Qué ver y qué comer en Cerdeña: una ruta circular en coche
Playas, pueblos, yacimientos y cocinas locales en una vuelta completa a la isla.
Índice
[Foto de portada: Localidad de Castelsardo.]
MAPA RUTA CERDEÑA
Cerdeña se anuncia desde el aire como una promesa de playas transparentes, pero basta poner el coche en marcha para descubrir una isla mucho más compleja. Esta ruta circular parte de Cagliari, asciende por el oeste hasta el norte, atraviesa el interior y regresa a la capital por la costa oriental. En cada etapa cambia el paisaje. También cambia la mesa.
Cagliari, el Mediterráneo como punto de partida
El viaje comienza en Cagliari, levantada entre el puerto y la colina de Castello. Las torres medievales, la catedral y el Bastión de Saint Remy dominan una ciudad que desciende hacia el barrio de Marina y se abre después a la playa del Poetto. Las salinas de Molentargius añaden agua y flamencos al paisaje.

El mercado de San Benedetto ofrece la primera lectura gastronómica de la isla. Sobre sus puestos aparecen pescados del golfo, moluscos, quesos, panes y verduras del sur. La cocina mira al mar con la fregula con almejas, la burrida de pintarroja y nueces, el pulpo y los espaguetis con botarga. El cercano Campidano añade malloreddus con ragú de salchicha, alcachofas, azafrán y pardulas de ricotta.
Carloforte y el Iglesiente, entre atunes, minas y acantilados
La ruta gira hacia el suroeste y cruza en ferry hasta Carloforte, único núcleo habitado de la isla de San Pietro. Fundada en el siglo XVIII por colonos tabarquinos de origen ligur, conserva lengua y cocina propias. El atún rojo es su gran producto, junto al cascà, la versión carlofortina del cuscús tabarquino. Esta cultura marinera se celebra cada año en el Girotonno, un certamen gastronómico cuyo acto más simbólico es el corte y despiece público del atún, realizado por cocineros locales para mostrar el aprovechamiento de sus distintas partes. El programa incluye además una competición internacional en la que chefs de varios países preparan recetas con atún y el público degusta y vota los platos.

De regreso a la isla principal, la carretera bordea un paisaje abrupto. Frente a la playa de Masua se levanta Pan di Zucchero, un enorme farallón de piedra caliza separado de la costa y visible también desde los miradores de Nebida. La antigua Laveria Lamarmora, colgada sobre el mar, recuerda el pasado minero de este litoral.

Más al norte, Cala Domestica se encaja entre altos acantilados y conserva galerías, almacenes y depósitos relacionados con la extracción y el embarque de minerales. Una torre española vigila la ensenada desde lo alto.

Buggerru nació ligado a la explotación de plomo y zinc. Sus casas se abren hacia el mar y la Galleria Henry recuerda la vida bajo la montaña. El pueblo fue también escenario en 1904 de una huelga minera reprimida por el ejército, episodio conocido como la masacre de Buggerru.

Antes de abandonar el Iglesiente, el templo de Antas aparece en un valle de Fluminimaggiore. El santuario, construido con piedra caliza, se levantó sobre un espacio sagrado nurágico y fue utilizado después por púnicos y romanos.

Barumini y la Marmilla, bajo la sombra de los nuragas
Desde la capital, el tráfico se disuelve y la carretera se interna entre campos de cereal. La Marmilla ofrece colinas suaves, pueblos de piedra y una luz que parece agrandar el paisaje. En Barumini se alza Su Nuraxi, el ejemplo más completo de los grandes complejos nurágicos de la Edad del Bronce, con torres, murallas y restos de una comunidad organizada muchos siglos antes de Roma.

