Treinta años de dieta mediterránea: la ciencia la avala, pero España suspende
El experto, Ángel Martínez-González, advierte del abandono de la dieta mediterránea y del avance de los ultraprocesados.
Índice
Conferencia
Conferencia de Miguel Ángel Martínez-González, médico epidemiólogo, catedrático de Salud Pública en la Universidad de Navarra y catedrático adjunto de Nutrición en la Escuela de Salud Pública Chan Tseng-hsi de Harvard. La charla se enmarca en la reflexión sobre la dieta mediterránea como modelo avalado por la ciencia y estrechamente vinculado a sistemas agroalimentarios sostenibles. Basada en productos frescos y de proximidad, cadenas cortas de suministro, mercados locales y una gastronomía tradicional rica y diversa, la dieta mediterránea conecta salud humana, territorio, cultura alimentaria y economía local.
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Título: La dieta mediterránea: una aventura de 30 años de investigación que sigue afrontando nuevos retos
Ponente: Miguel Ángel Martínez-González
Fecha: 13 de mayo de 2026, 09:30 h CET
Lugar: Salón de Actos del CIHEAM Zaragoza, Av. Montañana 1005, Zaragoza
PODCAST #23: Treinta años de dieta mediterránea: la ciencia la avala, pero España suspende
Liderazgo mundial de España en investigación
Miguel Ángel Martínez-González, uno de los grandes investigadores internacionales en nutrición preventiva, defiende en Zaragoza que la dieta mediterránea es hoy el patrón alimentario con mayor respaldo científico, aunque todavía quedan retos decisivos: metabolómica, longevidad, obesidad, síndrome metabólico y el debate sobre el vino.
La dieta mediterránea ha dejado de ser una postal amable del sur de Europa para convertirse en una de las grandes historias científicas de la nutrición moderna. Aceite de oliva, fruta, verdura, legumbres, frutos secos, pescado, cocina doméstica, mercados locales y productos poco procesados han pasado de formar parte de una cultura alimentaria tradicional a ocupar el centro de algunos de los ensayos clínicos más relevantes en medicina preventiva.
Treinta años después, el balance es contundente. La dieta mediterránea, especialmente cuando es rica en aceite de oliva virgen extra, se considera hoy el modelo mejor sustentado por la evidencia científica para prevenir enfermedad cardiovascular y para abordar un abanico cada vez más amplio de enfermedades crónicas relacionadas con la inflamación, el metabolismo y los procesos de envejecimiento.
“Es más sorprendente todo lo que se ha demostrado acerca de la dieta mediterránea, aunque todavía quedan muchas cosas por encontrar y por investigar”, explica a GeoGastronómica Miguel Ángel Martínez-González, médico epidemiólogo, catedrático de Salud Pública en la Universidad de Navarra y catedrático adjunto de Nutrición en la Escuela de Salud Pública T. H. Chan de Harvard.
Su diagnóstico es claro: España ha tenido un papel determinante en esta historia. “España ha tenido un liderazgo mundial en la investigación con unos métodos muy avanzados. Esto ha dado la vuelta al mundo y ahora se considera que el paradigma de dieta sana y saludable con las mejores evidencias científicas es la dieta mediterránea”.
España ha tenido un liderazgo mundial en la investigación con unos métodos muy avanzados.”
De la tradición a la gran evidencia científica
El crecimiento de la investigación sobre dieta mediterránea ha sido espectacular. Entre 1994 y 2024, el número total de artículos publicados anualmente en PubMed, la gran base de datos de publicaciones médicas, se multiplicó por 3,72. En cambio, los artículos sobre dieta mediterránea o aceite de oliva se multiplicaron por 13,3 y alcanzaron casi 15.000 publicaciones solo en 2024.
No se trata solo de volumen académico. Lo que distingue a la dieta mediterránea frente a otros patrones saludables es que cuenta con ensayos aleatorizados de primer nivel. Entre ellos, los estudios Lyon Heart y CORDIOPREV, centrados en prevención cardiovascular secundaria, y PREDIMED, el gran ensayo español de prevención primaria.
