Foto: Paco Doblas]

A propósito de los lagos, Valentín vuelve a mirar hacia la Antigüedad. Nos habla de Urartu, aquel antiguo reino que floreció entre los siglos IX y VI antes de Cristo alrededor del lago Van y las tierras altas armenias. Nos recuerda que la Armenia histórica fue mucho más amplia que la Armenia actual, que el mapa de hoy es apenas una versión reducida, dolorosa y políticamente posible de una geografía cultural enorme. Lago Van, lago Urmia, lago Sevan. Tres nombres que ayudan a entender un mundo antiguo donde las aguas eran centros de poder, rutas, cultos, fortalezas, agricultura y memoria. Hoy las fronteras modernas han repartido esa herencia entre varios estados, como quien rompe una vajilla familiar y luego pretende que nadie note las grietas.

Llegamos a la orilla del lago Sevan y subimos hasta Sevanavank, el monasterio que se alza sobre una península rocosa. Antes fue isla, pero durante el siglo XX el nivel del lago descendió por las intervenciones soviéticas sobre sus aguas, y la isla quedó cosida a tierra. 

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Monasterio Sevanavank a orillas del lago Sevan. [Foto: Paco Doblas]

Sevanavank fue fundado en el siglo IX, tradicionalmente vinculado a la princesa Mariam, hija del rey Ashot I. Sus iglesias de piedra oscura, Surb Arakelots y Surb Astvatsatsin, no tienen la ligereza decorativa de otros templos que buscan gustar. Aquí la belleza es más seca. Más frontal. Piedra negra, viento, agua, escaleras, cruces talladas y una vista del lago que obliga al turista más ruidoso a bajar un poco la voz. Durante siglos, este lugar tuvo también fama de retiro severo, casi penitencial. No cuesta imaginarlo. Si uno venía aquí a purgar pecados, el paisaje ayudaba: bastante altura, bastante viento y suficiente soledad para arrepentirse de casi cualquier cosa.

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Cruces armenias o khachkars en el monasterio de Sevanavank. [Foto: Paco Doblas]

El día ha sido una larga transición: de Georgia a Armenia, de Sakartvelo al país del Ararat, de la carretera comercial al valle estrecho, del vino georgiano al primer sabor armenio, de la memoria soviética a la memoria del genocidio. Georgia nos despidió cantando. En Armenia nos recibe una guía cuyo apellido, como el de tantos armenios, lleva dentro una fuga. Por fin llegamos a la capital. El bullicio de Ereván al atardecer rompe de golpe la calma que el país nos había regalado desde la frontera: después de montañas, monasterios, valles y silencios largos, la ciudad aparece con tráfico, luces, terrazas y esa energía desordenada que tienen las capitales, estén en el país que estén.

Día 5 | EREVÁN | 12 de junio de 2026

Hoy nos proponemos conocer Ereván como mejor se conoce una ciudad: andando. Las ciudades no se entienden desde un autobús. Hay que caminar, mirar portales, cruzar calles mal, entrar en museos, perder cinco minutos en una fachada y hablar con su gente, solo así se descubre que una ciudad no se presenta de golpe. Se filtra.

A Ereván la llaman la ciudad rosa por la toba volcánica —el famoso tuff armenio— con la que están construidos muchos de sus edificios. No es un rosa de escaparate cursi, ni un rosa de pastel de bautizo. Es un rosa mineral, terroso, cambiante, que se vuelve miel, salmón, óxido o ceniza según la luz. La piedra más que decorar la ciudad, la define. Incluso cuando Ereván se pone soviética, y vaya si se pone soviética a ratos, lo hace con una calidez cromática que uno no sabe si Moscú habría aprobado o habría mandado corregir por exceso de alegría cromática.

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Plaza de la República con el Museo de Historia y Galería Nacional.

Empezamos en la Plaza de la República, el corazón monumental de la capital. Aquí se entiende la ambición de Alexander Tamanian, el arquitecto que imaginó la Ereván moderna con avenidas amplias, edificios de toba, líneas solemnes y una idea de capital que debía mirar hacia el futuro sin soltar del todo el pasado. La plaza es circular y teatral, con edificios gubernamentales, el Museo de Historia y la Galería Nacional formando una escenografía de piedra. Uno puede amar o desconfiar de estas plazas enormes, pensadas para desfiles, discursos y fotos oficiales. Pero hay que reconocerles algo: saben hacer que el individuo se sienta pequeño. Esa vieja pedagogía del poder.

Desde allí tomamos la calle Abovyan, dejando a la derecha la Plaza de la República, a la que regresaremos al final del recorrido. Abovyan es una de las arterias históricas de Ereván. Antes de que la ciudad moderna se ordenara con tiralíneas, aquí ya había comercio, casas señoriales, fachadas de tuff negro y rosa, balcones, cafés, instituciones culturales y ese aire de calle que ha visto pasar demasiada historia. En ella sobreviven edificios de finales del XIX y comienzos del XX, restos del viejo Ereván que no fue engullido del todo por la planificación soviética. Aparecen la iglesia de Katoghike, la más antigua conservada en el centro, la nueva iglesia de Santa Ana, antiguos cines, teatros, hoteles y edificios que mezclan neoclasicismo, art nouveau, piedra local y esa elegancia caucásica que nunca termina de ser europea ni asiática, por suerte.

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Sala de Conciertos Arno Babajanyan en Abovyan St.

A mitad de Abovyan nos desviamos por una calle peatonal con esculturas contemporáneas que desemboca en la Ópera. El edificio, diseñado también por Tamanian, es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. En realidad alberga dos salas: el Teatro Nacional de Ópera y Ballet Alexander Spendiaryan y la sala de conciertos Aram Khachaturian. Delante, en la plaza, presiden el conjunto las esculturas del poeta Hovhannes Tumanyan y del compositor Alexander Spendiaryan. En el entorno aparecen también los nombres que Armenia no deja caer al olvido: Sayat-Nova, poeta, músico y trovador del Cáucaso, y Aram Khachaturian, el compositor de la célebre Danza del sable, una pieza que demuestra que la música puede sonar a persecución, circo, cuchillo y resaca al mismo tiempo.

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Hovhannes Tumanyan, destacado poeta y escritor armenio con el edificio de la Ópera detrás.

Nos detenemos ante otra escultura: Komitas, compositor, sacerdote y musicólogo, sentado sobre el tronco de un albaricoquero seco, arrancado pero todavía aferrado a la tierra. La imagen no puede ser más armenia aunque lo intentara un comité de símbolos nacionales con presupuesto ilimitado. Komitas recopiló miles de canciones populares, rescató melodías campesinas, religiosas y tradicionales, y ayudó a convertir la música armenia en una forma consciente de identidad. Ani nos cuenta que las mujeres, al preparar yogur o pan, podían acompañar el trabajo con bailes antiguos, algunos vinculados a gestos rituales y animales. Aquí la música no era una asignatura de conservatorio. Era trabajo, fiesta, duelo, iglesia, cosecha, boda y resistencia. Armenia da mucha importancia a la música porque sabe que una canción puede sobrevivir donde un palacio cae.

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Escultura de Komitas, compositor, sacerdote y musicólogo.

Caminando llegamos a la Cascada, una enorme construcción escalonada, con jardines, fuentes, terrazas, salas interiores y vistas sobre la ciudad. En su base se extiende el jardín de esculturas del Cafesjian Center for the Arts, donde aparecen obras de Botero, Jaume Plensa, Lynn Chadwick, Barry Flanagan y otros artistas contemporáneos. Allí está también la escultura de Tamanian, inclinado sobre su plano urbano, como un arquitecto condenado a vigilar eternamente si la ciudad le obedece.

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Complejo la Cascada con “La mujer fumadora” del artista Fernando Botero en primer plano.
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Monumento al Arquitecto Alexander Tamanyan.

Después nos trasladamos en vehículo al monumento de Madre Armenia, en Victory Park. La estatua se levanta sobre la ciudad con espada en mano y escudo a los pies. No es una madre doméstica. Es una madre que parece decir: “venid, pero no os acerquéis demasiado”. El pedestal lo ocupó antes una estatua de Stalin. En 1967 fue sustituida por esta figura femenina que simboliza la defensa del país. Alrededor hay vehículos militares, tanques, piezas de artillería y misiles procedentes del universo soviético y de la memoria bélica armenia. No están allí para embellecer nada. Están para educar, intimidar y recordar el pasado de guerras y conflictos recientes de Armenia.

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Monumento de Madre Armenia con la llama eterna en primer plano.

La llama eterna añade otra capa de solemnidad. Y para el visitante que no busque hurgar en la historia las vistas recompensaran la subida. Ereván queda abajo, extendida como una ciudad clara, rosada, viva, con sus avenidas, sus bloques, sus plazas y su tráfico haciendo de banda sonora. Justo enfrente se levanta el monte Ararat, enorme, blanco, casi insultante en su belleza. Para los armenios es mucho más que una montaña. Es símbolo nacional, memoria bíblica, paisaje íntimo y herida geográfica. Lo llevan en el corazón, en botellas de brandy, nombres de calles, cuadros, canciones, recuerdos familiares y discursos. Pero no pertenece a Armenia: está al otro lado de la frontera, en Turquía. Históricamente formó parte del mundo armenio y de la geografía espiritual de Armenia; en algunos periodos estuvo dentro de territorios vinculados a los antiguos reinos armenios y, ya en época moderna, la zona pasó por manos persas, rusas y turcas. La frontera actual quedó fijada tras el derrumbe del Imperio ruso, la guerra turco-armenia y los tratados de Moscú y Kars de 1921, cuando la Armenia soviética perdió cualquier posibilidad real de conservar el Ararat. Esa es la clase de crueldad que solo la historia sabe diseñar con verdadera precisión: una montaña puede seguir perteneciendo a un pueblo por dentro y quedar fuera de su país por fuera. Los turcos tienen la montaña. Los armenios, al menos, tienen las mejores vistas.

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La capital de Everán desde el monumento Madre Armenia con el monte Ararat al fondo.

Tras Madre Armenia visitamos el Matenadaran, uno de los grandes depósitos de manuscritos del mundo. El edificio, severo, casi de templo laico, está dedicado a Mesrop Mashtots, creador del alfabeto armenio en el siglo V. Dentro se conservan manuscritos religiosos, científicos, médicos, filosóficos, históricos, mapas, evangelios iluminados y tratados que explican hasta qué punto un pueblo puede convertir la escritura en refugio. Hay piezas monumentales, códices diminutos, textos salvados de guerras, saqueos, exilios y monasterios que un día ardieron o quedaron del lado equivocado de una frontera.

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Matenadaran, con escultura dedicada a Mesrop Mashtots.

Los colores de los manuscritos tienen su propia épica. Por ejemplo, el rojo intenso podía obtenerse de la cochinilla armenia, un insecto del valle del Ararat que aparece solo en momentos concretos del año y del que se extraía un pigmento precioso, casi insolente. Rojo para iluminar la palabra. Rojo para que la página siguiera viva siglos después de muerto el escriba.

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Manuscrito de los fondos del Matenadaran.

El alfabeto armenio merece capítulo aparte. Durante siglos sus letras sirvieron también como números, antes de la generalización de las cifras actuales. No existía el cero en ese sistema. Cada letra tenía valor, como si hasta contar fuera una forma de escribir patria.

Ani nos habla también del idioma. En Armenia la lengua no es solo comunicación; es una frontera interior. Hoy los niños estudian armenio y otros idiomas, cada vez más inglés o alemán, y menos ruso que en otras generaciones. La influencia cambia. Las lealtades también. Pero el armenio sigue siendo la casa principal. Lo demás son habitaciones añadidas.

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Manuscrito en armenio perteneciente a los fondos del Matenadaran.

Paramos a comer en Grand Ost un restaurante en la Plaza de la República muy recomendable. Probamos humus de garbanzos y pimientos, ghapama —calabaza asada rellena de carne—, ensaladas verdes y una magnífica ensalada de berenjena frita con cilantro. También aparece un khachapuri relleno de queso y berenjena, un guiño local al plato georgiano que acabamos de dejar atrás: diplomacia caucásica con horno y grasa, bastante más eficaz que muchas cumbres internacionales. De postre, tarta de miel y almendra, famosa en los países del antiguo orbe soviético, presentada con hielo seco y humo de fantasía. Ni tan mal.

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Humus de garbanzos y pimientos.
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Ensalada de berenjena frita con cilantro.
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Ghapama o calabaza asada rellena de carne.
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Tarta de miel.

Para bajar la comida volvemos a la Plaza de la República. La plaza cambia con la luz. De mañana impone; después de comer, con el cuerpo negociando la digestión, parece menos oficial y más humana. Allí entramos en el Museo de Historia y en la Galería Nacional. El Museo de Historia de Armenia guarda una colección inmensa que recorre desde el Paleolítico hasta la Armenia contemporánea. La historia antigua aparece en objetos realmente increibles: una copa de plata del tercer milenio antes de Cristo, bloques con escritura cuneiforme del rey urartio Sarduri II, recipientes donde se bebía vino en los siglos VIII y VII antes de Cristo. En Armenia el vino no es una moda, es una costumbre antigua, arqueológica, obstinada.

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Copa de plata del tercer milenio antes de Cristo.
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Bloque con escritura cuneiforme del rey urartio Sarduri II.
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Recipientes donde se bebía vino en los siglos VIII y VII antes de Cristo.

Recorriendo las salas del museo nacional aparece la pregunta inevitable: ¿cuál es la seña de identidad más importante para los armenios? ¿Qué hace que un pueblo siga sintiéndose arraigado a una tierra cuando la historia le ha arrancado tantas veces el suelo de debajo de los pies? Es lógico preguntárselo aquí. Armenia ha tenido más territorio del que conserva, más capitales de las que puede visitar libremente, más heridas de las que caben en un museo. Se ha debatido entre guerras, imperios, exilios y fronteras cerradas. No tiene todo lo que tuvo. Guarda lo que puede. Y lo guarda con una intensidad feroz. Entonces, ¿qué les hace seguir adelante como pueblo?

Se lo pregunto a Ani, nuestra guía. Iraní de nacimiento, armenia por herencia y por decisión. Llegó a Armenia siendo niña. Su abuelo, con apenas dos años, se refugió en Irán huyendo del genocidio armenio. Ani me cuenta que, estando con una beca en Barcelona, a los 27 años, alguien le preguntó de dónde era. Una pregunta sencilla, de esas que se hacen en cualquier conversación sin calcular el daño que pueden abrir. Y ella no supo qué responder. Dijo que era de Irán, pero no se sentía del todo de allí. Una parte estaba allí; otra, en Armenia. Se sintió triste. Una tristeza seca de quien descubre que su identidad no cabe en una casilla.

Aquel día tomó una decisión: no quería que sus hijos tuvieran que pasar por ese mismo momento. Empezó a buscar conexiones que la aferraran más a Armenia, el lugar donde había vivido más años de su corta vida y donde, de algún modo, necesitaba terminar de reconocerse. Buscó lengua, historia, música, relatos familiares, costumbres, memoria. Todo eso que los pueblos desplazados guardan como se guarda una llave de una casa que quizá ya no existe.

“La cultura son nuestras raíces”, dice Ani. Y no se me ocurre una respuesta más certera. Armenia es un pueblo culto hasta la médula. Se apasiona con la música, la literatura, la lengua, los manuscritos, las iglesias, los símbolos, los compositores, los poetas, los alfabetos y las montañas que ya no están dentro de sus fronteras pero siguen dentro de su pecho. Tiene una historia tan apabullante como tormentosa y un patrimonio que no exhibe como decoración, sino como prueba de vida. La cultura entera convertida en salvavidas contra el desarraigo.

Pero para alguien como yo, que cree en la gastronomía como una de las conexiones más profundas con la tierra de origen —ahí está, por ejemplo, el artículo “Cocinar en el exilio”, dentro de la serie Cocinas bajo asedio—, la pregunta era inevitable: ¿y la cocina? ¿No ayuda también a sujetar lo que se rompe? ¿No hay platos que funcionan como una patria portátil, como una dirección a la que volver aunque el mapa se haya vuelto hostil?

Y bingo.

Ani me habla de Los cuarenta días de Musa Dagh, la novela de Franz Werfel inspirada en la resistencia armenia de 1915 en Musa Dagh, una montaña situada en la actual Turquía, cerca del Mediterráneo. El libro cuenta cómo varias aldeas armenias, ante la orden de deportación del Imperio otomano, deciden no entregarse mansamente al matadero. Suben al monte, se organizan, resisten durante semanas el asedio y acaban siendo rescatadas por barcos aliados. La novela se titula Los cuarenta días, aunque la resistencia histórica duró más.

De aquella memoria nació también una comunidad de la diáspora armenia vinculada a Musa Ler, y con ella un plato convertido en emblema: la harisa. No debe confundirse con la pasta picante magrebí de nombre parecido. La harisa armenia es otra cosa: trigo partido o machacado, carne —tradicionalmente cordero o pollo—, largas horas de cocción y paciencia suficiente para convertir la pobreza en alimento ceremonial. Es un plato espeso, humilde, nutritivo y que no impresiona en Instagram.

Ani dice que no hay necesariamente un día único para comerlo. Pero cada vez que se prepara, especialmente entre los descendientes de Musa Dagh, vuelve la memoria del genocidio, de la resistencia y de los que sobrevivieron con poco más que trigo, carne y esa manía humana de no desaparecer. Y ahí está la respuesta, o al menos una de ellas. La identidad armenia no vive solo en los museos, ni en los manuscritos, ni en las piedras talladas, ni en el Ararat que se mira desde lejos. También vive en un plato. Como la memoria. Como la cultura.

Terminamos el día en la azotea del museo, con la historia de Armenia y la ciudad de Ereván bajo nuestros pies. Ereván es hoy la capital, pero antes lo fue Ani, la antigua ciudad medieval armenia situada en la actual provincia turca de Kars, junto a la frontera natural con Armenia. Ani, el mismo nombre de nuestra guía local y de dos de las técnicas de cultura del museo que nos acompañan. Hay casualidades que parecen escritas por un guionista demasiado sentimental, pero uno aprende en Armenia a no burlarse rápido de esas cosas.

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Brindamos con prosecco, fresas y trufas. Un broche final casi irreal para una jornada de piedra rosa, manuscritos, música, montaña perdida y memoria obstinada. Un detalle de la organización del viaje y un privilegio difícil de explicar sin sonar cursi, así que no lo voy a intentar demasiado. Solo diré esto: hay días en los que un país deja de ser destino y se queda dentro. Hoy, un pedazo de Armenia se ha quedado conmigo.

Día 6 |  HRIPSIME / ECHMIADZIN / ZVARTNOSTS | 13 de junio de 2026

La mañana amanece con esa luz seca de Armenia que parece tallada más que encendida, una claridad antigua que cae sobre Ereván como si la ciudad acabara de salir de una piedra. Salimos a visitar tres de los lugares sagrados más importantes del país. Dicho así suena a jornada de recogimiento, piedra venerable y mirada elevada. Pero Ereván, antes de dejarnos ir hacia la espiritualidad, nos enseña otra cosa: una fábrica de brandy, otra de cerveza, restos de fortaleza urbana y el tráfico funcionando con esa mezcla de resignación y ataque preventivo que caracteriza a muchas capitales. Espiritualidad y alcohol. Curioso binomio. Aunque, siendo honestos, bastante más frecuente en la historia de la humanidad de lo que ciertos sermones estarían dispuestos a admitir.

El brandy armenio merece una parada propia. No hablamos de un aguardiente cualquiera para quemar penas de sobremesa, sino de una bebida con tradición, prestigio y una industria poderosa desde el siglo XIX. En Armenia el brandy forma parte del imaginario nacional casi tanto como el Ararat: aparece en fábricas, etiquetas, brindis, visitas oficiales y conversaciones donde la identidad se mezcla con el orgullo líquido. Aquí una copa puede ser digestivo, símbolo, negocio y memoria embotellada.

Enfilamos la carretera y el monte Ararat no nos pierde de vista. O quizá somos nosotros los que no conseguimos apartar la mirada. A la izquierda vemos el lago de Ereván, un embalse artificial en la zona de Hrazdan que regula agua y sirve para riego, además de suavizar un poco el perfil urbano. Agua domesticada en una ciudad que siempre parece estar negociando con la piedra, el polvo, la memoria y el horizonte.

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Catedral de Zvartnots. [Foto: Paco Doblas]

La primera parada es Zvartnots, las ruinas de una catedral del siglo VII y Patrimonio Mundial de la UNESCO. Aparece en mitad de un paisaje abierto, con el Ararat al fondo cuando el día se deja, y uno entiende enseguida que aquello no fue una iglesia cualquiera. Hoy quedan columnas, capiteles, basas, fragmentos tallados y una planta que todavía impone. Pero en su tiempo debió de ser una barbaridad arquitectónica: una estructura centralizada, con interior de cuatro ábsides y un exterior poligonal que desde lejos parecía circular. Una iglesia que quiso levantar el cielo en tres niveles, como si el arquitecto hubiera desayunado una generosa ración de ambición.

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Catedral de Zvartnots. [Foto: Paco Doblas]

Valentín nos habla de las iglesias circulares y de las plantas en cruz. La cruz remite a Cristo crucificado, al eje del sacrificio, al cuerpo extendido entre cielo y tierra. El círculo, en cambio, ha sido visto muchas veces como forma perfecta: sin principio ni final, imagen de plenitud, de eternidad, de orden cósmico. En Zvartnots alguien decidió juntar geometría y fe con una audacia tremenda. No era solo construir una iglesia; era decirle al mundo que Armenia también sabía pensar la arquitectura como teología en piedra.
Un pequeño museo conserva piezas singulares del templo: capiteles, relieves, fragmentos decorativos, restos que ayudan a imaginar lo que ya no está. Cerca vemos un campo de albaricoques. Y aquí aparece una de esas casualidades que Armenia sirve con una sonrisa de “ya lo sabíamos”: el nombre científico del albaricoque es Prunus armeniaca, literalmente ciruelo armenio. Durante mucho tiempo se creyó que el fruto procedía de Armenia porque se cultivaba aquí desde la Antigüedad y desde aquí llegó a Occidente. Hoy el origen botánico se discute y muchos estudios lo sitúan más hacia China o Asia Central, pero el nombre quedó. Armenia perdió muchas cosas en los mapas, pero consiguió colarse en la taxonomía de una fruta. No es poco.

En Zvartnots también aparece, cómo no, el vino. Las excavaciones sacaron a la luz un lagar del siglo VII vinculado al complejo. Otra vez el alcohol en territorio sagrado. En Armenia esto no debería sorprendernos: la relación con el vino es antiquísima. Ahí está Areni-1, una cueva situada en el sur del país, en la región de Vayots Dzor, donde los arqueólogos hallaron una de las instalaciones vinícolas más antiguas conocidas, con unos 6.100 años de antigüedad: prensa, recipientes de fermentación, restos de uva y todo el instrumental básico para recordar que la humanidad empezó a ponerse seria con el vino mucho antes de inventar la carta de maridaje. Aquí el vino empezó como empiezan las cosas serias: con barro, uva, manos, fermentación y una necesidad humana de hablar con los dioses o con los vecinos, que a veces viene a ser lo mismo.

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Iglesia de Santa Hripsime. [Foto: Paco Doblas]

De nuevo nos ponemos en carretera, aunque el trayecto dura poco, lo justo para que el paisaje respire entre una piedra sagrada y la siguiente. Seguimos hacia la iglesia de Santa Hripsime, una joya del cristianismo armenio primitivo. Es del siglo VII, severa, compacta, perfecta en su equilibrio. No necesita dorados ni pirotecnia decorativa. Su fuerza está en la proporción, en la piedra, en la planta centralizada, en esa forma armenia de construir templos que parecen preparados para resistir invasiones, terremotos, herejías y turistas con poca batería. Está vinculada a Hripsime, una de las vírgenes mártires que, según la tradición, huyó de Roma y fue asesinada en Armenia antes de la conversión del reino al cristianismo.