En las mesas aparecen el civraxu, un pan tradicional de gran tamaño elaborado con sémola de trigo duro, miga compacta y corteza gruesa; los panes festivos, las legumbres, el cordero y los quesos de oveja. Pan, pasta y pecorino prolongan la historia de un paisaje cerealista y pastoril.
Oristano, Cabras y la costa de Cuglieri
La ruta alcanza Oristano y la península del Sinis. En pocos kilómetros se suceden las ruinas de Tharros, los Gigantes de Mont’e Prama y la playa de cuarzo de Is Arutas.

Cabras vive frente a un estanque comunicado con el mar. De sus mújoles procede la botarga, las huevas saladas y secadas que se cortan en láminas o se rallan sobre la pasta. Anguilas, mújoles asados y pescados de laguna se acompañan con Vernaccia di Oristano, un vino blanco seco y de crianza oxidativa, envejece en barricas de roble o castaño bajo un velo natural de levaduras que le aporta su color dorado y aromas de frutos secos, almendra y miel amarga. Su carácter singular completa una cocina nacida entre aguas salobres y antiguas técnicas de conservación.
Al continuar hacia el norte se llega a la costa de Cuglieri. En S’Archittu, la erosión del viento y el mar ha abierto un gran arco natural en la roca caliza sobre una pequeña playa de arena ocre. Santa Caterina di Pittinuri, unos kilómetros más al norte, es otra localidad marinera de Cuglieri, rodeada de acantilados blancos y vigilada por una antigua torre costera.

Bosa y Alghero, una carretera frente al mar
Bosa aparece junto al río Temo como una sucesión de casas rosas, amarillas y ocres que ascienden hasta el castillo de Serravalle. Las antiguas curtidurías recuerdan su pasado artesanal, mientras en las colinas cercanas se produce la Malvasia di Bosa, un vino ligado a los dulces de almendra y a las sobremesas prolongadas.

Desde Bosa, la carretera costera hacia Alghero sigue los acantilados y obliga a detenerse para mirar un Mediterráneo casi intacto. Alghero recibe al viajero con murallas, bastiones y campanarios. La huella catalana, asentada tras la conquista de Alghero por la Corona de Aragón en 1354 y la posterior llegada de pobladores catalanes, permanece en su lengua y en platos como la langosta preparada con tomate y cebolla. Capo Caccia y la gruta de Neptuno completan la visita. En la mesa aparecen mariscos, erizos, pulpo, pescado y vinos como Torbato y Cagnulari.
Sassari, Sedini y Castelsardo
Desde Alghero, la ruta gira hacia Sassari. La plaza de Italia, el centro histórico y el cercano altar prehistórico de Monte d’Accoddi muestran otra faceta de la isla. La cocina popular se reconoce en la favata, un guiso de habas, verduras y carne de cerdo, y en las monzette, pequeños caracoles preparados con hierbas.
El camino continúa por la región de Anglona hasta Sedini. En el valle del Silanis permanecen las ruinas de San Nicola di Silanis, una iglesia románica medieval vinculada a un antiguo monasterio benedictino y al desaparecido poblado de Speluncas. Sus muros de piedra caliza se levantan hoy en medio de un paisaje solitario de barrancos, manantiales y antiguos molinos.

Después aparece Castelsardo, fortaleza medieval sobre el golfo de Asinara, con el castillo de los Doria y callejuelas que bajan al mar. Pescados, langostas, bogavantes y erizos protagonizan una cocina estrechamente vinculada a la costa.