Ese conjunto de pruebas ha situado a la dieta mediterránea en una posición singular: ya no hablamos únicamente de observaciones poblacionales o intuiciones culturales, sino de intervenciones nutricionales capaces de medir efectos reales sobre la salud.

PREDIMED, el ensayo que cambió la conversación
Para Martínez-González, el punto de inflexión tiene nombre propio: PREDIMED, acrónimo de Prevención con Dieta Mediterránea. “El avance más importante realizado hasta la fecha es PREDIMED. Sin duda, es un consenso universal entre todos los científicos”, afirma. El investigador recuerda que tuvo “el honor” de presentarlo en 2013 en Estados Unidos. El proyecto fue iniciativa del doctor Ramón Estruch y a Martínez-González le correspondió coordinar la red de investigadores entre 2006 y 2013.
La magnitud del ensayo explica su impacto. “Hicimos una intervención sobre 7.747 participantes a los que cada tres meses una nutricionista les iba cambiando sus hábitos alimentarios. Se vieron reducciones del 28% con dieta mediterránea y frutos secos y del 31% con dieta mediterránea y aceite de oliva virgen extra en los eventos cardiovasculares. No se han hecho estudios de esa envergadura”. Ese dato resume la fuerza de PREDIMED: no se limitó a recomendar comer mejor de forma genérica, sino que intervino de manera sostenida sobre la dieta de miles de personas y midió sus consecuencias clínicas.
Qué es —y qué no es— la dieta mediterránea
Uno de los grandes problemas actuales es que la expresión “dieta mediterránea” se ha utilizado tanto que corre el riesgo de vaciarse de contenido. No todo lo que suena a mediterráneo lo es. No basta con añadir aceite de oliva a cualquier comida ni con servir un plato en una terraza frente al mar. Martínez-González marca una frontera nítida. La dieta mediterránea no tiene nada que ver con el avance de los ultraprocesados que llenan los supermercados con las carnes ultraprocesadas, bebidas azucaradas, refrescos, bollería industrial, galletas o productos diseñados para estimular el consumo continuo. “Están haciendo mucho daño”, advierte, y cita su relación con el cáncer colorrectal, diabetes en personas cada vez más jóvenes, obesidad infantil y adolescente.
Su definición positiva es mucho más concreta: “La dieta mediterránea son alimentos no procesados o mínimamente procesados”. En la práctica, eso significa tres piezas de fruta al día, dos raciones de verdura —una de ellas en ensalada—, aceite de oliva virgen extra, frutos secos, legumbres y una preferencia clara por el pescado frente a la carne. También implica reducir carnes rojas, carnes procesadas y embutidos. “De los embutidos se salva el jamón serrano de verdad, y esto está investigado”, puntualiza.
La clave, por tanto, no está en una imagen folclórica del Mediterráneo, sino en una estructura alimentaria reconocible: producto vegetal abundante, grasa saludable, cocina sencilla, baja presencia de ultraprocesados y una relación directa con los alimentos reales.
España tiene la dieta mediterránea cerca, pero no siempre la sigue
La paradoja es evidente. España es uno de los países que más fácilmente podría seguir este patrón alimentario. Tiene aceite de oliva, huerta, pescado, legumbres, fruta, mercados, cocina regional y memoria culinaria. Sin embargo, la disponibilidad no garantiza la adherencia. Preguntado por si los españoles somos conscientes de ese patrimonio alimentario, Martínez-González responde sin rodeos: “Suspendemos”.
“El estudio más serio poblacional se ha hecho en la Universidad Autónoma de Madrid. En España suspendemos en la aplicación de la dieta mediterránea. En la mitad de los españoles, el consumo de aceite de oliva virgen extra no llega a ser suficiente; las legumbres tampoco. Se consumen excesivas bebidas azucaradas, no se reduce el consumo de carnes rojas y alimentos procesados, etcétera”.
En la mitad de los españoles, el consumo de aceite de oliva virgen extra no llega a ser suficiente; las legumbres tampoco. Se consumen excesivas bebidas azucaradas y no se reduce el consumo de carnes rojas y alimentos procesados”.