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Tumba de Santa Hripsime, ubicada en la cripta de la Iglesia de Santa Hripsime. [Foto: PacoDoblas]

La religión mayoritaria del país es la de la Iglesia Apostólica Armenia, una de las iglesias cristianas orientales más antiguas. Conviene matizar lo de “ortodoxos”: los armenios pertenecen a la familia de las Iglesias ortodoxas orientales, pero no forman parte de la Iglesia ortodoxa rusa, griega o georgiana. Tienen una tradición propia, antiquísima, y se consideran apostólicos porque, según la tradición, el cristianismo llegó a Armenia en el siglo I de la mano de San Judas Tadeo y San Bartolomé, dos apóstoles que predicaron en estas tierras mucho antes de que San Gregorio el Iluminador impulsara la conversión oficial del reino en el año 301 d. C., antes incluso de que Roma legalizara el cristianismo.

La Iglesia armenia tampoco siguió el camino doctrinal marcado por el Concilio de Calcedonia, en el año 451, donde se formuló que Cristo tenía dos naturalezas, una humana y otra divina. Los armenios defendieron otra manera de explicarlo: en Cristo hay una única naturaleza encarnada, plenamente humana y plenamente divina, sin separar las dos como si Dios hubiera venido al mundo con doble expediente administrativo. Y luego está la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, ese prodigio teológico donde tres personas distintas son un solo Dios. Ellos intentaron explicarlo a su manera. Muchos seguimos sin entenderlo del todo. Hay otros que lo tienen claro. Esto se llama fe.

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Interior de la iglesia de Santa Hripsime. [Foto: Paco Doblas]

Armenia presume, con fundamento, de haber sido el primer Estado en adoptar oficialmente el cristianismo. ¿Son religiosos los armenios? La respuesta, como casi todo aquí, no cabe en una frase. Hay fe, identidad, rito, costumbre, orgullo nacional y memoria familiar mezclados. Para muchos armenios, la Iglesia no es solo institución religiosa: es archivo, refugio, columna vertebral. Entre sus figuras más veneradas están San Gregorio el Iluminador, Santa Hripsime, Santa Gayane, San Mesrop Mashtots y esos apóstoles fundacionales, Judas Tadeo y Bartolomé, que sostienen el relato de una fe donde lengua, memoria y supervivencia han ido demasiado juntas como para separarlas limpiamente.

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Cúpula del atrio de entrada de Santa Hripsime. [Foto: Paco Doblas]

Y esto no es todo. Después llegamos a Echmiadzín, la sede espiritual de la Iglesia Apostólica Armenia, algo así como el Estado Vaticano de Armenia: centro religioso, administrativo y simbólico de un país donde la fe ha funcionado durante siglos como columna vertebral de la identidad nacional. La catedral, fundada según la tradición entre 301 y 303, es considerada una de las más antiguas del mundo cristiano y el corazón religioso del país. Entramos en la iglesia, de interior recogido, oscuro, solemne, con esa penumbra antigua que no necesita grandes efectos para imponer respeto. La piedra, los iconos, las lámparas, el olor a cera y la verticalidad del espacio parecen recordar que aquí la fe no se explica demasiado: se respira, se mira y, en ocasiones, se obedece.

Luego, sentados Valentín y yo en un banco a la sombra, con la catedral justo enfrente, acabamos disertando —porque para eso también se viaja, para hablar de lo que uno no termina de entender— sobre la aparición que da sentido al lugar. Según la tradición, San Gregorio el Iluminador tuvo una visión en la que Cristo descendía del cielo y señalaba el punto donde debía levantarse la iglesia. De ahí el nombre de Echmiadzín, que suele traducirse como “el lugar donde descendió el Unigénito”. Es inevitable pensar en Zaragoza: allí, según la tradición, la Virgen se apareció a orillas del Ebro, en el lugar donde hoy se levanta la Basílica del Pilar; aquí, en Armenia, el relato habla de Cristo descendiendo sobre esta tierra para marcar el corazón espiritual del país. Cambian el río, la piedra y el paisaje, pero permanece esa vieja necesidad humana de señalar un punto exacto del mundo y decir: aquí ocurrió algo.

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Interior de la Catedral de Echmiadzin. [Foto: Paco Doblas]

El complejo no es solo una iglesia: es residencia del Catholicos, centro administrativo, museo, seminario, jardines, patios y memoria organizada. En su museo se conservan reliquias de enorme valor para la tradición armenia, entre ellas la Santa Lanza o Geghard, reliquias de santos, objetos litúrgicos y fragmentos atribuidos a la Cruz de Cristo o incluso al Arca de Noé. Uno puede creer, dudar o mirar con escepticismo educado, pero sería torpe no entender lo que significan estas piezas para Armenia: no son simples objetos antiguos, sino pruebas materiales de una memoria espiritual que el país ha defendido con uñas, piedra y siglos.

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Relicario que se cree que contiene un fragmento de madera del Arca de Noé. [Foto: Paco Doblas]

En el complejo hay también una capilla destinada a celebraciones religiosas, y la suerte —esa guía turística bastante más eficaz que muchos folletos— quiere que nos encontremos con algo que no esperábamos: un bautizo. Un rito íntimo, casi doméstico, para unos pocos familiares y amigos. Todos permanecen de pie en una esquina del templo moderno, alrededor de una pila bautismal sencilla, modesta, sin aparato escenográfico. La protagonista es una mujer joven, más cerca de los treinta que de los veinte. En la Iglesia armenia el bautismo incorpora también la confirmación y la primera comunión, de modo que no es un trámite, es una entrada completa en la vida sacramental. La Iglesia recomienda bautizar cuanto antes, pero no es raro encontrar adultos que lo hacen tarde. Durante la época soviética muchos bautizos se celebraban en secreto, a veces en casas, lejos de la vigilancia de un sistema oficialmente ateo que desconfiaba de cualquier lealtad no registrada por el partido. Tras la caída de la URSS, muchos recuperaron ritos pendientes. Ani nos cuenta además una costumbre curiosa: después de comulgar, durante tres días no conviene bañarse; y cuando uno lo hace, el agua se tira fuera de casa.

Con Echmiadzín cerramos, por hoy, nuestras visitas sagradas. Han sido tres paradas de piedra, fe y relato fundacional: Zvartnots, Hripsime y la sede espiritual de la Iglesia Apostólica Armenia. Tres formas distintas de entender que en este país la religión no vive encerrada en los templos, sino mezclada con la lengua, la memoria, la política, el paisaje y hasta las heridas familiares. Después de tanta catedral, reliquia, bautizo y cruz tallada, el cuerpo empieza a reclamar una espiritualidad algo más terrenal. Armenia, que no suele desaprovechar una buena transición, nos lleva entonces hacia el vino.

Hacemos un alto para visitar Armenia Wine, una de las bodegas más grandes y modernas del país. Su historia nace del impulso de las familias Vardanyan y Mkrtchyan, que empezaron con viñedos en 2006 y levantaron la bodega en 2008, en la región de Aragatsotn. Es un proyecto que mezcla orgullo nacional, tecnología moderna y la voluntad de decirle al mundo que Armenia no solo hace buen brandy: también hace vino serio.

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Interior bodega Armenia Wine. [Foto: Paco Doblas]

Conviene aclararlo: aquí no estamos en Georgia. No se habla de qvevri, esa gran vasija enterrada que vimos como emblema georgiano. En Armenia existe otra tradición de recipientes de barro, los karas, pero el vocabulario, el rito y el relato son distintos. El Cáucaso se parece a sí mismo, sí, pero no conviene meterlo todo en la misma olla turística.

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Sala de envejecimiento de brandy. [Foto: Paco Doblas]

Entramos en una gran sala con cientos de barricas. Suena música clásica de Aram Khachaturian. Nos dicen que la música influye bien en los vinos. La idea se ha repetido en bodegas de medio mundo: vibraciones, levaduras más felices, líquidos más armónicos, barricas con oído fino. Se cita a menudo a Masaru Emoto y sus experimentos sobre el agua. Que el sonido produce vibraciones físicas está demostrado. Que Beethoven convierta un vino mediocre en una obra maestra, ya es otra religión. Pero la escena funciona. Barricas, penumbra, Khachaturian y una copa en la mano.

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Compositor armenio Aram Khachaturian. [Foto: Paco Doblas]

Catamos tres vinos. Primero, un espumoso Yerevan Brut, con uvas Kangun y Rkatsiteli, fresco, cítrico, amable. Después, un blanco seco Yerevan 782 BC, también con Kangun y Rkatsiteli, nombre que recuerda la fundación de Erebuni, origen antiguo de Ereván. Finalmente, un tinto seco Yerevan 782 BC de Areni y Karmrahyut. Areni es una de las grandes uvas tintas armenias, elegante, con acidez y memoria de altura. Karmrahyut aporta color, estructura y cierta intensidad.

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Vinos de Armenian Wine. [Foto: Paco Doblas]

Comemos en la misma bodega, en el espacio donde elaboran el brandy. Otra vez el alcohol como arquitectura, como industria, como liturgia paralela. Llegan ensaladas variadas, surtidos de quesos y frutos secos, y después khorovats, la barbacoa armenia: carnes a la brasa, berenjena, pimiento rojo, patatas, humo, grasa y esa verdad elemental de cualquier fuego bien usado.

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Khorovats, la barbacoa armenia. [Foto: Paco Doblas]

De postre, pajlava, pariente armenio del baklava: capas finas de masa, frutos secos, azúcar o miel, mantequilla y esa capacidad de dejar los dedos pegajosos y el alma en paz. Ani lo vincula con la región de Nagorno Karabaj, otro nombre que en Armenia nunca aparece del todo limpio de dolor. Uno mastica dulce y, como ocurre tantas veces en este viaje, la historia se sienta a tu lado.

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Postre dulce pajlava. [Foto: Paco Doblas]

Y cuando el día parecía ya cerrado, Armenia nos guarda una última escena. Volvemos de nuevo al museo, esta vez no como simples visitantes, sino invitados a una recepción con autoridades turísticas armenias, que agradecen nuestra visita al país y el interés por contar Armenia desde dentro. El gesto tiene algo de cortesía oficial pero también de declaración de intenciones. Armenia lleva años haciendo un esfuerzo notable por consolidar una oferta turística propia, capaz de mirar más allá de la postal rápida y enseñar un país complejo, culto, antiguo y profundamente vivo. Brindamos allí, entre palabras de bienvenida y esa cálida hospitalidad armenia. Terminamos la jornada con la sensación de haber recorrido algo más que un itinerario: un país que quiere ser visitado, pero también comprendido. Y eso, en estos tiempos de turismo ansioso y mirada distraída, no es sencillo.

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Plaza de la República de Erevan. [Foto: Paco Doblas]

Día 7 |  KHOR VIRAP / GARNI / GEGHARD | 14 de junio de 2026

El último día de viaje en Armenia empieza con una de esas promesas que parecen diseñadas por alguien con buen sentido narrativo: piedra, pan, monasterios, música medieval y el monte Ararat esperando al final como una aparición. No hay mejor cierre posible para un libro de viaje que comenzó en Georgia, entre brindis, vino enterrado y ciudades calientes, y termina aquí, en este país pequeño, áspero, culto y obstinado que ha aprendido a mir ar de frente lo que le falta.

Nos introducimos en la región de Kotayk y bajamos hacia el desfiladero de Garni en todoterrenos, alguno de la época soviética. El vehículo ya es parte de la experiencia: hierro con ruedas, suspensión de castigo, olor a pasado funcional y esa sensación de que si el mundo se acaba, probablemente uno de estos cacharros seguirá bajando por una pista de montaña con viajeros dentro y un conductor fumando sin pestañear.

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Impresionante pared de columnas de basalto.

El desfiladero de Garni aparece después como una lección de geología. Lo llaman la Sinfonía de las Rocas o Sinfonía de las Piedras, un monumento natural situado en el cañón de Garni, donde las paredes se llenan de columnas de basalto geométricas, verticales, casi imposibles. Parecen tubos de órgano, lanzas petrificadas, arquitectura hecha por un dios obsesionado con la simetría. Algo parecido ocurre en la Calzada del Gigante, en Irlanda del Norte, aunque allí el Atlántico pone el decorado y aquí lo pone Armenia con su habitual gusto por la piedra severa.

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Columnas de basalto vistas desde abajo.

Antonio Rojo, profesor de Ciencia de los Materiales, nos acompaña en el viaje y eso, para cualquier viajero mínimamente curioso, es un lujo. Hay lugares que uno mira y admira; y luego están los lugares que alguien te ayuda a leer por dentro. Él lo explica mejor que yo y con menos tendencia a insultar al paisaje: el basalto procede de antiguas coladas de lava que se enfriaron lentamente. Al contraerse, la roca se fracturó siguiendo patrones regulares, muchas veces hexagonales, porque la naturaleza, cuando se pone geométrica, deja en ridículo a cualquier arquitecto con ínfulas. Después, el agua, el viento y el tiempo hicieron el trabajo de limpieza. Millones de años de paciencia para que ahora lleguemos nosotros, saquemos el móvil y resumamos la historia geológica del planeta con un “qué fuerte”.

Las columnas llevan ahí una eternidad. Han visto pasar lluvias, terremotos, imperios, guerras y generaciones enteras de armenios. Permanecen verticales, solemnes, ocupando el espacio sin alterarse ni inmutarse por lo que ocurra a su alrededor. Tienen algo de esas criaturas contemporáneas que también ocupan el espacio con vocación monumental, buscando durante toda una eternidad el encuadre perfecto, el ángulo bueno y el flequillo en su sitio ocupando un espacio que nos pertenece a todos. Mientras ellos sueñan con la fama en el “insta” el resto de los mortales intentamos simplemente hacer una fotografía y seguir nuestro camino. 

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Desfiladero de Garni.

Después subimos al templo grecorromano de Garni, uno de esos lugares que desconciertan porque parecen haber caído desde otra civilización. En un país que presume de cristianismo primitivo, de iglesias oscuras y de cruces talladas, Garni levanta sus columnas clásicas con una elegancia pagana bastante descarada. Fue construido en el siglo I, vinculado tradicionalmente al culto solar de Mitra, y reconstruido en el siglo XX después de haber caído por un terremoto en 1679. Su silueta tiene algo de declaración: antes de la Armenia cristiana hubo otra Armenia, abierta a influencias helenísticas, romanas, persas, locales. Un país nunca empieza donde a los manuales les conviene.

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Templo grecorromano de Garni.

Ani nos habla de Vardavar, una fiesta armenia que hoy se celebra vinculada a la Transfiguración de Cristo, aunque tiene raíces precristianas asociadas al agua, la fertilidad y la diosa Astghik. La versión popular es mucho más sencilla: la gente se tira agua por la calle. Jóvenes, niños, mayores, turistas incautos. Todo el mundo puede acabar empapado. Hay fiestas religiosas que se celebran con incienso y solemnidad. Armenia, el 12 de julio, prefiere recordarte que nadie está a salvo de un cubo de agua bien dirigido.

En el pueblo de Garni asistimos después a la elaboración del lavash, el pan armenio inscrito en 2014 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. El lavash no es solo pan plano. Es técnica, casa, horno, familia, comunidad. Se estira la masa hasta dejarla fina como una tela, se golpea contra la pared caliente del tonir y en pocos segundos aparece esa lámina flexible que servirá para envolver, acompañar, alimentar y sostener media cocina armenia. Hay panes que son guarnición. El lavash es idioma.

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Dos mujeres elaboran el pan lavash.

El almuerzo llega en el mismo lugar. No falta el lavash, que usamos para envolver queso, ajos frescos, cilantro y pimiento. Comer con lavash tiene algo de gesto primitivo y perfecto: tomar, envolver, morder. Sin arquitectura absurda, sin pinzas, sin vajillas que parezcan diseñadas por un enemigo del hambre. El plato fuerte es esturión a la brasa, con patatas asadas. Y para regar el menú llega la sorpresa: vino de granada. Suave, con algo de cuerpo y trasfondo dulce. Rico.  La granada es uno de los frutos emblemáticos de Armenia y de buena parte de Asia Central, símbolo de fertilidad, abundancia, sangre, vida y belleza. También funciona bastante bien en una copa, que es otra forma de patrimonio inmaterial no reconocida todavía por la UNESCO, pero todo se andará.

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Plato de esturión a la brasa.

Continuamos hacia el monasterio de Geghard, joya arquitectónica y espiritual del valle del río Azat. El lugar pertenece al Patrimonio Mundial de la UNESCO y se entiende nada más llegar: no parece construido en la montaña, sino arrancado de ella. Parte del conjunto está excavado directamente en la roca. Piedra sobre piedra, piedra dentro de piedra, piedra convertida en iglesia, tumba, acústica y sombra. El nombre Geghard significa “lanza” y remite a la reliquia de la Santa Lanza, que según la tradición atravesó el costado de Cristo y estuvo vinculada al monasterio durante siglos.

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Capilla del monasterio de Geghard.

Dentro disfrutamos de un breve concierto vocal de música medieval. Quince minutos bastan. Las voces se elevan en aquel espacio de roca con una limpieza que desarma. La acústica no acompaña: manda. Uno entiende entonces por qué tantas religiones han usado la música para convencer al alma antes de que la razón pudiera defenderse. En Geghard, la voz humana parece menos humana. Sale de gargantas normales, sí, pero la piedra la transforma en otra cosa. En una advertencia. En una caricia. En una puerta. Probablemente el momento de mayor recogimiento del viaje.

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Concierto vocal de música medieval armenia en Geghard.

Más tarde salimos hacia Khor Virap, el monasterio desde donde se contempla una de las vistas más impresionantes del monte Ararat. Mientras nos acercamos, Valentín lee el Antiguo Testamento, el pasaje del Génesis en el que Dios ordena a Noé construir un arca ante el diluvio universal. El mundo se ha corrompido, las aguas cubrirán la tierra, Noé debe salvar a su familia y a los animales. Después vendrán la lluvia, la espera, la paloma, la rama de olivo y el pacto. Según la tradición bíblica, el arca acabó reposando “sobre los montes de Ararat”. No dice exactamente “en la cima del Ararat” como si fuera una postal con ubicación GPS, pero la imaginación religiosa hizo su trabajo y el monte quedó unido para siempre al relato.

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Espectacular vista del monasterio de Geghard con el monte Ararat al fondo.

Conviene recordar, además, que las historias de diluvios son anteriores a la Biblia. En Mesopotamia ya aparecían relatos semejantes mucho antes, en textos como la epopeya de Gilgamesh y el mito de Atrahasis. Cambian nombres, dioses y detalles, pero permanece la misma obsesión humana: el agua que lo destruye todo, un elegido que sobrevive, una embarcación, animales, barro, miedo y comienzo de nuevo. La humanidad lleva milenios contándose que el mundo puede hundirse y que, aun así, alguien debe guardar una semilla.

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Monasterio de Geghard.

El monte Ararat aparece entonces como una presencia enorme, blanca, volcánica, casi irreal. En realidad son dos conos: el Gran Ararat, de más de 5.100 metros, y el Pequeño Ararat. Es un macizo volcánico situado hoy en Turquía, muy cerca de la frontera armenia. Y ahí está la herida. Para los armenios, el Ararat no es solo montaña bíblica. Es símbolo nacional, horizonte íntimo, emblema del país que fue y del país que no puede tocar. Ha formado parte de la geografía espiritual armenia durante siglos, pero las fronteras modernas lo dejaron fuera de Armenia. Después de la guerra turco-armenia y de los tratados de Moscú y Kars de 1921, quedó definitivamente del lado turco. Los mapas son así: a veces dibujan una línea y dejan un corazón al otro lado.

Khor Virap significa “pozo profundo”. El monasterio está ligado a San Gregorio el Iluminador, encerrado allí durante años por el rey Tiridates III antes de la conversión de Armenia al cristianismo. Pero el lugar tiene otra capa decisiva: aquí, en esta zona de la llanura del Ararat, estuvo Artashat, una de las capitales más antiguas de Armenia, fundada en el siglo II a. C. Antes de ser monasterio, antes de ser postal sagrada con el Ararat al fondo, este territorio ya era poder, frontera, ciudad y prisión real. Según la tradición, Gregorio sobrevivió en aquella celda subterránea hasta que fue liberado y terminó impulsando la cristianización oficial del reino. Desde entonces Khor Virap se convirtió en lugar de peregrinación para los armenios, aunque durante la época soviética la visita religiosa y el culto estuvieron prohibidos o severamente restringidos, como casi todo lo que oliera a fe no autorizada por el partido. Dicho de otro modo, y perdonadme la metáfora, Armenia situó uno de sus nacimientos espirituales en una cárcel. 

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Iglesia de la Santa Madre de Dios en el monasterio de Khor Virap.

Desde Khor Virap miramos el Ararat. El monasterio queda delante, la llanura se extiende, la frontera está cerca y la montaña se levanta al fondo como una presencia demasiado bella para ser neutral. No podría haber un cierre más emblemático para este libro de viaje. Nos despedimos de Armenia frente al monte que no posee, pero lleva dentro. Un país pequeño, con fronteras cerradas, cicatrices abiertas y una capacidad maravillosa para convertir pérdida en cultura, piedra en fe, pan en memoria y montaña ajena en símbolo propio.

Regresamos a Ereván para pasar nuestras últimas horas antes de tomar un vuelo de madrugada. Y cuando ya parecía que el viaje había agotado sus giros de guion, aparece una transición inesperada hacia España. Mi amigo Antonio Palacio, chef y cortador de jamón profesional, me cuenta que cerca del hotel hay un establecimiento donde sirven jamón serrano al corte, como en casa, y cerveza Ámbar, la cerveza de Zaragoza. Fuimos, claro. Hay consejos que uno no puede ignorar sin traicionarse.

Allí conocemos a Karen, un excelente anfitrión, armenio y enamorado de Zaragoza, su cerveza y el jamón español. Su historia la contaremos cuando tengamos todos los detalles, porque merece espacio propio. Pero la escena, por sí sola, ya funciona como epílogo provisional: después de días entre Georgia y Armenia, entre qvevri, lavash, brandy, monasterios, volcanes, manuscritos, santos, reyes, fronteras y mitos, terminamos en Ereván comiendo jamón ibérico, una especie de cecina local, mortadela italiana y un pan de cristal maravilloso, parecido a la focaccia pero más aireado, más crujiente, con aceite de oliva y tomate. Aquello no era exactamente volver a casa. Era tocar el cielo con los dedos manchados de aceite. Y, para completar el milagro, cerveza Ámbar, la cerveza de Zaragoza, servida en la capital de Armenia. El mundo cuando quiere te seduce sin compasión.

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Bocateria Ambar en Yeverán.

Cerramos así el viaje. Empezamos en Georgia, donde la hospitalidad se sirve en copas largas y brindis interminables. Terminamos en Armenia, donde la memoria se talla en piedra y se mira desde lejos hacia una montaña perdida. Entre ambos países queda el Cáucaso: áspero, bello, contradictorio, antiguo, excesivo. Un territorio donde la comida nunca es solo comida, el vino nunca es solo vino y una carretera puede llevarte, en pocas horas, de una cueva medieval a un templo pagano, de una parrilla de esturión a una frontera cerrada, de una canción georgiana a una cerveza de Zaragoza.

Nos vamos de madrugada. Pero algo se queda. Se quedan las carreteras, el vino, el lavash, las piedras negras de los monasterios, el Ararat al otro lado de la frontera y, sobre todo, las personas que nos ayudaron a leer estos países sin quedarnos en la superficie. Tamara, en Georgia, y Ani, en Armenia, dos mujeres enamoradas de su tierra, orgullosas de su cultura, capaces de emocionarse mientras explican una iglesia, una palabra, una canción, una herida o una receta. Hay guías que cumplen un itinerario y guías que abren un país por dentro. Ellas pertenecen a esa segunda estirpe, la de quienes no enseñan monumentos: comparten una parte de sí mismas. Me recuerdan a otros guías de nuestras expediciones, como Bin, que nos acompañó por la Ruta de la Seda china, o quienes nos ayudaron a recorrer Irak desde dentro. Personas que no se limitan a traducir un territorio, sino que lo vuelven comprensible, cercano y vivo. Quizá sea eso lo que define un gran viaje: no termina cuando despega el avión. Sigue fermentando dentro, como el vino, como el pan que se guarda envuelto, como una historia antigua que aún no ha terminado de decir lo suyo.