Gallura, entre el granito y la Costa Esmeralda
La carretera entra en Gallura, donde el granito aflora entre alcornoques y matorral mediterráneo. Arzachena permite alternar las calas de la Costa Esmeralda con La Prisgiona, un importante asentamiento de la civilización nurágica formado por una fortaleza de varias torres y un poblado de casi un centenar de cabañas, construido sobre una colina que domina el valle de Capichera. Porto Cervo representa la imagen cosmopolita de Cerdeña, mientras desde Palau parten los barcos hacia La Maddalena y Caprera.
Basta alejarse de los puertos deportivos para encontrar los antiguos stazzi, las casas rurales dispersas que organizaban la vida agrícola y ganadera. De ese mundo procede la zuppa gallurese, preparada con capas de pan, queso y caldo antes de pasar por el horno. El Vermentino di Gallura acompaña carnes, quesos y pescados. Tras las playas permanece una cocina campesina y de aprovechamiento.
Nuoro, Mamoiada y Orgosolo, el corazón pastoril
Desde Olbia, el viaje abandona el litoral y se dirige hacia Barbagia, una extensa región histórica y montañosa del centro de Cerdeña formada por varios territorios alrededor del macizo del Gennargentu. Su nombre procede de Barbaria, el término con el que los romanos designaron estas zonas interiores, cuyos habitantes ofrecieron una prolongada resistencia a su dominio. El aislamiento geográfico favoreció la conservación de una identidad vinculada al pastoreo, las tradiciones comunitarias y una cultura muy diferenciada de la Cerdeña costera.
Nuoro funciona como capital cultural de este mundo interior. La casa natal de Grazia Deledda y el Museo de la Vida y las Tradiciones Populares Sardas ayudan a comprenderlo. Mamoiada aporta las máscaras de los mamuthones y el sonido de los cencerros; Orgosolo convierte sus fachadas en un relato político y social mediante sus murales.
La gastronomía de Barbagia desmonta el tópico de una isla alimentada únicamente por el mar. El pane carasau, fino y crujiente, nació para acompañar a los pastores. Humedecido y dispuesto con tomate, pecorino y huevo se convierte en pane frattau. A su lado aparecen el porceddu, el cordero, la oveja hervida, el Fiore Sardo y el Cannonau. Como cierre dulce, la seada —una masa frita rellena de queso fresco y servida tradicionalmente con miel— resume el vínculo entre la repostería sarda y el mundo pastoril.

Dorgali y el golfo de Orosei, antesala de Ogliastra
La ruta vuelve al mar por Dorgali y Cala Gonone, en la Barbagia de Nuoro. La carretera desciende entre paredes calizas hasta un puerto desde el que parten embarcaciones hacia las grutas del Bue Marino y Cala Luna. Esta playa se encuentra entre los términos municipales de Dorgali, vinculado a la Barbagia de Nuoro, y Baunei, ya en Ogliastra, y sirve como transición geográfica y narrativa entre ambos territorios.

Hacia el sur comienzan las costas de Baunei, con Cala Sisine, Cala Mariolu y Cala Goloritzè. La carretera no llega hasta estas calas: hay que acceder por mar o mediante senderos que atraviesan el Supramonte. La costa aparece como una sucesión de paredes blancas, bosques y agua turquesa.
Ogliastra y el regreso por la costa oriental
Baunei, Santa Maria Navarrese y Arbatax abren la etapa propiamente ogliastrina. Tierra adentro, los relieves calizos, los pueblos encaramados y los viñedos de Jerzu componen una región situada entre el Gennargentu y el mar.
Su emblema son los culurgiones, piezas de pasta rellenas de patata, queso y menta o albahaca, según la localidad, y cerradas a mano como una espiga. También aparecen el casu axedu, queso fresco de sabor ligeramente ácido; los coccoi prenas, panes rellenos; las carnes de cabra y oveja; y el Cannonau de Jerzu.
Desde Arbatax, el itinerario continúa hacia Tertenia y Muravera. Costa Rei y Villasimius ofrecen la última mirada al mar antes de regresar a Cagliari. En Sarrabus, los cítricos, el pescado y las anguilas acompañan el cierre de una vuelta casi completa a la isla. La capital reaparece como el punto final del círculo.
Cerdeña termina donde comenzó, pero ya no parece la misma. La botarga de Cabras, la langosta de Alghero, la zuppa gallurese, el pane carasau de Barbagia y los culurgiones de Ogliastra pertenecen a geografías concretas. La carretera las une sin borrar sus diferencias. Esa es la verdadera recompensa del viaje: descubrir que Cerdeña no tiene una sola cocina, sino muchas formas de contar la isla desde la mesa.

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