El mensaje es incómodo, pero necesario. Tener una tradición alimentaria saludable no significa conservarla. La dieta mediterránea también puede perderse en su propio territorio si la compra cotidiana se llena de refrescos, bollería, carnes procesadas, comida rápida y productos listos para consumir.

Una dieta, un sistema alimentario
La dieta mediterránea no es solo una lista de alimentos. Está vinculada a una forma de producir, comprar, cocinar y compartir. Por eso encaja con sistemas agroalimentarios sostenibles: productos frescos y de proximidad, cadenas cortas de suministro, mercados locales, agricultura respetuosa con el medioambiente y uso responsable de los recursos naturales.
Su valor va más allá de la salud individual. Tiene dimensión cultural, social y económica. Promoverla puede reforzar la economía local, ayudar a revitalizar zonas rurales e impulsar proyectos ligados al emprendimiento, la incorporación de jóvenes y el papel de las mujeres en la agricultura, la transformación alimentaria y la transmisión culinaria.
En este punto, la dieta mediterránea se convierte también en una herramienta de territorio. Una manera de defender la huerta, el olivar, el pequeño comercio, las legumbres, la cocina doméstica y los saberes alimentarios que muchas veces no aparecen en los grandes discursos sobre innovación, pero sostienen una parte esencial de la salud pública.
Lo que aún falta por investigar
Después de treinta años de evidencia, la investigación no se detiene. Martínez-González insiste en que quedan preguntas abiertas. “Tenemos que entender mejor por qué hay personas a las que no les funciona tan bien la dieta mediterránea tradicional. Puede ser que tengan una estructura metabólica distinta o un componente genético distinto”.
Esa línea abre la puerta a una nutrición cada vez más personalizada, capaz de explicar por qué un mismo patrón alimentario puede producir respuestas diferentes según la persona. También queda camino en el conocimiento de los mecanismos biológicos. “Tenemos que entender mejor los mecanismos mediante los cuales la dieta mediterránea actúa”, señala.
Una de las grandes líneas de futuro es la metabolómica, es decir, el estudio de pequeñas moléculas presentes en plasma u orina que permiten medir de manera más objetiva los efectos de una dieta. Estas firmas metabolómicas podrían ayudar a valorar el impacto real de la dieta mediterránea sobre la mortalidad a largo plazo y el legado que dejan los grandes ensayos en sus participantes.
Otro gran desafío es la longevidad. No se trata solo de vivir más, sino de vivir mejor. “Todo el tema de la longevidad saludable, llegar en buena forma a edades avanzadas de la vida”, resume Martínez-González.
PREDIMED-Plus y el reto del síndrome metabólico
Uno de los grandes estudios en marcha es PREDIMED-Plus, financiado por el Consejo Europeo de Investigación. Su objetivo es comprobar si la dieta mediterránea, acompañada de reducción calórica, ejercicio físico y pérdida de peso, puede ofrecer beneficios añadidos en personas con síndrome metabólico.

La pregunta es relevante porque el problema ya no es únicamente qué comemos, sino cómo se combina la alimentación con el sedentarismo, el exceso de peso, la obesidad abdominal, la diabetes tipo 2 y otros factores de riesgo que se acumulan con la edad.
PREDIMED-Plus intenta responder a una cuestión central para la medicina preventiva contemporánea: si el patrón mediterráneo puede ser todavía más eficaz cuando se integra en un cambio global de estilo de vida.
Treinta años después, una idea sencilla
La dieta mediterránea ha recorrido un camino poco frecuente: de la cocina tradicional a la evidencia científica de máximo nivel. Ha pasado por cohortes, ensayos clínicos, laboratorios, publicaciones médicas y congresos internacionales, pero sigue dependiendo de decisiones muy concretas: qué se compra, qué se cocina, qué se sirve en casa, qué comen los niños, cuánto espacio dejamos a las legumbres, a la fruta, a la verdura, al pescado, al aceite de oliva virgen extra y a los alimentos reales.
Treinta años después, la ciencia parece confirmar algo que el Mediterráneo había ensayado durante generaciones: comer bien no es una moda. Es una forma de vivir, de producir, de cocinar y de cuidar la salud antes de que la enfermedad aparezca.
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