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La ciudad de Yeverán con el monte Ararat al fondo.

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<h1>Georgia y Armenia: Libro de viaje</h1>
<p><em>[En colaboración con <a href="https://atlantidatravel.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Atlantida Travel</a>]</em></p>



<p>En <strong>GeoGastronómica </strong>viajamos para entender el mundo desde la mesa y desde todo lo que la rodea: el territorio, la historia, la religión, los mercados, los paisajes, los oficios y las formas de vida. Después de nuestras expediciones por la <strong><a href="https://geogastronomica.com/la-ruta-de-la-seda-libro-de-viaje/">Ruta de la Seda</a></strong> china y por <strong><a href="https://geogastronomica.com/mesopotamia-irak-libro-de-viaje/">Mesopotamia</a></strong>, en Irak, llegamos al Cáucaso para recorrer <strong><a href="https://geogastronomica.com/georgia-armenia-expedicion-geogastronomica/">Georgia y Armenia</a></strong>, dos países antiguos, intensos, atravesados por imperios, mitos, monasterios, montañas y una hospitalidad que se expresa, muchas veces, sirviendo más comida de la que cualquier cuerpo razonable puede asumir.</p>



<p>Esta nueva expedición ha sido diseñada por <strong>Valentín Dieste</strong>, historiador y especialista en Historia de las Religiones, y cuenta con la logística, la organización y la experiencia de <strong>Atlántida Travel</strong>. Este libro de viaje nace para contar la expedición día a día, sin convertir el Cáucaso en una postal exótica ni en una lista de monumentos. Queremos mirar <strong>Georgia y Armenia</strong> desde dentro: probar el <em>khachapuri</em> y el <em>lavash</em>, escuchar los brindis, caminar por ciudades cargadas de memoria, mirar el <strong>Ararat</strong> desde <strong>Khor Virap</strong> y seguir el rastro de la <strong>Cólquide, Prometeo</strong>, los manuscritos armenios y el vino georgiano. </p>



<p><strong>Viajamos con hambre de paisaje, de historia, de conversación y de mundo</strong>, y nos apetece compartirlo contigo. </p>



<h2 class="wp-block-heading">MAPA ITINERARIO</h2>



<p><iframe loading="lazy" src="https://www.google.com/maps/d/u/0/embed?mid=1vqeltA92WHWFGABct9Brkcuasi3DUn8&ehbc=2E312F&noprof=1" width="640" height="480"></iframe></p>



<h2 class="wp-block-heading">Día 1 | TBILISI | 8 de junio de 2026</h2>



<p>A <strong>Tbilisi</strong> se entra por la Avenida Rustaveli, que es una manera bastante eficaz de decirle al viajero: bienvenido, aquí nada ha sido sencillo. La ciudad no sale a recibirte con esa soberbia de capital europea satisfecha de sí misma. <strong>Tbilisi</strong> aparece por capas: balcones de madera que parecen a punto de rendirse, edificios oficiales con mandíbula soviética, fachadas modernistas, iglesias, tráfico, cafés, escaparates, cables, colinas, heridas y una luz que cae sobre el río <strong>Mtkvari </strong>como si alguien hubiera decidido mezclar Bizancio, Persia, Rusia y un poco de caos doméstico en la misma cazuela.</p>



<p>Nuestra guía se llama <strong>Tamara</strong> y tiene esa capacidad tan georgiana de contar una tragedia, una leyenda y una receta con el mismo tono natural, como si todo perteneciera al mismo departamento de la vida. Con nosotros viaja también <strong>Valentín Dieste</strong>, historiador, especialista en Historia de las Religiones. <strong>Valentín</strong> escucha, observa, completa y nos recuerda que en el Cáucaso cada piedra suele tener detrás un imperio, una disputa teológica o una matanza convenientemente olvidada dependiendo el gobierno de turno.</p>



<p><strong>Tamara </strong>arranca con una leyenda apócrifa, si es que hay alguna que no lo es, sobre la creación de <strong>Georgia</strong>. Según cuenta, cuando Dios comenzó a repartir las tierras llamó a todos los pueblos del mundo. Los georgianos llegaron tarde. No porque fueran despistados, sino porque vieron una fila demasiado larga, sacaron vino, empezaron a brindar, pronunciaron discursos, cantaron y dejaron que la vida se tomase su tiempo. Dios, agotado, los miró y preguntó quiénes eran aquellos tipos que cantaban en lugar de reclamar su parcela. Como ya no le quedaba nada, les entregó su propio paraíso.</p>



<p>La historia, por supuesto, no resiste una auditoría académica. Pero sería una estupidez pedirle eso. Las leyendas no sirven para demostrar cosas. Sirven para explicar cómo se mira un pueblo a sí mismo. Y <strong>Georgia</strong>, al menos desde esa primera mañana, se mira con vino en la mano, una canción en la garganta y una confianza insultante en que la hospitalidad arreglará lo que la geopolítica lleva siglos empeñada en romper.</p>



<p><strong>Georgia</strong> está en un lugar incómodo del mapa, que suele ser donde ocurren las cosas interesantes y los desastres más persistentes. Comparte frontera con <strong>Rusia, Turquía, Armenia </strong>y<strong> Azerbaiyán</strong>, y se abre al mar <strong>Negro</strong> por el oeste. Una rama de la <strong>Ruta de la Seda</strong> pasó por <strong>Tbilisi</strong>, y eso se nota. Las ciudades de paso no son puras. Gracias a Dios. Son mestizas, sospechosas, abiertas, acostumbradas a que entren comerciantes, ejércitos, predicadores, espías, poetas, refugiados y gente con hambre. <strong>Tamuna </strong>insiste en que aquí conviven muchas etnias y religiones con respeto. Uno quisiera creerlo del todo. Luego mira la historia reciente del <strong>Cáucaso</strong> y entiende que la convivencia, cuando existe, no es una postal amable: es un trabajo diario, a veces heroico, a veces agotador.</p>



<p>En <strong>Rustaveli</strong>, la capital enseña su biografía reciente. El Parlamento de Georgia, el Teatro Rustaveli, la Ópera, museos, cafés y hoteles dibujan una avenida que funciona como salón noble, escenario de protesta y termómetro político. Aquí las fachadas tienen más memoria que muchos ministros. En el hotel Marriott, <strong>Tamara</strong> nos cuenta una de esas historias mínimas que no salen en las placas oficiales: allí habría vivido y muerto <strong>Diego Ramos</strong>, un comunista sevillano perdido en las vueltas raras del siglo XX. No tengo forma de saber si la anécdota es exacta, pero hay algo profundamente verosímil en la escena: un comunista andaluz acabando sus días en un hotel de <strong>Tbilisi</strong>, mientras afuera el Cáucaso seguía haciendo lo que siempre hace, triturar ideologías y servir vino.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA1-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11362" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 215" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA1-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA1-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA1-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA1-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA1.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Teatro de Ópera y Ballet de Tbilisi, ubicado en la Avenida Rustaveli. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p><strong>Rustaveli </strong>no es solo una avenida. Es un nombre totémico. <strong>Shota Rustaveli</strong> fue el gran poeta medieval georgiano, autor de <em>El caballero de la piel de pantera</em>, epopeya nacional escrita en la Edad de Oro del país y dedicada a la reina <strong>Tamara,</strong> una de las grandes figuras de la monarquía georgiana. <strong>Tamara</strong> reinó entre finales del siglo XII y comienzos del XIII, cuando <strong>Georgia</strong> alcanzó una potencia política y cultural que todavía hoy se recuerda con una mezcla de orgullo y nostalgia. El caballero de <strong>Rustaveli </strong>no es el fundador de la ciudad, aunque el título suene lo bastante heroico como para adjudicarle cualquier cosa después del segundo brindis. El fundador legendario de <strong>Tbilisi </strong>fue otro: <strong>Vakhtang Gorgasali</strong>, rey de Iberia caucásica.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA4-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11363" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 216" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA4-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA4-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA4-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA4-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/GEORGIA4.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Parlamento de Georgia, ejemplo de la arquitectura monumental soviética, en la Avenida Rustaveli. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Y ahí entramos en la otra gran leyenda del día: la de las aguas calientes. Según la tradición, <strong>Vakhtang </strong>salió a cazar por estos bosques, su halcón persiguió a un faisán y ambos cayeron en unas aguas termales. Cuando los encontraron, estaban cocidos, literalmente. La escena es bastante cruel. Un faisán, un halcón, un rey impresionado y una ciudad fundada sobre un accidente culinario involuntario. Pero así nació, según el relato, <strong>Tbilisi</strong>. Su nombre procede de tbili, “caliente” o “cálido”, por las aguas sulfurosas que siguen brotando en <strong>Abanotubani</strong>. Pocas capitales pueden presumir de haber nacido de un caldo de ave accidental. <strong>Tbilisi</strong> sí.</p>



<p>La visita nos lleva primero a <strong>Metekhi</strong>, sobre la roca, con el casco antiguo y el <strong>Mtkvari </strong>debajo. El río baja con ese color indeciso de los ríos urbanos que han visto demasiado. Desde allí la ciudad vieja parece una maqueta imposible: iglesias, balcones, terrazas, cúpulas de baños, colinas y puentes. Subimos después en teleférico hacia <strong>Narikala</strong>, la fortaleza que domina Tbilisi desde lo alto. Las ciudades antiguas siempre colocaban sus fortalezas donde el enemigo pudiera verlas bien. Una cortesía visual antes de intentar matarse.</p>



<p>Desde <strong>Narikala</strong> se entiende la ciudad mejor que en una guia. A un lado, la vieja Tbilisi, con sus callejones y su madera. Al otro, la ciudad contemporánea, con sus edificios de vidrio, sus ambiciones y sus contradicciones. Bajamos hacia <strong>Abanotubani</strong>, el barrio de los baños termales de aguas sulfurosas. Sin embargo no huele a azufre, ese perfume de huevo podrido que la humanidad ha decidido asociar indistintamente con el bienestar, el infierno y ciertos balnearios de lujo. El agua caliente, además de ser un reclamo es origen, negocio, placer, higiene, sociabilidad y mito fundacional.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-21-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11366" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 217" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-21-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-21-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-21-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-21-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-21.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Baños de Azufre de Abanotubani en el casco antiguo de Tbilisi, famosos por sus cúpulas de ladrillo. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Caminamos por las calles <strong>Shardeni y Erekle II</strong>, que invitan a perderse sin demasiada resistencia. Cafés, terrazas decoradas con mimo, galerías, tiendas, algunos turistas, vecinos y esa sensación de que <strong>Tbilisi </strong>ha entendido perfectamente el turismo sin dejarse aplastar todavía por él. El turismo gusta, no agobia, por el momento. Es una fuente fundamental de ingresos. La ciudad lo recibe como quien recibe a un invitado rentable, mientras espera que no se comporte como un idiota.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-20-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11365" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 218" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-20-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-20-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-20-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-20-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-20.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Terraza en la calle Shardeni. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>La política aparece, inevitable, porque en <strong>Georgia</strong> no está nunca demasiado lejos. El país funciona hoy como una república parlamentaria, aunque mucha gente la resuma de forma más simple como un sistema con presidente, primer ministro y una arquitectura institucional que ha ido cambiando desde la independencia. Pero la conversación real no se ordena tanto en izquierdas y derechas como en una tensión más cruda: Europa o Rusia. Proeuropeos y prorrusos. Futuro o miedo. Apertura o tutela. Así, al menos, lo cuentan muchos en la calle.</p><div class="geoad-inline-inject"><div class="geoad-wrap"><div class="geoad-zone geoad-zone--horizontal" data-zone="subcategoria_vertical_3"><div class="geoad-banner active" data-ad-id="11818" data-mostrar-publicidad="0"><a href="https://jeauvnt6.sibpages.com/" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><picture><source media="(max-width: 767px)" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/07/Untitled-image-2026-07-07T095535.355.webp"><img src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/07/Untitled-image-2026-07-07T095523.937.webp" alt="EXPEDICIONES 2026" loading="lazy" width="1230" height="350"></picture></a></div><div class="geoad-banner " data-ad-id="10282" data-mostrar-publicidad="0"><a href="https://geogastronomica.com/newsletter/" target="_blank" rel="noopener noreferrer"><picture><source media="(max-width: 767px)" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/03/Untitled-image-2026-03-25T133235.613.webp"><img src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/03/Untitled-image-2026-03-25T133212.029.webp" alt="Suscripción gratuita Newsletter" loading="lazy" width="1230" height="350"></picture></a></div><a class="geoad-label geoad-label--hidden" href="https://geogastronomica.com/politica-privacidad/" target="_blank" rel="noopener noreferrer nofollow">Publicidad</a></div></div></div>



<p>Las elecciones parlamentarias de 2024 dejaron una fractura abierta. La oposición proeuropea no reconoció los resultados y denunció irregularidades. El partido gobernante, Georgian Dream, jugó la carta del miedo con una campaña que contraponía la paz georgiana a imágenes de una Ucrania devastada. No promesas, sino amenazas. Una pedagogía del pánico. “Si votas mal, mira lo que te espera”. El marketing electoral como extorsión emocional. <strong>Georgia</strong> ha sufrido guerras, territorios ocupados, la presión rusa, la memoria de 2008 y la sensación de estar siempre demasiado cerca del incendio. En ese contexto, el miedo se administra.</p>



<p>Los jóvenes que se marchan buscando una vida mejor, nos dice <strong>Tamara</strong>. De sueldos que en muchos sectores apenas permiten sobrevivir, el salario medio ronda los 400 eruos. De pensiones pequeñas, exiguas, 150 euros la máxima. De globalización acelerada en veinte años. De avances sociales y económicos tras la Revolución de las Rosas, cuando <strong>Eduard Shevardnadze </strong>dejó paso a una nueva etapa política. De cómo muchas conquistas proeuropeas se han ido erosionando. De presos políticos. De una sociedad que mira a <strong>Armenia</strong>, donde las elecciones recientes han dado aire a la corriente proeuropea, con una mezcla de esperanza y envidia contenida. En el <strong>Cáucaso</strong>, la política nunca es abstracta. Se nota en el precio del pan, en la frontera, en el pasaporte, en el hijo que se va y en la abuela que cobra demasiado poco para fingir que el sistema funciona.</p>



<p>La religión tiene aquí una presencia densa. <strong>Georgia</strong> es mayoritariamente cristiana ortodoxa, aunque conviven comunidades musulmanas, armenias apostólicas, católicas, judías y otras minorías. La Iglesia Ortodoxa Georgiana ha sido mucho más que una institución religiosa: ha funcionado como archivo, refugio identitario y columna vertebral simbólica en siglos de invasiones, imperios y dominaciones. <strong>Tamara</strong> nos habla del patriarca Ilia II, fallecido hace apenas unos meses, una figura inmensa para muchos georgianos. Decidió apadrinar a los terceros hijos y siguientes de las familias para estimular la natalidad. El resultado: decenas de miles de ahijados. No es broma. Hay patriarcas con diócesis. Este tenía, además, una guardería metafísica de escala nacional.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-23-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11368" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 219" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-23-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-23-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-23-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-23-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-23.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Catedral de Sioni, un destacado monumento histórico construido entre los siglos VI y VII. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Otra superviviente es la escritura. El alfabeto georgiano parece diseñado por alguien que no tenía intención de facilitarle la vida al extranjero. Letras redondas, elegantes, misteriosas, como pequeños animales dormidos. La cultura viva de los tres sistemas de escritura georgianos está reconocida por la UNESCO como patrimonio inmaterial. En un país pequeño, rodeado de vecinos poderosos, tener un alfabeto propio no es una curiosidad bonita. Es una declaración de independencia gráfica. Una forma de decir: seguimos aquí, aunque no sepas leernos.</p>



<p>Antes del almuerzo, Tbilisi todavía nos guarda una de esas escenas que parecen diseñadas para desmontar al viajero descreído. Llegamos a la <strong>plaza del Reloj</strong>, pintoresca hasta el borde del delito, con su torre inclinada, sus piezas desajustadas, sus colores de teatro de marionetas y ese aire de cuento dibujado por alguien con resaca, talento y una relación complicada con la línea recta. Es una de esas esquinas donde la ciudad decide ponerse coqueta sin pedir disculpas. Alrededor, las callejuelas se estrechan, las fachadas se asoman unas sobre otras, los balcones de madera parecen vigilar al visitante y todo adquiere ese tono de postal que, milagrosamente, todavía no resulta insoportable.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-22-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11367" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 220" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-22-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-22-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-22-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-22-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-22.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Plaza del Reloj. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Tamuna nos señala también el que allí presentan como el reloj más pequeño del mundo, una minúscula rareza que obliga a acercarse como quien busca una prueba secreta de que la ciudad tiene sentido del humor. Tbilisi lo tiene. Mucho. A veces negro, a veces absurdo, casi siempre elegante a su manera torcida.</p>



<p>Muy cerca visitamos la <strong>basílica de Anchiskhati</strong>, una de las iglesias más antiguas de la ciudad. Coqueta, sobria, recogida. Después de tanta fachada teatral, <strong>Anchiskhati</strong> funciona como una pausa. Piedra, penumbra, silencio y esa forma antigua de espiritualidad que no necesita convencer a nadie. <strong>Valentín</strong> se detiene ante una representación de un icono de la Trinidad. Habla de iconografía, de símbolos, de cómo una imagen religiosa no se mira igual cuando uno entiende su gramática. La <strong>Trinidad</strong>, en la tradición cristiana, puede parecer una abstracción para iniciados; en estos espacios se vuelve carne política, identidad, consuelo, pedagogía visual. <strong>Tamara</strong> recuerda que muchas iglesias, unas 12.000, fueron destruidas o desaparecieron por las guerras y que solo una parte insignificante, unas 12, se conservan en buen estado. La cifra exacta importa menos que la sensación: aquí la piedra religiosa también ha tenido que sobrevivir.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-31 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11369" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-24-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11369" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 221" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-24-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-24-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-24-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-24-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-24.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Basílica Anchiskhati en el casco antiguo de Tbilisi, reconocida como la iglesia más antigua sobreviviente de la ciudad. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
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<p>En <strong>Tbilisi</strong>, la historia no aparece ordenada en vitrinas; se cuela entre cafés, patios, iglesias, torres inclinadas y calles donde uno sospecha que cada balcón ha visto pasar demasiadas invasiones, bodas, entierros y borracheras memorables.</p>



<p>Con permiso de la historia, los imperios, la religión, la política y la filología, un país termina de explicarse cuando alguien te pone comida delante. Llegó el almuerzo y, con él, la verdad completa.</p>



<p>La mesa georgiana tiene mucho de supervivencia. Primero, <strong>ensalada de berenjena</strong>, con esa mezcla de suavidad vegetal, nuez, ajo y hierbas que convierte una hortaliza humilde en algo peligrosamente adictivo. Luego <strong>salmón con salsa de yogur</strong>, que introduce una nota fresca, casi educada. Aparece la <strong>dolma de carne</strong>, hojas de parra rellenas que viajan por medio mundo cambiando de apellido según la frontera. </p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-32 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11371" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-26-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11371" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 222" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-26-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-26-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-26-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-26-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-26.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Dolma de carne. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
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<p>Llega el <strong>khachapuri</strong>, pan con queso, esa bomba de felicidad láctea que demuestra que la cocina georgiana no se diseñó pensando en cardiólogos cobardes. Hay patatas con cebolla, y <strong>Tamuna </strong>cuenta que las patatas las trajeron los alemanes. La historia de la patata siempre es más complicada, claro, pero en la mesa queda perfecta: Europa Central entrando en Georgia disfrazada de tubérculo.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-33 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11370" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-25-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11370" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 223" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-25-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-25-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-25-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-25-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-25.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">khachapuri, pan con queso. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
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<p>El <strong>shkmeruli</strong>, pollo con salsa de ajo y leche o nata, aparece como un plato estrella que lo es por su discreción. Suave, elegante, magnífico. Para terminar, pera caliente con vino y helado de crema, un cierre dulce, frío, caliente, casi perverso después de tanta contundencia.</p>



<p>Y entonces aparece la figura del <strong>tamada</strong>, el maestro de brindis. En <strong>Georgia</strong> no se bebe vino como quien bebe agua. Se brinda. Siempre. El <strong>tamada</strong> es elegido por la mesa y abre el ritual. El primer brindis suele ser por Dios. Luego vienen la familia, los niños, el amor, los ausentes, la paz, los amigos, la patria, los muertos, los vivos y cualquier tema que permita seguir llenando copas y pronunciando discursos. El <strong>tamada</strong> pasa la palabra a otros. Y aquello puede durar mucho. Muchísimo. Lo suficiente para que un occidental con prisa entienda que su concepto del tiempo era pobre, ridículo y probablemente protestante.</p>



<p>Después de comer subimos en el teleférico que lleva hasta el entorno del monumento de la <strong>Madre de Georgia</strong>, esa figura femenina que domina la ciudad desde lo alto con una copa en una mano y una espada en la otra. Mejor resumen del país, difícil. Vino para los amigos, acero para los enemigos. Hospitalidad y advertencia. Bienvenida y límite. La madre observa desde arriba, vigila los movimientos de sus hijos, mira <strong>Tbilisi</strong> como quien sabe que esta ciudad ha sobrevivido demasiadas veces como para fiarse del todo de nadie.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-27-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11372" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 224" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-27-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-27-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-27-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-27-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-27.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Monumento a la Madre.</figcaption></figure>



<p>Las vistas desde el teleférico son preciosas. Abajo queda la ciudad partida por el <strong>Mtkvari</strong>, los tejados, las iglesias, los puentes, los balcones colgados sobre la roca, las calles enredadas del casco antiguo y esa mezcla de ruina, belleza y obstinación que define a <strong>Tbilisi </strong>mejor que cualquier eslogan turístico. Desde arriba, la capital parece menos caótica. Casi ordenada. Luego uno baja y se le pasa.</p>



<p>Por la tarde, el paseo en barca por el <strong>Mtkvari</strong> nos devuelve otra <strong>Tbilisi</strong>. Desde el río, la ciudad se ordena de una manera distinta. <strong>Metekhi</strong> queda arriba, clavada sobre la roca; los balcones cuelgan sobre las paredes como si desafiaran a la gravedad con descaro caucásico; el <strong>Puente de la Paz</strong> aparece como una criatura de vidrio y acero intentando reconciliar pasado y presente. No siempre lo consigue, pero al menos lo intenta con estilo.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-34 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11373" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-28-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11373" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 225" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-28-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-28-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-28-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-28-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-28.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Puente de la Paz desde el río Mtkvari. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
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<p>El primer día en <strong>Georgia</strong> supera con creces mis expectativas. Por lo coqueta que resulta <strong>Tbilisi</strong> cuando se deja caminar sin prisa. Por la densidad de historia que se refleja en sus calles. Por esa manera suya de mezclar agua sulfurosa, vino, religión, política, balcones, heridas y comida sin ofrecer una explicación sencilla. Llegamos pensando que íbamos a visitar una capital del Cáucaso. Terminamos el día entendiendo que <strong>Tbilisi no se visita del todo</strong>: se camina, se bebe, se sospecha y, cuando bajas la guardia, se te mete dentro. No quiere gustar de forma limpia y educada. Prefiere desordenarte un poco, llenarte la copa y dejarte pensando.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Día 2 | MITSKHETA – UPLISTSIKHE  | 9 de junio de 2026</h2>



<p>Salimos de <strong>Tbilisi</strong>. La carretera empieza pronto a enseñar otra cara del país: barrios que se deshilachan, bloques soviéticos con la dignidad castigada, montañas al fondo, ríos que aparecen y desaparecen, y coches con volante a la derecha conviviendo alegremente con coches de volante a la izquierda, y todos circulando por la derecha como en España. La explicación, mucho menos poética que el espectáculo, es la importación masiva de vehículos japoneses usados. Durante años resultaron baratos y accesibles. El resultado es una especie de zoológico automovilístico donde el conductor puede ir sentado en el lado equivocado y aun así adelantar con una fe que no recomendaría a nadie con apego a sus órganos internos.</p>



<p><strong>Georgia</strong> tiene hoy algo menos de cuatro millones de habitantes. Vive de muchas cosas y de ninguna del todo, casi como España: servicios, comercio, construcción, agricultura, vino, remesas, tecnología emergente, reexportación de coches y turismo, que se ha convertido en una de sus grandes fuentes de divisas. Es un país pequeño en el mapa, pero con una densidad histórica insoportable. Aquí cada colina parece haber tenido un rey, cada río una frontera y cada monasterio una discusión pendiente con algún imperio.</p>



<p><strong>Tamara</strong> vuelve a ejercer de guía, narradora y dispensadora oficial de contexto. Todo un reto aunque hayas nacido aquí porque en el <strong>Cáucaso</strong> cualquier palabra puede esconder una herejía, una invasión o un matiz teológico capaz de arruinarte la reputación si no lo tratas con rigor.</p>



<p>En algún momento aparece la explicación del nombre de <strong>Georgia</strong>. Existe una versión bonita, muy viajera, según la cual vendría de geo, tierra, porque estas tierras fértiles habrían impresionado a los griegos. Es una historia magnífica para contar entre viñedos, pero la etimología, esa aguafiestas profesional, suele llevarnos por otros caminos: el nombre occidental de <strong>Georgia</strong> parece vincularse más bien a formas persas y latinas relacionadas con Gurj o Gurzan, antiguos nombres dados a los georgianos. Aun así, la leyenda agrícola tiene algo de verdad emocional. <strong>Georgia </strong>es tierra. Tierra fértil, tierra disputada, tierra atravesada, tierra que ha dado trigo, vid, nueces, ciruelas, granadas, guerras y santos con una generosidad peligrosa.</p>



<p>La conversación salta al mar <strong>Caspio</strong>, que no es exactamente mar, aunque tenga nombre de mar y tamaño suficiente para mirar con desprecio a muchos mares menores. Es el mayor cuerpo de agua interior del mundo y contiene agua salada. Durante la larga historia geológica de Eurasia, las cuencas del mar <strong>Negro</strong>, el <strong>Caspio</strong> y el <strong>Aral</strong> formaron parte de antiguos sistemas acuáticos conectados en diferentes fases. Dicho de forma menos científica: esta región lleva millones de años jugando a separar y unir aguas, montañas, pueblos y tragedias. Luego venimos nosotros con el Google maps y creemos que entendemos algo. Pues llamémosle mar.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-35 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11379" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-29-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11379" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 226" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-29-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-29-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-29-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-29-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-29.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Monasterio de Jvari, el monasterio de la Cruz. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
</figure>



<p>Nuestra primera gran parada es <strong>Jvari</strong>, el monasterio de la Cruz. Se levanta sobre una colina desde la que se contempla la confluencia de los ríos <strong>Aragvi y Mtkvari</strong>, con <strong>Mtskheta</strong> extendida abajo, antigua capital del reino de Iberia caucásica. Conviene insistir: Iberia aquí no tiene nada que ver con nuestra península, aunque el nombre siga tentando a la confusión y al comentario fácil después del segundo café. Esta Iberia fue un antiguo reino del este de <strong>Georgia</strong>, cristianizado en el siglo IV y situado en una de esas encrucijadas donde la historia nunca pasa de largo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-30-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11380" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 227" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-30-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-30-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-30-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-30-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-30.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Confluencia de los ríos Aragvi y Mtkvari y la ciudad de Mtskheta. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p><strong>Jvari</strong> es una iglesia del siglo VI, sobria, compacta, perfecta en su manera. Es una de esas doce iglesias que conserva su forma original. No tiene columnas interiores dividiendo el espacio, y eso le da una fuerza limpia, casi brutal. Uno entra y entiende que aquí la arquitectura no quería entretener. Quería concentrar. Piedra, cruz, luz y silencio. Nada de sentimentalismo barato ni dorados que distraigan la atención del fiel y atraigan el interés del infiel.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-36 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11381" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-31-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11381" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 228" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-31-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-31-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-31-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-31-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-31.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Iglesia de Jvari (S. VI) [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
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<p>Aquí aparece <strong>Santa Ninó</strong>, la gran evangelizadora de <strong>Georgia</strong>. Ninó era originaria de <strong>Capadocia</strong>, y la tradición la presenta como pariente de <strong>San Jorge</strong> por línea paterna. Y sí, San Jorge es el mismo santo venerado en muchas tradiciones cristianas: el de <strong>Aragón, Cataluña, Inglaterra, Georgia </strong>y medio mundo con necesidad de un caballero armado contra el mal. Cada territorio lo viste con sus colores y lo incorpora a su propia mitología. <strong>Georgia</strong> lo hace con una devoción especialmente intensa.</p>



<p>En la tradición georgiana, <strong>Ninó</strong> recibe una cruz de la <strong>Virgen María</strong> —una cruz hecha con sarmientos de vid, según la memoria popular— y viaja hacia Iberia para predicar el cristianismo. Su historia se mezcla con <strong>Jerusalén</strong>, con la búsqueda de la túnica de Cristo —no la sábana santa, otra cosa, otro objeto, otra devoción—, con persecuciones romanas y con el grupo de mujeres cristianas asociadas a Hripsime y Gayane, perseguidas por Diocleciano. La leyenda cuenta que muchas de ellas fueron martirizadas en <strong>Armenia</strong>; Ninó logró llegar a <strong>Mtskheta.</strong></p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-37 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11382" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-34-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11382" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 229" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-34-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-34-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-34-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-34-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-34.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Santa Nino, la evangelizadora de Georgia. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
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<p>La ciudad veneraba entonces otros dioses. Tamara habla del culto lunar y de <strong>Naná</strong>, la diosa solar. <strong>Ninó </strong>empieza a curar enfermos, y entre sus milagros destaca la curación de la reina <strong>Nana</strong>, esposa del rey <strong>Mirian</strong>. La conversión de la reina abre la puerta a la del rey. Luego llega el famoso episodio de la oscuridad durante una cacería: <strong>Mirian</strong>, perdido, invoca al <strong>Dios de Ninó</strong> y recupera la luz. El rey acaba aceptando el cristianismo, y <strong>Georgia</strong> lo adopta como religión oficial en el siglo IV, tradicionalmente en torno al año 326. No todos quisieron, claro. Ninguna religión entra en un país sin vaselina. Entra con resistencias, negociaciones, conversiones sinceras, oportunismos, miedo, entusiasmo y, a veces, mucha política disfrazada de revelación.</p>



<p>En <strong>Georgia</strong>, los niños suelen bautizarse muy pronto, a menudo alrededor de los cuarenta días. Y a diferencia del catolicismo occidental, no existe una “primera comunión” como rito separado y socialmente teatralizado. En la tradición ortodoxa, el niño recibe los sacramentos de iniciación de otra manera. Menos traje de marinero, menos restaurante con menú cerrado, más continuidad litúrgica. En cuanto a la confesión, tampoco hay confesionarios como los que imaginamos en las iglesias católicas. La confesión ortodoxa suele hacerse ante el sacerdote, muchas veces en el espacio del templo. Menos cabina, más exposición espiritual. Probablemente más Incómodo, quizá.</p>



<p><strong>San Jorge</strong> aparece de nuevo en la iconografía. En Occidente lo imaginamos casi siempre matando al dragón, esa pobre bestia condenada a morir durante siglos para que las ciudades tengan patrón y las editoriales vendan libros ilustrados. En <strong>Georgia</strong>, algunas representaciones lo muestran venciendo a un enemigo humano identificado con <strong>Diocleciano</strong> o con el poder perseguidor. El mal cambia de máscara. A veces tiene escamas; a veces lleva corona, uniforme o decreto imperial.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-38 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11383" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-35-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11383" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 230" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-35-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-35-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-35-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-35-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-35.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">San Jorge según la iconografía georgiana. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
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<p>Dejamos <strong>Jvari</strong> y tomamos la llamada <strong>Carretera Militar Georgiana</strong>, nombre que ya suena a mala idea. La ruta histórica conecta <strong>Tbilisi</strong> con <strong>Vladikavkaz</strong>, al norte del <strong>Cáucaso</strong>, y fue clave para el control ruso de la región. En el punto donde estamos, Moscú queda a unos dos mil kilómetros. Parece lejos. Pero en <strong>Georgia</strong>, <strong>Rusia</strong> nunca está lejos. Puede estar en la política, en la frontera, en la memoria familiar, en la iglesia, en la televisión, en el miedo o en una base militar.</p>



<p>Por esta carretera pasan camiones, mercancías, turistas, vecinos, historias y fantasmas. También vemos casas construidas para desplazados de <strong>Osetia del Sur</strong>. Y ahí el viaje deja de ser postal, si es que alguna vez lo fue. <strong>Osetia del Norte</strong> pertenece a la <strong>Federación Rusa</strong>. <strong>Osetia del Sur</strong> es una región reconocida internacionalmente como parte de <strong>Georgia</strong>, pero controlada por autoridades separatistas apoyadas por <strong>Rusia</strong>. Lo mismo ocurre, con sus propias particularidades, en <strong>Abjasia</strong>. Tras las guerras de los años 1992-1993 y la guerra de 2008, <strong>Georgia</strong> perdió el control efectivo de esos territorios. El gobierno georgiano y buena parte de la comunidad internacional consideran que alrededor del 20% del territorio del país está ocupado por Rusia. Los rusos a lo suyo.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-39 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11384" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-36-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11384" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 231" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-36-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-36-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-36-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-36-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-36.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Carretera Militar Georgiana desde la iglesia de Jvari. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
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<p>La cifra se dice rápido. Veinte por ciento. Como si fuera el descuento de una tienda. Pero detrás hay desplazados, muertos, aldeas vaciadas, familias partidas, cementerios inaccesibles y una frontera que no siempre se comporta como una línea fija. Tamara habla de “fronterización”, de territorio que se va moviendo, de alambres, de pequeños avances, de la sensación de que el conflicto no ha terminado, solo ha aprendido a respirar más despacio. En algunos tramos, la carretera pasa muy cerca de la línea administrativa de <strong>Osetia del Sur</strong>. Cerca quiere decir lo suficiente para que el paisaje deje de ser bonito y empiece a ser incómodo.</p>



<p>La guerra de <strong>Ucrania </strong>pesa aquí mucho más que en cualquier otro lugar que no sea <strong>Ucrania</strong>. <strong>Georgia</strong> sabe lo que significa tener a <strong>Rusia</strong> encima. Más de doscientos voluntarios georgianos han muerto combatiendo en <strong>Ucrania</strong>. Para muchos georgianos, si <strong>Rusia</strong> gana allí, después puede venir otra vez aquí. La historia del <strong>Cáucaso</strong> enseña una cosa con crueldad: los imperios rara vez tienen problemas de memoria cuando se trata de reclamar obediencia.</p>



<p>Pasamos junto a una central eléctrica antigua de época soviética, vinculada en la memoria local a <strong>Lenin.</strong> La infraestructura industrial de aquellos años todavía aparece en el paisaje como restos de una civilización que prometía futuro y dejó hormigón, consignas y muchas cuentas pendientes. <strong>Lenin</strong>, <strong>Trotski, Stalin</strong>: los nombres se van acumulando como si el siglo XX hubiera decidido formar parte de nuestra expedición.</p>



<p>Y entonces aparece <strong>Gori</strong>, ciudad natal de <strong>Stalin</strong>. Hay lugares donde la historia llega con un temblor moral. <strong>Gori</strong> es uno de ellos. Iósif Dzhugashvili, sus enemigos lo conocieron como <strong>Stalin,</strong> nació aquí en 1878. Su padre fue zapatero y, según muchas biografías, violento y alcohólico. Su madre quiso para él una carrera religiosa. <strong>Stalin </strong>estudió en el seminario de <strong>Tbilisi</strong>, donde se cruzaron fe, disciplina, lecturas prohibidas, nacionalismo, marxismo y una capacidad temprana para el resentimiento organizado. Fue expulsado o abandonó el seminario según las versiones, entró en la militancia revolucionaria, organizó huelgas, robos, propaganda, estructuras clandestinas. Lo detuvieron varias veces y lo enviaron al exilio en Siberia.</p>



<p><strong>Georgia</strong>, como todo el <strong>Cáucaso</strong>, fue escenario de tensiones entre bolcheviques y mencheviques. Los mencheviques tuvieron gran peso en la Georgia independiente de 1918 a 1921, hasta que el Ejército Rojo incorporó el país a la esfera soviética. <strong>Stalin</strong>, georgiano de nacimiento, no fue precisamente una bendición georgiana para <strong>Georgia</strong>. Su relación con Lenin fue estratégica, brutal, ascendente. Con Trotski, directamente venenosa: rivalidad ideológica, lucha por el poder y, al final, exilio y asesinato. La revolución, ese género literario que empieza prometiendo emancipación y a menudo termina administrando cadáveres.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-40 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11385" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-37-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11385" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 232" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-37-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-37-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-37-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-37-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-37.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Vagón en el que viajaba Stalin. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
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<p>Una de las sorpresas del día es entrar dentro del vagón de tren de Stalin, una pequeña ciudad sobre ruedas. Está blindado, o lo estuvo, pesa una barbaridad y tiene cocina, baño, salón, compartimentos, telecomunicaciones. Una casa rodante para un hombre que gobernaba medio mundo y, aun así, no parecía ir nunca tranquilo. Hay algo obsceno en ese vagón: la comodidad del miedo, el lujo defensivo del paranoico, la intimidad blindada de quien convirtió la sospecha en sistema político.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-38-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11386" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 233" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-38-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-38-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-38-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-38-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-38.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Una de las estancias del vagón de Stalin. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Por lo visto ningún descendiente directo de <strong>Stalin</strong> vive ya en <strong>Georgia</strong>; algunos acabaron en <strong>Rusia o Estados Unidos</strong>. Aparecen los nombres de sus hijos: Vasili, marcado por el alcohol y el peso de ser hijo de quien era, y Svetlana, que desertó a Occidente y murió lejos del monstruo familiar. En <strong>Gori, Stalin</strong> no es solo pasado. Es una incomodidad nacional. Y, como toda incomodidad bien administrada por el turismo, tiene también su tienda de recuerdos. En las inmediaciones del vagón de tren blindado aparecen puestos con merchandising de todo tipo: imanes de nevera, tazas, retratos, camisetas y hasta calcetines con su cara, por si alguien siente la necesidad urgente de pisotear al responsable de algunas de las mayores purgas del siglo XX. ¿Cómo se gestiona haber dado al mundo a uno de los grandes verdugos de la historia contemporánea? ¿Se esconde? ¿Se exhibe? ¿Se contextualiza? ¿Se vende entrada y se completa la experiencia con un souvenir?</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-41 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11387" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-39-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11387" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 234" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-39-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-39-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-39-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-39-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-39.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Estatua de Stalin en Gori. Imanes de nevera en un puesto de souvenirs de Gori. [Fotos: Paco Doblas]</figcaption></figure>
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<p>Seguimos hacia <strong>Uplistsikhe</strong>, ciudad excavada en la roca. El nombre significa algo así como “fortaleza del señor” o “ciudad del señor”, y el lugar parece un decorado bíblico. Cuevas, salas, túneles, escaleras, templos, espacios domésticos, bodegas. La ciudad llegó a tener, según las estimaciones más repetidas, hasta 20.000 habitantes en su momento de esplendor. Hoy queda solo una parte. El tiempo, los terremotos, los saqueos y la erosión han hecho su trabajo con esa eficacia que tiene la destrucción cuando no necesita justificar presupuesto.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-40-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11388" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 235" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-40-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-40-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-40-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-40-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-40.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Ciudad de Uplistsikhe. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p><strong>Uplistsikhe </strong>fue un asentamiento antiquísimo, con ocupación documentada desde la Edad del Bronce, y alcanzó importancia en rutas comerciales que conectaban el Cáucaso con mundos más amplios. Aquí hubo teatro, baños de influencia romana, espacios rituales, viviendas y bodegas. Es decir: política, religión, higiene, espectáculo y vino. La civilización reducida a sus necesidades esenciales. Uno sube y baja escaleras talladas en la roca, entra en cavidades que fueron habitaciones o templos, se asoma a huecos donde hubo actividad doméstica, y entiende que la vida antigua no era esa postal limpia que venden algunos museos. Era humo, sudor, animales, barro, fuego, comercio, miedo y vino. Mucho vino.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-42-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11391" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 236" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-42-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-42-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-42-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-42-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-42.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Estancia en la ciudad de Uplistsikhe. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>El vino, claro, merece capítulo propio, pero <strong>Georgia</strong> no te permite esperar. La tinaja más antigua vinculada a la elaboración de vino en la región tiene unos <strong>8.000 años</strong>. En fragmentos cerámicos se han hallado residuos químicos asociados al vino. No es una medalla menor. <strong>Georgia</strong> se presenta como una de las cunas mundiales de la vinificación, y lo hace con esa mezcla de orgullo nacional y evidencia arqueológica que convierte una copa en argumento de Estado.</p>



<p>El método georgiano tradicional difiere del europeo más extendido. Aquí entra en escena el <strong>qvevri</strong>, la gran vasija de barro enterrada en el suelo. Se prensan las uvas y se introduce en el <strong>qvevri</strong> el mosto con pieles, pepitas y, según el estilo, también raspones. No se añaden levaduras industriales: las levaduras naturales presentes en la piel hacen su trabajo, esa vieja magia microscópica que convierte azúcar en alcohol. Durante la fermentación, los sólidos suben empujados por los gases; luego el vino permanece en contacto con las pieles durante meses, a menudo cinco o seis. El resultado son vinos con estructura, color ámbar en los blancos elaborados con maceración, taninos, aromas profundos y carácter del Cáucaso.</p>



<p>Muchos georgianos hacen vino en casa. No como capricho hipster, sino como una prolongación natural de la familia, de la viña, del otoño y de la mesa. En <strong>Georgia</strong>, el vino no es solo producto. Es idioma, memoria, religión doméstica, excusa para brindar y sistema nacional de gestión emocional. La famosa tienda “<strong><a href="https://8000vintages.ge/?sl=en" target="_blank" rel="noreferrer noopener nofollow">8000 Vintages</a></strong>” resume el lema con bastante precisión: aquí cada vendimia parece tener ocho mil años detrás mirándote con severidad.</p>



<p>Almorzamos en la bodega <strong><a href="https://www.uplistsikheestate.com/" target="_blank" rel="noreferrer noopener nofollow">Uplistsikhe Estate</a></strong>, y la mesa vuelve a hacer lo que mejor sabe: convertir la teoría en saliva. Hay <strong>berenjena con nueces</strong>, ese clásico georgiano donde la suavidad vegetal se mezcla con el golpe del ajo, el cilantro y la pasta de nuez. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-44-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11392" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 237" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-44-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-44-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-44-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-44-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-44.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Berenjena rellena de carne. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Aparece una hoja de <strong>sulguni</strong> rellena de requesón con menta, fresca y láctea, como si el queso hubiera decidido disfrazarse de primavera. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-45-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11393" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 238" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-45-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-45-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-45-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-45-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-45.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Láminas de queso sulguni. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Llega el <strong>kotlet de Gori</strong>, una preparación de carne que aquí se defiende con la autoridad local de las cosas sencillas cuando están bien hechas. También hay <strong>lobio</strong>, guiso de alubias, humilde y serio, de esos platos sin aspavientos porque llevan siglos alimentando cuerpos con más eficacia que cualquier menú conceptual.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-46-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11394" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 239" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-46-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-46-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-46-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-46-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-46.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Kotlet de Gori. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>El postre trae <strong>churchkhela y tatara</strong>. La <strong>churchkhela</strong> parece un embutido colgado en la despensa de un carnicero dulce: nueces ensartadas y cubiertas con mosto espesado. La <strong>tatara</strong> es esa crema de mosto y harina que demuestra que la uva en <strong>Georgia</strong> no se conforma con convertirse en vino. Quiere ser bebida, dulce, símbolo, combustible y tema de conversación.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-47-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11395" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 240" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-47-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-47-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-47-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-47-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-47.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Puesto en la calle de churchkhela. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Probamos varios vinos. Primero, un vino de método europeo, más reconocible para quien llega con el paladar educado en acero inoxidable, barrica y ficha de cata. Después, un vino llamado <strong>Tana</strong>, elaborado con método georgiano, más terroso, más táctil, más dispuesto a recordarte que la uva también tiene piel y memoria. Llega un <strong>Savkapito</strong>, variedad tinta georgiana, que hace pensar en un pinot noir local, aunque aquí conviene dejar que el vino hable sin obligarlo a parecerse a otro. Después, un <strong>semiseco </strong>con variedades europeas, y para cerrar, un <strong>brandi de manzana</strong>, una especie de calvados georgiano que entra como digestivo, esa la excusa. A esas alturas, seguir profundizando en la compleja historia de <strong>Georgia</strong> empieza a parecer un ejercicio de alto riesgo intelectual: el cerebro intenta ordenar reyes, santos, invasiones, túnicas sagradas y ocupaciones rusas mientras el paladar sigue entretenido en cosas mucho más urgentes.</p>



<p>Por la tarde, con la dignidad intacta pero la lucidez sometida a una dura negociación, terminamos en la catedral de <strong>Svetitskhoveli</strong>, en <strong>Mtskheta</strong>, uno de los templos más sagrados de Georgia y parte del conjunto Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Si <strong>Jvari</strong> era la cruz en lo alto, <strong>Svetitskhoveli</strong> es el corazón monumental. Su nombre suele traducirse como “el pilar que da vida”. Según la tradición, aquí se conserva bajo tierra la túnica de <strong>Cristo</strong>, traída a <strong>Georgia</strong> por un judío de <strong>Mtskheta</strong> llamado <strong>Elioz</strong> tras la crucifixión. Realmente no la ha visto nadie. En muchos casos la ciencia es cuestión de fe. No debe confundirse con la sábana santa. La túnica es otra reliquia, otro relato, otro eje espiritual.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-48-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11396" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 241" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-48-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-48-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-48-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-48-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-48.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Catedral de Svetitskhoveli. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>La leyenda cuenta —y conviene aclarar que esta explicación no nace de los efluvios de la fermentación— que <strong>Sidonia</strong>, hermana de <strong>Elioz</strong>, murió al abrazar la túnica y fue enterrada con ella. Sobre su tumba crecería un cedro. Cuando <strong>Santa Ninó</strong> impulsó la construcción de la primera iglesia, se talaron árboles para hacer pilares, pero uno de ellos quedó suspendido en el aire hasta que, por intercesión de la santa, descendió milagrosamente y empezó a desprender un aceite curativo. De ahí el pilar vivificante. Ahí es nada. Uno puede creerlo, dudarlo o tomar notas con escepticismo educado. Pero en <strong>Georgia </strong>estas historias no se cuentan para entretener al turista. Se cuentan porque han ordenado durante siglos la relación entre un pueblo, su fe y su capital espiritual.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-50-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11397" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 242" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-50-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-50-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-50-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-50-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-50.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Interior de la catedral de Svetitskhoveli. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>La primera iglesia fue de madera. La gran catedral actual se levantó en piedra en el siglo XI, sobre construcciones anteriores del siglo V. Allí están enterrados los dos últimos reyes de <strong>Georgia</strong>, y la memoria de varias dinastías se cruza bajo sus muros. Aparece también el nombre de <strong>Jorge Bagration</strong>, miembro de la familia real georgiana nacido y criado en parte en España, piloto de automovilismo, figura de una monarquía sin trono y de una diáspora que llevó el apellido real por otros caminos. Murió en 2008 y sus restos fueron trasladados a <strong>Georgia</strong>. Otra historia más de exilio, regreso y país que no termina de cerrar sus heridas. Y esto tampoco forma parte de los efectos secundarios del vino, del brandi de manzana ni de la generosidad líquida de la cata anterior. La explicación es rigurosa. Creo.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-42 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11398" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-51-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11398" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 243" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-51-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-51-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-51-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-51-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-51.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Catedral de Svetitskhoveli. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
</figure>



<p>Salimos de <strong>Svetitskhoveli </strong>con una sensación extraña. El día ha sido un exceso incluso para <strong>Georgia</strong>: Santa Ninó, San Jorge, Jvari, Stalin, Osetia, Uplistsikhe, qvevri, churchkhela, túnicas sagradas, reyes enterrados y vino suficiente para justificar varias tesis doctorales y alguna imprudencia. Hay jornadas que parecen diseñadas por un comité turístico. Esta parece escrita por un novelista con fiebre y acceso ilimitado a archivos medievales, bodegas y expedientes soviéticos.</p>



<p>Terminamos el segundo día entendiendo que Georgia no separa lo sagrado de lo político, ni el vino de la memoria, ni la carretera de la guerra, ni la mesa de la identidad. Aquí todo se toca. Todo se contamina. Todo acaba en la misma conversación. Y quizá por eso viajar por <strong>Georgia</strong> exige algo más que mirar bonito por la ventana. Exige aceptar que la historia nunca se ha ido del todo.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Día 3 | SIGHNAGHI | 10 de junio de 2026</h2>



<p>Un hombre se reúne con sus amigos la víspera de Año Nuevo. Hay sauna, risas, una cantidad poco prudente de alcohol y esa confianza masculina, bastante internacional, de creer que todo va a salir bien justo cuando todo empieza a salir mal. El plan era sencillo: celebrar, brindar, quizá pasarse un poco, pero volver a casa. Nada que no haya ocurrido millones de veces en la historia de la humanidad con resultados que van de la resaca doméstica al divorcio.</p>



<p>Pero uno de ellos acaba en el aeropuerto. No debería estar allí, claro. Tampoco debería subir a un avión. Mucho menos a un avión que lo lleva a otra ciudad. Pero la burocracia soviética, la borrachera y la arquitectura estandarizada deciden formar una alianza diabólica. El hombre despierta en Leningrado convencido de estar todavía en Moscú. Sale del aeropuerto, toma un taxi y da su dirección con la seguridad de quien cree que el mundo tiene la obligación de seguir siendo el mismo aunque uno haya perdido la dignidad por el camino.</p>



<p>Y entonces ocurre lo inquietante: la dirección existe. La calle existe. El número existe. El edificio existe. El portal se parece al suyo. La escalera se parece a la suya. La puerta se abre con su llave. Dentro hay un apartamento casi idéntico al suyo, porque en aquel universo de bloques repetidos, muebles repetidos, papeles pintados repetidos y vidas repetidas, hasta el error podía parecer perfectamente lógico. El hombre entra, se tumba y se queda dormido en una casa que no es la suya, en una ciudad que no es la suya, dentro de una vida ajena que, por obra y gracia del urbanismo soviético, podría haber sido la suya.</p>



<p>La propietaria del piso llega después y encuentra a un desconocido borracho en su cama. Cualquier persona razonable habría llamado a la policía, a un exorcista o a su madre, en ese orden. Pero estamos ante una comedia soviética de Año Nuevo, así que la situación deriva hacia el equívoco, la ternura, la discusión, el absurdo y una pregunta bastante seria disfrazada de broma: ¿qué clase de mundo construye casas tan iguales que un hombre puede confundirse de ciudad sin que el paisaje lo contradiga?</p>



<p>La historia pertenece a <em><strong>La ironía del destino</strong></em>, la película que durante décadas volvió cada fin de año a las televisiones de Rusia<strong>, Georgia</strong> y buena parte del antiguo orbe soviético. Una comedia romántica, sí. Pero también una autopsia involuntaria de aquella obsesión por fabricar ciudades intercambiables, viviendas idénticas, escaleras repetidas, muebles funcionales y vidas administradas con la sensibilidad estética de un formulario. Reírse era fácil. Lo difícil era mirar alrededor y reconocer el chiste.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-54-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11403" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 244" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-54-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-54-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-54-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-54-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-54.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Bloque de viviendas a las afueras de Tbilisi. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p><br>Salimos de nuevo de <strong>Tbilisi</strong> en una mañana gris, con algún rayo de sol haciendo horas extra entre las nubes. El gris combina bien con las afueras de la capital georgiana: bloques soviéticos, hormigón cansado, ropa tendida, balcones cerrados a golpes de necesidad y edificios que parecen haber sido levantados por alguien convencido de que la alegría era una desviación burguesa. Después de recordar aquella película, uno mira las periferias de otra manera. Ya no son solo barrios. Son el decorado real de una idea: que la arquitectura también puede domesticar, uniformar y convertir el hogar en una pieza más del engranaje.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-43 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11402" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-53-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11402" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 245" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-53-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-53-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-53-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-53-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-53.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Bloques de viviendas al estilo Jrushchov: vivienda masiva y utilitaria. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
</figure>



<p><br>En <strong>Georgia </strong>se reconocen bien esas capas. La arquitectura estalinista quiso ser grande, solemne, con techos altos y una teatralidad imperial de manual. Luego llegó la era de <strong>Nikita Serguéievich Jrushchov</strong>, el máximo dirigente de la Unión Soviética tras la muerte de <strong>Stalin</strong>, y con ella las viviendas que llevarían su nombre: más pequeñas, más bajas, más prácticas, levantadas para resolver el problema de la vivienda con la delicadeza estética de una letrina de cuartel. Había que dormir, reproducirse moderadamente y volver a la fábrica. Un día tras otro. La belleza, si eso, ya la discutiría el comité.</p>



<p>Y sin embargo <strong>Georgia</strong> no se dejó convertir del todo en bloque gris. Quizá ahí empieza lo interesante. Bajo el hormigón aparece otra cosa: una memoria más antigua, una tierra fértil, una lengua propia, una iglesia con peso político y una tradición de poetas, músicos, pintores, sacerdotes e intelectuales que el poder soviético observó siempre con desconfianza. Los imperios suelen temer más a un poeta que a un escuadrón de infantería. El poeta puede incendiar una habitación sin munición, solo con una frase.</p>



<p>Tras la sovietización llegaron revueltas, represión y purgas. La insurrección antisoviética de 1924 terminó aplastada con sangre. Después vendrían deportaciones, acusaciones de “enemigo del pueblo”, expedientes inventados, silencios forzados y una limpieza sistemática contra quienes podían convertirse en ejemplo para la población. Poetas, escritores, músicos, pintores, clérigos, sacerdotes, profesores, gente con libros, con memoria, con palabra propia. A muchos los acusaron de traición con historias falsas. A otros los mataron directamente. Se habla de miles de víctimas y de deportaciones masivas. En un país de unos cuatro millones de habitantes, aquello no fue estadística: fue arrancarle dientes a la memoria. Uno solo ya habría sido demasiado.</p>



<p><strong>Tamara</strong> cuenta que algunos intelectuales, asustados al ver caer a sus amigos, aceptaron colaborar. El régimen sabía comprar lealtades con metros cuadrados: pisos amplios, techos altos, habitaciones cómodas. Alabar al poder tuvo ventajas inmobiliarias. Callar también.</p>



<p>Y quizá por eso <strong><em>La ironía del destino</em></strong> funciona aquí como algo más que una película repetida cada fin de año: porque bajo la comedia del hombre que se equivoca de ciudad late la historia de un sistema que quiso ordenar también la intimidad, la vivienda, las fiestas y hasta la manera de imaginar el futuro. En <strong>Georgia</strong>, el calendario conserva todavía esa doble capa: la Navidad se celebra el 7 de enero, según el calendario juliano de la Iglesia ortodoxa, y el llamado Año Nuevo viejo llega el 14 de enero. El 31 de diciembre queda para el Año Nuevo civil, los brindis y la televisión. La ironía del destino, otra vez: celebrar el futuro mientras se negocia con los fantasmas del pasado.</p>



<p>Atravesamos una de las grandes arterias que llevan al aeropuerto, bautizada con el nombre de <strong>George W. Bush.</strong> El presidente estadounidense visitó <strong>Tbilisi</strong> en mayo de 2005, tras la Revolución de las Rosas, y para <strong>Georgia</strong> aquello fue más que una escala diplomática: fue un gesto de reconocimiento en una región donde sentirse mirado por Occidente puede tener el valor de una promesa. Aquel día, <strong>Bush</strong> había sido invitado por Rusia y por Georgia. Por la mañana estuvo en Moscú, pero no se quedó a los actos de la tarde. Tomó el camino del Cáucaso y llegó a <strong>Tbilisi</strong>, donde al día siguiente habló en la Plaza de la Libertad ante miles de georgianos. Hoy, aún se recuerda por aquí aquel gesto. </p>



<p>Mientras el autobús deja atrás la ciudad, <strong>Valentín </strong>nos lleva mucho más lejos. Los campos se vuelven verdes, frondosos, fértiles. <strong>Georgia </strong>se abre como una tierra que parece no cansarse de producir vida. Y entonces aparece la <strong>Cólquida,</strong> el fin del mundo para los griegos. O uno de sus fines, porque los griegos tenían una habilidad magnífica para llamar “fin del mundo” a todo lo que no controlaban. Hacia la derecha, el Cáucaso. Hacia la izquierda, nuestra península ibérica. Lo desconocido siempre fue peligroso; llamarlo mito era una forma elegante de admitir miedo.</p>



<p>Aquí encaja <a href="https://geogastronomica.com/georgia-armenia-expedicion-geogastronomica/">Prometeo</a>, ese titán imprudente que robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres. <strong>Zeus,</strong> pésimo perdedor y excelente administrador del castigo, lo encadenó en el Cáucaso. Cada día un águila le devoraba el hígado. Cada noche volvía a crecer. Hércules acabaría liberándolo. Los griegos colocaban maravillas y torturas en los bordes del mapa, una forma honesta de reconocer que el mundo les quedaba grande.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/05/Zeus-y-Prometeo-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11049" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 246" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/05/Zeus-y-Prometeo-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/05/Zeus-y-Prometeo-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/05/Zeus-y-Prometeo-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/05/Zeus-y-Prometeo-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/05/Zeus-y-Prometeo.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Hércules libera a Prometeo de las garras del águila. (Recreación con IA)</figcaption></figure>



<p>Llegamos al convento de Bodbe, lugar asociado a la muerte y sepultura de <strong>Santa Ninó</strong>, la mujer que llevó el cristianismo a <strong>Georgia</strong> en el siglo IV. Ya la habíamos conocido en el capítulo anterior, así que no hace falta resucitar toda la hagiografía, aunque aquí las santas nunca vienen del todo solas. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-57-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11406" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 247" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-57-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-57-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-57-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-57-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-57.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Interior de la capilla donde yace el cuerpo de Santa Ninó. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-56-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11405" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 248" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-56-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-56-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-56-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-56-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-56.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Imagen de Santa Ninó en el convento de Bodbe. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p><strong>Bodbe</strong> es hoy un convento activo y un centro de peregrinación religiosa y turística. Hay monjas, huerta, productos a la venta y unas vistas del valle de <strong>Alazani </strong>que invitan al recogimiento o, al menos, a cerrar la boca durante treinta segundos. En un viaje por <strong>Georgia</strong>, eso ya es bastante espiritual.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-55-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11404" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 249" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-55-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-55-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-55-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-55-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-55.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Convento de Bobde. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Desde allí, por una carretera deliciosa, llegamos a <strong>Sighnaghi</strong>, el llamado pueblo del amor, una especie de Teruel georgiano pero con más vino. Se dice que aquí uno puede casarse a cualquier hora, no hay necesidad de ir a Las Vegas. El pueblo se levanta sobre el valle de <strong>Alazani</strong>, entre cordilleras, viñedos y campos fértiles. Su casco urbano es pequeño, coqueto, casi demasiado pintoresco, rodeado por una muralla defensiva con 23 torres. Una pequeña gran muralla china georgiana, con menos emperadores y más posibilidades de terminar la tarde en una cata.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-58-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11407" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 250" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-58-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-58-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-58-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-58-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-58.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Villa de Sighnaghi con el valle de Alazani a sus pies. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-62-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11408" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 251" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-62-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-62-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-62-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-62-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-62.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Calles de Sighnaghi. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Y eso hacemos. Antes de comer asistimos a una cata en la bodega del restaurante <strong><a href="https://dergi.ge/menu/?utm_source=ig&utm_medium=social&utm_content=link_in_bio&fbclid=PAZXh0bgNhZW0CMTEAc3J0YwZhcHBfaWQPOTM2NjE5NzQzMzkyNDU5AAGnLDbDDkkF5SbtGSRZ8CMgsR-DzsLXsok4b2Pfsvx0RoZ5cU5W6yC2UC4yS4s_aem_yPuOUp_aKafkU6ov10MESg" target="_blank" rel="noreferrer noopener nofollow">Dergi</a></strong>, en Nukriani, cerca de <strong>Sighnaghi.</strong> Comparamos de nuevo el método europeo con el georgiano, esa discusión civilizada entre quienes quieren controlar el vino con levaduras y quienes prefieren enterrarlo en barro y dejar que la uva recuerde quién manda, el metodo <em>qvevri</em>.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="844" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-63-e1781120992648-1200x844.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11413" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 252" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-63-e1781120992648-1200x844.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-63-e1781120992648-900x633.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-63-e1781120992648-768x540.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-63-e1781120992648-1536x1080.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-63-e1781120992648.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Restaurante Dergi, en Nukriani. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>El primer vino es un <strong>Rkatsiteli,</strong> blanco seco de Kakheti elaborado con método clásico europeo. Su nombre suele traducirse como “tallo rojo”, y es una de las uvas blancas más importantes de Georgia: acidez viva, fruta amarilla, cuerpo serio y esa capacidad de no comportarse como un blanco domesticado. Después llega un blanco seco de <strong>Kakhuri Mtsvane</strong>, variedad aromática de la región, más floral, más verde con tonalidades doradas, más delicada. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-65-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11415" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 253" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-65-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-65-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-65-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-65-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-65.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Rkatsiteli, blanco seco de Kakheti. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Luego probamos un <strong>Saperavi </strong>seco, tinto de color granada, cuerpo amplio y fruta roja oscura. <strong>Saperavi </strong>significa algo parecido a “teñidor” o “dar color”, y no es metáfora de folleto: es una de esas pocas uvas tintoreras con pulpa coloreada. Mancha la copa, la lengua y, si uno se descuida, el pensamiento. El cuarto vino es un <strong>Saperavi</strong> en <em>qvevri</em>, más profundo, más rugoso, con algo más de cuerpo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-64-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11414" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 254" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-64-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-64-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-64-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-64-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-64.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Saperavi seco y saperavi qvevri. [Fotos: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>La comida sigue mostrándonos una <strong>Georgia</strong> sorprendente. Aparecen los <strong><em>khinkali</em></strong>, los dumplings georgianos de queso o de carne, estos últimos de los que se muerden con cuidado para sorber el caldo sin convertir la camisa en escena del crimen. Hay <strong><em>ajapsandali</em></strong>, guiso vegetal de berenjena, tomate, pimiento y hierbas, una especie de ratatouille caucásica con más carácter y menos pose provenzal. Llega el <strong>mtsvadi</strong>, brocheta de cerdo a la brasa, directa y feliz en su elementalidad con salsa de ciruela. Y un par de ensaladas para despistar: una de rollitos de salmón y otra de judías rojas con jamón georgiano, poca coincidencia con el serrano.<br></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-61-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11411" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 255" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-61-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-61-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-61-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-61-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-61.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Khinkali de carne. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-59-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11409" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 256" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-59-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-59-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-59-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-59-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-59.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Ajapsandali. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-60-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11410" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 257" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-60-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-60-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-60-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-60-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Untitled-image-60.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Mtsvadi. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Terminamos el día con esa sensación que deja <strong>Sighnaghi</strong> cuando se mira desde arriba: belleza amable, vino serio y una historia que no pierde ocasión de colarse por debajo de la puerta. <strong>Georgia</strong> vuelve a hacer lo que mejor sabe: sentarte frente a un paisaje hermoso, llenarte la copa y recordarte que bajo cada postal hay una capa de sangre, fe, barro, uva y memoria. El país no busca gustar de forma limpia. Prefiere seducirte, incomodarte un poco y dejarte pensando mientras alguien insiste en servirte otra copa.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Día 4 | SADAKHALO / HAGHPAT / DILIJAN / LAGO SEVAN / EREVAN | 11 de junio de 2026</h2>



<p>Dejamos el <strong>Biltmore de Tbilisi</strong>, esa torre de más de treinta plantas que hoy forma parte del skyline de Georgia con la seguridad de quien sabe que el capitalismo también tiene sus catedrales. En sus bajos sigue respirando otro mundo. Allí estuvo el antiguo <strong>IMELI</strong>, el Instituto de Marx, Engels, Lenin y, durante un tiempo, Stalin: un edificio gigantesco de clasicismo socialista, con columnas monumentales y una entrada pensada para que el individuo entendiera rápido su lugar en la historia. Pequeño, obediente y preferiblemente callado. Hoy aquellas salas las ocupan el hall del hotel, un casino, una sauna y otros templos contemporáneos del cuerpo, el azar y la tarjeta de crédito. La dialéctica materialista terminó en albornoz.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_4987-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11425" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 258" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_4987-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_4987-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_4987-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_4987-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_4987.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Hotel Biltmore, antigua sede del IMELI. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Nuestro siguiente destino es <strong>Armenia</strong>. Pero antes de cambiar de país conviene recordar una obviedad que en el Cáucaso nunca es solo una obviedad: <strong>Georgia y Armenia</strong> formaron parte de la extinta Unión Soviética. En sus últimos años, la URSS estaba compuesta por quince repúblicas socialistas soviéticas. No eran colonias en el sentido clásico, ni estados libres en el sentido serio de la palabra. Eran piezas de un imperio con himno, bandera roja, burócratas, fronteras internas y una fe bastante optimista en que la historia podía administrarse desde <strong>Moscú</strong>. En 1991, cuando el edificio soviético se vino abajo por agotamiento económico, presión nacionalista, reformas mal digeridas y pura fatiga imperial, aquellas quince repúblicas se convirtieron en países independientes. Independientes, sí. Tranquilos, no. </p>



<p>Antes de abandonar Georgia pasamos junto a una antigua instalación militar. En las repúblicas soviéticas había bases, cuarteles e infraestructuras militares repartidas como recordatorio físico de quién mandaba. Algunas quedaron abandonadas, otras pasaron a manos de los nuevos gobiernos, otras se convirtieron en piezas de negociación con <strong>Rusia</strong>. <strong>Armenia</strong>, por su parte, mantuvo durante décadas una relación de seguridad muy estrecha con <strong>Moscú</strong>, en buena medida marcada por el conflicto con <strong>Azerbaiyán</strong> por la región de <strong>Nagorno Karabaj</strong>. Esa relación hoy está bastante deteriorada. Después de que <strong>Azerbaiyán</strong> recuperara Karabaj en 2023 y más de 100.000 armenios huyeran hacia Armenia, muchos en Ereván dejaron de ver a <strong>Rusia</strong> como protector fiable y empezaron a mirarla como se mira a un guardaespaldas que se fuma un cigarro mientras te están robando la casa.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5016-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11426" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 259" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5016-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5016-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5016-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5016-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5016.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Antigua base militar rusa. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>La carretera que tomamos va hacia<strong> Armenia</strong>, pero también hacia <strong>Azerbaiyán</strong>. Y eso, aquí, nunca es un simple dato de tráfico. Para <strong>Armenia</strong>, <strong>Rusia</strong> ha sido durante mucho tiempo uno de sus grandes mercados; muchas mercancías entran y salen por <strong>Georgia</strong>, porque las fronteras con <strong>Turquía y Azerbaiyán</strong> han permanecido cerradas durante décadas. Armenia es un país sin mar y con dos de sus cuatro puertas bloqueadas. Le quedan <strong>Georgia</strong> al norte e <strong>Irán</strong> al sur. Una geografía incómoda. Un país convertido en pasillo estrecho, con memoria de imperio y cuerpo de superviviente.</p>



<p>A pocos kilómetros vemos el desvío hacia <strong>Azerbaiyán</strong>. También una mezquita y pueblos habitados por azeríes, un pueblo túrquico y mayoritariamente musulmán, vinculado histórica y culturalmente a <strong>Azerbaiyán</strong>. En el último pueblo antes de la frontera aparece un lazo rojo en una casa. Tamara nos explica que significa boda, una casa celebrando que dos personas han decidido complicarse la vida juntas. Afortunadamente, mientras la geopolítica cierra pasos, levanta sospechas y llena los mapas de líneas rojas, la gente se sigue rozando con cariño.</p>



<p>Nos despedimos de Georgia con una canción que nos pone Tamara en la que suena el nombre del país en georgiano: <strong>საქართველო</strong>, <em>Sakartvelo</em>, la tierra de los kartvelianos. La palabra tiene una belleza compacta y una pronunciación imposible. Tirando del traductor, me atrevo a escribir una despedida sencilla: <strong>მადლობა, საქართველო, თბილი მიღებისა და სტუმართმოყვარეობისთვის.</strong> O lo que es lo mismo: “Gracias, Georgia, por tu cálido recibimiento y hospitalidad”. </p>



<p>Y también por el vino.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><strong>მადლობა, საქართველო, თბილი მიღებისა და სტუმართმოყვარეობისთვის</strong> </p>



<p>“Gracias, Georgia, por tu cálido recibimiento y hospitalidad”. </p>
</blockquote>



<p>La frontera llega con su pequeña coreografía de Estado: sello de salida de <strong>Georgia</strong>, control de pasaporte, fotografía sin gafas, escáner solitario para las maletas y ninguna gran épica de entrada en <strong>Armenia.</strong> Las fronteras modernas tienen algo de teatro pobre: un mostrador, un uniforme, una cámara, una máquina que pita cuando quiere y esa sensación de que un país empieza no donde cambia el paisaje, sino donde alguien mira tu pasaporte con cara de pocos amigos.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5023-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11427" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 260" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5023-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5023-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5023-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5023-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5023.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Puesto fronterizo de Georgia con Armenia. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Al otro lado nos espera <strong>Ani</strong>, nuestra nueva guía. Nació en<strong> Irán</strong>. Sus abuelos llegaron allí huyendo del genocidio armenio. El genocidio fue la campaña de deportaciones, marchas forzadas y asesinatos masivos sufrida por los armenios del Imperio otomano durante la <strong>Primera Guerra Mundial</strong>, especialmente desde 1915. Las cifras varían según las fuentes y los debates políticos siguen envenenados, pero hablamos de centenares de miles de muertos, para muchos historiadores alrededor de un millón o más, y de una diáspora que extendió familias armenias por <strong>Rusia, Francia, Estados Unidos, Irán, Oriente Medio </strong>y media <strong>Europa</strong>. Ani no cuenta una abstracción histórica. Cuenta a su abuelo, un niño de dos años que huyó y acabó en Irán. </p>



<p><strong>Armenia </strong>tiene hoy unos tres millones de habitantes dentro del país y muchos más repartidos por el mundo. La diáspora es una segunda <strong>Armenia</strong>: invisible en el mapa, poderosísima en la memoria. De ahí salen nombres contemporáneos conocidos, cada uno a su manera: <strong>Charles Aznavour</strong>, hijo universal de la canción francesa y del exilio armenio; <strong>Cher</strong>, con raíces armenias por parte paterna; <strong>System of a Down</strong>, banda nacida en California pero atravesada por la causa armenia; las <strong>Kardashian</strong>, fenómeno pop y mediático con apellido convertido en marca planetaria o el compositor <strong>Aram Khachaturian</strong>.</p>



<p>En cinco minutos el paisaje cambia de argumento. Dejamos atrás un país verde, una región más llana, la suavidad georgiana de colinas y viñas, y entramos encajonados entre montañas. Armenia no se abre: se estrecha. El autobús avanza por el fondo del valle del <strong>Debed</strong>, paralelo al río del mismo nombre y a una vieja vía de tren que parece seguir en uso por pura terquedad. A la izquierda aparece una carretera ascendente. Entramos en la región de <strong>Lori</strong>.</p>



<p><strong>Armenia</strong> fue mucho más grande en la memoria histórica que en el mapa actual. La antigua <strong>Armenia</strong>, especialmente en tiempos de <strong>Tigranes el Grande</strong>, llegó a extenderse por amplias zonas del altiplano armenio y territorios que hoy pertenecen a <strong>Turquía, Irán, Azerbaiyán, Georgia, Siria </strong>o <strong>Irak</strong>. La <strong>Armenia </strong>actual es otra cosa: un país pequeño, montañoso, sin salida al mar, de unos 29.700 kilómetros cuadrados, con frontera al norte con <strong>Georgia</strong>, al este con <strong>Azerbaiyán</strong>, al sur con <strong>Irán</strong> y el enclave azerí de <strong>Najicheván</strong>, y al oeste con <strong>Turquía</strong>. Sus relaciones con <strong>Turquía y Azerbaiyán </strong>han sido pésimas durante décadas. Con los turcos pesa el genocidio y una frontera cerrada desde los años noventa. Con los azeríes pesa Karabaj, dos guerras, desplazamientos, muertos, propaganda y la sensación de que la paz, cuando llega, suele venir con letra pequeña.</p>



<p>Vemos ruinas de fábricas, esqueletos de un mundo industrial que se quedó sin sistema operativo tras la caída de la URSS. <strong>Armenia</strong> tenía minería, metalurgia, química, maquinaria, energía, industria ligera. La disolución soviética rompió cadenas de producción, mercados y suministros. Luego llegaron guerra, bloqueo, emigración, crisis. El país conserva recursos minerales, cobre, molibdeno, piedra, agua, agricultura en valles, brandy, vino, tecnología emergente y una diáspora capaz de invertir, donar, discutir y volver cada verano con maletas llenas de nostalgia.</p>



<p>Llegamos al monasterio de <strong>Haghpat</strong> justo cuando truena. La puesta en escena es excesiva, pero efectiva. <strong>Haghpat</strong>, fundado en el siglo X y Patrimonio Mundial de la UNESCO junto con Sanahin, se levanta en una meseta de Lori, con vistas de postal y piedra oscura. Según una explicación local, su nombre se asocia a la idea de “muro fuerte”.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5053-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11428" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 261" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5053-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5053-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5053-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5053-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5053.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Monasterio de Haghpat. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>La iglesia principal es la de la <strong>Santa Señal</strong>, ligada a la veneración de una reliquia de la madera de la Cruz. El campanario del siglo XIII se alza como una pieza elegante y robusta. Aquí se rodaron escenas de <strong>El color de la granada</strong>, la película de Parajanov sobre Sayat-Nova, más poema visual que biografía. Si alguien espera una película explicativa, mala suerte. Parajanov no explicaba: clavaba imágenes en la retina.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-44 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11430" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5082-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11430" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 262" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5082-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5082-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5082-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5082-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5082.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Interior del monasterio de Haghpat. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>
</figure>



<p><strong>Ani </strong>nos habla de las cruces armenias, de los <strong>khachkars</strong>, esas piedras talladas donde la cruz aparece llena de vida, rodeada de formas vegetales, como si brotara de la propia piedra. En <strong>Armenia</strong> la cruz no se representa tanto como una escena de sufrimiento extremo, sino como un símbolo de victoria, de resurrección y de permanencia. <strong>Cristo </strong>aparece menos como un cuerpo vencido y más como una presencia divina que supera la muerte. No significa que aquí se ignore el dolor. Sería absurdo decirlo en un país que ha sufrido tanto. Significa que la tradición armenia prefiere mirar la cruz desde la vida que continúa, no desde la derrota.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5095-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11432" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 263" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5095-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5095-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5095-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5095-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5095.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Nave central de la iglesia de Haghpat. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Hacemos un alto para probar los primeros platos armenios. Y comienzan a desfilar un humus de berenjena, la estrella de las hortalizas armenias, ensalada de carne, <strong>Garni Yaraj </strong>—<strong>de nuevo </strong>berenjena pero ésta rellena de carne—,  filete de trucha horneado en una envoltura de pan lavash, acompañado de verduras de temporada y un queso suave y fundente y de postre un humilde pastel de manzana típico de la zona. Después de Georgia, Armenia se presenta con otra voz: menos queso desbordado, más horno, más hierba, más berenjena, más memoria de casa y una mezcla de tradiciones culinarias de países como Líbano o Siria donde tuvieron que refugiarse los armenios que ahora regresan.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5117-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11433" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 264" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5117-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5117-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5117-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5117-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5117.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Garni Yaraj,<strong> </strong>berenjena pero ésta rellena de carne. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5132-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11435" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 265" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5132-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5132-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5132-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5132-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5132.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Filete de trucha horneado en una envoltura de pan lavash. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>El restaurante pertenece a la cadena <strong>Tufenkian</strong>, ligada a un empresario de la diáspora armenia en Estados Unidos. <strong>Ani </strong>cuenta que donde instala hoteles compra artesanía local, rescata edificios, apoya talleres. Este lugar fue una antigua central hidroeléctrica que ya no funciona. Ahora hay hospitalidad, alfombras, restauración de piezas antiguas y esa mezcla tan armenia de ruina reutilizada y nostalgia productiva. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5142-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11436" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 266" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5142-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5142-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5142-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5142-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5142.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Restaurante de la cadena Tufenkian. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p><strong>Ani</strong> estudió español en la Universidad de <strong>Teherán</strong>. La comunidad armenia en <strong>Irán</strong>, nos cuenta,  que está respetada y tiene representación propia en el Parlamento iraní. No conviene idealizar nada, porque Oriente Medio y el Cáucaso castigan rápido al ingenuo profesional, pero el dato dice mucho: los armenios han aprendido a sobrevivir como minoría, a conservar iglesia, lengua, escuela, cocina y apellido incluso cuando el mapa se empeñaba en expulsarlos.</p>



<p>Pasamos por <strong>Vanadzor</strong>, ciudad de la región de Lori encajada entre montañas, con nieve todavía en las cumbres. Fue un centro industrial importante en época soviética y sufrió el terremoto de 1988, uno de esos golpes que Armenia todavía lleva en los huesos. Desde la carretera se ve una ciudad sobria, de valle, con fábricas, bloques, verde alrededor y ese aire de lugar que no se ha rendido, aunque tampoco esté para hacer piruetas turísticas.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5156-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11437" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 267" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5156-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5156-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5156-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5156-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5156.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Mañana lluviosa en Vanadzor. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Seguimos hacia <strong>Ereván</strong>, pero <strong>Armenia</strong> no tiene prisa por entregarnos su capital. Antes nos obliga a atravesarla, que es una forma bastante eficaz de recordarnos que los países pequeños también pueden tener una geografía con carácter de animal grande. La carretera se retuerce entre montañas, pueblos, curvas, camiones viejos y coches que en otros países estarían catalogados como clásicos, reliquias o material sensible para coleccionistas con garaje climatizado. Aquí siguen funcionando. No adornan. Trabajan. Son vehículos con arrugas, motores cansados y una dignidad mecánica que en Occidente habríamos jubilado demasiado pronto, quizá por cobardía estética.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5175-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11439" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 268" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5175-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5175-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5175-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5175-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5175.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Coches en la localidad de Dilijan. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Paramos en <strong>Dilijan</strong>, la llamada Suiza armenia, aunque estas comparaciones siempre tienen algo de insulto involuntario. Como si un lugar necesitara parecerse a otro más rico para ser tomado en serio. Dilijan es Dilijan: bosque, montaña, aire fresco, casas de piedra y madera, talleres, artesanía y esa mezcla de estación de descanso, pueblo cuidado y refugio verde en un país que pronto volverá a enseñarnos su cara áspera. Durante la época soviética fue lugar de reposo y retiro, un espacio donde respirar lejos del humo industrial, de las fábricas y de la épica cansina del progreso obligatorio.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5163-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11438" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 269" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5163-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5163-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5163-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5163-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5163.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Dilijan, la “Suiza” armenia. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>La artesanía local tiene fama, y uno termina cayendo en sus propias pequeñas supersticiones. Yo compro una cuchara de madera de peral. Sencilla, desproporcionada, con un mango larguísimo y un cazo pequeño, como si el artesano hubiera querido diseñar una herramienta para remover un guiso desde otra provincia. Cada uno tiene su TOC, su pequeño museo portátil de manías. El mío está en la cocina: remuevo, pruebo y mezclo con maderas de medio mundo. Hay quien colecciona imanes de nevera. Yo compro utensilios de madera.</p>



<p>Después nos metemos de lleno en el <strong>Parque Nacional de Dilijan</strong>, subiendo por una carretera de montaña. La vegetación se vuelve exuberante, húmeda, densa, casi impropia de la imagen seca y pedregosa que muchos tienen de Armenia. Cruzamos un túnel de unos dos kilómetros, una garganta artificial entre dos mundos, que comunica la zona de Dilijan con la ruta hacia Sevan y cambia el paisaje con la brusquedad de una decisión política. A la salida, el bosque se retira. La espesura deja paso a colinas de pastos, lomas abiertas, aire más alto y una luz distinta. Armenia cambia de piel sin avisar.</p>



<p>A los pocos minutos aparece el <strong>lago Sevan</strong>, enorme, azul, colocado a unos 1.900 metros de altitud como si alguien hubiera querido poner un mar en mitad de las montañas y luego hubiera olvidado añadirle sal. Ocupa casi el cinco por ciento de la superficie de Armenia, una cifra que se entiende mejor cuando uno lo ve. En un país sin salida al mar, Sevan cumple esa función emocional. Es horizonte, despensa, símbolo, lugar de veraneo, reserva de agua y espejo nacional. Tiene su propia trucha, el <strong>ishkhan</strong>, literalmente “príncipe”, aunque el pobre pez ha sufrido bastante por la sobrepesca, los cambios ecológicos y esa manía humana de destrozar aquello que luego declara patrimonio. También vive aquí la gaviota armenia, especie asociada a estos lagos altos del Cáucaso. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5190-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11440" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 270" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5190-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5190-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5190-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5190-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5190.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Lago Sevan. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>A propósito de los lagos, <strong>Valentín </strong>vuelve a mirar hacia la Antigüedad. Nos habla de <strong>Urartu</strong>, aquel antiguo reino que floreció entre los siglos IX y VI antes de Cristo alrededor del lago Van y las tierras altas armenias. Nos recuerda que la Armenia histórica fue mucho más amplia que la Armenia actual, que el mapa de hoy es apenas una versión reducida, dolorosa y políticamente posible de una geografía cultural enorme. Lago Van, lago Urmia, lago Sevan. Tres nombres que ayudan a entender un mundo antiguo donde las aguas eran centros de poder, rutas, cultos, fortalezas, agricultura y memoria. Hoy las fronteras modernas han repartido esa herencia entre varios estados, como quien rompe una vajilla familiar y luego pretende que nadie note las grietas.</p>



<p>Llegamos a la orilla del lago Sevan y subimos hasta <strong>Sevanavank</strong>, el monasterio que se alza sobre una península rocosa. Antes fue isla, pero durante el siglo XX el nivel del lago descendió por las intervenciones soviéticas sobre sus aguas, y la isla quedó cosida a tierra. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5233-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11442" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 271" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5233-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5233-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5233-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5233-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5233.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Monasterio Sevanavank a orillas del lago Sevan. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Sevanavank fue fundado en el siglo IX, tradicionalmente vinculado a la princesa Mariam, hija del rey Ashot I. Sus iglesias de piedra oscura, <strong>Surb Arakelots</strong> y <strong>Surb Astvatsatsin</strong>, no tienen la ligereza decorativa de otros templos que buscan gustar. Aquí la belleza es más seca. Más frontal. Piedra negra, viento, agua, escaleras, cruces talladas y una vista del lago que obliga al turista más ruidoso a bajar un poco la voz. Durante siglos, este lugar tuvo también fama de retiro severo, casi penitencial. No cuesta imaginarlo. Si uno venía aquí a purgar pecados, el paisaje ayudaba: bastante altura, bastante viento y suficiente soledad para arrepentirse de casi cualquier cosa.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/arm0-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11424" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 272" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/arm0-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/arm0-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/arm0-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/arm0-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/arm0.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Cruces armenias o khachkars en el monasterio de Sevanavank. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>El día ha sido una larga transición: de <strong>Georgia </strong>a <strong>Armenia</strong>, de Sakartvelo al país del Ararat, de la carretera comercial al valle estrecho, del vino georgiano al primer sabor armenio, de la memoria soviética a la memoria del genocidio. <strong>Georgia</strong> nos despidió cantando. En<strong> Armenia </strong>nos recibe una guía cuyo apellido, como el de tantos armenios, lleva dentro una fuga. Por fin llegamos a la capital. El bullicio de Ereván al atardecer rompe de golpe la calma que el país nos había regalado desde la frontera: después de montañas, monasterios, valles y silencios largos, la ciudad aparece con tráfico, luces, terrazas y esa energía desordenada que tienen las capitales, estén en el país que estén.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Día 5 | EREVÁN | 12 de junio de 2026</h2>



<p>Hoy nos proponemos conocer <strong>Ereván</strong> como mejor se conoce una ciudad: andando. Las ciudades no se entienden desde un autobús. Hay que caminar, mirar portales, cruzar calles mal, entrar en museos, perder cinco minutos en una fachada y hablar con su gente, solo así se descubre que una ciudad no se presenta de golpe. Se filtra.</p>



<p>A <strong>Ereván</strong> la llaman la <strong>ciudad rosa</strong> por la toba volcánica —el famoso tuff armenio— con la que están construidos muchos de sus edificios. No es un rosa de escaparate cursi, ni un rosa de pastel de bautizo. Es un rosa mineral, terroso, cambiante, que se vuelve miel, salmón, óxido o ceniza según la luz. La piedra más que decorar la ciudad, la define. Incluso cuando <strong>Ereván</strong> se pone soviética, y vaya si se pone soviética a ratos, lo hace con una calidez cromática que uno no sabe si Moscú habría aprobado o habría mandado corregir por exceso de alegría cromática.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5589-1-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11449" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 273" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5589-1-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5589-1-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5589-1-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5589-1-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5589-1.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Plaza de la República con el Museo de Historia y Galería Nacional.</figcaption></figure>



<p>Empezamos en la <strong>Plaza de la República</strong>, el corazón monumental de la capital. Aquí se entiende la ambición de <strong>Alexander Tamanian</strong>, el arquitecto que imaginó la <strong>Ereván</strong> moderna con avenidas amplias, edificios de toba, líneas solemnes y una idea de capital que debía mirar hacia el futuro sin soltar del todo el pasado. La plaza es circular y teatral, con edificios gubernamentales, el <strong>Museo de Historia</strong> y la <strong>Galería Nacional</strong> formando una escenografía de piedra. Uno puede amar o desconfiar de estas plazas enormes, pensadas para desfiles, discursos y fotos oficiales. Pero hay que reconocerles algo: saben hacer que el individuo se sienta pequeño. Esa vieja pedagogía del poder.</p>



<p>Desde allí tomamos la calle <strong>Abovyan</strong>, dejando a la derecha la <strong>Plaza de la República</strong>, a la que regresaremos al final del recorrido. <strong>Abovyan</strong> es una de las arterias históricas de <strong>Ereván</strong>. Antes de que la ciudad moderna se ordenara con tiralíneas, aquí ya había comercio, casas señoriales, fachadas de tuff negro y rosa, balcones, cafés, instituciones culturales y ese aire de calle que ha visto pasar demasiada historia. En ella sobreviven edificios de finales del XIX y comienzos del XX, restos del viejo <strong>Ereván</strong> que no fue engullido del todo por la planificación soviética. Aparecen la iglesia de <strong>Katoghike</strong>, la más antigua conservada en el centro, la nueva iglesia de <strong>Santa Ana</strong>, antiguos cines, teatros, hoteles y edificios que mezclan neoclasicismo, art nouveau, piedra local y esa elegancia caucásica que nunca termina de ser europea ni asiática, por suerte.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5313-1200x900.jpg" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11450" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 274" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5313-1200x900.jpg 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5313-900x675.jpg 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5313-768x576.jpg 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5313-1536x1152.jpg 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5313.jpg 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Sala de Conciertos Arno Babajanyan en Abovyan St.</figcaption></figure>



<p>A mitad de <strong>Abovyan</strong> nos desviamos por una calle peatonal con esculturas contemporáneas que desemboca en la <strong>Ópera</strong>. El edificio, diseñado también por <strong>Tamanian</strong>, es uno de los grandes símbolos culturales de la ciudad. En realidad alberga dos salas: el <strong>Teatro Nacional de Ópera y Ballet Alexander Spendiaryan</strong> y la sala de conciertos <strong>Aram Khachaturian</strong>. Delante, en la plaza, presiden el conjunto las esculturas del poeta <strong>Hovhannes Tumanyan </strong>y del compositor <strong>Alexander Spendiaryan</strong>. En el entorno aparecen también los nombres que <strong>Armenia</strong> no deja caer al olvido: <strong>Sayat-Nova</strong>, poeta, músico y trovador del Cáucaso, y <strong>Aram Khachaturian</strong>, el compositor de la célebre Danza del sable, una pieza que demuestra que la música puede sonar a persecución, circo, cuchillo y resaca al mismo tiempo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5344-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11451" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 275" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5344-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5344-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5344-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5344-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5344.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Hovhannes Tumanyan, destacado poeta y escritor armenio con el edificio de la Ópera detrás.</figcaption></figure>



<p>Nos detenemos ante otra escultura: <strong>Komitas</strong>, compositor, sacerdote y musicólogo, sentado sobre el tronco de un albaricoquero seco, arrancado pero todavía aferrado a la tierra. La imagen no puede ser más armenia aunque lo intentara un comité de símbolos nacionales con presupuesto ilimitado. <strong>Komitas</strong> recopiló miles de canciones populares, rescató melodías campesinas, religiosas y tradicionales, y ayudó a convertir la música armenia en una forma consciente de identidad. <strong>Ani </strong>nos cuenta que las mujeres, al preparar yogur o pan, podían acompañar el trabajo con bailes antiguos, algunos vinculados a gestos rituales y animales. Aquí la música no era una asignatura de conservatorio. Era trabajo, fiesta, duelo, iglesia, cosecha, boda y resistencia. Armenia da mucha importancia a la música porque sabe que una canción puede sobrevivir donde un palacio cae.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5366-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11452" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 276" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5366-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5366-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5366-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5366-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5366.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Escultura de Komitas, compositor, sacerdote y musicólogo.</figcaption></figure>



<p>Caminando llegamos a la <strong>Cascada</strong>, una enorme construcción escalonada, con jardines, fuentes, terrazas, salas interiores y vistas sobre la ciudad. En su base se extiende el jardín de esculturas del <strong>Cafesjian Center for the Arts</strong>, donde aparecen obras de <strong>Botero, Jaume Plensa, Lynn Chadwick, Barry Flanagan </strong>y otros artistas contemporáneos. Allí está también la escultura de <strong>Tamanian</strong>, inclinado sobre su plano urbano, como un arquitecto condenado a vigilar eternamente si la ciudad le obedece.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5405-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11453" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 277" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5405-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5405-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5405-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5405-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5405.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Complejo la Cascada con “La mujer fumadora” del artista Fernando Botero en primer plano.</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5381-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11454" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 278" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5381-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5381-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5381-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5381-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5381.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Monumento al Arquitecto Alexander Tamanyan.</figcaption></figure>



<p>Después nos trasladamos en vehículo al monumento de <strong>Madre Armenia</strong>, en Victory Park. La estatua se levanta sobre la ciudad con espada en mano y escudo a los pies. No es una madre doméstica. Es una madre que parece decir: “venid, pero no os acerquéis demasiado”. El pedestal lo ocupó antes una estatua de Stalin. En 1967 fue sustituida por esta figura femenina que simboliza la defensa del país. Alrededor hay vehículos militares, tanques, piezas de artillería y misiles procedentes del universo soviético y de la memoria bélica armenia. No están allí para embellecer nada. Están para educar, intimidar y recordar el pasado de guerras y conflictos recientes de Armenia.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5452-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11455" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 279" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5452-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5452-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5452-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5452-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5452.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Monumento de Madre Armenia con la llama eterna en primer plano.</figcaption></figure>



<p>La llama eterna añade otra capa de solemnidad. Y para el visitante que no busque hurgar en la historia las vistas recompensaran la subida. <strong>Ereván </strong>queda abajo, extendida como una ciudad clara, rosada, viva, con sus avenidas, sus bloques, sus plazas y su tráfico haciendo de banda sonora. Justo enfrente se levanta el monte <strong>Ararat</strong>, enorme, blanco, casi insultante en su belleza. Para los armenios es mucho más que una montaña. Es símbolo nacional, memoria bíblica, paisaje íntimo y herida geográfica. Lo llevan en el corazón, en botellas de brandy, nombres de calles, cuadros, canciones, recuerdos familiares y discursos. Pero no pertenece a Armenia: está al otro lado de la frontera, en <strong>Turquía</strong>. Históricamente formó parte del mundo armenio y de la geografía espiritual de <strong>Armenia</strong>; en algunos periodos estuvo dentro de territorios vinculados a los antiguos reinos armenios y, ya en época moderna, la zona pasó por manos persas, rusas y turcas. La frontera actual quedó fijada tras el derrumbe del Imperio ruso, la guerra turco-armenia y los tratados de <strong>Moscú y Kars</strong> de 1921, cuando la Armenia soviética perdió cualquier posibilidad real de conservar el <strong>Ararat</strong>. Esa es la clase de crueldad que solo la historia sabe diseñar con verdadera precisión: una montaña puede seguir perteneciendo a un pueblo por dentro y quedar fuera de su país por fuera. Los turcos tienen la montaña. Los armenios, al menos, tienen las mejores vistas.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5442-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11456" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 280" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5442-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5442-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5442-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5442-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5442.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">La capital de Everán desde el monumento Madre Armenia con el monte Ararat al fondo.</figcaption></figure>



<p>Tras Madre Armenia visitamos el <strong>Matenadaran</strong>, uno de los grandes depósitos de manuscritos del mundo. El edificio, severo, casi de templo laico, está dedicado a <strong>Mesrop Mashtots</strong>, creador del alfabeto armenio en el siglo V. Dentro se conservan manuscritos religiosos, científicos, médicos, filosóficos, históricos, mapas, evangelios iluminados y tratados que explican hasta qué punto un pueblo puede convertir la escritura en refugio. Hay piezas monumentales, códices diminutos, textos salvados de guerras, saqueos, exilios y monasterios que un día ardieron o quedaron del lado equivocado de una frontera.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5460-1-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11469" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 281" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5460-1-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5460-1-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5460-1-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5460-1-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5460-1.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Matenadaran, con escultura dedicada a Mesrop Mashtots.</figcaption></figure>



<p>Los colores de los manuscritos tienen su propia épica. Por ejemplo, el rojo intenso podía obtenerse de la cochinilla armenia, un insecto del valle del <strong>Ararat</strong> que aparece solo en momentos concretos del año y del que se extraía un pigmento precioso, casi insolente. Rojo para iluminar la palabra. Rojo para que la página siguiera viva siglos después de muerto el escriba.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5468-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11457" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 282" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5468-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5468-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5468-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5468-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5468.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Manuscrito de los fondos del Matenadaran.</figcaption></figure>



<p>El alfabeto armenio merece capítulo aparte. Durante siglos sus letras sirvieron también como números, antes de la generalización de las cifras actuales. No existía el cero en ese sistema. Cada letra tenía valor, como si hasta contar fuera una forma de escribir patria. </p>



<p>Ani nos habla también del idioma. En Armenia la lengua no es solo comunicación; es una frontera interior. Hoy los niños estudian armenio y otros idiomas, cada vez más inglés o alemán, y menos ruso que en otras generaciones. La influencia cambia. Las lealtades también. Pero el armenio sigue siendo la casa principal. Lo demás son habitaciones añadidas.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5475-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11459" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 283" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5475-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5475-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5475-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5475-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5475.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Manuscrito en armenio perteneciente a los fondos del Matenadaran.</figcaption></figure>



<p>Paramos a comer en <strong><a href="https://www.instagram.com/grand.ost/" target="_blank" rel="noopener">Grand Ost</a></strong> un restaurante en la Plaza de la República muy recomendable. Probamos humus de garbanzos y pimientos, <strong>ghapama</strong> —calabaza asada rellena de carne—, ensaladas verdes y una magnífica ensalada de berenjena frita con cilantro. También aparece un <strong>khachapuri</strong> relleno de queso y berenjena, un guiño local al plato georgiano que acabamos de dejar atrás: diplomacia caucásica con horno y grasa, bastante más eficaz que muchas cumbres internacionales. De postre, tarta de miel y almendra, famosa en los países del antiguo orbe soviético, presentada con hielo seco y humo de fantasía. Ni tan mal.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5488-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11460" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 284" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5488-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5488-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5488-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5488-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5488.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Humus de garbanzos y pimientos.</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5497-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11461" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 285" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5497-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5497-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5497-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5497-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5497.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Ensalada de berenjena frita con cilantro.</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5506-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11462" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 286" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5506-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5506-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5506-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5506-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5506.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption"><em>Ghapama </em>o calabaza asada rellena de carne.</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="648" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-e1781299014298-1200x648.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11468" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 287" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-e1781299014298-1200x648.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-e1781299014298-900x486.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-e1781299014298-768x415.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-e1781299014298-1536x829.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-e1781299014298.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Tarta de miel.</figcaption></figure>



<p>Para bajar la comida volvemos a la <strong>Plaza de la República</strong>. La plaza cambia con la luz. De mañana impone; después de comer, con el cuerpo negociando la digestión, parece menos oficial y más humana. Allí entramos en el <strong><a href="https://historymuseum.am/en/" target="_blank" rel="noopener">Museo de Historia y en la Galería Nacional</a></strong>. El <strong>Museo de Historia de Armenia</strong> guarda una colección inmensa que recorre desde el Paleolítico hasta la <strong>Armenia</strong> contemporánea. La historia antigua aparece en objetos realmente increibles: una copa de plata del tercer milenio antes de Cristo, bloques con escritura cuneiforme del rey urartio Sarduri II, recipientes donde se bebía vino en los siglos VIII y VII antes de Cristo. En Armenia el vino no es una moda, es una costumbre antigua, arqueológica, obstinada.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5542-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11464" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 288" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5542-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5542-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5542-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5542-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5542.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Copa de plata del tercer milenio antes de Cristo.</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="846" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5556-e1781300437389-1200x846.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11465" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 289" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5556-e1781300437389-1200x846.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5556-e1781300437389-900x635.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5556-e1781300437389-768x541.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5556-e1781300437389-1536x1083.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5556-e1781300437389.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Bloque con escritura cuneiforme del rey urartio Sarduri II.</figcaption></figure>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5559-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11466" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 290" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5559-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5559-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5559-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5559-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5559.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Recipientes donde se bebía vino en los siglos VIII y VII antes de Cristo. </figcaption></figure>



<p>Recorriendo las salas del museo nacional aparece la pregunta inevitable: ¿cuál es la seña de identidad más importante para los armenios? ¿Qué hace que un pueblo siga sintiéndose arraigado a una tierra cuando la historia le ha arrancado tantas veces el suelo de debajo de los pies? Es lógico preguntárselo aquí. Armenia ha tenido más territorio del que conserva, más capitales de las que puede visitar libremente, más heridas de las que caben en un museo. Se ha debatido entre guerras, imperios, exilios y fronteras cerradas. No tiene todo lo que tuvo. Guarda lo que puede. Y lo guarda con una intensidad feroz. Entonces, ¿qué les hace seguir adelante como pueblo?</p>



<p>Se lo pregunto a <strong>Ani</strong>, nuestra guía. Iraní de nacimiento, armenia por herencia y por decisión. Llegó a <strong>Armenia </strong>siendo niña. Su abuelo, con apenas dos años, se refugió en <strong>Irán</strong> huyendo del genocidio armenio. <strong>Ani</strong> me cuenta que, estando con una beca en <strong><a href="https://geogastronomica.com/gastro-guia-de-barcelona-25-experiencias-culinarias-que-no-te-puedes-perder/">Barcelona</a></strong>, a los 27 años, alguien le preguntó de dónde era. Una pregunta sencilla, de esas que se hacen en cualquier conversación sin calcular el daño que pueden abrir. Y ella no supo qué responder. Dijo que era de <strong>Irán</strong>, pero no se sentía del todo de allí. Una parte estaba allí; otra, en <strong>Armenia</strong>. Se sintió triste. Una tristeza seca de quien descubre que su identidad no cabe en una casilla.</p>



<p>Aquel día tomó una decisión: no quería que sus hijos tuvieran que pasar por ese mismo momento. Empezó a buscar conexiones que la aferraran más a <strong>Armenia</strong>, el lugar donde había vivido más años de su corta vida y donde, de algún modo, necesitaba terminar de reconocerse. Buscó lengua, historia, música, relatos familiares, costumbres, memoria. Todo eso que los pueblos desplazados guardan como se guarda una llave de una casa que quizá ya no existe.</p>



<p>“La cultura son nuestras raíces”, dice Ani. Y no se me ocurre una respuesta más certera. Armenia es un pueblo culto hasta la médula. Se apasiona con la música, la literatura, la lengua, los manuscritos, las iglesias, los símbolos, los compositores, los poetas, los alfabetos y las montañas que ya no están dentro de sus fronteras pero siguen dentro de su pecho. Tiene una historia tan apabullante como tormentosa y un patrimonio que no exhibe como decoración, sino como prueba de vida. La cultura entera convertida en salvavidas contra el desarraigo.</p>



<p>Pero para alguien como yo, que cree en la gastronomía como una de las conexiones más profundas con la tierra de origen —ahí está, por ejemplo, el artículo “<a href="https://geogastronomica.com/cocinas-bajo-asedio-iv-cocinar-en-el-exilio/">Cocinar en el exilio</a>”, dentro de la serie Cocinas bajo asedio—, la pregunta era inevitable: ¿y la cocina? ¿No ayuda también a sujetar lo que se rompe? ¿No hay platos que funcionan como una patria portátil, como una dirección a la que volver aunque el mapa se haya vuelto hostil?</p>



<p>Y bingo.</p>



<p><strong>Ani </strong>me habla de <strong><em>Los cuarenta días de Musa Dagh</em></strong>, la novela de <strong>Franz Werfel</strong> inspirada en la resistencia armenia de 1915 en <strong>Musa Dagh</strong>, una montaña situada en la actual <strong>Turquía</strong>, cerca del <strong>Mediterráneo</strong>. El libro cuenta cómo varias aldeas armenias, ante la orden de deportación del Imperio otomano, deciden no entregarse mansamente al matadero. Suben al monte, se organizan, resisten durante semanas el asedio y acaban siendo rescatadas por barcos aliados. La novela se titula <em>Los cuarenta días</em>, aunque la resistencia histórica duró más.</p>



<p>De aquella memoria nació también una comunidad de la diáspora armenia vinculada a Musa Ler, y con ella un plato convertido en emblema: la <strong>harisa</strong>. No debe confundirse con la pasta picante magrebí de nombre parecido. La harisa armenia es otra cosa: trigo partido o machacado, carne —tradicionalmente cordero o pollo—, largas horas de cocción y paciencia suficiente para convertir la pobreza en alimento ceremonial. Es un plato espeso, humilde, nutritivo y que no impresiona en Instagram. </p>



<p><strong>Ani</strong> dice que no hay necesariamente un día único para comerlo. Pero cada vez que se prepara, especialmente entre los descendientes de <strong>Musa Dagh</strong>, vuelve la memoria del genocidio, de la resistencia y de los que sobrevivieron con poco más que trigo, carne y esa manía humana de no desaparecer. Y ahí está la respuesta, o al menos una de ellas. La identidad armenia no vive solo en los museos, ni en los manuscritos, ni en las piedras talladas, ni en el <strong>Ararat</strong> que se mira desde lejos. También vive en un plato. Como la memoria. Como la cultura. </p>



<p>Terminamos el día en la azotea del museo, con la historia de <strong>Armenia</strong> y la ciudad de <strong>Ereván</strong> bajo nuestros pies. <strong>Ereván</strong> es hoy la capital, pero antes lo fue <strong>Ani</strong>, la antigua ciudad medieval armenia situada en la actual provincia turca de <strong>Kars</strong>, junto a la frontera natural con <strong>Armenia</strong>. Ani, el mismo nombre de nuestra guía local y de dos de las técnicas de cultura del museo que nos acompañan. Hay casualidades que parecen escritas por un guionista demasiado sentimental, pero uno aprende en <strong>Armenia</strong> a no burlarse rápido de esas cosas.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5572-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11467" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 291" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5572-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5572-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5572-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5572-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5572.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /></figure>



<p>Brindamos con prosecco, fresas y trufas. Un broche final casi irreal para una jornada de piedra rosa, manuscritos, música, montaña perdida y memoria obstinada. Un detalle de la organización del viaje y un privilegio difícil de explicar sin sonar cursi, así que no lo voy a intentar demasiado. Solo diré esto: hay días en los que un país deja de ser destino y se queda dentro. Hoy, un pedazo de Armenia se ha quedado conmigo.</p>



<h2 class="wp-block-heading">Día 6 |  HRIPSIME / ECHMIADZIN / ZVARTNOSTS | 13 de junio de 2026</h2>



<p>La mañana amanece con esa luz seca de <strong>Armenia</strong> que parece tallada más que encendida, una claridad antigua que cae sobre Ereván como si la ciudad acabara de salir de una piedra. Salimos a visitar tres de los lugares sagrados más importantes del país. Dicho así suena a jornada de recogimiento, piedra venerable y mirada elevada. Pero <strong>Ereván</strong>, antes de dejarnos ir hacia la espiritualidad, nos enseña otra cosa: una fábrica de brandy, otra de cerveza, restos de fortaleza urbana y el tráfico funcionando con esa mezcla de resignación y ataque preventivo que caracteriza a muchas capitales. Espiritualidad y alcohol. Curioso binomio. Aunque, siendo honestos, bastante más frecuente en la historia de la humanidad de lo que ciertos sermones estarían dispuestos a admitir.</p>



<p>El brandy armenio merece una parada propia. No hablamos de un aguardiente cualquiera para quemar penas de sobremesa, sino de una bebida con tradición, prestigio y una industria poderosa desde el siglo XIX. En <strong>Armenia</strong> el brandy forma parte del imaginario nacional casi tanto como el Ararat: aparece en fábricas, etiquetas, brindis, visitas oficiales y conversaciones donde la identidad se mezcla con el orgullo líquido. Aquí una copa puede ser digestivo, símbolo, negocio y memoria embotellada.</p>



<p>Enfilamos la carretera y el monte <strong>Ararat</strong> no nos pierde de vista. O quizá somos nosotros los que no conseguimos apartar la mirada. A la izquierda vemos el lago de <strong>Ereván</strong>, un embalse artificial en la zona de <strong>Hrazdan</strong> que regula agua y sirve para riego, además de suavizar un poco el perfil urbano. Agua domesticada en una ciudad que siempre parece estar negociando con la piedra, el polvo, la memoria y el horizonte.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="902" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_89042013-C7D2-466B-9644-173801C94AB5-1200x902.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11494" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 292" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_89042013-C7D2-466B-9644-173801C94AB5-1200x902.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_89042013-C7D2-466B-9644-173801C94AB5-900x676.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_89042013-C7D2-466B-9644-173801C94AB5-768x577.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_89042013-C7D2-466B-9644-173801C94AB5-1536x1154.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_89042013-C7D2-466B-9644-173801C94AB5.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Catedral de Zvartnots. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>La primera parada es <strong>Zvartnots</strong>, las ruinas de una catedral del siglo VII y Patrimonio Mundial de la UNESCO. Aparece en mitad de un paisaje abierto, con el Ararat al fondo cuando el día se deja, y uno entiende enseguida que aquello no fue una iglesia cualquiera. Hoy quedan columnas, capiteles, basas, fragmentos tallados y una planta que todavía impone. Pero en su tiempo debió de ser una barbaridad arquitectónica: una estructura centralizada, con interior de cuatro ábsides y un exterior poligonal que desde lejos parecía circular. Una iglesia que quiso levantar el cielo en tres niveles, como si el arquitecto hubiera desayunado una generosa ración de ambición.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5647-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11475" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 293" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5647-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5647-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5647-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5647-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5647.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Catedral de Zvartnots. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p><strong>Valentín</strong> nos habla de las iglesias circulares y de las plantas en cruz. La cruz remite a Cristo crucificado, al eje del sacrificio, al cuerpo extendido entre cielo y tierra. El círculo, en cambio, ha sido visto muchas veces como forma perfecta: sin principio ni final, imagen de plenitud, de eternidad, de orden cósmico. En <strong>Zvartnots</strong> alguien decidió juntar geometría y fe con una audacia tremenda. No era solo construir una iglesia; era decirle al mundo que <strong>Armenia</strong> también sabía pensar la arquitectura como teología en piedra.<br>Un pequeño museo conserva piezas singulares del templo: capiteles, relieves, fragmentos decorativos, restos que ayudan a imaginar lo que ya no está. Cerca vemos un campo de albaricoques. Y aquí aparece una de esas casualidades que Armenia sirve con una sonrisa de “ya lo sabíamos”: el nombre científico del albaricoque es Prunus armeniaca, literalmente ciruelo armenio. Durante mucho tiempo se creyó que el fruto procedía de Armenia porque se cultivaba aquí desde la Antigüedad y desde aquí llegó a Occidente. Hoy el origen botánico se discute y muchos estudios lo sitúan más hacia China o Asia Central, pero el nombre quedó. <strong>Armenia</strong> perdió muchas cosas en los mapas, pero consiguió colarse en la taxonomía de una fruta. No es poco.</p>



<p>En <strong>Zvartnots</strong> también aparece, cómo no, el vino. Las excavaciones sacaron a la luz un lagar del siglo VII vinculado al complejo. Otra vez el alcohol en territorio sagrado. En <strong>Armenia</strong> esto no debería sorprendernos: la relación con el vino es antiquísima. Ahí está Areni-1, una cueva situada en el sur del país, en la región de <strong>Vayots Dzor</strong>, donde los arqueólogos hallaron una de las instalaciones vinícolas más antiguas conocidas, con unos 6.100 años de antigüedad: prensa, recipientes de fermentación, restos de uva y todo el instrumental básico para recordar que la humanidad empezó a ponerse seria con el vino mucho antes de inventar la carta de maridaje. Aquí el vino empezó como empiezan las cosas serias: con barro, uva, manos, fermentación y una necesidad humana de hablar con los dioses o con los vecinos, que a veces viene a ser lo mismo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5670-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11476" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 294" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5670-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5670-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5670-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5670-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5670.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Iglesia de Santa Hripsime. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>De nuevo nos ponemos en carretera, aunque el trayecto dura poco, lo justo para que el paisaje respire entre una piedra sagrada y la siguiente. Seguimos hacia la iglesia de <strong>Santa Hripsime</strong>, una joya del cristianismo armenio primitivo. Es del siglo VII, severa, compacta, perfecta en su equilibrio. No necesita dorados ni pirotecnia decorativa. Su fuerza está en la proporción, en la piedra, en la planta centralizada, en esa forma armenia de construir templos que parecen preparados para resistir invasiones, terremotos, herejías y turistas con poca batería. Está vinculada a <strong>Hripsime</strong>, una de las vírgenes mártires que, según la tradición, huyó de Roma y fue asesinada en Armenia antes de la conversión del reino al cristianismo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5708-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11497" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 295" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5708-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5708-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5708-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5708-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5708.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Tumba de Santa Hripsime, ubicada en la cripta de la Iglesia de Santa Hripsime. [Foto: PacoDoblas]</figcaption></figure>



<p>La religión mayoritaria del país es la de la Iglesia <strong>Apostólica Armenia</strong>, una de las iglesias cristianas orientales más antiguas. Conviene matizar lo de “ortodoxos”: los armenios pertenecen a la familia de las Iglesias ortodoxas orientales, pero no forman parte de la Iglesia ortodoxa rusa, griega o georgiana. Tienen una tradición propia, antiquísima, y se consideran apostólicos porque, según la tradición, el cristianismo llegó a Armenia en el siglo I de la mano de San Judas Tadeo y San Bartolomé, dos apóstoles que predicaron en estas tierras mucho antes de que <strong>San Gregorio el Iluminador</strong> impulsara la conversión oficial del reino en el año 301 d. C., antes incluso de que Roma legalizara el cristianismo.</p>



<p>La Iglesia armenia tampoco siguió el camino doctrinal marcado por el Concilio de Calcedonia, en el año 451, donde se formuló que Cristo tenía dos naturalezas, una humana y otra divina. Los armenios defendieron otra manera de explicarlo: en <strong>Cristo</strong> hay una única naturaleza encarnada, plenamente humana y plenamente divina, sin separar las dos como si <strong>Dios </strong>hubiera venido al mundo con doble expediente administrativo. Y luego está la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, ese prodigio teológico donde tres personas distintas son un solo Dios. Ellos intentaron explicarlo a su manera. Muchos seguimos sin entenderlo del todo. Hay otros que lo tienen claro. Esto se llama fe.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5703-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11477" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 296" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5703-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5703-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5703-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5703-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5703.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Interior de la iglesia de Santa Hripsime. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p><strong>Armenia</strong> presume, con fundamento, de haber sido el primer Estado en adoptar oficialmente el cristianismo. ¿Son religiosos los armenios? La respuesta, como casi todo aquí, no cabe en una frase. Hay fe, identidad, rito, costumbre, orgullo nacional y memoria familiar mezclados. Para muchos armenios, la Iglesia no es solo institución religiosa: es archivo, refugio, columna vertebral. Entre sus figuras más veneradas están <strong>San Gregorio el Iluminador, Santa Hripsime, Santa Gayane, San Mesrop Mashtots</strong> y esos apóstoles fundacionales, <strong>Judas Tadeo y Bartolomé</strong>, que sostienen el relato de una fe donde lengua, memoria y supervivencia han ido demasiado juntas como para separarlas limpiamente.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5748-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11478" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 297" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5748-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5748-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5748-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5748-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5748.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption"> Cúpula del atrio de entrada de Santa Hripsime. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Y esto no es todo. Después llegamos a<strong> Echmiadzín</strong>, la sede espiritual de la Iglesia Apostólica Armenia, algo así como el <strong>Estado Vaticano de Armenia</strong>: centro religioso, administrativo y simbólico de un país donde la fe ha funcionado durante siglos como columna vertebral de la identidad nacional. La catedral, fundada según la tradición entre 301 y 303, es considerada una de las más antiguas del mundo cristiano y el corazón religioso del país. Entramos en la iglesia, de interior recogido, oscuro, solemne, con esa penumbra antigua que no necesita grandes efectos para imponer respeto. La piedra, los iconos, las lámparas, el olor a cera y la verticalidad del espacio parecen recordar que aquí la fe no se explica demasiado: se respira, se mira y, en ocasiones, se obedece.</p>



<figure class="wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-45 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex">
<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" data-id="11479" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5743-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11479" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 298" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5743-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5743-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5743-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5743-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5743.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Histórica Catedral de Echmiadzin. </figcaption></figure>
</figure>



<p>Luego, sentados <strong>Valentín</strong> y yo en un banco a la sombra, con la catedral justo enfrente, acabamos disertando —porque para eso también se viaja, para hablar de lo que uno no termina de entender— sobre la aparición que da sentido al lugar. Según la tradición, <strong>San Gregorio el Iluminador</strong> tuvo una visión en la que Cristo descendía del cielo y señalaba el punto donde debía levantarse la iglesia. De ahí el nombre de <strong>Echmiadzín</strong>, que suele traducirse como “el lugar donde descendió el Unigénito”. Es inevitable pensar en <strong><a href="https://geogastronomica.com/unesco-zaragoza-ciudad-creativa-gastronomia/">Zaragoza</a></strong>: allí, según la tradición, la Virgen se apareció a orillas del Ebro, en el lugar donde hoy se levanta la <strong>Basílica del Pilar</strong>; aquí, en <strong>Armenia</strong>, el relato habla de <strong>Cristo </strong>descendiendo sobre esta tierra para marcar el corazón espiritual del país. Cambian el río, la piedra y el paisaje, pero permanece esa vieja necesidad humana de señalar un punto exacto del mundo y decir: aquí ocurrió algo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="838" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_F4D726D5-877A-4082-93B3-504A214B855A-1-e1781388287927-1200x838.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11483" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 299" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_F4D726D5-877A-4082-93B3-504A214B855A-1-e1781388287927-1200x838.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_F4D726D5-877A-4082-93B3-504A214B855A-1-e1781388287927-900x628.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_F4D726D5-877A-4082-93B3-504A214B855A-1-e1781388287927-768x536.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_F4D726D5-877A-4082-93B3-504A214B855A-1-e1781388287927-1536x1072.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_F4D726D5-877A-4082-93B3-504A214B855A-1-e1781388287927.webp 1597w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Interior de la Catedral de Echmiadzin. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>El complejo no es solo una iglesia: es residencia del <strong>Catholicos</strong>, centro administrativo, museo, seminario, jardines, patios y memoria organizada. En su museo se conservan reliquias de enorme valor para la tradición armenia, entre ellas la <strong>Santa Lanza o Geghard</strong>, reliquias de santos, objetos litúrgicos y fragmentos atribuidos a la <strong>Cruz de Cristo o incluso al Arca de Noé</strong>. Uno puede creer, dudar o mirar con escepticismo educado, pero sería torpe no entender lo que significan estas piezas para Armenia: no son simples objetos antiguos, sino pruebas materiales de una memoria espiritual que el país ha defendido con uñas, piedra y siglos.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5768-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11480" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 300" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5768-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5768-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5768-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5768-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5768.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Relicario que se cree que contiene un fragmento de madera del Arca de Noé. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>En el complejo hay también una capilla destinada a celebraciones religiosas, y la suerte —esa guía turística bastante más eficaz que muchos folletos— quiere que nos encontremos con algo que no esperábamos: un bautizo. Un rito íntimo, casi doméstico, para unos pocos familiares y amigos. Todos permanecen de pie en una esquina del templo moderno, alrededor de una pila bautismal sencilla, modesta, sin aparato escenográfico. La protagonista es una mujer joven, más cerca de los treinta que de los veinte. En la Iglesia armenia el bautismo incorpora también la confirmación y la primera comunión, de modo que no es un trámite, es una entrada completa en la vida sacramental. La Iglesia recomienda bautizar cuanto antes, pero no es raro encontrar adultos que lo hacen tarde. Durante la época soviética muchos bautizos se celebraban en secreto, a veces en casas, lejos de la vigilancia de un sistema oficialmente ateo que desconfiaba de cualquier lealtad no registrada por el partido. Tras la caída de la URSS, muchos recuperaron ritos pendientes. Ani nos cuenta además una costumbre curiosa: después de comulgar, durante tres días no conviene bañarse; y cuando uno lo hace, el agua se tira fuera de casa.</p>



<p>Con <strong>Echmiadzín</strong> cerramos, por hoy, nuestras visitas sagradas. Han sido tres paradas de piedra, fe y relato fundacional: Zvartnots, Hripsime y la sede espiritual de la Iglesia Apostólica Armenia. Tres formas distintas de entender que en este país la religión no vive encerrada en los templos, sino mezclada con la lengua, la memoria, la política, el paisaje y hasta las heridas familiares. Después de tanta catedral, reliquia, bautizo y cruz tallada, el cuerpo empieza a reclamar una espiritualidad algo más terrenal. Armenia, que no suele desaprovechar una buena transición, nos lleva entonces hacia el vino.</p>



<p>Hacemos un alto para visitar <strong><a href="https://www.armeniawine.am/en" target="_blank" rel="noopener">Armenia Wine</a></strong>, una de las bodegas más grandes y modernas del país. Su historia nace del impulso de las familias Vardanyan y Mkrtchyan, que empezaron con viñedos en 2006 y levantaron la bodega en 2008, en la región de Aragatsotn. Es un proyecto que mezcla orgullo nacional, tecnología moderna y la voluntad de decirle al mundo que Armenia no solo hace buen brandy: también hace vino serio.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5807-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11485" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 301" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5807-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5807-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5807-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5807-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5807.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Interior bodega Armenia Wine. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Conviene aclararlo: aquí no estamos en <strong>Georgia</strong>. No se habla de qvevri, esa gran vasija enterrada que vimos como emblema georgiano. En <strong>Armenia</strong> existe otra tradición de recipientes de barro, los karas, pero el vocabulario, el rito y el relato son distintos. El <strong>Cáucaso</strong> se parece a sí mismo, sí, pero no conviene meterlo todo en la misma olla turística.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5829-2-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11486" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 302" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5829-2-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5829-2-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5829-2-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5829-2-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5829-2.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption"> Sala de envejecimiento de brandy. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Entramos en una gran sala con cientos de barricas. Suena música clásica de Aram Khachaturian. Nos dicen que la música influye bien en los vinos. La idea se ha repetido en bodegas de medio mundo: vibraciones, levaduras más felices, líquidos más armónicos, barricas con oído fino. Se cita a menudo a <strong>Masaru Emoto</strong> y sus experimentos sobre el agua. Que el sonido produce vibraciones físicas está demostrado. Que <strong>Beethoven</strong> convierta un vino mediocre en una obra maestra, ya es otra religión. Pero la escena funciona. Barricas, penumbra, Khachaturian y una copa en la mano.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5834-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11487" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 303" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5834-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5834-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5834-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5834-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5834.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption"> Compositor armenio Aram Khachaturian. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Catamos tres vinos. Primero, un espumoso Yerevan Brut, con uvas Kangun y Rkatsiteli, fresco, cítrico, amable. Después, un blanco seco Yerevan 782 BC, también con Kangun y Rkatsiteli, nombre que recuerda la fundación de Erebuni, origen antiguo de Ereván. Finalmente, un tinto seco Yerevan 782 BC de Areni y Karmrahyut. Areni es una de las grandes uvas tintas armenias, elegante, con acidez y memoria de altura. Karmrahyut aporta color, estructura y cierta intensidad.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5843-2-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11488" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 304" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5843-2-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5843-2-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5843-2-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5843-2-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5843-2.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption"> Vinos de Armenian Wine. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Comemos en la misma bodega, en el espacio donde elaboran el brandy. Otra vez el alcohol como arquitectura, como industria, como liturgia paralela. Llegan ensaladas variadas, surtidos de quesos y frutos secos, y después khorovats, la barbacoa armenia: carnes a la brasa, berenjena, pimiento rojo, patatas, humo, grasa y esa verdad elemental de cualquier fuego bien usado.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5859-2-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11489" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 305" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5859-2-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5859-2-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5859-2-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5859-2-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5859-2.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption"> Khorovats, la barbacoa armenia. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>De postre, pajlava, pariente armenio del baklava: capas finas de masa, frutos secos, azúcar o miel, mantequilla y esa capacidad de dejar los dedos pegajosos y el alma en paz. Ani lo vincula con la región de Nagorno Karabaj, otro nombre que en Armenia nunca aparece del todo limpio de dolor. Uno mastica dulce y, como ocurre tantas veces en este viaje, la historia se sienta a tu lado.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5862-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11490" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 306" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5862-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5862-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5862-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5862-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5862.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Postre dulce pajlava. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<p>Y cuando el día parecía ya cerrado, Armenia nos guarda una última escena. Volvemos de nuevo al museo, esta vez no como simples visitantes, sino invitados a una recepción con autoridades turísticas armenias, que agradecen nuestra visita al país y el interés por contar Armenia desde dentro. El gesto tiene algo de cortesía oficial pero también de declaración de intenciones. Armenia lleva años haciendo un esfuerzo notable por consolidar una oferta turística propia, capaz de mirar más allá de la postal rápida y enseñar un país complejo, culto, antiguo y profundamente vivo. Brindamos allí, entre palabras de bienvenida y esa cálida hospitalidad armenia. Terminamos la jornada con la sensación de haber recorrido algo más que un itinerario: un país que quiere ser visitado, pero también comprendido. Y eso, en estos tiempos de turismo ansioso y mirada distraída, no es sencillo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5876-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11491" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 307" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5876-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5876-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5876-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5876-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5876.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption"> Plaza de la República de Erevan. [Foto: Paco Doblas]</figcaption></figure>



<h2 class="wp-block-heading">Día 7 |  KHOR VIRAP / GARNI / GEGHARD | 14 de junio de 2026</h2>



<p>El último día de viaje en <strong>Armenia </strong>empieza con una de esas promesas que parecen diseñadas por alguien con buen sentido narrativo: piedra, pan, monasterios, música medieval y el monte Ararat esperando al final como una aparición. No hay mejor cierre posible para un libro de viaje que comenzó en Georgia, entre brindis, vino enterrado y ciudades calientes, y termina aquí, en este país pequeño, áspero, culto y obstinado que ha aprendido a mir ar de frente lo que le falta.</p>



<p>Nos introducimos en la región de <strong>Kotayk</strong> y bajamos hacia el desfiladero de <strong>Garni</strong> en todoterrenos, alguno de la época soviética. El vehículo ya es parte de la experiencia: hierro con ruedas, suspensión de castigo, olor a pasado funcional y esa sensación de que si el mundo se acaba, probablemente uno de estos cacharros seguirá bajando por una pista de montaña con viajeros dentro y un conductor fumando sin pestañear.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5901-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11504" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 308" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5901-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5901-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5901-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5901-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5901.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Impresionante pared de columnas de basalto. </figcaption></figure>



<p>El desfiladero de <strong>Garni</strong> aparece después como una lección de geología. Lo llaman <strong>la Sinfonía de las Rocas</strong> o <strong>Sinfonía de las Piedras</strong>, un monumento natural situado en el cañón de <strong>Garni</strong>, donde las paredes se llenan de columnas de basalto geométricas, verticales, casi imposibles. Parecen tubos de órgano, lanzas petrificadas, arquitectura hecha por un dios obsesionado con la simetría. Algo parecido ocurre en la <strong>Calzada del Gigante</strong>, en <strong><a href="https://geogastronomica.com/destinos/irlanda/">Irlanda del Norte</a></strong>, aunque allí el Atlántico pone el decorado y aquí lo pone Armenia con su habitual gusto por la piedra severa.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5921-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11506" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 309" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5921-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5921-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5921-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5921-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5921.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Columnas de basalto vistas desde abajo. </figcaption></figure>



<p><strong>Antonio Rojo</strong>, profesor de Ciencia de los Materiales, nos acompaña en el viaje y eso, para cualquier viajero mínimamente curioso, es un lujo. Hay lugares que uno mira y admira; y luego están los lugares que alguien te ayuda a leer por dentro. Él lo explica mejor que yo y con menos tendencia a insultar al paisaje: el basalto procede de antiguas coladas de lava que se enfriaron lentamente. Al contraerse, la roca se fracturó siguiendo patrones regulares, muchas veces hexagonales, porque la naturaleza, cuando se pone geométrica, deja en ridículo a cualquier arquitecto con ínfulas. Después, el agua, el viento y el tiempo hicieron el trabajo de limpieza. Millones de años de paciencia para que ahora lleguemos nosotros, saquemos el móvil y resumamos la historia geológica del planeta con un “qué fuerte”.</p>



<p>Las columnas llevan ahí una eternidad. Han visto pasar lluvias, terremotos, imperios, guerras y generaciones enteras de armenios. Permanecen verticales, solemnes, ocupando el espacio sin alterarse ni inmutarse por lo que ocurra a su alrededor. Tienen algo de esas criaturas contemporáneas que también ocupan el espacio con vocación monumental, buscando durante toda una eternidad el encuadre perfecto, el ángulo bueno y el flequillo en su sitio ocupando un espacio que nos pertenece a todos. Mientras ellos sueñan con la fama en el “insta” el resto de los mortales intentamos simplemente hacer una fotografía y seguir nuestro camino. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5938-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11507" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 310" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5938-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5938-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5938-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5938-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_5938.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Desfiladero de Garni.</figcaption></figure>



<p>Después subimos al <strong>templo grecorromano de Garni</strong>, uno de esos lugares que desconciertan porque parecen haber caído desde otra civilización. En un país que presume de cristianismo primitivo, de iglesias oscuras y de cruces talladas, <strong>Garni</strong> levanta sus columnas clásicas con una elegancia pagana bastante descarada. Fue construido en el siglo I, vinculado tradicionalmente al culto solar de Mitra, y reconstruido en el siglo XX después de haber caído por un terremoto en 1679. Su silueta tiene algo de declaración: antes de la Armenia cristiana hubo otra Armenia, abierta a influencias helenísticas, romanas, persas, locales. Un país nunca empieza donde a los manuales les conviene.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="902" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_B1C68663-0595-4476-8899-607C0197EC48-1200x902.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11508" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 311" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_B1C68663-0595-4476-8899-607C0197EC48-1200x902.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_B1C68663-0595-4476-8899-607C0197EC48-900x676.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_B1C68663-0595-4476-8899-607C0197EC48-768x577.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_B1C68663-0595-4476-8899-607C0197EC48-1536x1154.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_B1C68663-0595-4476-8899-607C0197EC48.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption"> Templo grecorromano de Garni.</figcaption></figure>



<p>Ani nos habla de <strong>Vardavar</strong>, una fiesta armenia que hoy se celebra vinculada a la Transfiguración de Cristo, aunque tiene raíces precristianas asociadas al agua, la fertilidad y la diosa Astghik. La versión popular es mucho más sencilla: la gente se tira agua por la calle. Jóvenes, niños, mayores, turistas incautos. Todo el mundo puede acabar empapado. Hay fiestas religiosas que se celebran con incienso y solemnidad.<strong> Armenia</strong>, el 12 de julio, prefiere recordarte que nadie está a salvo de un cubo de agua bien dirigido.</p>



<p>En el pueblo de <strong>Garni </strong>asistimos después a la elaboración del <strong>lavash</strong>, el pan armenio inscrito en 2014 en la <strong><a href="https://geogastronomica.com/pan-plano-caucaso-asia-central-unesco/">Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO</a></strong>. El <strong>lavash </strong>no es solo pan plano. Es técnica, casa, horno, familia, comunidad. Se estira la masa hasta dejarla fina como una tela, se golpea contra la pared caliente del tonir y en pocos segundos aparece esa lámina flexible que servirá para envolver, acompañar, alimentar y sostener media cocina armenia. Hay panes que son guarnición. El lavash es idioma.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6012-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11509" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 312" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6012-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6012-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6012-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6012-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6012.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Dos mujeres elaboran el pan lavash.</figcaption></figure>



<p>El almuerzo llega en el mismo lugar. No falta el lavash, que usamos para envolver queso, ajos frescos, cilantro y pimiento. Comer con lavash tiene algo de gesto primitivo y perfecto: tomar, envolver, morder. Sin arquitectura absurda, sin pinzas, sin vajillas que parezcan diseñadas por un enemigo del hambre. El plato fuerte es esturión a la brasa, con patatas asadas. Y para regar el menú llega la sorpresa: vino de granada. Suave, con algo de cuerpo y trasfondo dulce. Rico.  La granada es uno de los frutos emblemáticos de Armenia y de buena parte de Asia Central, símbolo de fertilidad, abundancia, sangre, vida y belleza. También funciona bastante bien en una copa, que es otra forma de patrimonio inmaterial no reconocida todavía por la UNESCO, pero todo se andará.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6056-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11510" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 313" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6056-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6056-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6056-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6056-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6056.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Plato de esturión a la brasa.</figcaption></figure>



<p>Continuamos hacia el <strong>monasterio de Geghard</strong>, joya arquitectónica y espiritual del valle del río Azat. El lugar pertenece al Patrimonio Mundial de la UNESCO y se entiende nada más llegar: no parece construido en la montaña, sino arrancado de ella. Parte del conjunto está excavado directamente en la roca. Piedra sobre piedra, piedra dentro de piedra, piedra convertida en iglesia, tumba, acústica y sombra. El nombre Geghard significa “lanza” y remite a la reliquia de la Santa Lanza, que según la tradición atravesó el costado de Cristo y estuvo vinculada al monasterio durante siglos.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6133-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11513" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 314" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6133-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6133-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6133-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6133-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6133.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Capilla del monasterio de Geghard.</figcaption></figure>



<p>Dentro disfrutamos de un breve concierto vocal de música medieval. Quince minutos bastan. Las voces se elevan en aquel espacio de roca con una limpieza que desarma. La acústica no acompaña: manda. Uno entiende entonces por qué tantas religiones han usado la música para convencer al alma antes de que la razón pudiera defenderse. En Geghard, la voz humana parece menos humana. Sale de gargantas normales, sí, pero la piedra la transforma en otra cosa. En una advertencia. En una caricia. En una puerta. Probablemente el momento de mayor recogimiento del viaje.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6085-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11511" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 315" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6085-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6085-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6085-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6085-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6085.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Concierto vocal de música medieval armenia en Geghard.</figcaption></figure>



<p>Más tarde salimos hacia <strong>Khor Virap</strong>, el monasterio desde donde se contempla una de las vistas más impresionantes del monte Ararat. Mientras nos acercamos, Valentín lee el Antiguo Testamento, el pasaje del Génesis en el que Dios ordena a Noé construir un arca ante el diluvio universal. El mundo se ha corrompido, las aguas cubrirán la tierra, Noé debe salvar a su familia y a los animales. Después vendrán la lluvia, la espera, la paloma, la rama de olivo y el pacto. Según la tradición bíblica, el arca acabó reposando “sobre los montes de Ararat”. No dice exactamente “en la cima del Ararat” como si fuera una postal con ubicación GPS, pero la imaginación religiosa hizo su trabajo y el monte quedó unido para siempre al relato.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-1-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11517" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 316" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-1-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-1-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-1-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-1-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-1.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Espectacular vista del monasterio de Geghard con el monte Ararat al fondo.</figcaption></figure>



<p>Conviene recordar, además, que las historias de diluvios son anteriores a la Biblia. En <strong><a href="https://geogastronomica.com/mesopotamia-irak-libro-de-viaje/">Mesopotamia </a></strong>ya aparecían relatos semejantes mucho antes, en textos como la epopeya de Gilgamesh y el mito de Atrahasis. Cambian nombres, dioses y detalles, pero permanece la misma obsesión humana: el agua que lo destruye todo, un elegido que sobrevive, una embarcación, animales, barro, miedo y comienzo de nuevo. La humanidad lleva milenios contándose que el mundo puede hundirse y que, aun así, alguien debe guardar una semilla.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="902" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_56996518-CC28-4846-9AB3-5E76F009A1E9-1200x902.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11519" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 317" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_56996518-CC28-4846-9AB3-5E76F009A1E9-1200x902.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_56996518-CC28-4846-9AB3-5E76F009A1E9-900x676.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_56996518-CC28-4846-9AB3-5E76F009A1E9-768x577.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_56996518-CC28-4846-9AB3-5E76F009A1E9-1536x1154.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/copy_56996518-CC28-4846-9AB3-5E76F009A1E9.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Monasterio de Geghard.</figcaption></figure>



<p>El monte <strong>Ararat</strong> aparece entonces como una presencia enorme, blanca, volcánica, casi irreal. En realidad son dos conos: el Gran Ararat, de más de 5.100 metros, y el <strong>Pequeño Ararat</strong>. Es un macizo volcánico situado hoy en Turquía, muy cerca de la frontera armenia. Y ahí está la herida. Para los armenios, el Ararat no es solo montaña bíblica. Es símbolo nacional, horizonte íntimo, emblema del país que fue y del país que no puede tocar. Ha formado parte de la geografía espiritual armenia durante siglos, pero las fronteras modernas lo dejaron fuera de Armenia. Después de la guerra turco-armenia y de los tratados de Moscú y Kars de 1921, quedó definitivamente del lado turco. Los mapas son así: a veces dibujan una línea y dejan un corazón al otro lado.</p>



<p><strong>Khor Virap</strong> significa “pozo profundo”. El monasterio está ligado a <strong>San Gregorio el Iluminador</strong>, encerrado allí durante años por el rey Tiridates III antes de la conversión de Armenia al cristianismo. Pero el lugar tiene otra capa decisiva: aquí, en esta zona de la llanura del Ararat, estuvo <strong>Artashat</strong>, una de las capitales más antiguas de <strong>Armenia</strong>, fundada en el siglo II a. C. Antes de ser monasterio, antes de ser postal sagrada con el <strong>Ararat</strong> al fondo, este territorio ya era poder, frontera, ciudad y prisión real. Según la tradición, <strong>Gregorio</strong> sobrevivió en aquella celda subterránea hasta que fue liberado y terminó impulsando la cristianización oficial del reino. Desde entonces<strong> Khor Virap</strong> se convirtió en lugar de peregrinación para los armenios, aunque durante la época soviética la visita religiosa y el culto estuvieron prohibidos o severamente restringidos, como casi todo lo que oliera a fe no autorizada por el partido. Dicho de otro modo, y perdonadme la metáfora, Armenia situó uno de sus nacimientos espirituales en una cárcel. </p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6158-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11520" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 318" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6158-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6158-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6158-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6158-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/IMG_6158.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Iglesia de la Santa Madre de Dios en el monasterio de Khor Virap.</figcaption></figure>



<p>Desde <strong>Khor Virap</strong> miramos el <strong>Ararat</strong>. El monasterio queda delante, la llanura se extiende, la frontera está cerca y la montaña se levanta al fondo como una presencia demasiado bella para ser neutral. No podría haber un cierre más emblemático para este libro de viaje. Nos despedimos de Armenia frente al monte que no posee, pero lleva dentro. Un país pequeño, con fronteras cerradas, cicatrices abiertas y una capacidad maravillosa para convertir pérdida en cultura, piedra en fe, pan en memoria y montaña ajena en símbolo propio.</p>



<p>Regresamos a <strong>Ereván</strong> para pasar nuestras últimas horas antes de tomar un vuelo de madrugada. Y cuando ya parecía que el viaje había agotado sus giros de guion, aparece una transición inesperada hacia España. Mi amigo <strong>Antonio Palacio</strong>, chef y cortador de jamón profesional, me cuenta  que cerca del hotel hay un establecimiento donde sirven jamón serrano al corte, como en casa, y cerveza Ámbar, la cerveza de Zaragoza. Fuimos, claro. Hay consejos que uno no puede ignorar sin traicionarse.</p>



<p>Allí conocemos a <strong>Karen</strong>, un excelente anfitrión, armenio y enamorado de <strong>Zaragoza</strong>, su cerveza y el jamón español. Su historia la contaremos cuando tengamos todos los detalles, porque merece espacio propio. Pero la escena, por sí sola, ya funciona como epílogo provisional: después de días entre Georgia y Armenia, entre qvevri, lavash, brandy, monasterios, volcanes, manuscritos, santos, reyes, fronteras y mitos, terminamos en <strong>Ereván</strong> comiendo jamón ibérico, una especie de cecina local, mortadela italiana y un pan de cristal maravilloso, parecido a la focaccia pero más aireado, más crujiente, con aceite de oliva y tomate. Aquello no era exactamente volver a casa. Era tocar el cielo con los dedos manchados de aceite. Y, para completar el milagro, cerveza Ámbar, la cerveza de Zaragoza, servida en la capital de Armenia. El mundo cuando quiere te seduce sin compasión.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-4-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11522" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 319" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-4-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-4-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-4-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-4-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-4.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">Bocateria Ambar en Yeverán.</figcaption></figure>



<p>Cerramos así el viaje. Empezamos en <strong>Georgia</strong>, donde la hospitalidad se sirve en copas largas y brindis interminables. Terminamos en <strong>Armenia</strong>, donde la memoria se talla en piedra y se mira desde lejos hacia una montaña perdida. Entre ambos países queda el Cáucaso: áspero, bello, contradictorio, antiguo, excesivo. Un territorio donde la comida nunca es solo comida, el vino nunca es solo vino y una carretera puede llevarte, en pocas horas, de una cueva medieval a un templo pagano, de una parrilla de esturión a una frontera cerrada, de una canción georgiana a una cerveza de <strong>Zaragoza</strong>.</p>



<p>Nos vamos de madrugada. Pero algo se queda. Se quedan las carreteras, el vino, el lavash, las piedras negras de los monasterios, el Ararat al otro lado de la frontera y, sobre todo, las personas que nos ayudaron a leer estos países sin quedarnos en la superficie. <strong>Tamara, en Georgia, y Ani, en Armenia</strong>, dos mujeres enamoradas de su tierra, orgullosas de su cultura, capaces de emocionarse mientras explican una iglesia, una palabra, una canción, una herida o una receta. Hay guías que cumplen un itinerario y guías que abren un país por dentro. Ellas pertenecen a esa segunda estirpe, la de quienes no enseñan monumentos: comparten una parte de sí mismas. Me recuerdan a otros guías de nuestras expediciones, como Bin, que nos acompañó por la <strong><a href="https://geogastronomica.com/la-ruta-de-la-seda-libro-de-viaje/">Ruta de la Seda china</a></strong>, o quienes nos ayudaron a recorrer <strong>Irak</strong> desde dentro. Personas que no se limitan a traducir un territorio, sino que lo vuelven comprensible, cercano y vivo. Quizá sea eso lo que define un gran viaje: no termina cuando despega el avión. Sigue fermentando dentro, como el vino, como el pan que se guarda envuelto, como una historia antigua que aún no ha terminado de decir lo suyo.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="900" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-2-1200x900.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-11521" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 320" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-2-1200x900.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-2-900x675.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-2-768x576.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-2-1536x1152.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/06/Eliminar-personas-2.webp 1600w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /><figcaption class="wp-element-caption">La ciudad de Yeverán con el monte Ararat al fondo.</figcaption></figure>



<h2 class="wp-block-heading">NEWSLETTER</h2>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1200" height="341" src="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/03/Untitled-image-2026-03-25T133212.029-1200x341.webp" alt="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje" class="wp-image-10324" title="Imagen de Georgia y Armenia: Libro de viaje 321" srcset="https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/03/Untitled-image-2026-03-25T133212.029-1200x341.webp 1200w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/03/Untitled-image-2026-03-25T133212.029-900x256.webp 900w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/03/Untitled-image-2026-03-25T133212.029-768x218.webp 768w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/03/Untitled-image-2026-03-25T133212.029-1536x437.webp 1536w, https://geogastronomica.com/wp-content/uploads/2026/03/Untitled-image-2026-03-25T133212.029.webp 1920w" sizes="auto, (max-width: 1200px) 100vw, 1200px" /></figure>



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<p>Este artículo fue publicado originalmente en <a href="https://geogastronomica.com/">GEOgastronómica</a>. Lea el <a href="https://geogastronomica.com/georgia-y-armenia-libro-de-viaje/">original</a>.</p></div>
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